El Umbral Cinco años antes #8
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Cinco años antes #8

Súbitamente, Harry lo comprendió. No sabía si era efecto del tequila o tan solo un instante de lucidez, pero en ese momento fue capaz de ver todos sus pensamientos desde una posición más elevada.

De pronto entendió de dónde venía aquella corazonada acerca de Ben: había sido Chloe quien la había sembrado en su cabeza desde el principio.

Si su padre era el Loco, aquella sádica expresión de su sexualidad y su fascinación por los Profesionales podrían ser síntoma de un complejo de Electra evidente, y su obsesión por Ben, el resultado.

Quizás Chloe se sentía atraída por el monstruo que Ben mantenía oculto tras una máscara y que, de manera inconsciente, Harry también intuía.

Su cabeza comenzó a llenarse de pensamientos sobre sus propias ideas, sobre el funcionamiento de su propio instinto, hasta que de repente empezó a sentirse mareado.

Tuvo que desabrocharse los primeros botones de la camisa, y notó que le costaba pensar, exactamente igual que la primera vez que se acostó con Chloe.

Trató de situarse en el presente y decir algo, lo que fuera, pero le resultaba imposible hilar un concepto tras otro, como si su mente se enmarañase en un proceso de pensamiento infinito.

Chloe le miraba sonriendo de forma extraña y todo se volvió aún más confuso.

Sin saber cómo ni cuándo, se encontró subiendo en el ascensor mientras ella le besaba los labios y el cuello con una pasión desatada.

Entraron a su habitación del hotel y al momento se encontraron los dos desnudos en la cama.

Harry solo podía escuchar la voz de Chloe pidiéndole que le hiciera cada vez más daño mientras reía y disfrutaba, recreándose, besándole, mordiéndole…

Sintió cómo su propia mano azotaba a Chloe una y otra vez, cada golpe más fuerte que el anterior.

—¿¡Eso es todo!? ¡Dame en la cara! —decía ella, desquiciada de placer.

Harry la abofeteó, pero ella no parecía satisfecha.

—Usa los puños —le susurró al oído a Harry.

Él obedeció sin más y comenzó a golpearla.

Algún resquicio dentro de él aún observaba todo aquello con un hilo de racionalidad y trataba de detenerlo, pero era como si una pequeña hormiga tratase de pararle los pies a un elefante desbocado.

Estaba ido, totalmente a merced de Chloe, de sus sucias y perversas palabras, como un salvaje despojado de todo freno cultural y civilizado.

Un manojo de impulsos e instintos perdiéndose en la oscuridad, el placer y la sangre.

Natalie había estado todo el día llorando por el asesinato de John a manos de X.

Estaba en su casa, rodeada de pañuelos y tirada en el sofá mientras trataba de distraerse con películas y series que a ratos conseguían adormecer su angustia.

De pronto, a eso de las diez de la noche, sonó el timbre de su casa.

Se trataba de Ben, al que vio a través del videoportero.

Tras abrirle la puerta, aprovechó el tiempo que él tardaría en subir al apartamento para adecentarse un poco delante del espejo del baño mientras C recogía los pañuelos que había desperdigados alrededor del sofá.

En cuanto abrió la puerta, Ben abrazó a Natalie con una firmeza delicada, lo que bastó para que ella se rompiese de nuevo en un llanto.

—Dicen que el tren de John llegó a Nueva York justo antes de que el vídeo se publicase —dijo Natalie, ya sentada en el sofá junto a Ben, ambos con una taza de té en la mano—.

Los empleados de la estación se extrañaron cuando pasado un rato nadie salió del vagón.

Los encontraron allí a todos. Fue una carnicería.

—Lo siento, Nat.

—Esto es una mierda —lamentó con la voz rota—. ¿Se supone que debe consolarme todo el dinero que irá destinado a mejorar la sociedad, los servicios públicos…? ¡Que les jodan!

Natalie arrojó con rabia el pañuelo empapado de lágrimas sobre la mesa y sacó uno nuevo.

