Cinco años antes
Cinco años antes
Una mañana de invierno, Alec se despertó solo en la cama de su lujoso dormitorio.
Al girarse hacia el lado donde solía dormir su esposa, notó que las sábanas estaban intactas, sin una sola arruga.
Después de quince años de noviazgo y tres de matrimonio, esto le sorprendió un poco; la noche anterior ella había salido con unas amigas, y rara vez se quedaba a dormir fuera sin avisar.
—¿Cariño? —preguntó al aire, pero no hubo respuesta.
Desperezándose, Alec se levantó y fue al baño antes de bajar a la cocina a prepararse un café.
Revisó el jardín, el spa, incluso el porche delantero, pero no había rastro de Dana.
Preocupado, intentó llamarla a su teléfono varias veces, pero parecía tenerlo apagado.
Finalmente decidió marcar el número de una de sus amigas.
—¿No ha vuelto a casa? —se sorprendió su amiga, ante la consulta de Alec—. No puede ser. Después de cenar estuvimos en el bar, ella se tomó una copa y dijo que estaba cansada, así que salió para coger un coche autónomo de vuelta a casa.
El pánico empezó a invadirle y sin pensarlo dos veces llamó a la policía. Mientras daba sus datos al agente, vio que le estaba entrando otra llamada a su teléfono. Al mirar la pantalla y ver que era del hospital, puso en espera a la policía y contestó de inmediato.
—¿¡Cómo!? —exclamó, escuchando lo que le decían al otro lado del teléfono—. Voy para allá ahora mismo.
Alec puso el coche en conducción manual y se dirigió a toda velocidad al hospital.
Al llegar, una enfermera le indicó la habitación de Dana.
Aceleró el paso esquivando a pacientes y médicos por los pasillos hasta que finalmente llegó a la puerta.
Lo que vio al entrar en la habitación le dejó sin aliento: su esposa yacía en la cama con la cabeza vendada, un brazo escayolado, los ojos amoratados y el cuerpo lleno de contusiones.
—¡Dana! —exclamó, tomando su mano sana, pero no reaccionaba.
Alec no paraba de hablarle y de repetir su nombre desesperadamente hasta que una doctora entró apresurada por la puerta al oírle.
—¿Señor Fisher? —preguntó la doctora desde la puerta.
—¡Sí, soy Alec Fisher! ¡Su marido! ¿Qué le ha pasado a mi mujer?
—Cálmese, se pondrá bien. Salga conmigo al pasillo y le informaré.
Alec salió de la habitación, no sin antes darle un beso a su mujer en la frente y susurrarle al oído que la quería y que todo iba a salir bien.
En el pasillo, la doctora le explicó que Dana estaba sedada y no despertaría hasta dentro de unas horas.
Tras una intervención, las lesiones más graves habían sido reparadas y ya estaba fuera de peligro, pero había otra mala noticia: Dana había sido agredida sexualmente a dos calles del bar en el que había estado con sus amigas.
Dos chicos la habían encontrado malherida y con su vestido verde hecho trizas.
Una ambulancia la llevó de inmediato al hospital, donde le diagnosticaron un hematoma craneoencefálico y un desgarro interno, al margen del resto de lesiones.
Alec se pasó las siguientes horas pegado a la cama donde estaba su mujer, sujetando su mano en todo momento y hablándole para que, aun en sueños, supiese cuánto la quería y la necesitaba.
Cuando Dana recuperó el conocimiento, la mantuvieron estable con tranquilizantes que la dejaron muy adormecida.
Al día siguiente, unos agentes de policía acudieron para tomarle declaración, pero Dana aún estaba en shock y bajo los efectos de la medicación, por lo que apenas pudo darles ninguna información útil, perdiéndose entre palabras que no lograba hilar del todo.
Tan solo recordaba que su agresor era rubio y que tenía varios tatuajes, uno de ellos de un caballito de mar que pudo ver durante un instante bajo su camiseta.
Los días pasaron y Dana se fue recuperando con rapidez de sus heridas gracias al tanque RDL del hospital, de manera que en menos de una semana le dieron el alta para que pudiese continuar el tratamiento en casa.
Alec comunicó a sus compañeros de la empresa que trabajaría desde casa hasta que su mujer estuviese del todo recuperada y mandó instalar un tanque RDL en una de las habitaciones, reconvertida en sala de rehabilitación médica.
Aunque a Dana le pareció un gasto innecesario, a las dos semanas se había recuperado totalmente de sus heridas físicas.
Alec volvió a trabajar en el despacho de su empresa para darle a Dana el tiempo necesario para que se tranquilizase y fuese recuperando poco a poco su vida normal.
Pero con el paso de los meses estaba cada vez más callada, más ausente; aquella chispa vital que la caracterizaba se había apagado por completo.
