Capítulo V. Réquiem
Capítulo V Réquiem
Las campanas tañeron durante aquella soleada mañana mientras el ataúd de Fred Perkins descendía, perdiéndose bajo el césped perfectamente cortado del Cementerio del Este.
Una nutrida multitud se congregó para despedirse de él por los largos años en los que siempre se mostró amable con todo aquel que le trataba.
Cuando el féretro se detuvo al fondo de la sepultura, el sacerdote que oficiaba la ceremonia dio paso a Andrew, que dedicó unas sentidas palabras a su padre contando cómo levantó una gran empresa multinacional junto a Meredith y cómo eso significó el principio del fin de la Gran Crisis.
Recordó que aquello le valió múltiples reconocimientos por parte de todos los sectores de la sociedad por su visionario emprendimiento, sin que por ello descuidase su calidad humana, mientras los asistentes asentían en silencio aquí y allí.
Habló de cómo Fred le rescató de aquel orfanato y le trató como si fuese su propio hijo, además de enseñarle todo lo que sabía y de disfrutar con él el poco tiempo libre que le quedaba después de trabajar.
Sin darse cuenta, lo que para Andrew al principio solo parecía una oportunidad de llegar a algo en la vida se convirtió en la historia de cómo conoció a un padre que le dio algo mucho más importante que la sangre: una nueva familia.
Rememoró las tardes en que se sentaban en el porche de la casa de Malibú y Fred ponía una y otra vez sus vinilos favoritos, que guardaba como oro en paño: los Beatles, Leonard Cohen, Bob Dylan…
A Andy le gustó tanto el disco de grandes éxitos de Elvis Presley que terminó rayándolo y tuvieron que comprar otro ejemplar.
También hubo tiempo para alguna anécdota divertida que arrancó una carcajada a los presentes.
Al terminar la ceremonia, y acompañado de su hijo David y su exmujer Gillian, Andrew saludó amablemente a todos aquellos que quisieron esperar para darle el pésame.
En más de una ocasión escuchó los murmullos de los asistentes, que comentaban la sorprendente ausencia de Meredith Goldman, cuya relación laboral y sentimental con Fred hacía que su presencia se diese por hecho.
Agotado tras saludar a casi un centenar de personas, Andrew se disculpó con Gillian y David para ir a charlar un rato con Benjamin, que le observaba a pocos metros bajo la sombra de un árbol.
—Ha sido un discurso muy bonito —dijo Ben.
—Gracias.
—Lamento mucho lo que ha pasado.
—No tiene sentido que mi padre se suicidase. Todo esto es una chapuza, Ben.
—Lo sé.
—No me dejan ver el cadáver. Había hablado con él un par de días antes y no solo no estaba deprimido, sino todo lo contrario, había retomado su relación con la señora Goldman.
Tras el susto de su desmayo, quería pasar más tiempo conmigo y con David.
Incluso habló de hacer un viaje los tres. No me creo nada.
—¿Sabes si Fred estaba enemistado con alguien?
—No lo sé. Pero hoy mismo iré a la casa de Malibú. Quizás haya algo allí que explique todo esto. Me vendría bien tu ayuda, Ben.
—Ya sabes que no tengo jurisdicción sobre el caso, que está en manos del Departamento del Sheriff del condado.
Además, aunque tuvieses indicios que sustentasen la teoría del asesinato, no me sería fácil acceder a los informes.
Son muy celosos cuando se trata de un pez gordo como tu padre, y eso contando con que no hayan untado a alguien.
Pero haré todo lo que esté en mi mano. Llámame si encuentras algo en Malibú y pensaremos qué hacer.
—Está bien, eso haré.
Ben le dio un fuerte abrazo de despedida.
—Ten cuidado, Andy. Si es verdad lo que dices, puede que no sea buena idea ir a esa casa.
—Descuida, yo también sé defenderme. Recuerda quién te salvaba el culo en el orfanato.
Ben sonrió al escucharle tan entero.
Habían pasado unos días desde la muerte de Fred y Meredith continuaba destrozada y sin decir palabra, vagando por la mansión como un fantasma.
Algo en ella había desaparecido. Apenas comía ni dormía, había dejado a un lado los asuntos de la empresa y no había vuelto a hablar con Phoenix.
