El Umbral Capítulo V. Réquiem #4
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Capítulo V. Réquiem #4

Aquella noche decenas de personas llenaban el Fallen Angel, donde reinaba un ambiente animado.

Tras su arrebato de ira, Chloe se había duchado, maquillado y vestido con un sugerente conjunto rojo de los que no dejaban indiferente.

Estaba sentada a la mesa, bebiendo y tonteando con unos clientes habituales: tres chicos y dos chicas, todos ellos jóvenes y atractivos.

En cierto momento de la noche le dijeron a Chloe que muy cerca se estaba celebrando una fiesta en el penthouse de unos amigos y que los acompañase para continuar la fiesta allí.

A ella le entusiasmó la idea, pero dijo que tendría que esperar hasta que cerrara el Fallen Angel, así que le pidió a una de las chicas que se quedase con ella para reunirse con el resto del grupo más tarde.

—Si me esperas, podemos ponernos un par de tiros antes de ir a la fiesta —le susurró Chloe a aquella chica.

La oferta convenció a Anna, una joven de una belleza fina y delicada y con un precioso cabello rubio con la que Chloe llevaba hablando un buen rato.

Cuando el resto del grupo salió del bar, Anna acompañó a Chloe hasta su apartamento subiendo las escaleras del fondo del local y, al entrar, le sorprendió encontrar todo destrozado.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó boquiabierta.

—Ah, no te preocupes. Esta mañana han entrado a robar y aún no he tenido tiempo de arreglarlo —se excusó Chloe, sin poner mucho empeño en la mentira.

—Pero… ¡Dios mío! ¿Tú estás bien? ¿Has llamado a la policía?

—Te he dicho que no te preocupes. No se han llevado nada de valor. Ven, tengo la bolsita por alguna parte.

Chloe rebuscó entre el estropicio sin darle importancia a la preocupación de su nueva amiga hasta que encontró una cajita donde guardaba cocaína y algunas pastillas.

Mientras Anna preparaba unas rayas sentada en los restos de la desvencijada cama, Chloe sirvió un par de copas, sacó disimuladamente una pequeña cápsula de cristal que guardaba en el sujetador y dejó caer un par de gotas de su contenido en el vaso de su invitada sin que esta lo viese.

—Toma, brinda conmigo —dijo Chloe, ofreciéndole la copa.

Tras limpiarse los restos de polvo blanco de la nariz, Anna cogió el vaso para darle un trago. Justo antes de hacerlo, sintió rechazo por el fuerte olor de la bebida.

—Uf —resopló con una mueca de asco—. Lo siento, no me gusta el whisky.

—¿Cómo que no te gusta? Vamos, no vas a dejar que beba sola, ¿no?

—Es que no soporto el sabor, me da ganas de vomitar. Mejor volvamos al bar y me tomo allí algo.

—No hay prisa —dijo Chloe con tono seductor—, podemos quedarnos un rato aquí, ¿no?

Chloe comenzó a acariciarle la pierna desde la rodilla hasta el límite de la falda hasta que Anna se apartó, incómoda por la situación y el inhóspito ambiente de aquel apartamento. Rápidamente se puso en pie y se encaminó hacia la entrada.

—Lo siento, pero deberíamos irnos —objetó, visiblemente nerviosa—. Ya nos estarán esperando en la fiesta, ¿no?

—Te he dicho que no hay prisa. Te prepararé una copa de algo que no sea whisky. Creo que tengo vodka o tequila —añadió mientras rebuscaba…

Anna empezó a ponerse nerviosa y se encaminó a la puerta para intentar abrirla antes de darse cuenta de que la cerradura biométrica estaba bloqueada.

—Chloe, vámonos, venga —rogó, asustada—. Quiero ir con los demás.

—Mira, guapa —soltó Chloe tomando un respiro para controlarse—. No estoy teniendo un buen día. Solo quiero tomarme una puta copa aquí contigo, ¿tan difícil es?

Desde aquel momento ya no cabían subterfugios, y Anna comenzó a hiperventilar. Los ojos se le inundaron de lágrimas y se le hizo un nudo en la garganta.

—Chloe, déjame salir, por favor —suplicó entre sollozos.

Chloe metió la mano entre los restos de la mesita de noche, que yacía rota en el suelo, y sacó un cuchillo de tamaño considerable, con la punta curvada.

—No vas a rechazarme —dijo mientras se le acercaba lentamente con el cuchillo.

Anna comenzó a aporrear la puerta y a gritar pidiendo ayuda, pero el apartamento estaba insonorizado, y el volumen de la música del bar, tan alto que nadie podía oírla.

En cuanto Chloe la tuvo al alcance, la agarró del pelo y la llevó a rastras hasta la cama.

Allí le arrancó los tirantes del vestido y la desnudó completamente con violentos tirones de ropa.

Con el cuchillo en ristre y el rostro desencajado, la obligó a tumbarse en la cama y después se puso ella encima.

Cuando estuvo sobre ella, posó el cuchillo en su cuello mientras sacaba de nuevo la capsulita de cristal del sujetador, esta vez sin ocultarse, y la colocó sobre los labios de Anna.

—Abre la boca —le ordenó.

Entre temblores y sollozos mudos, la chica obedeció con lentitud y Chloe dejó caer tres gotas directamente en su lengua.

—Tú y yo vamos a pasarlo muy bien —añadió.

Con una sonrisa tan bella como inquietante, Chloe se inclinó despacio sobre su presa y comenzó a besarla con suavidad sin separar el filo del cuchillo de su cuello.

Tal y como estaba previsto para aquella misma noche, una lluvia torrencial programada comenzó a caer a las tres en punto de la madrugada.

Al sur de la ciudad, un coche negro recorría las solitarias calles de uno de los distritos abandonados tras la Gran Crisis, donde decenas de edificios antiguos que irían siendo derribados con el paso del tiempo servían como refugio para adictos, marginados y desertores del progreso.

Allí regía una ley distinta a la del resto del país, ya que no eran pocos los que renegaban del nuevo paradigma económico- social que se impuso tras el fin de la Gran Crisis.

Los inmensos avances en el ámbito de la Inteligencia Artificial asustaban a mucha gente incluso después de las regulaciones, y poco a poco fueron conformando una pseudosociedad paralela en los suburbios, donde las autoridades hacían la vista gorda siempre y cuando no interfiriesen con la paz social de los núcleos urbanos.

El coche se detuvo ante las ruinas de un antiguo centro comercial que en tiempos del Apagón fue utilizado como refugio fortificado y se había mantenido así desde entonces.

Cuatro hombres bajaron del coche y sacaron a rastras al defensa de los RAMS, Todd Smith-Ferguson, también conocido como «el Muro» y cuya desaparición se había denunciado en todos los medios hacía ya varios días.

Bajo la intensa lluvia, los cuatro tipos arrastraron a Todd hasta una de las puertas metálicas del centro comercial.

Desataron al atleta, lo arrojaron al interior del edificio y condenaron la puerta con un candado, dejándole encerrado en la oscuridad.

En cuanto Todd consiguió ponerse en pie, aporreó la chapa metálica, gritando para que le dejaran salir de allí, pero ya era tarde.

La fortaleza estaba sellada por completo.