Cinco años antes #4
Justo mientras acomodaba el cuerpo en la bolsa, oyó el sonido de la puerta de la sala abriéndose y dando paso a Dana.
Alec se quedó mirándola totalmente inmóvil, sin saber qué hacer o qué decir, mientras ella reparaba en la amoratada cara del tipo que había en la bolsa y al que en menos de un instante reconoció de forma totalmente intuitiva.
Era él, el mismo que la había violado tres años atrás.
Sus ojos se humedecieron cada vez más y más hasta que unas pesadas lágrimas le cayeron por las mejillas.
Entonces miró a Alec, que la observaba petrificado sin saber qué hacer.
Dana, enmudecida, dio un paso al frente, luego otro…
Caminó hasta Alec, que lentamente soltó la bolsa y se puso en pie, confuso por aquella reacción.
Esperaba un grito de horror, una explosión de ira desquiciada, pero cuando estuvieron a un palmo el uno del otro, Dana le abrazó sumida en un profundo y ruidoso llanto.
Lloró con fuerza durante varios minutos mientras Alec la abrazaba y la sostenía.
Cuando no le quedó nada dentro, miró a su marido, que permanecía en silencio, asustado por lo que acababa de hacer, y en ese momento volvieron a reconocerse.
Después de tres largos años y tras unos segundos mirándose sin mediar palabra, dejaron todo el dolor atrás, primero con un beso tierno y cálido, luego con otro más fuerte y finalmente con otro que contenía toda la pasión perdida y recuperada.
Dana se encaramó encima de Alec y continuó besándole con intensidad, cada vez más descontrolada y con el corazón latiendo fuerte, vivo de nuevo.
Y entre torpes pasos y tropiezos, Alec la sacó de aquella celda improvisada y la llevó hasta el dormitorio de la casa de invitados, únicamente iluminado por la tenue luz de la luna veraniega.
Un buen rato después yacían los dos agotados y desnudos, tendidos en la cama.
Allí mismo, con tan solo la luz de una pequeña lámpara, se quedaron hablando y redescubriéndose durante toda la noche.
Él le acariciaba el pelo y la cara. Ella le miraba con ternura, y una sensación liviana conquistó todo su cuerpo, como si Alec le hubiese quitado un millón de toneladas de encima y se sintiese de nuevo ella misma.
Entre besos y caricias, recordaron cuánto se querían, y aunque algo había cambiado, parecían amarse incluso más que antes.
—Lo siento —dijo él.
—¿Por qué lo sientes?
—Por haber tardado tanto en hacerlo.
—No lo sientas. En realidad, no tenías que haberlo hecho.
—Claro que sí.
—No quiero decir que no te lo agradezca, o que no te ame por ello. Te quiero más que nunca, y más que a nada. Solo digo que me arrepiento de no haber sido yo la que lo hiciera. Desearía haberle matado yo misma.
Aquellas últimas palabras quedarían grabadas para siempre en la cabeza de Alec.
De nuevo se encontraban en aquella sala que un par de años antes había sido un spa y que ahora estaba totalmente remodelada y diseñada a la perfección como calabozo insonorizado. Logan, su último huésped, miraba a Alec desde el interior del cubículo de cristal.
—¿Por qué estoy aquí? —preguntó, asustado.
—Estás aquí porque eres un pedazo de mierda —soltó Alec poniéndose en pie y sacudiéndose las migas del sándwich de la ropa mientras se acercaba a la celda—.
Voy a darte la oportunidad de confesar, así que aprovéchala.
Si lo haces, llamaré a la policía de inmediato, pero si no, será mucho más desagradable para ti.
Así que dime, ¿por qué crees que estás aquí?
—No tengo ni idea.
—¿Estás seguro?
Alec cogió una de las sillas, la puso al revés frente a la celda y se sentó, inclinándose hacia delante y apoyándose en el respaldo para mirar más de cerca a su prisionero.
—Le digo que no sé por qué estoy aquí —insistió Logan—. ¿Quién eres? ¿Un cerdo del ISD? Conozco mis derechos, puto nazi.
—No soy del ISD —dijo Alec, sonriendo.
—¿Y entonces quién coño eres?
—Está bien, has tenido tu oportunidad. Te diré por qué.
Estás aquí porque mi mujer está en un grupo de apoyo a chicas que han tenido la mala suerte de cruzarse con hijos de puta como tú.
Y resulta que una de ellas le contó una historia sobre ti.
Según dijo, usaste una diadema neural pirateada para violarla.
—¿De qué coño estás hablando? Yo no he hecho nada de eso.
En ese momento, la puerta de la sala se abrió y tras ella apareció una chica joven, pelirroja y con un gesto a medio camino entre la tristeza y el asco. La chica, tras un escalofrío inicial, clavó sus ojos en Logan.
—¿Selina? —preguntó Logan, sorprendido.
—La conoces, ¿no? —dijo Alec—. Vino a hablar conmigo hace unas semanas y me contó todo lo que pasó: que la invitaste a tu casa para probar una experiencia nueva, que le pusiste la diadema y que lo siguiente que recuerda es estar desayunando en tu casa.
