El Umbral Cinco años antes #2
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Cinco años antes #2

Después de aquella noche, Dana le dijo a Alec que, a pesar de que aquel entorno idílico la había ayudado mucho, había algo en ella que nunca volvería a ser como antes, y que quería volver a Los Ángeles; no tenía sentido seguir huyendo de algo que iba a perseguirla fuese adonde fuese.

Quería retomar una vida real y aprender a vivir consigo misma de nuevo, así que unas semanas después regresaron a su casa de Los Ángeles.

Allí, Dana volvió a acudir presencialmente a terapia y Alec se puso a trabajar como asesor externo de su antigua empresa en un intento por retomar una rutina que salvase su matrimonio.

Una noche más, Alec llegó del trabajo y cenó con Dana.

Ya no había sonrisas, solo un silencio que pesaba sobre la mesa entre los dos.

Hacía tres años del ataque y Dana no había vuelto a ser la misma.

Cada vez que Alec intentaba besarla o intimar, ella le rechazaba.

Al principio ella lo intentaba hasta que la angustia se apoderaba de su cuerpo, pero aquello no tardó en convertirse en algo constante e insalvable que los fue alejando cada vez más al uno del otro.

Ya ni siquiera dormían en la misma cama; hacía muchos meses que Alec se había instalado en la casa de invitados que había en el exterior de la mansión, cruzando el jardín.

Pasaron de ser dos almas unidas por una complicidad mágica a ser dos desconocidos que cenaban en la misma mesa.

Alec comenzó a hacer planes fuera de casa muchas tardes por semana.

No tenía ganas de pasar tiempo con Dana, y tampoco creía que ella quisiera pasarlo con él, así que se apuntó a un equipo de realidad virtual, iba a la galería de tiro, salía con sus viejos amigos a tomar una cerveza…

Incluso a veces se iba él solo al teatro o al cine para no estar en casa.

Una noche de lluvia, Alec cogió su bolsa de deporte y, antes de salir, pasó por el salón para despedirse de Dana, que estaba acurrucada en su habitual esquina del sofá viendo una serie cualquiera sin prestarle mucha atención.

—Voy un rato con los chicos —dijo él, con tono rutinario—. Llegaré tarde.

—Vale —respondió ella.

Ya ni siquiera le hería aquella indiferencia.

El coche le llevó al oeste de la ciudad y paró frente a un club en cuya puerta había un cartel que rezaba « The red light » en letras rojas de neón.

Alec se quedó en el coche frente al club durante un rato, justificándose con decenas de excusas por estar allí.

Finalmente se decidió y salió del coche.

A pesar de que nadie le conocería en aquella zona, y menos durante aquella lluviosa noche, se subió las solapas del abrigo para ocultar su rostro.

Al entrar en el club, se encontró un ambiente acogedor, con gente riendo y bebiendo mientras una chica bailaba desnuda sobre un escenario y un chico hacía lo propio en una especie de jaula que colgaba del techo.

Todo lo que allí había estaba diseñado para despertar el apetito sexual de quien entraba: hologramas pornográficos, los nombres de los cócteles, la música suave y sugerente…

Alec, aún oculto tras las solapas de su abrigo, se acercó a la barra y pidió una cerveza.

—¿Sabes? —dijo una chica que se le acercó—. Así llamas más la atención de lo que lo harías si te comportases con naturalidad.

Aquella chica le pareció una belleza irresistible. Tenía rasgos asiáticos, el pelo liso y negro y la piel perfecta. Sonrojado, se quitó el abrigo y lo dejó en un taburete.

—Soy Maira —se presentó ella.

—Hola, Maira. Soy Joe.

—Ya. Te sorprenderías de lo común que es ese nombre por aquí —bromeó—. ¿Habías venido antes?

—No.

—Pues relájate, Joe. ¿Me invitas a una copa?

Tras un rato hablando, y a pesar su prejuicio inicial, Alec pensó que Maira era una chica interesante y le estaba hablando con toda sinceridad.

Tras su aspecto provocativo y descarado le pareció descubrir a una persona insegura, confusa y en ocasiones algo deprimida, y después de dos copas se dejó llevar totalmente por la agradable conversación.

Maira le confesó que, tras muchos golpes de la vida, había perdido la esperanza en las relaciones sentimentales con hombres y mujeres.

Por su parte, Alec le contó que, a raíz de un problema por el que pasó sin dar detalles, su mujer y él se habían distanciado por completo.

—Todos nos sentimos solos a veces —dijo Maira, con la mirada perdida en su cóctel—, y no pasa nada por intentar huir de esa sensación.

No voy a negar que aquí vendemos sexo, claro, pero a veces es algo más.

El contacto con otra piel es uno de los pocos alimentos del alma humana, y no está bien negárselo durante mucho tiempo.

El alma se queda famélica y se marchita.

—Pero no puedo evitar sentirme culpable. Amo a mi mujer. O la amaba. Ya no sé qué pensar…

—Las personas cambian. Puede que ames a alguien que ya no existe. Aunque no lo creas, te entiendo.

