El Umbral Capítulo VI. La justa medida #2
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Capítulo VI. La justa medida #2

Ben ya se encontraba frente al mostrador de salida de los calabozos, donde le devolvieron sus pertenencias y firmó el papeleo del indulto concedido tras superar el Umbral.

Tuvo que soportar las miradas de asombro y decepción de sus compañeros mientras se dirigía hacia la salida de la comisaría.

Justo antes de cruzar la puerta, escuchó la voz de Harry a su espalda.

—¿Tienes prisa por irte? —le preguntó.

—Ya he pagado mi deuda con la sociedad —dijo Ben, paladeando la ironía de aquel momento y arrancando una media sonrisa a Harry.

—Esto no ha terminado.

—Lo sé.

Ben le extendió la mano a Harry, que, tras dudarlo un instante, aceptó el gesto con cierta deportividad.

—Suerte, Harry.

Por fin, bajo la cortina de agua hirviente de la ducha en su apartamento, Ben dispuso de un instante para dejar la mente en blanco y disfrutar de aquel lujo atemporal como si fuese la primera vez.

Siempre trataba de recordar que aquel sencillo gesto de girar una manivela que hacía caer, como por arte de magia, una cascada de agua caliente sobre su cabeza era un lujo que ni los más grandes emperadores de la antigüedad pudieron soñar jamás.

Pero aquel pequeño gran placer no podía extenderse mucho más.

Tras publicarse el vídeo, media ciudad le estaría buscando, y su apartamento había dejado de ser un lugar seguro.

Era cuestión de tiempo que alguien diese con él, ya fuese para tratar de conseguir una entrevista o para liquidarle.

Al salir, envuelto en una toalla y rodeado de una nube de vapor, pasó la mano por el espejo para desempañarlo y comenzó a afeitarse.

De pronto reparó en algo que le llamó la atención.

Se acercó al espejo frunciendo el ceño y descubrió un buen puñado de canas que le asomaban a la altura de la sien por ambos lados de la cabeza.

Ciertamente no eran las primeras, pero no recordaba que pocas horas antes estuviesen ahí.

Tras coger un par de mudas de ropa y enfundar su pistola en una cartuchera oculta bajo la chaqueta, encendió su teléfono.

Al instante, le llegó una avalancha de notificaciones de redes sociales, mensajes y llamadas perdidas, pero no tenía tiempo de revisarlas.

Solo le interesaba un mensaje de voz que Natalie le había dejado y que escuchó de principio a fin.

Se llevó la mano a la frente al llegar al final, donde le decía que no quería volver a verle jamás.

Al escuchar aquellas palabras, Ben solo deseó desaparecer, marcharse muy lejos y que todo acabase.

Sintió que una gigantesca bota de culpa y autodesprecio le oprimía el pecho, a punto de aplastarlo como una frágil cáscara de huevo.

Pero nunca parecía ser el momento adecuado para venirse abajo.

Sabía que Natalie podría correr peligro por su culpa y no le quedaba más opción que seguir adelante sabiendo que las cosas estaban a punto de empeorar aún más.

Harry cruzó la oficina del Departamento de Homicidios con paso firme y, sin llamar a la puerta, entró en el despacho del capitán Whitmore, a quien encontró de pie, en silencio, observando por la ventana cómo Benjamin se alejaba en un coche autónomo.

Harry tomó asiento frente al escritorio del capitán durante unos segundos, esperando a que este le atendiera.

—Oiga, Whitmore —dijo al ver que continuaba absorto.

El capitán se giró hacia él y con mucha calma se sentó en su sillón, sin decir ni una palabra.

—No disfruto de esta parte de mi trabajo, capitán. Tengo que tomar una decisión delicada y necesito que me ayude.

—Usted dirá, Ward —contestó Whitmore con desgana.

—Me exigen que tome una de dos opciones, ambas desagradables para usted.

La primera implica que es usted un incompetente que no sabe lo que pasa ante sus narices en su propia comisaría, en cuyo caso me vería obligado a destituirle y asumir el mando de forma temporal hasta que se le busque un reemplazo.

La segunda, en cambio, significaría que ha cometido un delito al ocultarme las actividades de Cassidy, y ya imaginará que las consecuencias de esto último serían mucho más severas.

—¿Y por cuál se inclina usted?

—Le respeto, Whitmore, así que si es usted un incompetente, dígalo y le creeré.

Whitmore le sostuvo la mirada a Harry durante unos segundos, ahogando las ganas de responder ante aquella insolencia.

—No lo sabía —respondió finalmente.