—Yo no le hice nada, solo estuvimos meditando hasta que nos quedamos dormidos. Es más, le gustó. Le gustó tanto que quiso repetir.
—Ya. Por suerte sospechó que le habías hecho algo y la segunda vez volvió con una cámara oculta en su bolso. Grabó todo lo que ocurrió, todo lo que le hiciste… otra vez.
Alec cogió una táblet de la mesa y le mostró un vídeo donde se veía a Logan abusando sexualmente de Selina, que al escuchar el sonido de la grabación desde el otro lado de la sala giró la cabeza, repugnada. Logan comenzó a ponerse nervioso y a titubear, tratando de pensar en algo que decir.
—¡E… ese no soy yo! ¡Ese vídeo es falso!
—¿Por qué iba a ser falso? Selina no quiere dinero ni fama. Lo único que quiere es justicia, que es lo único que va a ayudarla a seguir adelante —aclaró Alec tras parar el vídeo—. No estarías aquí si no estuviésemos seguros de lo que has hecho, créeme. Lo hemos comprobado personalmente.
—¿Hemos?
De nuevo se abrió la puerta de la estancia y apareció Dana.
—Disculpad, me estaba preparando —se excusó mientras entraba en la sala y se acercaba a Selina—. ¿Estás bien?
—Sí —respondió ella.
—¿Seguro que no quieres participar? Te sentirás mejor si lo haces.
—No… ni siquiera quiero verlo. Solo quiero que acabe.
—Está bien, como quieras.
—Vete a casa, Selina —sugirió Alec—. Nosotros nos ocupamos.
Selina se marchó cerrando la puerta tras de sí y Dana se acercó hasta Alec. Se situó a su espalda agarrándole de los hombros y comenzó a masajearle con suavidad.
—Tenemos que empezar ya, cariño —lo apremió ella—, vamos a llegar tarde a la cena con los Miller.
—Cuando quieras.
—¿Me lo preparas?
—Claro.
—Eres un cielo.
Alec se remangó la camisa y abrió la puerta de la celda, al tiempo que Dana se dirigía a uno de los armarios que había a un lado de la sala y de su interior sacaba un machete de tamaño considerable mientras observaba a su marido golpear sin piedad a Logan.
—Contrólate, cariño —dijo ella—. Deja un poco para mí.
La espesa niebla de la noche anterior dio paso a una radiante mañana en la ciudad.
Las calles llenas de vida contrastaban con los acontecimientos que miles de millones de personas en todo el mundo habían presenciado en sus teléfonos, pantallas y dispositivos: el asesinato de John Raymond a manos de X en un vagón de tren camino a Washington.
La noticia, que para muchos fue trágica, polarizó a una parte de la población, que discutía acaloradamente en las redes sobre si era ético matar a un cargo público, crítica que muchos senadores apoyaban a puerta cerrada, pero que ninguno se atrevió a expresar en voz alta.
El intenso fervor de incontables fans de X era tan abrumador que los pocos detractores eran denostados y acosados hasta ser silenciados de forma orgánica, sin que hubiese necesidad de que el Gobierno interviniese para censurarlos.
El vídeo era descrito como una obra de arte en todos los medios de comunicación importantes del país.
Los efectos prácticos in situ, la banda sonora, la iluminación, con aquella luz de luna dibujando el espeso humo negro en el vagón, la notoriedad pública de la víctima y el genuino terror que padeció…
El vídeo se había estrenado a las nueve de la mañana y dos minutos después ya había superado el Umbral, algo que solo había ocurrido una o dos veces desde que entró en vigor la ley en 2035.
Cuando X mataba, a la policía no le merecía la pena mover ni un solo papel; el indulto llegaría en cuestión de pocos minutos y su deuda con la sociedad quedaría sobradamente satisfecha.
El merchandising dobló su precio en apenas unos minutos y las camisetas con su logo y su imagen llenaban las calles, institutos y programas de televisión.
Un ánimo especial invadía a los habitantes de Los Ángeles, orgullosos de su Profesional más longevo y popular. X ya era toda una institución.
En su mansión ubicada en el exclusivo barrio residencial de Bel Air, Meredith Goldman salía de su sala de conferencias virtuales tras la reunión matinal de urgencia con el equipo de comunicación de BETA, en la que diseñaron una estrategia para el posicionamiento del vídeo en las redes de todo el mundo.
Desde hacía algunos años, X estrenaba vídeos con cuentagotas, pero cada vez que lo hacía, se convertía en un acontecimiento que no solo llenaba las arcas de la empresa y del Estado, sino que suponía horas y horas de contenido para programas, comunicadores, cronistas e influencers de todo el mundo, haciendo que la economía se agitase y los anunciantes se peleasen por colocar sus campañas.
Las acciones solían subir como la espuma cuando los inversores comprobaban que X aún estaba en plena forma, un río revuelto donde todos ganaban.