El Umbral Cinco años antes #5
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Cinco años antes #5

Al llegar al dormitorio en suite de su mansión, Meredith cerró las puertas y le pidió a Catherine que no le pasase llamadas durante un buen rato.

Con calma, se desvistió hasta quedarse en ropa interior y se tumbó en una camilla, rodeada de ocho brazos robóticos articulados que le masajearon la espalda minuciosamente.

Mientras se relajaba, activó con una orden de voz su canal de noticias predilecto: New America, uno de los medios más vistos y cuya línea oficialista era considerada la referencia a la hora de establecer el marco del debate de millones de personas.

Como cabía esperar, hablaban de X y su «pieza magistral».

Los analistas se deshacían en elogios por la exquisitez de las imágenes, el genial uso de la luz, los impresionantes efectos visuales, que definían como «pura magia»…

Ciertamente así era. X era un mago, un genio de la puesta en escena, un showman, un director de orquesta.

Si algo le había convertido en el mejor de todos los tiempos, era el cuidado con el que preparaba sus asesinatos, previendo los movimientos de sus víctimas.

Anticipaba sobre el papel cómo se sentirían y de qué forma reaccionarían a lo que aún no había ocurrido.

Aunque nadie lo sabía a ciencia cierta, parecía razonable pensar que se apoyaba en un excelente equipo de expertos que colaboraba con él en cada asesinato: ingenieros, realizadores, directores de fotografía, químicos…

Era probable que dispusiera de alguien del viejo oficio de la magia diseñando nuevos trucos en exclusiva para él para conseguir que realmente pareciese un monstruo de otro mundo.

Con la gran fortuna que X habría amasado durante décadas, podría permitirse tener cualquier tecnología imaginable a su disposición.

Los periodistas de investigación se devanaban los sesos tratando de averiguar cualquier detalle de su identidad para venderlo en exclusiva en sus periódicos y revistas, pero el Profesional más famoso del mundo seguía siendo un absoluto misterio para todos.

—Señora Goldman —dijo Catherine suavemente por el sistema de comunicación—, siento molestarla, pero el jefe de seguridad me comunica que el señor Frederick Perkins acaba de llegar. Está en la puerta y solicita verla.

—¿Está aquí? Mierda —se lamentó Meredith, sabiendo que tendría que dejar su masaje a medias—. Dile que espere un minuto y hazle pasar al salón. Asegúrate de que no se mueva de allí.

—Sí, señora.

La puerta de la entrada principal se abrió dando paso a Fred, a quien un androide de protocolo guio hasta el salón.

Meredith entró por otra de las puertas un minuto después, anudándose la bata.

Al ver el gesto de Fred, se pudo imaginar el motivo de aquella inesperada visita, más aún cuando al verla ni siquiera le dedicó un saludo.

Solo cuando el androide de protocolo los dejó a solas, la miró airado.

—¿Has vuelto a verle? —le preguntó él.

—Fred, deberías estar descansando.

—Contesta a la pregunta, por favor. ¿Has vuelto a ver a Abraham? —incidió de nuevo, mirando de reojo a Meredith mientras emprendía un inquieto paseo por el perímetro del salón.

—No sé qué estás pensando, pero te equivocas. No he vuelto a verle.

—Vamos, Meredith…, solías mentir mejor.

—¿Me estás siguiendo?

—¿Por qué lo preguntas? ¿Para saber si merece la pena seguir negándolo?

Ella apartó la mirada.

—Para tu información, no. No te estoy siguiendo —le aclaró Fred—. No me hace falta, es muy evidente.

—Te juro que no hay nada entre Abraham y yo. Solo le he visto una vez —insistió ella—. Vamos, Fred, esto no tiene nada que ver con nosotros.

—Conmigo no, eso seguro. Pero tú… está claro que no puedes parar. Cuando empiezo a confiar en ti de nuevo, vuelves a traicionarme.

—No te he traicionado, Fred.

—Ah, ¿no? Hace años, cuando me dejaste y desapareciste, ¿adónde huiste?

—Fred…

—Fuiste a la cabaña, ¿verdad?

—Por favor, Fred…

—Responde.

—Sí —contestó, lacónica.

—Ya. Lo imaginaba.

—Solo fue aquella noche. Después no volví a verle.

—¿Solo una noche? ¿Tienes idea de cuánto sufrí yo aquella noche? ¡Me habría arrancado el pecho para dejar de sentir aquel dolor! Y mientras tanto tú allí, con él. ¿Qué hiciste? Te lo tiraste, ¿verdad?

Fred detuvo su reproche en seco y recapacitó. Era inútil continuar con aquello. Ambos sabían todo lo que había que saber, así que se dio la vuelta y se alejó sin decir nada más.

—¡Espera! ¡Fred! —reaccionó Meredith, siguiéndole a paso acelerado hasta la salida de la mansión.

En el vestíbulo, justo antes de salir por la puerta principal, Fred se detuvo y se giró con la intención de zanjar la discusión con una última palabra, pero al hacerlo, vio a alguien parado en mitad de la regia escalera del recibidor, justo detrás de Meredith, observando toda la escena.

Era un joven delgado, de unos veinticinco años.