Harry escudriñó el rostro de Whitmore, firme como una roca. Decía la verdad. Harry se puso en pie y se abotonó la chaqueta.

—Está bien —prosiguió—. Queda relevado del cargo y desde este momento tomo el mando del departamento hasta nueva orden. Tiene una hora para recoger sus cosas y marcharse a casa.

Harry salió del despacho de Whitmore, se plantó en mitad de la oficina y reclamó la atención de todos los agentes para comunicarles la nueva jerarquía.

Después convocó a todo el personal del departamento para que fuesen pasando por la sala de reuniones que usaba como despacho.

Allí los interrogó uno por uno, esperando averiguar si entre ellos podía haber alguien que tuviese conocimiento de los delitos del destituido inspector Cassidy.

Más tarde, Harry se dirigió hacia la sala de reuniones telemáticas para rendir cuentas ante su superior, Samuel Drayton, director general del ISD.

Harry entró en la estancia, donde había una mesa ovalada dividida por un cristal que atravesaba todo el espacio justo por el centro y la separaba en dos mitades idénticas.

Se sentó en una de las sillas, depositó una gruesa carpeta sobre la mesa y las luces de la sala se oscurecieron casi por completo, dejando solo un punto de luz iluminando la mesa.

Al otro lado del cristal apareció la reproducción holográfica del señor Drayton entrando por la puerta del lado opuesto, simulando una reunión presencial desde una sala gemela localizada en las oficinas del ISD en Washington.

Harry se puso en pie para recibirle, pero, para su sorpresa, a Drayton le siguió el mismísimo secretario nacional, Roger Thomson, que entró en la sala con gesto grave en su rostro.

—Buenas tardes, secretario, es un placer conocerle. Señor Drayton —dijo a modo de saludo breve.

—Buenas tardes, agente Ward —contestó Drayton—. Siéntese, por favor. Hoy nos acompaña el secretario Thomson, que quiere escuchar de primera mano cómo está la situación en Los Ángeles. —Thomson asintió a modo de saludo—. Informe de situación.

—Por supuesto —obedeció Harry—. Como sabrán, a mediodía se le concedió el indulto al inspector Cassidy.

—El «señor» Cassidy —recalcó Drayton, recordando que Benjamin ya no ostentaba el cargo de inspector.

—Disculpe —rectificó Harry—, el señor Cassidy.

Tras un exhaustivo interrogatorio al personal del Departamento de Homicidios, no he encontrado ningún indicio de que alguien tuviese conocimiento de las acciones de Cassidy.

Tampoco parece que el capitán Whitmore supiese nada.

Aun así, por estricta precaución y por su negligencia a la hora de supervisar a Cassidy, me he tomado la libertad de destituir provisionalmente a Whitmore hasta que todo se aclare.

—Bien —intervino Drayton—. ¿Qué hay de los casos de Reaper y del señor Robert Beckett?

—Como saben, las pruebas de ADN confirmaron que el nombre real de Reaper era Wesley Rhodes, cuya relación con el Loco hace sostenible la implicación de Cassidy en su desaparición. En cuanto a Beckett, no hay indicios de que esté implicado.

—¿Y dónde está Cassidy en estos momentos?

—Lo desconozco, señor. Pero es evidente que está buscando a Blitz, que parece ser su objetivo.

—¿No le ha seguido al salir de prisión?

—Como pueden imaginar, el ambiente en comisaría está muy tenso. Tuve que ocuparme de la destitución del capitán Whitmore y tomar el mando del departamento. En cualquier caso, no pesa ningún cargo sobre él, la ley nos impide…

—Ahora mismo eso no importa, agente Ward —interrumpió Drayton—. La ley es flexible en estos casos. Encuéntrele y deténgale.

—Podría forzar un poco los indicios del caso de Rhodes, pero aun así necesitaría personal de mi confianza y una orden de detención.

—No será necesario. Un equipo del ISD ya está de camino para ponerse a su disposición.

—Lo entiendo, señor, pero es necesaria esa orden.

—Yo se la daré, agente —interrumpió el secretario Thomson—, no se preocupe por eso. Le honra ser escrupuloso con su trabajo, pero entienda que este caso está a punto de convertirse en un asunto de seguridad nacional. Es prioritario que detenga a Cassidy antes de que encuentre a Blitz.

—Sí, señor.

—Bien. Esperamos noticias, agente Ward.

Drayton y el secretario Thomson abandonaron la sala, que se iluminó de nuevo, dejando a Harry al otro lado, en pie con una sensación amarga.