El Umbral Cinco años antes #9
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Cinco años antes #9

Aquel lugar estaba repleto de enormes estanterías colocadas en fila donde organizaba un modesto arsenal, además de contar con una mesa de operaciones y un gran ordenador.

Sobre la mesa dejó el dosier en el que Fred le proporcionó la localización exacta de la casa de Abraham junto con algo de información que podría resultar útil y comenzó a prepararse.

Nathan siempre elegía el rifle de larga distancia como primera opción, aunque jamás descartaba ningún escenario, por lo que también pensó en armas cortas, víveres de subsistencia por si se alargaba la espera y equipo de infiltración.

Mientras rellenaba los cargadores en la mesa de trabajo, oyó un ruido extraño a su espalda, algo poco habitual teniendo en cuenta lo remoto del lugar.

Se giró de inmediato con su pistola en ristre y se quedó totalmente inmóvil, sin apenas respirar para poder percibir cualquier mínimo ruido.

Fijó los ojos en un punto exacto y se mantuvo a la espera de cualquier leve movimiento que estimulase su campo de visión.

Así permaneció un minuto seguido, como un auténtico sensor de movimiento humano, listo para aniquilar cualquier cosa que alterase aquel susceptible estado de alerta.

De repente, notó un minúsculo y rápido movimiento tras las estanterías del arsenal y en apenas una milésima de segundo acribilló a balazos aquel punto para después avanzar rápidamente en esa dirección tratando de acorralar a su presa poco a poco.

Contra todo pronóstico, algo logró sorprenderle rebasándole por un lateral y obligándole a voltearse y disparar con menor cadencia y precisión que la primera vez.

Aquello no podía ser humano, pensó. Quizás se trataba de algún tipo de felino nocturno u otra clase de animal capaz de moverse a mucha velocidad, puede que un ave, pero no percibió ningún olor a pelaje ni le pareció el comportamiento propio de un depredador; cualquier animal que hubiese conseguido atacarle por sorpresa no habría desaprovechado la oportunidad de matarle, y sin embargo aquella cosa parecía estar jugando con él.

De pronto, a escasos centímetros de su pistola, alguien apareció ante él.

Era Phoenix, el extraño joven al que Fred había visto en casa de Meredith, aunque su rostro era un poco diferente: pese a que tenía algo de humano, a Nathan le pareció el de una bestia endemoniada, pálida y con los ojos inyectados en sangre.

Le vio tan solo un instante, pero su mandíbula pareció desencajarse hasta abrirse más de lo que lo haría la de un humano normal.

Sin pensarlo dos veces, le disparó a quemarropa, pero velozmente Phoenix sorteó el tiro y se abalanzó sobre Nathan, al que desgarró el cuello de un mordisco.

Nathan, que no había tenido ninguna posibilidad contra aquel demonio, cayó al suelo cubierto de sangre y llevándose la mano al cuello.

Mientras se desangraba, trató de mirar qué era lo que le había derrotado con tanta rapidez, y con la vista borrosa, logró distinguir a Phoenix, con la cara y la boca teñidas de rojo mientras le observaba morir.

Desde los huecos más recónditos de aquella presa abandonada pudo oírse el festín en el que Nathan fue el plato principal.

Encorvado sobre su presa, Phoenix comenzó a arrancarle la carne con los dientes y masticarla sin piedad hasta que se cansó de devorar.

Un rato después, satisfecho, salió de la presa abandonada y, cubierto de sangre de la cabeza a los pies, sacó su teléfono para hacer una llamada con toda la calma del mundo.

—¿Está hecho? —preguntó al otro lado la voz de Meredith.

—Sí.

—Bien… espero tu próxima llamada.

Meredith estaba muy ansiosa por el siguiente encargo de Phoenix.

Llevaba toda la noche inquieta, caminando de un lado a otro mientras esperaba en el salón de su casa con una presión en el pecho que le dificultaba respirar.

Sobre la mesa, al lado del teléfono, había un marco con una foto de Fred colocado boca abajo, como si quisiera evitar su mirada juiciosa.

Recordó el día en que le conoció en aquella fiesta universitaria, y también aquella vez que Fred escuchó un simple comentario que Meredith hizo al pasar por un escaparate, mencionando que le parecían bonitos unos pendientes; dos meses después, se los regaló durante una cena.

Meredith cerró los ojos con fuerza para tratar de evitar aquellos recuerdos, pero la cara de Fred se materializaba frente a ella con todo detalle: cada arruga, cada poro, cada brillo…

Sabía lo que tenía que hacer, pero estaba perdiendo la determinación para hacerlo.

