Capítulo VI. La justa medida #4
—Espero que nunca tengas que escuchar esto, pero, si lo estás haciendo, es que, bueno…
ya no estoy. Cabe la posibilidad de que haya muerto por causas naturales y que con el tiempo haya olvidado destruir este disco.
En ese caso, no des importancia a lo que vas a escuchar, solo tómalo como un aviso.
Pero si dudas de las circunstancias de mi muerte, es importante que oigas lo que tengo que decirte.
A lo largo de los años he visto cómo te convertías en un hombre del que estoy orgulloso; eres honesto, leal, fuerte y cariñoso…
Eres una buena persona. Ojalá pudiese decir lo mismo de mí.
Hay muchas cosas que no sabes y que nunca te he contado por vergüenza, por miedo y por el riesgo que suponía decírtelo.
Lo hago ahora porque de lo contrario correrías aún más peligro.
Ya conoces la historia de la noche en la que Meredith alumbró la primera semilla de BETA.
Todos creen que lo único que hicimos fue aprovechar la explosión de violencia que ya se había desatado por todo el país para, al menos, sacar algo bueno de ella.
Pero la verdad es que hicimos mucho más que eso.
Cuando por fin aprobaron la ley del Umbral y fundamos BETA, los ingresos que generaban los vídeos que nos llegaban no eran ni mucho menos tan sustanciosos como lo son ahora.
Lo cierto es que fue un absoluto fracaso.
La violencia abundaba tanto en la red de forma libre que, salvo algunas excepciones, nadie vio potencial en la empresa.
Parecía que todo quedaría en una lunática ocurrencia que pasaría al libro negro de la historia.
Meredith decía que aquello se debía a que la gente era idiota e incapaz de comprender la oportunidad que ella les estaba ofreciendo.
La realidad es que la gente mataba por motivos muy distintos, y ninguno de ellos era hacerse famoso.
Pero Meredith se negó a que todo el esfuerzo y la esperanza que habíamos puesto en aquella visión acabasen en nada y pensó que debíamos dar a la gente un ejemplo que seguir: los Profesionales.
No surgieron de forma espontánea: nosotros los creamos.
Viajamos durante meses reclutando a los asesinos más activos del país y les enseñamos cómo presentarse, cómo venderse y cómo matar.
Les enseñamos la importancia de la puesta en escena y pusimos en contacto a inversores, cineastas y asesinos.
Los unimos con la promesa de ganar muchísimo dinero.
Pero aquello no parecía dar sus frutos y yo intenté convencer a Meredith de que abandonásemos aquella absurda idea.
Entonces, justo cuando estábamos pensando en tirar la toalla, funcionó.
Ella tenía razón acerca del ser humano: somos una especie cuyos cimientos descansan sobre la violencia; la buscamos, nos fascina a tantos niveles que jamás podremos renunciar a ella.
Solo había que encontrar a personas que supiesen ver la belleza que se puede extraer de ella, como Miguel Ángel cuando talló hasta liberar a David de la piedra; perfeccionar la técnica hasta hacer de la violencia más cruda un arte, honesto y salvaje.
Después de unos meses, comenzaron a llegar vídeos desde todos los rincones del país, cada vez mejor grabados y editados.
Pareció que la gente por fin lo había entendido, pero para Meredith faltaba algo.
Yo le dije que ya nos habíamos manchado las manos demasiado para que la empresa despegase, pero ella no estaba satisfecha.
Su visión era algo diferente, algo más espectacular que nadie parecía ver.
Me hablaba de ello día y noche, y yo trataba de convencerla de que lo que habíamos conseguido ya era más que suficiente.
Pero ella estaba obsesionada. Un día me enseñó unos diseños en los que estaba trabajando.
Lo tenía todo pensado: una máscara, el atuendo, un exotraje avanzado…
Incluso había planteado varios asesinatos hipotéticos, apoyados con trucos visuales inspirados en los grandes espectáculos de magia.
Tenía en cuenta la teatralidad, la narrativa, la estética de la coreografía…
, todo. Un par de días más tarde quiso darle un nombre a aquel proyecto, que finalmente se quedó bautizado con su título provisional: X.
Así fue como nació el primero de los Profesionales tal como los conocemos hoy en día.
Fue concebido por Meredith para ser un ejemplo que seguir, un referente que guiase a los demás; la visión obsesiva que tuvo aquella noche en el valle.
Andrew se estremeció en el sillón. Había escuchado las teorías conspiratorias de que BETA se involucraba con los Profesionales más de lo que admitía en público, pero las consideraba habladurías como tantas otras.
Lo que Fred acababa de confesarle iba mucho más allá.
X, el Profesional más antiguo y admirado, era una creación directa de Meredith Goldman.
