Año 2053 #4
John Raymond disfrutaba cada instante de aquel ritual en el que llegaba junto con su equipo de seguridad a la estación y subían al tren sin tener que cruzarse con molestos seguidores o detractores inconvenientes.
Más aún en noches como aquella, en las que la niebla era espesa y le arropaba, proporcionándole anonimato y una cálida sensación de protección en el interior del elegante vagón.
El vagón delantero era un espacio compartido con los tres guardaespaldas que le acompañaban en este tipo de viajes, mientras que el trasero era su vagón dormitorio privado.
Al incorporarse a la vía común rumbo a Washington, John respiró aliviado por dejar atrás Los Ángeles, donde no se sentía seguro desde hacía varios días tras los intentos de espionaje de su despacho.
Una cálida sensación de tranquilidad le envolvió al ver el paisaje nocturno pasar rápidamente por la ventana: bosques, praderas, llanuras y zonas desérticas salpicados por las distantes luces de pequeñas poblaciones en el horizonte.
Siempre sintió que viajar en trenes como aquel era como subirse a un paréntesis de puntos suspensivos en mitad de un párrafo frenético.
Cenó algo ligero y al terminar se sirvió una copa de licor, momento en que recibió una llamada de su amigo y compañero el senador Michael Connelly.
—Hola, Michael. Ya estoy en el tren camino de Washington. Llegaré por la mañana.
—Estupendo, ya está todo preparado. Harás la declaración desde la sala de prensa del Congreso y por la noche entrevista en la televisión.
—Perfecto.
—¿Estás seguro de que no te estás precipitando?
—Estoy seguro. Es algo que antes o después tendremos que hacer, y nos servirá para cubrirnos las espaldas. ¿Has conseguido hablar con los demás senadores?
—Sí, varios de ellos han confirmado las reuniones. Luego te mando la lista.
—Te lo agradezco mucho, Michael. Sin tu ayuda creo que no habría sido capaz de llevar esto adelante.
—No hay de qué. Tú trata de descansar durante el viaje porque mañana te espera un día muy largo. Nos vemos por la mañana.
Tras terminar la llamada, John pasó unos minutos más observando el paisaje mientras repasaba su discurso hasta que finalmente le sobrevino el cansancio.
—Me voy a dormir, Damon —le comunicó a su jefe de seguridad—. Estaré en pie una hora antes de llegar a Washington.
—Que descanse, senador.
John entró a su vagón privado, se dio una ducha y se metió en la cama, donde el traqueteo del tren le ayudó a coger el sueño con rapidez.
Un bache anormalmente brusco en la vía le despertó en mitad de la noche.
Durante unos instantes, las imágenes de un agradable sueño que estaba teniendo se entrelazaron con la realidad.
Al cabo de unos segundos volvió a dormirse, pero esta vez su sueño no fue tan apacible.
Soñó que sus votantes le gritaban durante su discurso en Washington y poco a poco aquellos alaridos se tornaron siniestros, como si toda la capital se sumiese en un caos a manos de monstruos que habían emergido de las sombras para vengarse de él.
La pesadilla era tan desagradable que John se despertó agitado, pero curiosamente los gritos que escuchaba no cesaron, sino que continuó oyéndolos a lo lejos durante unos segundos hasta que, de pronto, se extinguieron.
No era la primera vez que en un estado de duermevela su subconsciente le jugaba una mala pasada como aquella.
John miró el reloj y vio que apenas había dormido una hora.
Incapaz de conciliar el sueño de nuevo, decidió incorporarse para beber un poco de agua e ir al baño, pero al salir del servicio le pareció sentir que algo extraño flotaba en el intenso silencio que inundaba el vagón.
Confuso, trató de comunicarse con su jefe de seguridad a través de un interfono para asegurarse de que todo estaba en orden, pero tras un par de intentos no lo consiguió.
De nuevo le invadió la intranquilidad que creía haber dejado atrás en Los Ángeles.
Comenzó a alterarse, sacó la pistola que llevaba en el equipaje y se acercó a la puerta del vagón contiguo.
