El Umbral Capítulo VI. La justa medida
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Capítulo VI. La justa medida

Capítulo VI La justa medida

¿Puede la intención de un acto cambiar la ética de su naturaleza?

Esa pregunta había rondado a Ben durante muchos años.

Siempre le había horrorizado la idea de despertarse un día, mirarse al espejo y descubrir en su reflejo todo lo que más odiaba.

A menudo la duda le carcomía: ¿y si el mundo estaba en lo correcto y era él el que estaba equivocado?

Desde que tenía memoria, había escuchado que el Umbral no solo había contribuido a la recuperación económica, sino que también representaba el reconocimiento explícito de que el mal era una parte esencial e inseparable del ser humano, y que el gran error de la civilización había sido no aceptar aquella verdad con honestidad y sin miedo.

El nuevo paradigma moral consistía en otorgar a la maldad el derecho a coexistir junto con las demás cualidades humanas, asumiendo que no solo era inevitable, sino que, asimilada en su justa medida, era beneficiosa.

Cada vez que un Profesional alcanzaba el Umbral, miles de vidas mejoraban o incluso se salvaban a costa de una sola, y, al igual que un policía que moría en el ejercicio de su deber, el sacrificado era ascendido a la condición de héroe involuntario.

Al final, el Umbral no era más que eso: una línea razonable que dividía lo que estaba bien de lo que estaba mal, un listón que indicaba con claridad a partir de cuándo expiaba uno sus pecados.

Ben siempre estuvo seguro de a qué lado de esa línea se encontraba él, pero ya no lo tenía tan claro.

Rebelarse contra aquella nueva moral le había llevado a asesinar a más de dos decenas de personas en los últimos años, y, por si fuera poco, había disfrutado en más de una ocasión.

Ese hecho comenzaba a atormentarle cada día más, y tal vez ya era demasiado tarde para escapar del juicio del espejo.

A las ocho y media de la mañana, Harry entró en los calabozos de la comisaría de Los Ángeles, caminó hasta la última celda al final del pasillo y en su interior vio a Ben, tumbado boca arriba en el banquillo y cubriéndose la cara con un brazo para evitar la fría luz matinal que entraba desde el exterior por una suerte de tronera.

Estaba tan exhausto y malherido tras su encuentro con Blitz que parecía haberle arrollado un camión.

Harry se llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta, sacó un pequeño bote y dejó caer una pastilla en su mano.

—¿Quieres un Lázarex? —le preguntó.

—No, gracias. Prefiero que me duela. Quizás así aprenda algo.

Harry se echó la pastilla a la boca, pues él también tenía algunos moretones en la cara, resultado de su pelea con Ben. A continuación se sentó en una silla frente a los barrotes de la celda.

—¿Cómo lograste sobrevivir a Blitz? —preguntó.

—Suerte, supongo…

—No existe tanta suerte en el mundo.

Ben guardó silencio.

—¿Por qué él? —interrogó Harry.

—Qué importa ya.

—Tengo curiosidad. Mataste a Reaper para llegar al Loco, al Loco para acercarte a Beckett y a Beckett para encontrar a Blitz. Quiero saber por qué.

Ben se quitó el antebrazo de la cara, se incorporó en el banco y miró extrañado a Harry.

—¿Eso es lo que te quita el sueño?

—Es mi trabajo.

—Pues quizás estás haciendo tu trabajo con demasiado entusiasmo.

—¿Qué quieres que te diga? Hay muchas razones para estar en este lado de los barrotes y muy pocas para estar contigo en ese.

—Aun así, hay razones.

—¿Y cuáles son?

—Maté al Loco porque era un psicópata. ¿No te parece suficiente razón?

—Ya… ¿Y a los demás?

—¿Los demás? No sé a quiénes te refieres.

—Esto no es un juicio, solo estamos charlando.

—Yo no maté a Reaper ni a Beckett.

Harry miró a Ben con una sonrisa cómplice. No esperaba que su estrategia fuese negarlo todo como un criminal cualquiera.

—Está bien —dijo, levantándose de la silla—. Perdona por haberte molestado.

Harry se fue caminando hacia la puerta del calabozo, pero, antes de que llegase, Ben le voceó desde su celda.

—Harry, ¿tienes hora?

—Las nueve y cuarto —contestó mirando el reloj—. ¿Por qué? ¿Llegas tarde a algún sitio?

—No. Solo quería pedirte disculpas.

—¿Disculpas? ¿Por qué?

—Por lo que acaba de ocurrir.

En ese momento, un agente de la comisaría abrió la puerta del calabozo y con tono alterado se dirigió a Harry.

—Agente Ward, debería subir a ver una cosa.

Al llegar a la planta del Departamento de Homicidios, los teléfonos de todas las mesas no paraban de sonar con insistencia.

Los agentes que allí se encontraban estaban mirando atentamente una de las grandes pantallas donde se estaba reproduciendo el vídeo del asesinato del Loco a manos de un individuo con pasamontañas.

—¿¡Pero qué hacéis!? —exclamó Harry—. ¡Eso es una prueba confidencial!

