Capítulo VI. La justa medida #3
Hacía tiempo que la farmacología sintética había sustituido a casi todas las drogas naturales conocidas, incluidas las drogas blandas como el hachís, pero Natalie se las apañaba para conseguirlo gracias a un contacto que aún lo vendía casi como una excentricidad nostálgica.
Le gustaba disfrutar de los pequeños placeres como aquel, recostada plácidamente sobre la alfombra de su salón, en penumbra y paladeando el sabor de una época pasada que jamás conoció.
En aquel momento de evasión, consiguió distraerse de todo lo que le preocupaba, y mientras el humo salía como una delicada seda de su boca y su nariz, logró olvidar por un rato aquellas imágenes de Benjamin que habían recorrido el mundo unas pocas horas antes.
Perdió la noción del tiempo; solo existían un poco de música suave en la oscuridad, una copa de vino, el humo y ella.
De pronto estaba de nuevo en la playa de Malibú y el sonido de las olas pareció acariciar sus oídos.
Estaba tumbada boca abajo sobre la toalla, con las puntas de los pies enterradas en la arena y el sol calentando su piel, fría y húmeda después de un breve chapuzón, notando el olor a crema solar en la nariz.
Con los ojos entreabiertos, miraba el cielo azul, salpicado por los esquivos garabatos que se movían en su retina.
Llevaba puesto un solo auricular donde sonaba una canción melancólica; no recordaba exactamente cuál, pero sí la cálida melodía de una guitarra acústica.
A su lado estaba Ben, adormecido junto a ella sobre su toalla y escuchando la misma melodía a través del auricular opuesto.
Tenía el pelo mojado y estaba cubierto de agua salada y un poco de arena.
Fue el verano en el que se conocieron. Él llevaba pocas semanas fuera del orfanato y Andy le invitó a pasar el verano en Malibú con unos amigos que había hecho en la Costa Este y que a su vez conocían a las amigas de Natalie.
Salían en grupo casi todas las noches por un bar de la zona.
Bebían, bailaban, fumaban… Los líos amorosos entre unos y otros eran constantes.
Aunque Natalie por aquel entonces tenía novio, no pudo evitar fijarse en Ben, con el que hablaba frecuentemente y con quien llegó a tener una conexión muy íntima.
Con frecuencia, la línea entre la amistad y el romance se diluía y sus miradas se cruzaban durante largos ratos, como aquella misma tarde en la playa mientras tomaban el sol uno frente al otro.
Ben movió su mano muy despacio, saliendo de su toalla y cruzando la frontera de arena hasta situarla junto a la mano de Natalie, que, con el corazón latiendo fuerte, la abrió para acogerle.
Sus dedos se entrelazaron como si no fueran a soltarse nunca más sin saber que, meses después, la muerte de Tom arrastraría a Benjamin lejos de la vida de Natalie durante dos años.
Cuando de repente alguien golpeó su puerta, Natalie se sobresaltó.
No sabía si era pronto o tarde, ni siquiera si aquellos golpes habían sido reales o producto de su imaginación y el hachís.
Otros dos golpes sonaron de nuevo, insistentes.
Natalie se levantó lenta y perezosamente.
Se dirigió a la puerta dando algún traspié y la abrió para descubrir a un tipo vestido de traje acompañado de otro que le esperaba al fondo del pasillo, junto al ascensor.
—¿Sí? —preguntó, con los ojos entornados y el pelo revuelto.
—Señorita Higgins, ¿sería tan amable de acompañarnos? Nos gustaría hacerle unas preguntas.
—¿Qué quiere? ¿Quién es usted?
—No se preocupe, solo será un momento. Acompáñeme, por favor.
—¿Acompañarle? ¿Adónde?
—Señorita, haga el favor de acompañarme voluntariamente.
—¿Voluntariamente? —inquirió extrañada.
El hombre trajeado se apartó la chaqueta y le mostró una pistola enfundada en una cartuchera.
Al verla, Natalie cerró la puerta de inmediato, pero el tipo se lo impidió colocando el pie en el quicio.
Valiéndose de su superioridad física, empujó la puerta de un golpe, haciendo que Natalie cayese de espaldas al suelo.
El hombre se abalanzó sobre ella y trató de inmovilizarla, pero Natalie se resistió gritando y pataleando violentamente, lo que obligó al tipo a usar un táser que la dejó aturdida de un calambrazo.
Entre los dos la llevaron hasta la calle, donde los esperaba un coche todoterreno de color negro con los cristales tintados.