—¿Damon? —preguntó en voz alta.
No hubo respuesta, tan solo el rítmico traqueteo de las vías del tren.
Tras intentarlo de nuevo sin éxito, John giró cuidadosamente el pomo de la puerta y asomó la cabeza para ver qué era lo que estaba ocurriendo en el otro vagón, deseando que todo fuese producto de su paranoia.
Lo que vio hizo que le invadiese el terror: paredes y ventanas repletas de sangre que se extendía por todo el suelo, extremidades humanas desmembradas por aquí y por allá, el mobiliario totalmente destrozado…
Un escalofrío le recorrió el cuerpo de pies a cabeza agitando su estómago y su corazón, que se aceleró hasta casi salirse de su pecho.
Invadido por el intenso olor a sangre, se llevó la mano a la boca, pero no consiguió detener las arcadas y terminó vomitando sobre el suelo del vagón.
Cuando recuperó el aliento, agarró con fuerza la pistola que llevaba en la mano y se puso en alerta, apuntando frente a sí.
El subidón de adrenalina le hizo comprender que el responsable de aquello era perfectamente capaz de atravesar la puerta de su vagón privado, por lo que solo le quedaba tratar de defenderse.
Con el arma en ristre, comenzó a avanzar con lentitud.
—¡¿Quién está ahí?! —preguntó varias veces con una agresividad forzada.
Un pesado silencio mortuorio flotaba en el ambiente, únicamente interrumpido por sus aceleradas exhalaciones.
Las lámparas del vagón comenzaron a atenuarse poco a poco hasta que apenas fueron unos pequeños puntos de luz casi extintos, y el lugar solo quedó iluminado por el intermitente resplandor de la luna que entraba por las ventanas al pasar entre los árboles a toda velocidad.
En penumbra, John pudo ver que al fondo de la estancia se iba formando un manto de humo oscuro y viscoso que comenzó a cubrir el suelo como un fango.
Su corazón pasó de bombear a toda velocidad a pararse por completo durante un instante.
Ya había visto aquello antes. Del manto de humo que se formó a ras de suelo emergieron unos dedos huesudos y pálidos que se abrieron paso entre aquella sustancia, y una cabeza comenzó a asomar, apenas visible en medio de la oscuridad.
Solo se distinguían unos ojos histéricos que miraban fijamente a John, aunque poco a poco fue apareciendo un pálido rostro con la boca repleta de cientos de dientes.
Era X. Aquellos ojos amarillentos que parecían pedirle auxilio le miraban fijamente, tensos y desquiciados, y a John le entraron ganas de echarse a llorar.
Aterrorizado, apuntó hacia la sombra con la pistola y comenzó a disparar una bala tras otra, acertando todas y cada una de ellas en aquella monstruosa cabeza que continuaba emergiendo envuelta en el oscuro humo viscoso del que había nacido, sin inmutarse.
Disparó hasta vaciar por completo el cargador, pero para entonces X ya se erguía hasta el techo del vagón y le miraba fijamente.
De pronto John vio en el suelo la pistola ensangrentada de uno de sus guardaespaldas muertos, se abalanzó sobre ella y volvió a abrir fuego hacia aquella horrible cara que se le acercaba cada vez más, sostenida tan solo por un delgado cuerpo indefinido oculto en la oscuridad.
X comenzó a sonreír, y a cada metro que avanzaba su boca se iba ampliando cada vez más hasta formar una perversa sonrisa.
A continuación se fue abriendo poco a poco.
Cuando parecía que aquellas fauces no podían abrirse más, sus huesos se desencajaron hasta que aquel oscuro agujero se convirtió en algo más grande que la cabeza del senador.
John había visto suficientes vídeos de X como para saber lo que le esperaba a continuación; aquella oscura boca estaba a punto de engullirle y arrancarle la cabeza de un mordisco lento y doloroso.
Ante la idea de tan agónico final, John cerró los ojos, se llevó la pistola a la sien y apretó el gatillo.