—Han sido ellos —añadió a continuación.

—¿A quiénes te refieres?

—BETA, el Gobierno, qué sé yo. Son todo lo mismo. John estaba a punto de anunciar su candidatura a la Casa Blanca. Llevaba meses preparando una propuesta para reformar el Umbral y habíamos convencido a muchos senadores y congresistas para que le apoyasen. Por eso le han matado.

—¿Qué? —se sorprendió Ben—. ¿Tienes pruebas de todo esto?

—No, todos los apoyos eran verbales, y después de lo que le han hecho a John, nadie se atreverá a hablar. Llevaba unas semanas bastante paranoico, diciendo que le seguían y que iban a por él. Por eso adelantó el anuncio de su candidatura. Iba a hacerlo esta mañana desde Washington.

—¿Quién más lo sabía?

—Solo yo y el senador Connelly, que le ayudó a recabar los apoyos. Tiene que estar implicado, es la única explicación.

—¿Connelly sabe que tú estabas al tanto de todo?

—Creo que no. John confiaba en mí más que en él.

—Bien. Deberías quedarte en casa unos días hasta que sepamos con certeza qué ha pasado. Quizás pueda hablar con Connelly de manera extraoficial, pero ahora lo importante eres tú, Nat. Tienes que mantenerte a salvo.

Natalie asintió con la cabeza, comenzó a calmarse y se dejó caer sobre Ben, que la rodeó con los brazos.

—Gracias —susurró—, por haber venido y por preocuparte.

—Siempre lo haré —respondió Ben.

Ella se separó lentamente del pecho de Ben para poder mirarle a los ojos y sintió como si el tiempo no hubiese pasado.

Ben se perdió mirándola. Volvió a sentir de nuevo que sus propias pupilas tenían moldeada la forma de la cara de Natalie, como si su propósito siempre hubiera sido poder mirarla, como si fuese la única persona a la que estaba acostumbrado.

A ella le cayó una lágrima, que se deslizó despacio por su mejilla hasta llegar a sus labios, y en ese momento Ben la besó con ternura, notando el sabor salado. Ambos volvieron a sentirse en casa.

Nathan Doyle se despidió de Fred tras aceptar su encargo, salió de la casa de Malibú a bordo de su todoterreno y puso rumbo al norte, hacia un lugar cerca de las montañas de San Gabriel.

A pocos kilómetros de Azusa, dio un giro de volante y salió de la carretera estatal para adentrarse en el bosque.

Continuó un buen trecho atravesando arroyos y colinas hasta que llegó a una vieja presa abandonada y en desuso desde la Gran Crisis, a los pies de un antiguo embalse.

Abriéndose paso entre las ruinas y la hiedra, Nathan se internó con el coche por una discreta gruta que conducía al corazón de la presa y paró al llegar a un inmenso espacio abandonado que había acondicionado como guarida, arsenal y centro de operaciones.

Los gruesos muros de hormigón reforzados con un entramado de acero eran perfectos para evitar cualquier tipo de rastreo de señales, y por eso aquella construcción era uno de los muchos escondites que tenía a lo largo y ancho de todo el país y que usaba para ocultarse entre un encargo y otro.

Boss, como se hacía llamar públicamente, era el único Profesional que no elegía a sus víctimas, sino que se ganaba la vida como asesino a sueldo, asegurándose una buena cantidad con independencia de que superase o no el Umbral.

En treinta y cinco años, no había fallado ni una sola vez a ningún cliente, aunque la poca espectacularidad de sus vídeos conllevaba no recibir el indulto por casi ninguno de sus crímenes, lo que lo obligaba a trabajar huyendo de las autoridades.

Había llegado a combatir en dos de las últimas guerras antes del Despertar, y era en la supervivencia donde se encontraba más cómodo.

Sabía ocultarse, pasar desapercibido y anticiparse a las acciones del enemigo, y, si era necesario, se movía sin demasiados problemas por todo el continente.