A los pocos minutos de travesía el coche se detuvo en un semáforo en rojo, y para cuando se dieron cuenta de que una moto se dirigía hacia ellos a toda velocidad por una calle perpendicular, ya era demasiado tarde.
A pocos metros del punto de colisión, el conductor de la moto saltó, dejando que esta impactase violentamente contra el lateral del coche.
La puerta y la ventana del conductor del todoterreno quedaron destrozadas, lo que provocó que el vehículo diese una vuelta sobre su propio eje a punto de volcar.
El piloto murió en el acto, y antes de que el copiloto recuperase la orientación, Benjamin apareció a pocos metros apuntándole con su arma, se acercó a su puerta y, al ver que aún estaba consciente, le asestó con la pistola un fuerte golpe en la cabeza que le dejó sin sentido.
Inmediatamente después, abrió la puerta del asiento trasero, sacó a Natalie en volandas y la llevó hasta su coche, que había programado para que los siguiese de forma autónoma a una distancia prudencial.
Cuando Natalie comenzó a recuperar la consciencia y fue entreabriendo los ojos poco a poco, vio a Ben acomodándola en el asiento del coche.
—¿Ben…? —preguntó con un hilo de voz al verle.
—Tranquila, descansa un rato —dijo él, justo antes de que se desmayara de nuevo.
Mientras tanto en Malibú, con la anaranjada luz de la tarde entrando por las ventanas del despacho de su padre, Andrew continuaba revisando documentos uno a uno en busca de una explicación, algo que esclareciese la muerte de Fred mejor que la teoría del suicidio.
Había revuelto la casa entera sin encontrar nada, y aunque en algunos momentos llegó a pensar que estaba perdiendo la cabeza, continuó desempolvando todos y cada uno de los libros de cuentas y las agendas que guardaba su padre por escrito.
Revisó de manera meticulosa todos los papeles que encontró.
La mayoría estaban descontextualizados, además de que la letra de su padre era prácticamente ilegible, sobre todo para alguien de cuarenta años como él, criado en una era en la que apenas había visto un puñado de textos manuscritos en su vida.
Llevaba todo el día entre papeles que no comprendía, tratando de juntar unos fragmentos con otros para que adquiriesen algo de sentido, así que, al ver que el sol estaba a punto de caer sobre el horizonte del mar, decidió tomarse un descanso para disfrutar de la puesta.
Tras servirse un refresco, fue a la sala de estar y vio el sillón donde el cuerpo de su padre fue hallado por la policía.
Andrew arrastró otro sillón para situarlo justo al lado, se sentó a contemplar el atardecer y allí comprendió por qué a su padre le gustaba tanto aquella casa.
No se trataba solo de la preciosa playa, ni del porche al pie de la arena, sino de algo intangible que hacía tiempo que no sentía: el silencio digital.
Sin ordenadores, sin pantallas, sin robots de asistencia, sin una IA escuchando constantemente todo lo que decía y analizando sus movimientos, dispuesta a anticiparse a cualquier demanda…
Allí no había nada de eso. Solo el sol, el océano, la arena y la madera.
Cuando el último rayo de luz se escondió tras el Pacífico, todos los músculos de su cuerpo se relajaron por primera vez desde hacía mucho tiempo.
Relajado, deambuló durante un rato por la casa, iluminada por la luz crepuscular, hasta que de pronto vio la colección de vinilos que su padre tenía dispuesta en las baldas de la pared.
Andrew sonrió al recordar aquellos días en los que los dos pasaban horas escuchando música.
Se acercó a la colección y deslizó los dedos por los cantos de los álbumes, acariciándolos, en busca de alguno que le reconciliase con sus recuerdos.
Notó que uno de ellos sobresalía entre todos los demás.
Al sacarlo, se sorprendió de que fuese el de grandes éxitos de Elvis.
La última vez que intentó escuchar aquel disco le fue imposible porque estaba completamente rayado de tanto escucharlo.
¿Por qué sobresalía del resto? Sacó el vinilo de su cobertura para descubrir que no solo los surcos parecían como nuevos, sino que, para su sorpresa, una de las caras estaba totalmente lisa.
Extrañado, Andrew lo colocó en el tocadiscos, que comenzó a girar, y posó la aguja sobre el surco.
Tras unos segundos en los que sonó el amable y rasgado silencio del vinilo, una voz le saludó.
—Hola, Andy…
Era la voz de su padre. Al escucharla, buscó con la mano el reposabrazos del sillón a su espalda y cuando lo encontró tomó asiento con lentitud, conteniendo la emoción.