El Umbral Capítulo V. Réquiem #2
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Capítulo V. Réquiem #2

Al llegar, entró en la casa y echó un vistazo alrededor.

Encontró todo en el mismo sitio de siempre.

No había rastros de violencia ni señales de que alguien hubiese forzado las puertas o ventanas.

Cuando su padre iba a la casa, no solía cerrar todo con llave porque la zona era muy tranquila y su mayor protección era el anonimato de la propiedad.

Fred se preocupaba más por el espionaje informático que por un posible asalto físico, para lo cual prefería contar con algunas armas ocultas por las distintas habitaciones de la casa.

Cuando Andrew entró en el salón, un vacío intenso se adueñó de él al ver ante sí el sillón donde la policía había encontrado el cuerpo de su padre, con restos de sangre aún visibles en la tapicería y la madera del suelo.

El sol entraba por la puerta del porche iluminando aquella estancia, en la que imperaba una calma inquietante, tan solo mecida por las partículas de polvo que flotaban en el aire.

En su cabeza, aquella pacífica imagen contrastó violentamente con los hechos ocurridos un par de noches antes.

Pasados unos minutos, consiguió salir de aquel estado de abstracción y comenzó a deambular por el lugar observando con detenimiento por si algo le llamaba la atención, pero todo parecía estar en orden.

En la casa no era posible hallar ningún tipo de pista informática, pero tampoco ADN, ni huellas, ni vestigios de un enfrentamiento…

, nada. Andrew solo fue encontrando un recuerdo tras otro sin que ello aportase una respuesta a ninguna de sus preguntas.

Después de un buen rato dando vueltas, se detuvo ante una foto en una de las estanterías en la que aparecían Fred, Benjamin y él mismo en la playa con la casa a sus espaldas.

Andrew la miró detenidamente con una sonrisa mientras revivía tiempos mejores.

Pensó que, en el momento en que se tomó aquella instantánea, él aún estaba con Gillian; Benjamin acababa de salir del orfanato y había conocido a Natalie pocos días antes, y Fred parecía más feliz que nunca.

Además, aunque todavía le quedaba un año para abandonar el orfanato, Tom aún estaba vivo, y habían ido a visitarle aquel mismo verano, que fue la última vez que le vio con vida.

A Andrew le sobrevino la pesada sensación de que todo tiempo pasado fue mejor.

Afortunadamente, la imagen de su hijo David le vino a la cabeza y recordó que la vida le había sonreído dándole algo por lo que seguir luchando.

Habían pasado cuatro días desde el asesinato múltiple en la mansión de Robert Beckett.

La agente Summers llevaba tres de ellos en comisaría, analizando todo tipo de dispositivos electrónicos pertenecientes a Beckett en busca de algún dato que se hubiese salvado del borrado automático tras su muerte.

En un antiguo teléfono encontró algo llamativo y avisó de inmediato a Benjamin para que lo comprobase junto a ella en su ordenador.

Al parecer, en aquel dispositivo, Beckett tenía guardado un número de teléfono que hacía años había estado a nombre de Ethan Drake.

—El Loco… —dijo Ben al verlo.

—Sí.

—¿Qué hacía Beckett con el número de teléfono del Loco? —se preguntó Ben en voz alta, con ignorancia impostada.

Había tratado de encarrilar la investigación hacia una vía muerta para ponerse a salvo, aunque con suerte no tendría que hacerlo durante mucho más tiempo.

Solo faltaba una noche para que Blitz grabara su próximo vídeo y por fin podría verle cara a cara.

Llevaba toda la semana distraído, pensando en aquel encuentro.

Había estado ejercitándose en sus ratos libres, consciente de que enfrentarse a Blitz no iba a ser tan fácil como le resultó matar a Reaper o al Loco.

Si lo que se veía en sus vídeos se parecía mínimamente a la realidad, era posible que no saliese vivo esta vez.

Hasta aquel día, siempre había sido consciente de su superioridad cuando se trataba de una pelea cuerpo a cuerpo, ya fuese en la calle contra un delincuente sin nombre o frente a un Profesional, pero, tratándose de Blitz, tenía la sensación de que la muerte podía llegarle de forma inminente.

—¿Inspector?

—¿Qué? —respondió Ben, retomando la atención.

—¿Se encuentra bien?

—Sí. Perdona, Summers.

—Le decía que sería buena idea volver a la mansión de Beckett y examinarla de nuevo en profundidad. Quizás encontremos alguna otra conexión entre él y el Loco.

—Claro. Me parece bien. Ve con Ortega y peinad la zona a fondo —contestó, fingiendo interés.

A pocos metros de la mesa de Sophia en la que ella y Benjamin hablaban, Harry Ward los observaba desde su despacho, pensativo.

Mientras pensaba, se masajeaba los nudillos, algo doloridos desde su última noche con Chloe, aunque no sabía exactamente por qué.

Le costaba recordar lo que ocurrió en aquella cama.

