El Umbral Cinco años antes #7
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Cinco años antes #7

Ya en el interior de la casa, mientras Nathan se encendía un puro sentado en el sofá del salón, Fred sirvió un par de copas de un buen licor y le llevó una a su invitado.

—No has cambiado nada, Nathan. Te veo en plena forma.

—Disciplina. Siempre te lo he dicho, pero nunca me has hecho caso.

—¿Qué tal va el negocio?

—Va bastante bien, no puedo quejarme. Supongo que por eso querías verme, ¿no?

—Me temo que sí. Tengo algo para ti.

—Claro, ¿de quién se trata?

—Abraham Hofstein.

—¿Hofstein? ¿De qué me suena ese nombre? —Nathan tardó unos segundos, pero cuando recordó de quién se trataba, sus ojos se abrieron como platos—. ¿¡Es una broma!?

—No.

—¿Tu socio de BETA?

—Cofundador, sí —aclaró Fred.

—¿Qué puñetera diferencia hay?

—Mucha, pero no nos desviemos. ¿Lo harías?

—Sí, supongo… Pero ¿por qué?

—Preferiría no entrar en eso.

—Claro, disculpa —dijo Nathan, consciente de que aquello era una extralimitación de su labor.

—Recuérdame tus condiciones —le pidió Fred.

Nathan se acomodó en el sofá, retomando el tono profesional.

—Claro. Mi objetivo principal será acabar con Abraham, sin miramientos.

Nada de disfrazarme de payaso. Sin acrobacias ni efectos visuales; en resumen, sin mierdas de Profesionales.

Lo grabaré todo desde mi mira telescópica, o mis gafas, en caso de que haya un cuerpo a cuerpo.

Nada de multicámara ni edición, voy a lo seguro.

Un disparo entre ceja y ceja y se acabó.

Cobro por adelantado. Publicaré el vídeo entero bajo mi pseudónimo, y si el vídeo alcanza el Umbral, te devuelvo el cincuenta por ciento del dinero. Si no lo supera, me lo quedo todo.

—No quiero que publiques el vídeo.

—¿En serio? —se sorprendió Nathan—. Para eso podrías llamar a cualquier asesino a sueldo, te sobra el dinero.

—Aunque no lo creas, no dispongo del teléfono de muchos asesinos a sueldo —bromeó Fred—. Además, quiero asegurarme de que el trabajo se cumple. ¿Y quién mejor que el legendario Boss para llevarlo a cabo? ¿Cómo te llamaban?

—«El infalible».

—Por Boss, «el infalible» —brindó Fred levantando su copa en un gesto de reconocimiento.

—Te veo muy tranquilo para ser un hombre que está a punto de matar a un viejo amigo —añadió Nathan.

—Es la serenidad de quien ya no tiene nada que perder, supongo —sentenció Fred—. Cuando todo se va a la mierda, solo queda la Nada.

Terminó su bebida de un trago con los ojos fijos más allá de las paredes de aquel salón mientras Nathan reconocía en él la determinación de quien no esperaba más de la vida; una perspectiva que tampoco a él mismo le era ajena desde hacía mucho tiempo.

Tras un largo día, Harry llegó a su hotel y se dejó caer en la cama de la habitación.

Su investigación parecía haber llegado a un punto muerto y continuaba obcecado en descubrir una conexión más consistente entre los asesinatos del Loco y de Robert Beckett, pero, por muchas vueltas que le diese, no encontraba nada.

Estaba claro que, si el asesino de ambos era la misma persona, no estaba cometiendo errores notables.

Al menos pudo confirmar su teoría de que Wesley Rhodes era en realidad «The Reaper» cuando llegaron los resultados de ADN encontrados en el trozo de tela de su mansión.

Tumbado boca arriba en la cama, Harry continuó dándole vueltas al caso, pero, pasada media hora, apenas podía concentrarse.

Seguía teniendo la extraña sensación de que Benjamin estaba vinculado de alguna manera con todo eso, pero no había ni un solo indicio que le llevase por aquella vía y por muchas vueltas que le diese, nada le relacionaba con ninguno de los asesinatos. Pero aquella corazonada seguía ahí.

Tras más de una hora dando vueltas por la habitación, decidió tomarse un descanso para despejarse.

Inmediatamente pensó en Chloe, que también le rondaba la cabeza desde hacía unas horas.

Apenas recordaba algunos instantes de la noche que pasaron juntos, pero había algo en ella que había invadido su mente, un magnetismo al que era difícil resistirse.

Sin pensarlo dos veces, la llamó por teléfono y la invitó a tomar una copa.

Una hora más tarde, Chloe entró por la puerta principal del vestíbulo del hotel donde se hospedaba Harry con un elegante conjunto negro que hizo que el cuello de más de un cliente crujiese al girarse para mirarla.

Se dirigió a la zona del bar, donde vio a Harry esperándola en una mesa mientras tomaba un Old Fashioned.

Cuando la vio acercarse con aquel contoneo perfecto, se levantó con caballerosidad para recibirla y poco después se encontraron teniendo una agradable charla.

Harry se olvidó por completo del caso y Chloe pasó a acaparar toda su atención.

El modo en que le miraba, su manera de moverse, de hablar: todo en ella le cautivaba, y pensó que no podía haber una criatura más hipnóticamente atractiva sobre la tierra.