Finalmente se rindió y, desesperada, llamó al teléfono de Phoenix, rezando por que no fuese demasiado tarde.

—¡No lo hagas! —exclamó en cuanto escuchó cómo atendía la llamada—. ¡¿Me oyes?!… ¿Phoenix?

Phoenix guardó silencio unos instantes. Después, solemne y pausado, respondió.

—Lo siento. Ya está hecho.

En aquel momento, algo atravesó el corazón de Meredith rompiéndolo en mil pedazos.

Sus piernas se doblaron como si estuviesen hechas de papel y cayó al suelo enmudecida, presa del dolor más profundo e insoportable que jamás había experimentado.

Sintió que algo en su interior estaba muriendo en ese preciso instante y rompió a llorar desconsoladamente.

Al otro lado de la línea, Phoenix escuchó el llanto de su madre, pero pronto le pareció demasiado molesto y cortó la llamada.

La brisa nocturna del mar había enfriado la arena de la playa de Malibú y Phoenix se había descalzado para disfrutar de aquel sencillo placer.

Miró al frente; ante él estaba la casa de Fred, a la que aún no había entrado a pesar de lo que le acababa de decir a su madre.

Fred tomaba una copa en el salón, tranquilo, pensando que aún pasarían uno o dos días antes de que Nathan se comunicase con él para confirmar que había cumplido su encargo y que Abraham estaba muerto.

Sacó un vinilo del tocadiscos, lo guardó en su álbum correspondiente y lo colocó de vuelta en la estantería, dejando que sobresaliese un poco respecto a los demás.

En ese instante notó la presencia de alguien que le observaba a su espalda, aunque no le sorprendió en absoluto.

Sin alterarse lo más mínimo, se dio la vuelta con mucha calma y vio que se trataba de Phoenix.

—Phoenix, ¿verdad? —dijo Fred mientras tomaba asiento de nuevo en su sillón favorito.

—Sí —asintió él, lacónico.

—Lo cierto es que no estaba seguro de que Meredith fuera a atreverse, pero compruebo que sigo cometiendo el error de subestimarla. Aunque no te esperaba a ti, sino a Mitchell o a cualquier otro de sus gorilas… Pero desde luego no a ti.

—Siento decepcionarte —manifestó Phoenix totalmente impasible.

—En absoluto —respondió Fred, con una leve sonrisa—. Pensándolo bien, tiene todo el sentido. Ahora lo veo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Phoenix con curiosidad.

—No lo sabes, ¿verdad?

—No.

—Entonces deberías preguntarle a ella.

Aquello no pareció agradar a Phoenix, pero tampoco le molestó visiblemente. Parecía un bloque de cemento.

—Da igual. En cualquier caso, dile a Meredith que llega tarde, ya he hecho lo que tenía que hacer.

Phoenix sacó algo de su bolsillo y se lo lanzó al regazo de Fred para que lo viese.

Fred lo cogió con la mano y comprobó que se trataba de las placas identificadoras que Nathan Doyle llevaba siempre colgadas del cuello como recuerdo de sus días de soldado.

Al verlas manchadas de sangre, Fred miró a Phoenix sin ocultar su sentimiento de derrota.

Con mucha calma, las depositó sobre la mesita auxiliar.

Abrió una caja de madera que había a su lado y de su interior tomó un puro habano que había junto a una pistola.

Se llevó el puro a la boca y lo encendió ante la contemplativa espera de Phoenix.

—Podrías haberme disparado con esa pistola —dijo Phoenix.

—No serviría de nada.

—¿Por qué no?

—Por lo que eres —arguyó Fred, boqueando el humo del habano.

—Pareces saber algo que yo no sé. Te sorprendiste mucho al verme en casa de mi madre. ¿Por qué?

—¿Tu madre? —preguntó Fred con una sonrisa irónica—. ¿Así la llamas?

—¿Te parece divertido? —inquirió Phoenix, molesto por la actitud de Fred.

—No tengo nada más que decirte.

—Solo sigues vivo por lo que puedes decirme. ¿Estás seguro de que no quieres hablar más conmigo?

Fred guardó silencio.

—¿Sabes? Hay algo en ti que me irrita —espetó Phoenix—. Desde el momento en que te vi, sentí deseos de matarte, pero no tengo ni idea de por qué. Es como si me hubieses arrebatado algo… algo importante. Es muy extraño.

Al oír aquello, Fred comenzó a sonreír, y su sonrisa fue ampliándose hasta que se convirtió en una risa floja incontrolable.

Phoenix pareció perturbado por primera vez por aquella risa, que se iba acercando poco a poco a una carcajada cargada de burla.

Se acercó a Fred, sacó su pistola, le apuntó a la cabeza y disparó.