El Umbral Cinco años antes #3
50%

Cinco años antes #3

Al volver a casa encontró a Dana dormida en su rincón del sofá, acurrucada bajo una manta que dejaba sus pies al descubierto y con la televisión encendida, como tantas otras noches.

Alec le tapó los pies, la miró y quiso darle un beso en la frente para despertarla y contarle todo, pero no se atrevió.

Pensó que era demasiado prematuro, que quizás pudiese tratarse de un error, que aquel tipo no fuese el verdadero culpable…

Incluso que, después de tanto tiempo, quizás Dana no quisiese saber nada más del tema y aquello solo le infligiese aún más daño.

Así que, sin hacer ruido, salió al jardín y cruzó hacia la casa de invitados donde llevaba meses durmiendo.

Dos semanas después, Alec cogió su bolsa de deporte y como cada viernes se despidió de Dana burocráticamente, fue al garaje y se montó en su coche.

Puso rumbo al sur de la ciudad, donde Maira le había dicho que su exnovio tenía su estudio de tatuajes.

Llegó al establecimiento y antes de entrar tuvo que tomarse una pastilla para conseguir controlar la ira que sentía y que llevaba dos semanas machacándole los nervios.

Entró al lugar un poco más calmado y expectante por lo que podría encontrar.

El sitio parecía vacío hasta que de pronto un hombre rubio, grande y con muchos tatuajes en los brazos apareció de detrás de una cortina que conducía a la trastienda.

—Hola, amigo. ¿Puedo ayudarle?

Alec se quedó mirándole unos segundos.

—Quiero hacerme un tatuaje.

—¿Tienes cita?

—No, lo siento.

—Está bien. Estoy terminando con un cliente. Si me esperas un rato, te atenderé.

—No hay problema.

Alec esperó sentado, luchando por conseguir disminuir su ritmo cardiaco, pero solo le asaltaban mil y una maneras de abrirle la cabeza. Pasados veinte minutos, el tipo salió de la trastienda junto a un cliente al que acompañó hasta la puerta.

—Bien, ya estoy contigo, amigo. Soy Billy —saludó estrechándole la mano—. Cuéntame, ¿tienes algo en mente?

—La verdad es que no. Me gustaría que me ayudases a elegir.

—Bueno, depende de lo que quieras. Tienes muchos estilos en el catálogo.

—Me he fijado en los tuyos, creo que quiero algo así.

—Ah, ¿sí? Me alegro. Tengo un montón. ¿Cuál te gusta? ¿Alguno de aquí? —tanteó el tipo mostrándole el brazo.

—La verdad es que pensaba empezar por el pecho.

—Claro, esos no duelen demasiado si es tu primera vez —dijo el hombre mientras Alec, discretamente, se metía la mano en un bolsillo de la chaqueta—. Yo me los voy haciendo y encajándolos con los que ya tengo; me gusta improvisar.

Cuando el tipo se levantó la camiseta para enseñarle los tatuajes, Alec lo vio.

Entre muchos otros, tenía el caballito de mar tatuado sobre el pectoral derecho.

De nuevo un calor abrasador comenzó a subirle desde los pies hasta la cabeza y, de repente, perdió totalmente el control.

Enloquecido, se abalanzó sobre él y comenzó a golpearle.

Antes de que pudiera defenderse, Alec sacó una jeringuilla automática e intentó clavársela, pero Billy le detuvo antes de que pudiera hacerlo y le dio un cabezazo que le rompió la nariz.

Pero su rabia era tal que aquello no le paró ni un instante.

Con la cara ensangrentada y los ojos a punto de salírsele de las órbitas, Alec usó su otra mano para empujar la jeringuilla.

Sacó fuerzas de donde no pensaba que tendría, logró clavársela en el cuello y Billy fue perdiendo fuerza hasta que al fin se desmayó.

Alec, que jadeaba como un perro rabioso mientras la sangre goteaba sobre su presa, fue saliendo poco a poco de la enajenación que había sufrido y comenzó a analizar la situación.

Tras recuperarse, cerró la tienda por dentro, se puso un tapón en la nariz y limpió la sangre que había caído al suelo.

Después llamó a su coche para que aparcase frente a la puerta del establecimiento y esperó a que no pasase nadie por los alrededores.

Cuando vio la oportunidad, sacó rápidamente al tipo envuelto en unas mantas y lo echó al asiento de atrás.

Al llegar a su garaje, Alec sacó a Billy del coche y cargó con él a través del jardín hasta la casa de invitados.

Allí lo llevó a lo que hasta entonces había sido una zona de spa y que había reformado de manera rudimentaria para convertirla en una especie de calabozo.

Había acolchado las paredes con gomaespuma de forma bastante burda y había despejado el espacio lo mejor que pudo.

En el centro de la sala había una sauna con paredes de cristal en sus cuatro lados y una puerta que había reforzado para poder bloquearla desde fuera.