Tras un par de copas, recordó que Ortega y Summers le habían contado que Chloe y Benjamin habían estado juntos, y que ella se había obsesionado con él.

—¿Puedo preguntar cuál es tu historia con el inspector Cassidy? —inquirió Harry.

—¿Por qué? ¿Estás celoso?

—Disculpa. Quizás no es asunto mío.

—Es cierto, no lo es. Pero me gusta la curiosidad. Podría responder a eso, aunque primero tendrías que ganártelo.

Chloe pidió una botella de tequila y dos vasos cortos que inmediatamente trajo un camarero del hotel. Sirvió dos dedos de alcohol en cada vaso y puso uno frente a Harry.

—Juguemos —propuso Chloe—. Cada uno puede hacerle una pregunta al otro. Puedes evitar responder si bebes un chupito, pero entonces yo puedo seguir preguntándote hasta que respondas. ¿Te parece bien?

—Suena divertido.

—Está bien. Empiezo yo. —Chloe se detuvo a pensar unos segundos—. Estás en Los Ángeles por un asesinato, ¿verdad?

—Eso es confidencial, no puedo responder.

—Entonces tienes que beber.

Harry dio un trago al chupito y Chloe le rellenó el vasito de inmediato.

—¿La víctima es alguien famoso? —continuó Chloe.

Harry volvió a beber y en ese instante se dio cuenta de la trampa. Negarse a responder era casi lo mismo que confirmar la respuesta más comprometedora.

—¿Estás aquí por el asesinato de John Raymond? —preguntó Chloe.

—No.

Chloe sonrió con maldad y emoción.

—Muy bien, me toca —dijo Harry—. ¿Te estás acostando con alguien además de conmigo?

—Sí —afirmó Chloe, sin tapujos—. No se te está dando muy bien este juego, querido. Tienes que ponerme en un aprieto. Observa: ¿me has invitado a tomar una copa con la intención de follarme?

Aquella pregunta tan explícita pilló a Harry por sorpresa, y tuvo que tragar saliva antes de responder.

—Sí —admitió con rubor.

—¿Ves? Así es mucho más divertido. Ahora te toca.

—¿Llevas ropa interior debajo de ese vestido? —preguntó Harry, tratando de involucrarse en el juego.

—Vamos, no seas infantil. Eso podría decírtelo sin que tengamos que jugar a este juego. Y sí, claro que llevo. Pregunta algo más comprometido, ponme contra las cuerdas.

—Está bien. —Harry pensó un poco en su siguiente pregunta—. ¿Estuviste obsesionada con Ben?

Ella le miró y por un momento Harry intuyó que se había pasado de la raya, pero una sonrisa pícara comenzó a dibujarse en la cara de Chloe, que tomó el vasito con dos dedos.

—Estás aprendiendo —lo felicitó Chloe antes de bebérselo de un trago.

—¿Sigues enamorada de él?

—No —respondió con seguridad—. Bien, me toca a mí. ¿Has matado a alguien?

A Harry le sorprendió un poco aquel brusco cambio de tema, pero para entonces ya estaba un poco desinhibido.

—Sí.

—Cuéntamelo —le pidió ella con un aire de fascinación en la mirada.

—No es una historia agradable.

—Quiero saberlo —insistió.

—Fue en Queens. Un tipo al que perseguíamos por homicidio abrió fuego contra nosotros y tuvimos que responder. Eso es todo.

—¿Qué se siente?

—Es mi turno —cortó Harry con gesto serio—. Te gustan los Profesionales, ¿verdad?

—Claro que sí, vaya novedad. A todo el mundo le gustan. Has perdido el turno.

—Espera, no has entendido mi pregunta. Me refiero a que te encantan. Te excitan.

Chloe se bebió un chupito ante la atenta mirada de Harry, que se inclinó un poco sobre la mesa al comprobar que había tocado hueso.

—Diría que alguien cercano a ti es un Profesional. ¿Un exnovio?

Chloe bebió de nuevo.

A Harry le dejó confundido la primera asociación que le vino a la cabeza: quizás se refería a Ben. Desconcertado, estuvo a punto de preguntárselo en el siguiente turno, pero entonces Chloe decidió ahorrarse otra derrota y se lo contó todo.

—Era mi padre —comenzó, con una expresión nostálgica que Harry no había visto antes en ella—.

Yo no le conocí, pero mi madre me hablaba de él.

Cada vez que salía en la tele o estrenaba un vídeo suyo, lo veíamos juntas, y lo disfrutábamos mucho.

De pronto un día me dijo: «Mira, ese es tu papá».

Así, sin más. Me contó que tuvieron un rollo de una noche y nunca más volvieron a hablar, pero aun así ella continuó siguiendo su carrera.

Creo que en el fondo seguía enamorada de él.

—¿Qué fue de tu madre? —preguntó Harry.

—No sé nada de ella desde hace doce años. La verdad es que me importa poco dónde está o si sigue viva.

La pregunta que Harry tenía en mente era tan obvia que no pudo evitar formularla en voz alta.

—¿Quién era tu padre?

Chloe se sirvió un tequila en el vaso y se lo acercó a los labios.

—El Loco —respondió antes de beber.