Capítulo IV . La semilla del odioCinco años antes
Capítulo IV La semilla del odio
Una intensa luz azul turquesa emanaba de unos tanques de RDL en el centro de meditación neural.
El establecimiento, situado en pleno corazón de Los Ángeles, transmitía una serenidad casi irreal, amplificada por el efecto ondulante de la luz al refractarse en el líquido contenido dentro de los diez enormes receptáculos de cristal.
En cada uno de ellos flotaba un alumno en suspensión perfecta.
Todos estaban completamente desnudos, inmersos en un estado de profunda meditación.
No había contacto con las paredes ni con el suelo, solo el suave vaivén de sus cuerpos ingrávidos, suspendidos en el centro del tanque.
Unas mascarillas nasobucales translúcidas les proporcionaban aire para respirar, mientras los dispositivos neuronales colocados alrededor de sus cabezas recogían las ondas alfa que sus mentes generaban en aquel trance.
Los datos se transmitían en tiempo real a un ordenador que monitoreaba cada fluctuación, cada pulso cerebral.
Diodos adheridos a sus sienes hacían sonar una onda de música relajante en sus cabezas, una melodía apenas perceptible, pero lo suficientemente envolvente como para guiarles hacia una concentración absoluta.
Logan, el monitor, avanzaba entre los tanques con pasos lentos y tranquilos, casi flotando sobre la atmósfera de calma.
Sus ojos recorrían la sala vigilando a sus alumnos, quienes permanecían adormecidos en su propia introspección.
En una de sus manos sostenía una pantalla translúcida donde aparecían unas finas líneas de colores que se curvaban despacio hacia arriba y hacia abajo, como si bailasen.
Casi todas se sincronizaban en perfecta armonía, pero poco a poco una de ellas comenzó alterarse, separándose del resto.
Logan, sin prisa, se acercó a uno de los tanques y se inclinó suavemente, situándose cerca del rostro de una preciosa joven que flotaba ajena al mundo.
—Charlotte —dijo Logan con tono suave—, te estás distrayendo. Trata de volver a sincronizarte con tus compañeros.
Poco a poco, la díscola línea de la pantalla comenzó a moverse hasta volver junto a las demás.
—Perfecto, así se hace. Continúa.
En la cara de Charlotte se dibujó una leve sonrisa que pareció estar dedicada a su profesor, quien continuó su paseo.
Al finalizar la sesión de meditación, los alumnos salieron de las peceras y, tras una breve evaluación orientativa en la que Logan les dio algunas pautas, recogieron sus cosas y uno a uno fueron saliendo de la sala, a excepción de Charlotte.
Cuando esta se quedó a solas con Logan, se acercó a su mesa mientras él compilaba los datos de la sesión en su ordenador.
—Lo siento, hoy estoy un poco distraída —se disculpó ella.
—No pasa nada, lo has hecho bien —respondió él con una sonrisa.
—Ha sido increíble. Durante un rato he sentido cómo el tiempo se expandía y me he visto a mí misma desde fuera de mi cuerpo, desnuda y empoderada. No hay palabras para describirlo, ha sido increíble.
—A veces, todo lo que necesitamos para alcanzar un estado superior es comprendernos.
Separarnos de nosotros mismos y entender que solo somos materia —dijo Logan—.
Pura energía y carne, algo que nuestra mente puede manejar fácilmente cuando tomamos el control.
Estoy muy orgulloso de ti, Charlotte. Si sigues así, dentro de muy poco podrás empezar con técnicas más avanzadas.
—¿En serio? Sería genial.
—Claro. Creo que tienes mucho potencial.
Charlotte le miraba con ojos soñadores, no solo por la admiración que despertaba en ella como instructor de meditación neural, sino por su enorme compromiso con la lucha por un mundo más justo.
Su activismo por los derechos de la clase trabajadora y las minorías era una fuente de inspiración moral para ella y para muchos otros que le seguían en círculos de activismo antisistema.
Al terminar la jornada, Logan cerró las puertas del centro de meditación neural. Mientras quitaba el candado de su bici para volver a casa, le llegó un mensaje de texto de Charlotte.
Estoy en el jardín bioluminiscente del final de la calle. ¿Te apetece venir un rato?
Logan aceptó la invitación y se dirigió hacia allí en su bici.
Desde hacía años, los espacios verdes de Los Ángeles y muchas otras ciudades habían sido sustituidos en su mayoría por jardines bioluminiscentes situados en cualquier rincón que se prestase a ello, incluyendo las azoteas de muchos de los edificios de la ciudad.
Estaban repletos de flores y plantas exóticas transgénicas que brillaban con luz propia en la oscuridad, un auténtico regalo para la vista.
Logan llegó al caer la noche, cuando las plantas hacían alarde de toda su belleza.
Atravesó los solitarios senderos iluminados con fluorescentes resplandores azules, verdes, blancos y amarillos, buscando a Charlotte. Al no encontrarla, le envió un mensaje.
No te encuentro, ¿dónde estás?
A los pocos segundos recibió la respuesta.
— Detrás de ti —dijo una voz masculina a su espalda.
Logan se dio la vuelta y se encontró cara a cara con Alec, que sin mediar palabra colocó contra su cuello un táser cuya potente descarga eléctrica le dejó inconsciente.
Al cabo de unas horas, Logan despertó con una quemadura en el cuello y hormigueo en las extremidades.
Poco a poco recuperó la orientación y se vio encerrado en un cubículo acristalado en uno de cuyos lados había un banco para sentarse.
La celda parecía estar dentro de una habitación blanca y prácticamente vacía a excepción de un armario metálico.
En el centro de la sala estaba Alec, sentado junto a una mesa mientras comía un sándwich sin prestarle atención a Logan, que con dificultad consiguió ponerse en pie y echar un vistazo a su alrededor.
—¿¡Dónde estoy!? —preguntó alterado—. ¿¡Quién eres!?
Alec no respondió hasta que, sin prisa, terminó el último bocado de su tentempié.
—Eso no importa —dijo sacudiéndose las migas de las manos—. Lo único que importa es quién eres tú y lo que hiciste.