Aquella mañana reunió las fuerzas suficientes para salir de la casa, caminar por el jardín y tomar el aire mientras repasaba cada momento que podía recordar junto a Fred.
Tras más de una hora sentada en una de las sillas del jardín, y con la mirada perdida entre los árboles, volvió la vista hacia la casa y miró el ventanal circular del piso más alto, donde Phoenix vivía oculto del mundo.
Se preguntó cómo estaría tras lo ocurrido; al fin y al cabo, él había sido su brazo ejecutor.
Subió la escalera que conducía a la planta más alta, que había reformado a modo de apartamento para que Phoenix se instalase allí.
Al llegar, llamó a la puerta, pero, tras varios intentos sin respuesta, decidió entrar.
Aquel lugar era una enorme habitación con ventanales redondos que daban al jardín exterior.
Había una cocina, un salón con cierto aire juvenil y una cama con las sábanas mal estiradas.
El droide de limpieza estaba inactivo, pues a Phoenix le gustaba abrirlo y desentrañarlo para añadirle modificaciones y mejoras.
También parecía desenvolverse bien con la carpintería, lo que se apreciaba en algunos muebles construidos por él.
Por todo el apartamento había lienzos apoyados de manera despreocupada contra las paredes en los que aparecían reproducidas maravillosas réplicas de los más grandes pintores de la historia: Da Vinci, Botticelli, Caravaggio, Rembrandt, Velázquez, Goya, Renoir…
Las mejores obras de aquellos gigantes estaban plasmadas a la perfección sobre los lienzos: cada forma, cada color, cada pincelada.
Aquel trabajo alcanzaba la absoluta perfección; eran copias idénticas a las originales.
Junto a uno de los ventanales estaba Phoenix, pintando formas erráticas sobre un lienzo mientras su blanco cabello brillaba con el sol.
Meredith se acercó lentamente en silencio y se quedó unos segundos observándole mientras pintaba.
—Vaya, esto es nuevo —dijo Meredith, sobreponiéndose como pudo a su dolor para tratar de conversar un poco con él—. ¿Es… abstracto?
—No —respondió sin un atisbo de emoción—. Solo intento hacer algo… propio.
Meredith, acostumbrada al manejo magistral que Phoenix tenía del pincel cuando copiaba obras de grandes artistas, se sorprendió al ver aquellas pinceladas informes y sin ninguna armonía ni sentido del color, pero no lo dijo en voz alta.
—Bueno, es… interesante.
—¿Qué quieres? —inquirió él, ofuscado.
—Sé que estos días he estado ausente y quiero pedirte perdón. Tendría que haber venido antes a verte, hijo.
—Hijo… —repitió Phoenix, paladeando aquella última palabra—. ¿Sabes? Fred y yo tuvimos una pequeña conversación antes de que le matase.
—¿Qué? —preguntó Meredith, perturbada por la crudeza con la que hablaba su hijo.
—«Madre» —pronunció—. Creo que esa palabra es lo único que te distingue de los demás. Sería una lástima que no fuese cierta, ¿verdad?
—¿De qué estás hablando?
—No importa. Te agradecería que me dejases solo…, madre.
Su actitud se había vuelto amenazante e infundió un nuevo terror en Meredith, que no estaba acostumbrada a que dirigiese aquella agresividad contra ella.
Lentamente retrocedió hasta alejarse unos metros de él y se dio la vuelta para salir apresurada del apartamento.
Tras cerrar la puerta a sus espaldas, tuvo que taparse la boca para que Phoenix no escuchase su acelerada y ansiosa respiración de angustia.
Siempre supo que podía llegar un día en que se descontrolase y comenzase a hacer preguntas, pero ahora que ese momento había llegado, se dio cuenta de que el problema iba a ser mucho más grave de lo que ella imaginaba.
Tras dejar a David a cargo de su madre, Andrew cogió el coche para dirigirse a la casa de Malibú en busca de respuestas.
Mientras recorría la autopista, casi podía ver a su padre sentado a su lado, como cuando los dos iban dispuestos a pasar unos días de descanso frente al mar.
Aquello había quedado violentamente atrás y no podía dejar de preguntarse por qué.