Capítulo V. Réquiem #3
Ben se despertó de un sobresalto, con el corazón bombeándole a toda velocidad.
Tardó unos segundos en situarse hasta que a su lado vio a Natalie, durmiendo plácidamente en la cama.
Se llevó la mano a la frente y trató de tranquilizarse, frotándosela de un lado a otro.
Se levantó de la cama con cuidado para no despertarla, se asomó a la ventana y vio que el cielo comenzaba a clarear ante el inminente amanecer.
Se vistió en silencio y, antes de salir de la habitación, volvió a mirarla.
Durante un segundo le habría encantado volver a meterse en la cama junto a ella y disfrutar de aquella paz que la rodeaba, pero algo en su interior se lo impidió. El nuevo día se había impuesto.
Desayunó un café y una tostada en el interior de su coche mientras este lo llevaba hacia la bahía de San Pedro, junto a Long Beach, al sur del centro de Los Ángeles.
En agradecimiento por su ayuda para encontrar a Marlene, la chica secuestrada por el Productor, Alec le había facilitado un código con el que acceder a un almacén clandestino situado en el puerto, donde guardaba una parte de su equipo táctico.
Al llegar, abrió la compuerta del almacén y la cerró a su paso para poder seleccionar el equipamiento antes de su encuentro con Blitz.
Allí encontró de todo: armas, material ofensivo, defensivo y táctico…
, incluso una moto de gasolina sin matrícula registrada.
Parecía que Alec había cumplido con su parte, y eso le permitió a Ben albergar una pequeña esperanza de sobrevivir a aquella noche.
Colocó su teléfono sobre una de las cajas blindadas, se sentó justo frente a él y activó la cámara para grabarse un vídeo.
Luego carraspeó para aclarar la voz y comenzó a hablar:
—Me llamo Benjamin Cassidy. Soy inspector del Departamento de Homicidios de Los Ángeles…
Aquella misma mañana, Harry había estado preguntando por Benjamin al ver que no se había presentado en comisaría.
Al parecer, había avisado de que pasaría el día vigilando a uno de los socios del club Obsidian que, según dijo, se había librado del tiroteo porque no estaba en el club aquella noche; una excusa decente, pero que no convenció a Harry.
Sus sospechas se confirmaron cuando usó el permiso de seguridad que le otorgaba su rango para acceder al GPS del teléfono de Ben y le localizó en su apartamento.
No parecía el lugar más idóneo para una vigilancia, así que, sin mediar palabra, cogió su chaqueta y salió de la comisaría, dispuesto a plantarse frente a la casa de Ben y montar guardia para averiguar qué se traía entre manos.
Pasaron varias horas y, según el GPS, Benjamin no parecía moverse de su apartamento.
Harry comenzó a pensar que era muy posible que hubiese dejado su teléfono habitual en casa; no sería tan estúpido como para llevarlo encima mientras se ocupaba de asuntos que pudieran comprometerle.
Aun así, y como no sabía dónde podía estar, no le quedó más remedio que seguir esperando.
Al caer la tarde recibió una llamada inesperada que al menos le distrajo de la tediosa vigilancia.
—Hola, Harry —saludó Chloe al otro lado de la línea—. ¿Te pillo en buen momento?
—Eh…, hola. En realidad me pillas trabajando.
—Pues espero que no estés en mitad de un tiroteo.
—Algo así. ¿Qué quieres, Chloe?
—Me preguntaba si tendrías la noche libre —dijo ella, estremeciéndose en su cama.
Tenía un pómulo amoratado, una herida en el labio y varios moretones por todo el cuerpo tras su último encuentro con Harry. Aquello no solo parecía no importarle, sino que de vez en cuando se apretaba en las lesiones, paladeando el dolor.
—Creo que hoy estoy un poco mimosa —añadió.
—Escucha, Chloe —cortó Harry, dudando de su respuesta—, estoy trabajando.
Le tentaba la oferta, pero tras la última noche con ella se prometió a sí mismo no volver a caer en la trampa. Cada vez que lo hacía, se despertaba con dolor de cabeza, recuerdos difusos y heridas que ya le costaba disimular.
—Creo que será mejor que te llame en otro momento —dijo finalmente.
—¿En otro momento? ¿Cuándo? —se indignó ella.
—Quizás otro día. No lo sé, Chloe. Ahora estoy muy ocupado. Tengo que dejarte.
—¡¿Qué?! ¡Harry!
Harry colgó rápidamente dejándola con la palabra en la boca mientras ella se quedaba mirando el teléfono con cara de asombro.
No podía creer que le hubiese colgado. Tiró el aparato al suelo, invadida por la rabia, y comenzó a gritar y a maldecirle.
Cuando se vació de ira, se quedó tumbada en la cama, mirando al techo y muerta de aburrimiento en medio de un gurruño de sábanas.
Comenzó a sentir de nuevo un ligero dolor de cabeza, fruto de la resaca de la noche anterior.
Se había tomado un Lázarex un par de horas antes, así que empezó a rebuscar por la cama, convencida de haber visto otro dando vueltas por alguna parte.
Finalmente encontró una pastilla que no supo reconocer con exactitud y, sin pensárselo dos veces, se la llevó a la boca.
