Capítulo V. Réquiem #5
Totalmente a oscuras, Todd se percató de que sus captores le habían metido algo en un bolsillo del pantalón: era una pequeña linterna.
La encendió y observó que se encontraba en medio de una enorme sala llena de cascotes de cemento, desechos de toda clase y muros vandalizados.
Comenzó a caminar por el ruinoso lugar a través de los escombros, dispuesto a hallar una salida, pero no encontró más que puertas y ventanas selladas, imposibles de derribar, ni siquiera con la ayuda de una tubería metálica, con la que estuvo golpeando durante un rato lo que parecía el punto más débil de una de las salidas.
Apenas logró resquebrajar un poco unos ladrillos cuando la tubería se rompió, haciéndole daño en la mano.
Poco después encontró unas escaleras que subían a la primera planta, donde tuvo idéntica suerte.
Todo estaba completamente cerrado. Luego subió a la segunda planta, y a continuación a la tercera.
Por fin, a la altura de la cuarta planta, encontró una escalera de emergencia que subía por un estrecho pasillo y desembocaba en una puerta que sí consiguió abrir y tras la que descubrió por fin el exterior.
Parecía haber llegado a la enorme azotea del centro comercial, donde cuatro grandes aparatos de luz iluminaban toda el área desde las esquinas, bajo la torrencial lluvia, como si fuese un inmenso cuadrilátero de boxeo.
Todd salió apresurado y se asomó a uno de los umbrales de la azotea solo para comprobar que la caída era de unos veinte o veinticinco metros.
De pronto escuchó cómo la puerta metálica por la que había accedido allí se cerraba con un escandaloso estruendo.
Durante el tiempo que duró su cautiverio, pensó que le retenían con la intención de pedir un rescate, pero al verse en aquel lugar, pudo intuir por fin el propósito de todo aquello y no tardó mucho en confirmar sus peores miedos.
A escasos metros, y de pie bajo la intensa lluvia, estaba Blitz, completamente inmóvil, con su característico pelo largo y gris, el torso expuesto y su máscara táctica de ojos luminosos que le clavaban la mirada.
Todd era un aficionado a la lucha en todas sus modalidades y conocía de sobra la temida velocidad de reacción de Blitz, pero siempre creyó que su estilo no estaba muy depurado.
Creía que el Profesional confiaba tanto en su velocidad que nunca se había tomado la molestia de entrenar la técnica, lo que podía darle una oportunidad.
El Muro respiró profundamente, asumiendo que la confrontación era la única manera de salir de allí, se puso en guardia y avanzó hacia Blitz con todos los sentidos dispuestos a activarse ante la reacción de este.
Tras unos momentos de tanteo, Blitz se acercó a él, buscando un buen combate que pusiese en tensión a su audiencia.
Todd comenzó a atacar y Blitz no esquivó los golpes, sino que decidió bloquearlos uno tras otro.
Cada golpe parecía a punto de hacer trizas a Blitz, pues apenas pesaba la mitad que Todd.
Sin embargo, aquella clara desventaja, en lugar de infundirle confianza al atleta, le produjo un terror absoluto.
Todd pudo notar los milimétricos movimientos con los que Blitz amortiguaba los golpes para que el impacto fuese menor y comprendió que solo estaba jugando con él.
Aun así, no cejó en su empeño y continuó golpeándole.
No obstante, por muy fuertes que fuesen los golpes, estos no parecían afectar en absoluto a su oponente.
Pasado un rato, comenzó a cansarse, y Blitz le dio espacio para que recuperase el aliento, momento en que Todd comprendió que todo estaba perdido; su esperanza de vida dependía del tiempo que tardase en aburrirse de él.
De pronto Blitz escuchó una detonación eléctrica a su espalda y con un rapidísimo movimiento logró esquivar un proyectil aturdidor que le pasó a pocos milímetros de la cara e impactó contra una de las cornisas de la azotea.
Miró hacia el origen del proyectil y vio a un tipo con un traje táctico negro y un casco ligero que le cubría toda la cara.
—Mierda —murmuró Benjamin, tras su máscara.
Sin mediar palabra, Blitz comenzó a correr hacia él.
Ben efectuó otros dos disparos más, pero Blitz los esquivó in extremis.
En un par de segundos, ya lo tenía encima y con un preciso golpe había conseguido arrebatarle el arma de las manos.
Por mucho que quisiese tener confianza en sí mismo, Ben acababa de ser testigo directo de la inhumana velocidad de Blitz, lo que echó por tierra la pequeña esperanza que aún albergaba de que aquello no fuese más que un truco de cámara destinado a darle espectacularidad a sus vídeos.
En ese preciso momento fue consciente de que lo más probable era que muriese en esa azotea.
De pronto volvió a sentir algo muy parecido a lo que le ocurrió sobre aquel escritorio del club Obsidian: el latido de su corazón se ralentizó tanto que pareció detenerse, las gotas de lluvia quedaron casi suspendidas en el aire ante él y el ruido que producían al impactar contra el suelo se descompuso hasta que pudo escuchar cada una de ellas.
El veloz movimiento de Blitz se volvió más lento y perceptible, dando tiempo a Ben a reaccionar.
Pero su cuerpo no se movía tan rápido como lo hacían sus pensamientos, sino que sus músculos arrancaban con una explosión inicial a la que le seguía un movimiento lento y continuo.
Aun así, fue suficiente para que pudiese esquivar en el último momento el ataque de Blitz, cuyo puño le pasó tan cerca de la cara que pudo sentir la leve brisa que levantó y las salpicaduras de las gotas que explotaban a su paso.
Tras el fallido ataque, el Profesional pareció quedarse atónito.
Permaneció unos segundos observando fijamente a Ben, recreándose en las posibilidades de aquella batalla.
Luego miró a Todd, que se encontraba paralizado a pocos metros, perplejo ante la velocidad de ambos.
—Vete —le ordenó.
Sin pensarlo dos veces, Todd salió corriendo hacia la puerta de la azotea y la abandonó.
—¿Quién eres tú? —preguntó Blitz a su oponente.