—¿Por qué iba a creer que no lo entiendes?

—No te culparía si en el fondo crees que no aprecio esta charla que estamos teniendo; al fin y al cabo, es mi trabajo. Yo misma he fingido interés tantas veces que en ocasiones ni siquiera sé si sigo siendo capaz de interesarme de verdad cuando me hablan.

—No pensaba eso.

—Lo cierto es que disfruto hablando con los que vienen aquí, es mi parte favorita de este trabajo —dijo Maira, con un pequeño brillo en la mirada—. Estar aquí tiene una ventaja que muy pocos aprecian y que para alguien como yo posee mucho valor.

—¿Alguien como tú?

—Sí, alguien que disfruta con las historias y anécdotas de los demás.

Ver la vida a través de los ojos de otra persona es como viajar.

Como descubrir un mundo oculto en las mismas calles que transitas todos los días, un mundo totalmente diferente.

Y disfruto aún más con las historias poco comunes, esas que solo puedes leer en libros o de boca de los extraños personajes que a veces pasan por aquí.

Por eso disfruto de esa posición especial en la que me colocan sin querer.

—¿Y qué posición es esa?

—La gente que mejor nos conoce normalmente suele ser nuestra pareja, esa persona a quien le permites verte en la intimidad, a la que hablas al oído en la cama…

Pero hay pensamientos, miedos y deseos que nos encantaría verbalizar sin consecuencias, sin sentirnos juzgados al día siguiente.

Eso solo lo hacemos con un tipo muy especial de desconocidos, personas con las que conectas lo suficiente como para abrirte y que se lleven tu secreto por la mañana como un deseo culpable que le pides en voz baja a una estrella fugaz.

Pues bien: esa soy yo. Soy una desconocida íntima a quien le puedes contar lo que quieras porque te escucharé con atención y por la mañana me habré ido.

Alec se quedó mirándola y ella le devolvió la mirada con una preciosa sonrisa cerrada. A continuación Maira se inclinó hacia Alec hasta que sus mejillas se tocaron y le susurró:

—O puedes pedirme un deseo.

Maira se levantó del taburete y tomó a Alec de la mano para que la acompañase.

Le condujo por unos pasillos suavemente iluminados con luces rojas y flanqueados por una decena de puertas a los lados.

Entraron por una de ellas a una habitación presidida por una gran cama vestida de seda negra, lamparitas de luz tenue y un piano que sonaba delicadamente a través de unos altavoces.

Alec cerró la puerta tras de sí, y cuando se volvió hacia Maira, esta le sorprendió rodeándole con sus brazos y besándole en los labios.

Tras aquel beso, ella se separó unos centímetros y, sin dejar de mirarle a los ojos, comenzó a quitarse la poca ropa que llevaba hasta quedarse frente a él totalmente desnuda.

Alec se acercó y la besó con deseo, colocando su mano en la nuca de Maira, que empezó a desabrocharle el cinturón y a abrirle los botones de la camisa uno por uno.

De pronto, durante un instante, Alec se imaginó a sí mismo sin Dana y le sobrevino la sensación más triste de toda su vida. Abrió los ojos y se separó de Maira.

—Perdona —dijo mirando al suelo, avergonzado.

Maira vio su cara y en pocos segundos lo comprendió.

—Tranquilo —le tranquilizó ella sonriendo—, no pasa nada.

Alec volvió a abrocharse la camisa y el cinturón, se puso su abrigo y se despidió de Maira con una mirada de aprecio que ella le devolvió. Justo antes de salir por la puerta, cuando ella se dio la vuelta para coger la ropa de la cama, Alec vio un pequeño tatuaje en su espalda: un caballito de mar.

—¿Estás bien? —preguntó Maira cuando vio la mirada atónita en el rostro de Alec.

—¿Qué es eso? —inquirió él.

—¿Esto? Me lo hizo un exnovio. Es tatuador. Era algo así como su marca personal, y por supuesto quiso que yo la llevase. ¿Por qué?

Alec volvió a entrar en la habitación y cerró la puerta.

—¿Qué exnovio?

—Uno de esos a los que quieres hasta que te das cuenta de que no existen. Un puto mentiroso.

—¿Era rubio?

—Sí… ¿Le conoces?

Alec apenas podía pensar. Un intenso calor le recorrió el cuerpo desde la cabeza hasta los pies y tuvo que sentarse por los temblores que le sobrevinieron. Cuando consiguió recuperar la calma, le explicó todo a Maira.

Salió del club bajo una lluvia torrencial y atravesó corriendo la calle para subirse a su coche.

Una vez dentro, se quedó inmóvil en el asiento del piloto mirando al frente, confuso y totalmente destrozado.

Le habría gustado hablar con Dana o volver al club y acostarse con Maira con tal de arrancarse esa horrible sensación de encima.

El alma pareció caérsele a los pies y comenzó a llorar en silencio, tratando de contener las lágrimas.