Cinco años antes #6
—No se preocupe —añadió Ward—, no molestaré.
Tras cuatro horas más de exhaustivo análisis de la mansión, Ben preparó un informe con todas las averiguaciones e hipótesis posibles que tenían hasta ese momento, asegurándose de que todas ellas estuviesen lo suficientemente desencaminadas como para acabar en vía muerta.
Satisfecho al comprobar que no había dejado cabos sueltos, dio permiso a los agentes para que hicieran un descanso y almorzasen algo.
Justo cuando ya estaba a punto de marcharse en su coche para ir a comer, escuchó la voz de Harry llamándole a pocos metros.
—¡Inspector! —gritaba—. ¡Espere!
Por un instante, temió haber pasado por alto cualquier pequeño detalle que Harry pudiese haber encontrado, pero mantuvo la calma y bajó la ventanilla del coche para hablar con él.
—Inspector —dijo con un leve jadeo por el trote—, disculpe…, no conozco esta zona. ¿Le importa que le acompañe? Me muero de hambre.
—Claro —aceptó Ben, tratando de disimular que cada vez se le atragantaba más su presencia—. Suba.
—Gracias.
Ben puso rumbo a una zona de comercios cerca de aquella urbanización y pararon en una cadena de restaurantes que servía una comida bastante decente a un buen precio.
De pronto se encontró comiendo una hamburguesa con Harry, uno frente al otro, comentando detalles sobre el caso.
Al terminar, mientras tomaban un café, Harry decidió contarle que el Profesional conocido como The Reaper era en realidad un hombre llamado Wesley Rhodes, y que este había desaparecido.
Ben fingió sorpresa al escuchar todo aquello.
—Rhodes fue compañero del Loco cuando estuvo ingresado en la penitenciaría de Nashville —explicó Harry—, el único al que no le rompió la cabeza.
Tras su desaparición, no se ha vuelto a ver a Reaper, que fue el único Profesional que colaboró con el Loco en un vídeo.
Creo que ambos fueron asesinados por la misma persona.
Harry había hecho los deberes, no cabía duda.
Ben no podía intentar convencerle de que sus conclusiones eran erróneas porque lo hubiese notado enseguida y eso podría delatarle si es que Harry no le tenía ya en el punto de mira.
No le quedó más remedio que aguantar y seguir tirando del hilo para, al menos, averiguar cuánto sabía y por dónde quería llevar la conversación.
—¿Y todo esto tiene algo que ver con el asesinato de Beckett? —preguntó.
—Aún no lo tengo claro, pero hay algo que me dice que todo está relacionado.
¿Sabe? Siempre que mi intuición me lleva por un camino por el que a priori no hay salida, hago un ejercicio de imaginación.
Trato de dar por hecho que los dos asesinatos están relacionados sin ningún género de duda y a partir de ahí intento imaginar un hilo conductor, por muy descabellado que sea.
A Ben aquello no le pareció nada original. Era un modus operandi muy extendido entre muchos investigadores, algo que era evidente que Harry ya sabía, de modo que, como probablemente estaba tratando de jugar con él de alguna manera, optó por quedarse en silencio.
—¿Usted qué piensa? —formuló Harry—. ¿Por qué alguien mataría a Reaper, después al Loco y ahora a Robert Beckett?
—No lo sé. Usted es quien lleva el caso, y supongo que tendrá ya algunas teorías.
—Vamos, Cassidy. Mójese.
—Si tuviese que especular, diría que quizás es un asesino de Profesionales. Un radical que considera que no deberían existir.
—Pero ¿cómo encaja Beckett en esa teoría? No es un Profesional.
—Puede que lo fuese. ¿No sería esa la teoría descabellada? Habría que esperar a ver si en los próximos meses algún Profesional conocido deja de actuar repentinamente, como en el caso de Reaper.
—No está mal… pero no, no lo creo —respondió Harry tras pensarlo un instante—. Ese viejo gordo no podría ni rascarse los huevos sin tener agujetas durante un mes. No. Tiene que ser otra cosa. Le diré lo que pienso: yo creo que esto es una escalera.
—¿Una escalera?
—Sí, una escalera. Creo que el asesino usa a cada una de sus víctimas como un peldaño para alcanzar a su siguiente objetivo.
Asesinó a uno o dos aspirantes, o quizás Profesionales poco conocidos que probablemente nos hayan pasado desapercibidos.
Así debió de encontrar a Reaper e interrogarle hasta sacarle lo que quería.
Debió de costarle bastante. Seguro que le torturó hasta destrozarle y luego hizo desaparecer el cuerpo, razón por la que no han encontrado a Wesley Rhodes.
Cuando el asesino supo que Ethan Drake era el Loco, fue a por él.
En el vídeo se ve cómo mantienen una breve conversación antes de que le ejecutase, y me juego el cuello a que hablaron sobre Beckett.
—Pero no hay conexión entre el Loco y Beckett —dijo Ben, siendo consciente de que sí la había porque Beckett financió los primeros vídeos del Loco.