Lo último que recordaba era que ella le había confesado que su padre era nada menos que el Loco, pero justo después todo aparecía borroso y confuso.

Dudaba de si aquello había ocurrido de verdad, pero había algo de lo que estaba seguro desde aquella noche: Benjamin ocultaba algo.

Llevaba un rato mirándole, tratando de encajar la pieza que le faltaba, cuando, sin más, Ben alivió la articulación de su muñeca con una leve rotación de la mano.

Harry revivió aquello como si lo hubiese visto recientemente en alguna parte.

En ese instante cayó en la cuenta de dónde había visto ese gesto y un sudor frío le invadió de forma repentina.

Alterado, se inclinó sobre su ordenador y se apresuró a encontrar el archivo que contenía el vídeo del asesinato del Loco.

Pasó rápidamente las imágenes hasta que encontró el momento exacto en que el encapuchado ejecutaba al viejo Profesional y, a continuación, se quedaba observando su cadáver mientras este se desangraba en el suelo.

Ahí estaba. Un ajuste de cuello seguido de la misma rotación de la muñeca izquierda que Ben acababa de hacer.

Harry se dijo a sí mismo que tal vez fuese una coincidencia y que aquello no constituía una prueba consistente, pero hacía días que su instinto le señalaba en esa dirección y la última noche con Chloe no había hecho más que intensificar esa sensación.

Y aunque aquel detalle no era suficiente para detener a nadie, y menos a un inspector de policía, por fin creyó haber encontrado un nuevo un hilo del que tirar.

Como un mar de agujas, los plateados rascacielos que poblaban el centro extendido de la ciudad de Los Ángeles reflejaban la anaranjada luz de la puesta de sol, formando en las aceras un fascinante efecto parecido al de un rayo descompuesto que atravesaba un prisma.

Benjamin nunca se permitió dejar de asombrarse por aquel híbrido fenómeno, fruto del choque entre la naturaleza y la civilización.

Siempre que salía de comisaría y tenía ocasión, caminaba por una de las avenidas centrales para perder la vista entre el cautivador juego de espejos que formaban las inmensas edificaciones, pero aquel día no logró disfrutarlo del todo.

Se dirigía a casa de Natalie, con quien había quedado para cenar.

Pero solo podía pensar en que podría ser la última noche que pasase junto a ella, y entonces todo cobró un sentido más serio y trascendental.

Tras la cena pasaron un buen rato charlando con una copa de vino y, durante un momento, Ben se olvidó de todo lo que le preocupaba.

Solo necesitaba verla sonreír, y eso bastó para acaparar la atención de cada centímetro de su mente.

Más tarde se abrazaban desnudos en la cama y ella pareció quedarse dormida.

Ben prefirió mantenerse despierto, disfrutando del momento antes de que se convirtiese en otro recuerdo.

Le habría gustado que el tiempo se dilatase, como le pasó en el Obsidian, para poder quedarse con ella durante días en aquella cama, pero no ocurrió.

Un sencillo pensamiento le vino a la cabeza: «Estoy bien», y por primera vez en muchos años se planteó si todo lo que estaba haciendo merecía la pena.

Quizás ya había tenido suficiente y era la hora de dejar las cosas como estaban, tomar la siguiente salida y quedarse con Natalie.

Tras una hora despierto mirando al techo, disfrutando del olor de su pelo, a Ben comenzaron a pesarle los párpados y uno de aquellos pestañeos se alargó hasta que sin darse cuenta se quedó dormido.

—¡Ben! ¡Por favor, no subas! —dijo la voz de un hombre anciano.

—¡Soltadme! —respondió él, totalmente fuera de sí.

Ben subió apresurado una gran escalera de madera ante una virgen que le observaba con tristeza, como si supiese lo que encontraría arriba.

Miles de colores iluminaban aquellos escalones, que conducían hasta un oscuro pasillo al fondo del cual le esperaba una puerta.

Ben se quedó frente a aquella puerta con la mano puesta en el pomo, sin atreverse a entrar.

Sabía que allí dentro encontraría a Tom, culpándole con la mirada como cada vez que se asomaba a aquel umbral.

Pero esa noche Ben no quiso abrir esa puerta.

Quería bajar de nuevo por la escalera de colores y salir otra vez a la calle, pero no tuvo opción.

Fue el propio Tom el que abrió la puerta esta vez, extrañado al ver que Benjamin no quería entrar.

—¿Qué pasa, Ben? —preguntó un pequeño Tom de unos diez años de edad. Serio, triste.

Tras él, apareció Tom de nuevo, pero esta vez tenía quince años y un ojo morado.

—¿No vas a venir? —inquirió.

Por último, de un lado de la puerta apareció otro Tom, este con diecisiete años, la piel lívida, la mirada muerta e hilos de sangre cayéndole de la nariz.

—Has vuelto a llegar tarde —dijo con la voz ahogada.