—No somos nosotros —aclaró el agente—, lo están emitiendo por televisión.

De pronto Harry se dio cuenta que en una esquina de la pantalla aparecía el logo de The Morning Wire, el programa de Paige Hamilton. Al acabar el vídeo apareció la presentadora tras un rótulo que decía « El Loco, asesinado en su casa de Los Ángeles », mientras ella narraba la noticia.

—Están ustedes viendo en sus pantallas el asesinato de un hombre llamado Ethan Drake, al que un encapuchado asaltó en su propia casa del centro de Los Ángeles hace apenas unos días.

Según la información que nos ha llegado, Ethan Drake, de cincuenta y ocho años y nacido en Tennessee, era la identidad oculta del famoso Profesional conocido como «el Loco».

El vídeo fue publicado hace unos minutos por el propio asesino e incluye una escena donde confiesa su crimen.

Tras la información, emitieron otro vídeo en el que aparecía Ben hablando a la cámara.

—Me llamo Benjamin Cassidy y soy inspector del Departamento de Homicidios de Los Ángeles.

Hace pocos días irrumpí en el apartamento de Ethan Drake, identidad civil del Profesional conocido como «el Loco».

Todos los informes oficiales que corroboran mi declaración han sido enviados a los principales medios de comunicación para que puedan comprobarlos. Muchas gracias por su atención.

»En estos momentos estamos intentando contactar con el Departamento de Policía de Los Ángeles para confirmar estos hechos, que…

—Qué hijo de puta… —murmuró Harry.

El capitán Whitmore había visto la noticia desde su despacho.

En lo primero en que pensó fue en cómo minimizar el escándalo para que la sombra de la sospecha no se extendiese por toda la comisaría, pero el daño ya estaba hecho.

Era cuestión de tiempo que un equipo del ISD tomase por completo el control del departamento.

La noticia corrió como la pólvora por todo el mundo.

Aunque el vídeo no era en absoluto espectacular, el morbo que despertó ver a una estrella legendaria como el Loco asesinado en la privacidad de su propio hogar era irresistible, y las visitas comenzaron a aumentar rápidamente.

Todos querían ver el rostro que se ocultaba tras la máscara del Loco.

Durante la primera hora desde su estreno, el vídeo alcanzó los diez millones de visitas; en la segunda, quinientos; en la tercera sobrepasó los mil millones.

Meredith Goldman seguía atentamente las cifras desde su despacho.

El mundo entero estaba viendo cómo uno de sus activos más preciados era derrotado, humillado y ejecutado ante la cámara.

Descolgó el teléfono y llamó con urgencia al secretario de Seguridad Nacional, Roger Thomson, responsable político del ISD.

Furiosa, le exigió que la informase a la mayor brevedad de lo que estaba ocurriendo en la comisaría de Los Ángeles y de todo lo referente al inspector Benjamin Cassidy.

Andrew vio el vídeo en su teléfono mientras desayunaba en el porche de la casa de su padre en Malibú e inmediatamente trató de llamar a Ben, pero no obtuvo respuesta.

Chloe se enteró de la noticia al despertar en su apartamento.

Entre las sábanas ensangrentadas de su cama, abrió el enlace que llevaba al vídeo y se estremeció al ver a Ben dando rienda suelta a su faceta más violenta.

Aquello era algo que llevaba tiempo deseando: el monstruo que Benjamin ocultaba bajo esa máscara formal de chico bueno.

Fue tal el éxtasis que sintió al verle entre tanta violencia que se excitó y no pudo evitar llevar la mano por debajo de su ropa interior hasta su entrepierna.

Comenzó a acariciarse mientras veía el vídeo una y otra vez, retorciéndose entre las sábanas.

A Natalie la noticia la encontró acurrucada en el sofá de su casa, aún afectada por la violenta pérdida de John Raymond.

Al ver las imágenes de la primicia en la televisión, dejó su desayuno a medias y se inclinó hasta el borde del sofá, deseando no creer lo que veían sus ojos.

Por un instante pensó que se trataba de una broma; luego intentó convencerse de que debía de haber alguna explicación razonable relacionada con su trabajo, pero, según avanzaba la mañana y los programas comentaban más a fondo la noticia, acabó por asumir que aquello que parecía imposible estaba pasando de verdad.

Se sintió confusa y ultrajada al comprender que el propio Ben era un Profesional más.

Todo pareció perder el sentido, y de un instante a otro todas sus certezas se desvanecieron en la nada.

En un ataque de ira, cogió su teléfono y le llamó para exigirle explicaciones, pero al saltarle el contestador automático solo pudo dejarle un mensaje en el que vomitó todo lo que sentía y pensaba, le echó en cara todas sus mentiras y le acusó de haberla traicionado.

Se desahogó con aquel aparato hasta que casi se quedó sin voz, gritando que no quería volver a verlo jamás justo antes de colgar.

A las doce y veinte del mediodía, el vídeo alcanzó los mil quinientos millones de visualizaciones. Había superado el Umbral.