Sin más, lanzó a Billy al interior, le inyectó un estimulante y salió cerrando la puerta tras de sí.

Después de unos segundos, Billy recuperó la consciencia y, tras un primer momento de vómitos causados por la inyección, comenzó a orientarse.

Lo primero que vio fue a Alec sentado frente a él, con la nariz herida y las ojeras negras por el cabezazo de antes.

Le estaba mirando fijamente desde el otro lado del cristal.

—Hola, Billy —dijo con gesto muy serio.

—¿Quién coño eres? ¿Dónde estoy? —preguntó Billy babeando y aún con arcadas.

—Eso no importa. Lo que importa es quién eres tú y por qué estás aquí.

—¿¡De qué coño hablas!? ¡Sácame de aquí o te juro que…!

—Una noche, hace tres años, una mujer salió de un bar en la Novena con Broadway —le interrumpió Alec—. Tú la violaste y le diste una paliza que casi la mata.

Billy, aún desorientado por los narcóticos, no supo cómo reaccionar y comenzó a ponerse nervioso ante aquella acusación.

—No, tío, te equivocas de persona, yo no he hecho nada.

—Tranquilo. Hace mucho tiempo de eso. No busco venganza, solo quiero que lo admitas.

En cuanto lo hagas, llamaré a la policía.

Te caerán unos quince años y con suerte te darán la condicional dentro de diez.

Sé que estabas allí y sé que lo hiciste tú, pero si no confiesas, me obligarás a sacártelo por las malas.

—Eso no sería una confesión válida. No pienso cargar con algo que no hice.

Alec sacó su teléfono y comenzó a manipular la temperatura de la sauna a través de una aplicación.

—¿Qué haces? —preguntó Billy al sentir el calor.

—Cuéntamelo todo y te sacaré de ahí.

La temperatura fue en aumento durante unos minutos hasta que Billy volvió a vomitar. Cuando alcanzó más de cien grados y apenas podía respirar, se desplomó en el suelo al borde del desmayo. Al fin con la piel completamente roja, presa de fuertes arcadas y tirado sobre su propio vómito, se doblegó.

—E… está bien… —dijo de forma casi inaudible mientras luchaba por respirar—. Vale…, lo confieso..., lo confieso...

Alec apagó el sistema de calor, abrió la puerta de la sauna y le tiró encima un cubo de agua fría para bajarle la temperatura corporal.

Billy se quedó tirado en el suelo, aspirando oxígeno violentamente entre lamentos y estertores fruto del extremo malestar.

Pasados unos minutos, fue recuperando el color y ralentizando la respiración.

Alec le incorporó un poco boca arriba, sosteniéndole lo suficiente como para que pudiese beber de un vaso de agua fría que le ofreció poniéndole el borde en los labios.

—Toma, bebe —le dijo, sosteniendo su cabeza compasivamente—. ¿Estás mejor?

—U… un poco…

—Bien. Adelante, te escucho.

—Fui yo, tío —admitió Billy—. Lo siento…

Alec apretó los labios al escucharle decir aquellas palabras y sus ojos se humedecieron.

—Estaba muy puesto aquel día —continuó—, apenas lo recuerdo.

—¿Te acuerdas de la chica?

—Un poco...

—¿Cómo era?

—Una chica rubia, creo…

—¿De qué color era su ropa?

—No me acuerdo…

—Vamos, haz un esfuerzo.

—Creo que llevaba un vestido verde o algo así…

Para Alec aquello fue suficiente. Al comprender que tenía frente a sí al tipo que había destrozado a la mujer a la que amaba y escuchar su confesión, no pudo aguantarlo más y comenzó a llorar contenida pero desconsoladamente.

Su boca y su nariz empezaron a gotear sangre y saliva mientras sollozaba casi en silencio delante del hombre que les había arruinado la vida.

—Lo… lo siento… —alcanzó a decir Billy al ver a su captor rompiéndose frente a él—. Lo siento mucho, tío…

Alec llevó su mano con lentitud al cuello de Billy hasta rodearlo con ella y, casi sin darse cuenta, comenzó a apretar.

Al sentir cada vez más presión, Billy intentó librarse, pero estaba muy débil y era inútil.

Alec le tumbó en el suelo, se subió sobre él y siguió apretando mientras le miraba fijamente a los ojos.

Billy comenzó a patalear con violencia entre estertores cada vez más débiles.

Alec continuó hasta que, después de más de un minuto, Billy dejó de moverse y quedó del todo inerte.

Abrumado por un torrente de emociones tras lo que acababa de hacer, Alec tuvo que tumbarse en el suelo de la sauna junto al cuerpo y comenzó a llorar desconsoladamente.

Tardó un buen rato en recomponerse, pero entonces se secó las lágrimas y arrastró el cadáver fuera de la sauna para meterlo en una bolsa que ya tenía preparada, dispuesto a enterrarlo en algún lugar oculto del extenso jardín de su mansión.