A veces se quedaba horas sin moverse de una esquina del sofá, encogida, mirando cualquier cosa que estuviesen poniendo en la tele sin prestar atención.
Se daba duchas eternas y apenas salía de casa.
Alec le proponía viajes, planes para distraerse, reuniones con amigos…
Ella apreciaba todo aquel esfuerzo, pero no se sentía capaz de hacer casi nada.
Ni siquiera conseguía hablar con él más de unos minutos seguidos sin que el esfuerzo la agotase mentalmente. Todo le parecía inerte, ajeno e irreal.
Después de un año, y sin ningún avance en el caso, Alec había perdido toda esperanza de que encontrasen al culpable, y aquella rabia que le había movido hasta entonces se había ido diluyendo.
Se había resignado a pensar que aquel tipo no era más que otro desgraciado de los muchos que deambulaban por cualquier lugar del mundo.
Por insistencia de su marido, Dana empezó a ir a una nueva terapia, aunque, sin que ella lo supiese, Alec había contratado a un agente de seguridad para que la protegiese y velase por ella desde el momento en que ponía un pie fuera de casa.
Al principio a Dana le pareció que aquella terapia no era muy distinta a la que hacía desde casa con una psicóloga, pero poco a poco y sin darse cuenta se empezó a acostumbrar a los trayectos de ida y vuelta hasta que un día, al regresar a casa, le dijo a Alec que por primera vez no había sentido angustia al pisar la calle.
Él se alegró tanto al oírlo que preparó una cena especial con velas, abrió una carísima botella de vino y le comunicó algo en lo que había estado meditando desde hacía semanas.
Había decidido vender todas las acciones de su compañía, y traspasarla de facto a un nuevo equipo directivo, para dedicarse exclusivamente a ella y a su recuperación.
Con la revalorización de las acciones de su empresa en el último año tendrían dinero suficiente para vivir holgados el resto de sus vidas y dedicarse a lo que quisieran.
No solo eso. Alec llevaba tiempo dándole vueltas a un cambio radical en sus vidas y había comprado un caserón de madera a orillas de un islote en el Lago Superior, Michigan, el cual había reformado por completo.
Era un lugar tranquilo y aislado en el que podría salir de casa sin miedo, rodeado de naturaleza y cerca de un pequeño pueblo portuario a pocos minutos por mar o por aire.
Dana sonrió, sin llegar a creer que su marido hubiese hecho todo aquello por ella, y Alec le enseñó las fotos de la casa hasta convencerla de que iba en serio.
Con una amplia sonrisa, Dana le abrazó y se entusiasmó con la idea.
Dos semanas después se mudaron a aquella casa de ensueño.
Pasaban los días caminando por la isla, pescando a bordo de una pequeña lancha, leyendo juntos al calor de la chimenea…
Despertaban cada mañana frente a un enorme ventanal con vistas al lago, pintado de naranjas, violetas y azules matinales.
Alec también compró un dron de transporte de dos plazas que usaban para desplazarse hasta el pueblo y comer en algún restaurante tranquilo o hacer compras.
Durante las semanas siguientes, Dana parecía más relajada.
De manera fugaz, su chispa amagó con volver a encenderse, y poco a poco fue recuperando una tímida sonrisa.
Una noche, mientras veían una película en el sofá del salón, se acercó a Alec y le dio un sentido beso en los labios.
Se subió en su regazo y el beso poco a poco fue cobrando pasión hasta que ella se quitó la camiseta y él comenzó a besarla por el cuello y los pechos.
Dana casi había olvidado cuánto le gustaba aquella cálida sensación.
Comenzó a jadear y a excitarse, pero poco a poco, y sin que pudiese hacer nada para evitarlo, su mente comenzó a traicionarla y la invadió una insoportable sensación de asco y miedo.
—Espera —dijo ella—. Para, por favor.
Alec se detuvo.
—¿Estás bien? —le preguntó.
Dana se puso pálida y su piel se cubrió de sudor.
El sensual jadeo de hacía unos instantes comenzó a acelerarse y pareció ahogarla.
En un instante, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Alec le trajo un vaso de agua y una pastilla, que ella se tomó atropelladamente.
Luego se tumbó boca arriba en el sofá y lloró durante un largo rato.
Alec se sentó en el suelo para permanecer junto a ella en todo momento, sosteniendo su mano y acariciándole el pelo hasta que poco a poco se calmó.
—Lo siento —se disculpó ella con un hilo de voz.
—No lo sientas, todo está bien —respondió Alec—. Es normal que te cueste. Te quiero más que a nada, Dana. Pase lo que pase estoy contigo.
Pasaron los meses. Luego, los años.