Tenía el pelo corto y totalmente blanco, aunque sano y fuerte.

Le estaba mirando con curiosidad, como si le conociese de algo.

Fred se quedó asombrado al verle y tuvo que acercarse unos pasos para asegurarse de que sus ojos no le engañaban: era la viva imagen de Abraham cuando era joven, salvo por aquel extraño cabello, blanco como una perla.

—¿Qué has hecho, Meredith? —dijo sin poder dejar de mirar asombrado a aquel joven.

El chico se quedó quieto sin decir ni una sola palabra y en su mirada comenzó a atisbarse un gesto ofuscado.

—¡Phoenix, vuelve a tu cuarto! —le ordenó Meredith al darse cuenta de que estaba allí—. Ahora subo, no te preocupes. Todo está bien.

El joven obedeció a regañadientes, se dio la vuelta y subió las escaleras.

—Phoenix… —murmuró Fred, pensativo.

—No es lo que tú piensas —se apresuró a decir Meredith.

—¿Y qué es entonces, Merry?

Ella guardó silencio.

—Tenía que haber acabado con esto hace mucho tiempo —concluyó Fred.

Justo antes de salir de la mansión en dirección a su coche, que ya le esperaba en la entrada, le dedicó una mirada de desprecio.

—Fred, ¿¡qué vas a hacer!?… ¡No hagas ninguna locura! —gritó ella tratando de detenerle—. ¡Fred!

El coche salió del recinto de la mansión ante la impotente mirada de Meredith, que no dejó de seguirlo preocupada mientras se alejaba por el camino de tierra del jardín.

El vídeo de X había superado el Umbral en tiempo récord, por lo que aquella mañana los esfuerzos del Departamento de Homicidios estaban centrados en algo muy distinto: el asalto y asesinato múltiple ocurrido en la mansión del exitoso productor de cine Robert Beckett.

En el jardín de la finca de Beckett había aparcados una decena de coches de la policía, además de dos furgonetas de los SWAT, y no era para menos.

Aparte del propio Beckett, fueron encontrados otros diez cadáveres entre el interior de la propiedad y el perímetro interno de la finca, todos pertenecientes al equipo de seguridad, armados y perfectamente entrenados.

Una auténtica carnicería. Los agentes estaban repartidos por toda la propiedad, recopilando pruebas y escaneando cada detalle de las evidencias mientras los SWAT mantenían el área asegurada.

La magnitud del incidente había instado al propio capitán Whitmore a acudir al lugar, acompañado de la mayoría de agentes del Departamento de Homicidios, así como de algunos oficiales rasos como refuerzo para peinar la zona.

La mayoría no daba crédito a lo que veían sus ojos.

Parecía que una milicia había pasado por allí arrasando con todo aquel con el que se había cruzado hasta llegar al dormitorio de Beckett, donde hallaron al productor ejecutado con las manos atadas tras el respaldo de una silla.

Tenía los testículos amputados, además de dos dedos de una de sus manos.

La gran sorpresa fue descubrir en las grabaciones de seguridad de la casa que, contra todo pronóstico, aquella masacre había sido perpetrada por un único encapuchado.

Benjamin, Sophia, Ortega y Whitmore se encontraban en el dormitorio de Beckett observando la escena y tratando de reconstruir lo que allí había sucedido.

Una a una, fueron encontrando las evidencias: el dispositivo de humo usado por el asesino para entrar en el dormitorio, los disparos que Beckett efectuó desde la cama y que impactaron contra la pared, que este fue arrastrado y atado a la silla para posteriormente ser torturado y ejecutado…

Intentaron extraer grabaciones de audio de la Inteligencia Artificial domótica, pero Beckett usaba un exclusivo servicio de privacidad que, al detectar la muerte del propietario, en este caso él mismo, borraba todos los registros comprometedores que se le hubiese indicado, algo bastante habitual cuando alguien manejaba información delicada.

Tras hacer los informes preliminares, Whitmore estableció los protocolos que se debían seguir con respecto a la prensa y dejó todo en manos de Benjamin, que continuó con las pesquisas.

Una hora después, Harry Ward llegó al dormitorio, mascando chicle y escrutando a su paso todo aquel festival de sangre.

—¿Ward? —preguntó Ben—. ¿Qué hace aquí?

—¿Cómo me lo iba a perder? —respondió—. Once asesinatos en la mansión de Robert Beckett: esto tenía que verlo.

—Con todo respeto, pero, que yo sepa, el ISD no se ha hecho cargo de este caso.

—No. De momento.

—¿A qué se refiere?

—Lo que veo es que un tipo entra en una de las mansiones más protegidas de Los Ángeles arrasando con todo, llega hasta su objetivo y lo ejecuta sin piedad de forma muy parecida a la que se empleó para asesinar al Loco. Es pronto para descartar cualquier hipótesis, ¿no cree, inspector?

A Benjamin comenzaba a irritarle la actitud altiva y dominante de Ward, pero pensó que no estaba en posición de tocarle las narices ni a él ni al ISD si no quería tener problemas, así que no se opuso demasiado a que pudiera husmear por el lugar.

La noche anterior se había ocupado de no dejar ningún indicio que pudiera incriminarle, por lo que estaba razonablemente tranquilo.