Legalmente, aquella confesión la convertía en colaboradora necesaria de sus asesinatos, un delito penado con cárcel que no estaba amparado por la ley del Umbral.
—No solo compartió aquella idea conmigo —continuó Fred—, sino también con Abraham.
Él siempre estuvo enamorado de Meredith y estaba dispuesto a hacer lo que fuese por complacerla.
Por eso nos ayudó en nuestro viaje a través del país, por eso nos propuso vivir con él en la cabaña de Wheeler Springs…
Fue él quien voluntariamente se prestó a cumplir el sueño de Meredith.
Detrás de la máscara de X siempre ha estado Abraham, hijo.
Al escuchar aquello, un escalofrío le recorrió la espalda.
—Yo pensaba que desde que abandonamos el valle, Meredith no había vuelto a tener contacto con Abraham, que no había vuelto a cometer el error de acercarse tanto a ese monstruo, pero recientemente descubrí que me había engañado. Fue ella la que le pidió a Abraham que matase a John Raymond…
De pronto, Fred dejó de hablar. Andrew pudo escuchar a la perfección los pasos de su padre en la grabación, caminando por el suelo del salón.
Lo que no sabía es que, mientras grababa aquel mensaje, había escuchado una voz que provenía de la playa, y que al asomarse vio una silueta frente a su casa, inmóvil sobre la arena sin saber aún que se trataba de Phoenix.
—Creo que no me queda mucho tiempo, hijo. Si estás escuchando esto, tu vida y la de tu familia corren peligro. Tienes que alejarte. Coge a David y a Gillian y vete. Salid del país —dijo, con algo más de urgencia en la voz—. Ahora tengo que dejarte. Te quiero.
La grabación se detuvo, dando paso de nuevo a aquel silencio rasgado del vinilo y dejando a Andrew con una extraña sensación de impotencia. Ya sabía lo que había pasado a continuación.
Aquella noche, la luz de las farolas del centro extendido de Los Ángeles entraba por las ventanas del apartamento de Ben como un espeso líquido que lo inundaba todo.
El lugar estaba totalmente en calma; el droide de asistencia domótica reposaba inmóvil en su estación de recarga; la casa estaba limpia, los libros en su sitio, las sábanas puestas…
Todo estaba tal y como Ben lo había dejado después de su último paso por allí.
Unos leves susurros se escucharon al otro lado de la puerta de entrada, en el rellano, y de nuevo el silencio.
Segundos después, la puerta reventó con violencia saltando por los aires y un equipo de cuatro agentes del ISD, incluido Harry, entró en el apartamento apuntando con sus armas en todas direcciones.
En apenas un minuto comprobaron que aquel sitio estaba vacío.
Harry ordenó a los agentes que registrasen todo el lugar.
Mientras tanto, él recorrió el salón y entró en el dormitorio, inspeccionándolo todo meticulosamente.
Examinó los libros de una estantería como si leyese el título de cada uno de ellos; abrió los cajones, sacó todo lo que le llamaba la atención y comprobó que no tuviesen un doble fondo; revisó las sábanas, el colchón, debajo de la cama, el interior de los armarios…
No dejó un solo centímetro sin registrar.
Un agente entró en la habitación para informarle de que Ben parecía haber extraído los discos duros de todos los aparatos que pudieran guardar un registro sonoro del apartamento, incluyendo el del droide de asistencia, que por eso ni se inmutó a pesar del estropicio.
Ben no había dejado ningún hilo informático del que tirar, nada sorprendente teniendo en cuenta que conocía de primera mano cómo funcionaba un registro.
Todo lo que allí había parecía interpelar directamente a Harry, como si Ben le mirase desde alguna parte con cara de satisfacción al haberse vuelto a anticipar a sus movimientos.
Harry ordenó a los agentes que empaquetaran cada objeto que cupiese en una caja y que escaneasen todo el lugar hasta el más mínimo detalle y, frustrado, salió del apartamento.
Más tarde, aquella noche, Harry se encontraba rodeado de papeles, carpetas, cajas y un sinfín de información acumulada en su ordenador de la que no conseguía extraer una pista del lugar donde podía estar Benjamin.
Se estaba frotando la frente tratando de relajarse cuando Sophia Summers llamó a la puerta de la caótica sala de reuniones reconvertida en despacho y se encontró a Harry apretándose los ojos con el pulgar y el índice de la mano, la camisa arrugada y abierta y una clara postura de estrés y agotamiento.
—Adelante, Summers —concedió Harry con tono cansado.
—Con permiso, agente Ward —dijo Sophia entrando en la estancia—. Me gustaría hablar con usted…
—Claro.
—… con franqueza —añadió.
Harry la miró con gesto serio y a continuación se incorporó un poco en su asiento, recuperando una postura serena.
—Adelante, dispara.