La espera de Harry dio sus frutos cuando, rayando la puesta de sol, un motorista aparcó frente a la puerta del edificio. Al quitarse el casco, vio que se trataba de Benjamin y que llevaba una bolsa negra aparentemente pesada en la parte de atrás de la moto.
Ben subió hasta su apartamento, soltó la bolsa en el suelo nada más entrar y comenzó a prepararse.
Puso sobre la mesa el traje táctico que le había regalado Alec junto con una serie de artilugios que fue montando y fijando tanto en el chaleco como en los guantes.
Al terminar de montar el equipo, comenzó su última sesión de entrenamiento, consistente en dominadas, flexiones y estiramientos.
Finalizó con un poco de cardio mientras miraba de reojo en la tele algunos vídeos de Blitz, tratando de repasar por última vez cada movimiento de su estilo de lucha, como llevaba haciendo los últimos meses.
Al terminar la ronda de ejercicios, comió algo e intentó relajarse un rato antes de darse una buena ducha.
Chloe, aún tirada sobre su cama, miraba fijamente la maltrecha pantalla de su teléfono, donde aparecía el nombre de Ben, dudando si hacer o no aquella llamada.
Hacía tiempo que no hablaban, y lo cierto es que su última conversación no había acabado en buenos términos, pero su necesidad de tener un poco de acción era indomable, y el hastío, imposible de soportar. Al final pulso el botón de llamada.
—¿Chloe? —preguntó Ben, extrañado tras ver su nombre en la pantalla y descolgar.
—Hola, Ben. Me alegra oírte, no sabía si contestarías.
—¿Va todo bien?
—Sí, no te preocupes. Es solo que pensaba en ti.
—Chloe —suspiró él llevándose la mano a la cara para frotarse los ojos y calmarse.
—Espera, escúchame. Necesito hablar contigo un rato. ¿Podríamos vernos esta noche?
Él suspiró al verse de nuevo repitiendo una conversación que ya habían tenido muchas veces.
—No. Y, sinceramente, no creo que sea buena idea.
—Vamos, Benji, solo sería un rato —suplicó con voz de chica buena—. Sé que en el fondo me echas de menos.
—Ya hemos pasado por esto.
—¿No estás harto de ocultarte, Ben? —preguntó, intentando meterse en su cabeza, como ya había hecho antes—. ¿Recuerdas cómo disfrutábamos tú y yo? Sin ataduras, sin juicios…, sin límites.
—Basta, Chloe…
—Sé que lo estás deseando. Sabes que soy la única que te libera de todo. La que saca toda esa mierda que llevas dentro para que puedas aguantar un día más.
—Tienes que buscar ayuda. Estás enferma.
—Como si tú no lo estuvieses. ¿Alguna chica se ha creído la excusa de que estabas de servicio cuando vuelves a casa cubierto de sangre en mitad de la madrugada? Sé lo que eres, Benji. A mí nunca me engañaste, y lo sabes. Por eso estabas cómodo conmigo.
—No sabes una mierda de mí.
—Claro que lo sé —dijo ella suavizando sensualmente la voz—. Recuerdo cada una de las cicatrices de tu cuerpo, algunas te las hice yo. Tú también me dejaste algunas, ¿lo recuerdas?
—Basta, Chloe.
—Ahora mismo estoy acariciando una de ellas, pero creo que necesito otras nuevas.
—No vuelvas a llamarme.
Ben colgó bruscamente la llamada. Cuando Chloe se dio cuenta, permaneció unos segundos en silencio y luego explotó.
Tiró el teléfono contra la pared con todas sus fuerzas, destrozándolo en pedazos; cogió una silla por el respaldo y se lio a golpes con todo lo que había en su apartamento.
Destrozó el espejo, el tocador, las mesillas de noche, las lámparas y todo lo que había en aquella caótica habitación…
Cuando no hubo más que romper, comenzó a gritar llena de rabia hasta que su cara se puso roja, se le hincharon las venas del cuello y la frente y sus ojos estuvieron a punto de estallar.
Habría matado a Benjamin de tenerlo frente a ella.
Tuvo ansias de matar a cualquiera que en algún momento de su vida le hubiese negado un deseo.
Cuando se le agotaron todas las fuerzas, se quedó en mitad de aquel apartamento en ruinas, de rodillas, jadeando aceleradamente y con un hilo de saliva cayéndole de la boca como a un animal salvaje.
Caída la noche, Meredith subió por las escaleras de su mansión de Bel Air hasta llegar al ático, donde vivía Phoenix.
Tras llamar a su puerta varias veces sin respuesta, decidió entrar.
Se asomó tímidamente y le llamó en voz alta, pero el apartamento parecía vacío. Asustada, llamó a su jefe de seguridad.
—Señor Mitchell, no encuentro a Phoenix. ¿Sabe si ha salido del recinto?
—No me han informado de que haya salido, señora Goldman. ¿Quiere que lo busquemos?
—Sí, por favor. Avísenme en cuanto le encuentren.
—Sí, señora Goldman.
Meredith se quedó de pie frente al ventanal, mirando al rojizo horizonte que anunciaba la noche. De pronto, un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando se dio cuenta de que había perdido el control sobre Phoenix.