—Demos por hecho que sí la hay. Si el asesinato de Beckett fuese una cuestión sádica, se habría ensañado más con él.
Tuvo toda la noche para hacerlo. Sin embargo, solo le cortó dos dedos y los huevos.
Yo creo que tenía prisa por sacarle información, lo consiguió y, una vez logrado su objetivo, le ejecutó rápidamente.
—Así que, según su teoría, Beckett era otro peldaño más y el asesino seguirá matando.
—Bingo.
—¿Y cuál es el final de la escalera, según esa teoría?
—Aún no lo sé. Puede que sea otro Profesional cuya verdadera identidad conocía Beckett. Usted es uno de los mejores inspectores de California, quizás se le ocurra algo.
—Le agradezco el cumplido, pero no veo un patrón claro. El asesinato de Beckett no tiene ninguna conexión con el del Loco. Quizás en el ISD se diviertan mucho elucubrando sin cuidado, pero yo tengo que ceñirme a las pruebas —concluyó Ben, manteniendo su posición con aplomo.
Harry se quedó mirándole fijamente durante unos segundos con un gesto de satisfacción, como si Benjamin no le hubiese decepcionado.
—Es cierto, inspector. Disculpe, estoy algo atascado y solo quería la opinión de un colega.
A Ben no le cuadraba toda aquella ingenuidad impostada de Harry.
Ningún agente del ISD se dignaría a pedir consejo a un simple inspector de policía.
Estaba casi seguro de que Harry estaba poniéndole a prueba.
Pero si realmente lo estaba haciendo, es que aún no tenía nada sólido contra él, pues de lo contrario ya estaría en un calabozo o muerto.
Por primera vez, Ben sintió el acecho de otro predador siguiendo de cerca todos sus pasos, así que, antes de cometer algún error, decidió poner fin a aquel juego con Harry.
—Lo siento, Ward. Me temo que yo necesito al menos un indicio real antes de ponerme creativo con la investigación. Creo que así solo pierde el tiempo —dijo contundentemente, sabiendo que achantarse habría significado poner el foco sobre él—. Disculpe, pero tengo que seguir trabajando.
Ben se puso en pie, sacó su teléfono y se dispuso a pagar la cuenta en el dispositivo de cobro situado en el centro de la mesa, pero Harry se lo impidió poniendo la mano en medio.
—Descuide —dijo Harry—. Permítame invitarle esta vez.
Ben le miró con gesto serio, luego sorteó su mano y pagó la cuenta de todas formas.
—Insisto —perseveró Ben.
Cuando Ben se marchó, Harry se quedó sentado a la mesa con media sonrisa.
No sabía por qué, pero cada vez que miraba a Ben, detectaba algo en él que no le terminaba de cuadrar; así que se quedó observando desde la ventana del restaurante cómo se alejaba, tratando de comprender lo que su instinto trataba de decirle.
Tras su encontronazo con Meredith, y aún alterado por la revelación de quien parecía ser su hijo en común con Abraham, Fred puso rumbo a una de sus casas de veraneo en la costa de Malibú, el único lugar donde realmente se sentía a gusto.
Compró aquella casa justo después de romper con Meredith, pensando en tener un lugar donde retirarse de vez en cuando a pasar días sin que nadie le molestase, pero no había vuelto allí desde hacía años.
Mientras conducía por la autopista del Pacífico, la imagen de aquel joven de pelo blanco mirándole fijamente no dejaba de rondarle la cabeza.
La rabia lo invadía al pensar en todo el tiempo que había vivido engañado por Meredith.
Llegó a Malibú al borde del atardecer. Al entrar en la casa, encendió las luces manualmente; había reformado aquella propiedad nada más adquirirla para excluir de ella cualquier tipo de Inteligencia Artificial, cámaras o dispositivos de grabación de audio conectados a la red.
Y no por miedo a lo vivido durante el Despertar, sino porque conocía de primera mano los peligros para la intimidad que representaban ciertos dispositivos.
Aquella casa parecía una reliquia del siglo xx : cocina tradicional con fogones, escoba y recogedor, máquina de escribir, un reproductor de VHS e incluso una colección de vinilos y un tocadiscos.
Allí había pasado incontables veranos con Andy, disfrutando de deliciosas comidas en el porche frente al mar, lecturas y juegos de mesa.
Fred se sentó a ver el atardecer tratando de despejar su mente antes de actuar, pero cuanto más se escondía el sol tras el horizonte, más seguro estaba de lo que quería hacer y más se arrepentía de no haberlo hecho antes.
De un cajón de su escritorio, sacó una antigua agenda y llamó a un viejo conocido.
Tres horas más tarde, arropado por la oscuridad de la noche, un todoterreno llegó por el camino que conducía hasta la casa y aparcó justo delante.
Del coche bajó Nathan Doyle, un tipo grande, de unos sesenta y cinco años, al que Fred salió a recibir.
Nathan era de constitución fuerte, con la mandíbula como un yunque y corte de pelo militar.
Un tipo que inspiraba respeto incluso visto desde lejos, pero que en las distancias cortas resultaba aún más imponente.