Año 2053 #3
Robert escuchó unos gritos tras la puerta, luego dos disparos y a continuación un largo silencio. De pronto, una lengua de humo blanco comenzó a colarse por las rendijas de la entrada hasta que poco a poco hicieron imposible la visibilidad de la puerta.
—¡¿Quién coño está ahí?! —gritó Robert.
Suavemente, empezó a escucharse el lento clic metálico de la cerradura de la puerta, que se abrió despacio, sin prisa.
Robert abrió fuego en aquella dirección sin saber con exactitud adónde apuntaba debido al denso humo hasta que, tras nueve disparos, el cargador se vació y los fogonazos dieron paso al sonido del arma percutiendo en vano.
Se produjo un breve silencio y de entre el humo aparecieron dos pequeñas luces blancas, como ojos brillando, que le observaban.
Robert, nervioso y asustado, trató de echar mano a un segundo cargador que guardaba en la mesilla, pero aquellas luces se le echaron rápidamente encima y de entre la nube blanca emergió Benjamin caminando sobre su cama.
Se acercó sin prisa, le pisó el brazo a Robert contra la cama y después le apuntó a la cabeza con su pistola.
—Hola, Robert —dijo Ben.
Ben llevó a Robert a rastras a la sala de estar de la suite . Lo sentó en una silla y le ató las manos al respaldo. Luego colocó otra silla para sentarse frente a él y se quitó la máscara, dispuesto a tener una charla cara a cara.
—Supongo que fuiste tú el que entró en el Obsidian, ¿me equivoco? —preguntó Robert.
—Sí —respondió Ben.
—El puto ruso se fue de la lengua, ¿no?
—Sí.
—Te has dado prisa en venir. ¿Vas a matarme?
—Eso depende de ti.
—Ya, no lo creo. —Robert pareció resignarse ante su destino sin dramatizar, apenas mostrando una mueca de fastidio.
—Estoy buscando a Blitz —anunció Benjamin, fijando intensamente la mirada en los ojos de Robert.
—¿Y qué coño te hace pensar que sé dónde está?
—Llevo un tiempo buscándote, ¿sabes? —dijo Ben, recreándose en su posición—.
He hablado con mucha gente y sé a qué te dedicas.
Sé lo del tráfico de personas, las drogas, las armas…
Pero no estoy aquí por eso. Lo único que me interesa es tu faceta de Productor.
Me dijo el Loco que comenzaste financiando a jóvenes talentos que aspiraban a convertirse en Profesionales a cambio de parte de sus beneficios.
Y también sé que ayudaste a Blitz a empezar; incluso que sigues ayudándole.
—No sabes una mierda.
—Hace poco hablé con un viejo amigo tuyo que me lo contó todo.
—¿Un amigo mío? ¿Quién?
—Ethan Drake.
—Ya… ¿Y qué tal le va a ese malnacido?
Ben guardó silencio y miró fijamente a Robert con un atisbo de sonrisa al borde de la boca.
—Te lo has cargado, ¿no? —preguntó Robert, dándose por respondido por el silencio inmóvil de Ben—. Puto viejo loco. Me extrañaba que no le hubiesen matado hace ya muchos años.
—Mira, Robert. Podemos hacer esto de forma fácil o difícil… —dijo Ben poniéndose en pie—. Difícil para ti, claro. Tú eliges.
—Sea lo que sea lo que te dijera Ethan, no tengo ni idea de dónde está Blitz. Ni siquiera sé cómo se llama.
Benjamin sacó una pistola de inyección cargada con un líquido de color celeste y se colocó a la espalda de Robert.
—¿¡Qué coño piensas hacer con eso!? —preguntó asustado.
Robert se zarandeaba entre insultos y quejidos cuando notó un pinchazo en el brazo y luego dos pequeños tirones en la mano. Pocos segundos después, Ben volvió a sentarse frente a él con un cuchillo ensangrentado en una mano y algo que chorreaba sangre escondido en el puño de la otra.
—¿¡Qué coño tienes ahí!?
Benjamin abrió su mano y le mostró dos dedos que acababa de amputarle.
—¡¿Pero qué cojones…?! —exclamó Robert—. ¡¿Son míos?!
—Te he inyectado un anestésico local para que no montes un numerito. Como verás, estoy siendo muy civilizado.
Al ver sus dedos aún calientes en la mano de Ben, Robert entró en pánico y comenzó a hiperventilar.
—¡¡¡Puto psicópata!!! ¡¡¡Te he dicho que no sé nada!!!
—Puedo estar así toda la noche; aún te quedan muchos dedos. Y otras extremidades…, aunque no sé si habrá suficiente anestésico para todas.
—¡¡¡Que te jodan!!!
—Imaginaba que no te derrumbarías con el aperitivo. Pensaba jugar un rato más contigo, pero la verdad es que no te soporto. Quiero acabar lo antes posible, así que vayamos directamente al plato fuerte.
De un violento tirón, Ben le bajó el pantalón del pijama a Robert, dejándole desnudo de cintura para abajo.
—¿Podemos saltarnos la parte de la anestesia, ¿no crees? —dijo Ben acercando el cuchillo a sus testículos.
Robert tragó saliva y endureció la mirada, dejando claro que no pensaba decirle nada, pero en cuanto Ben le tocó con el filo del cuchillo, se derrumbó.
—¡¡¡Para!!! —gritó—. ¡¡¡Está bien!!! ¡Te diré cómo encontrar a Blitz!
—Me alegro de que nos vayamos entendiendo.
—No sé quién es ni dónde está, es muy celoso de su intimidad —confesó, agotado de soportar la tensión y cubierto de una película de sudor cuyo desagradable olor comenzaba a inundar la habitación—. Pero sé dónde va a estar: al sur de la ciudad. Dentro de cinco días va a grabar un vídeo allí.
—No soy idiota, Robert.
—Te juro que es cierto, puedes comprobarlo. Hay una agenda en mi mesilla de noche. Ábrela y mira la anotación del sábado que viene.
Ben siguió sus instrucciones y encontró la agenda. En la fecha indicada, Robert había anotado una cita: «Rodaje B.», a medianoche, seguido de una dirección.
—Es el día y la hora en que Blitz grabará su siguiente vídeo —continuó hablando, nervioso por complacer a su captor—.
Yo mismo me he ocupado de los preparativos.
Ya está todo listo. En la víspera, un equipo colocará las cámaras y las luces.
Blitz solo tiene que hacer su trabajo sin preocuparse por nada más, que es como lo hacemos siempre.
Si te presentas allí dentro de cinco días, a la hora indicada, le encontrarás.
Ben se guardó la agenda y se dirigió hacia él.
—Gracias, Robert.
—Ya tienes lo que querías —dijo Robert bajando la vista al suelo, derrotado—. Ahora vete.
—Desde luego. Pero solo una cosa más. Es curioso, parece que tenemos muchos amigos en común, y uno de ellos me ha pedido que le haga un favor. ¿Te suena el nombre de Alec Fisher?
—¿Fisher…? ¿Qué coño tiene que ver ese idiota con todo esto?
Ben sacó de nuevo el cuchillo y con un rápido movimiento le cortó los testículos. Robert comenzó a chillar de dolor. Pataleó tanto que se cayó al suelo junto con la silla. Pasados un par de minutos, Ben le inyectó otra dosis de anestesia en la zona y esperó hasta que se calmase.
—¡Eres un hijo de la gran puta! —gritó Robert a lágrima viva.
—Ya somos dos —respondió Ben—. Alec necesita que me des las direcciones de donde tienes a todas esas chicas. Si te niegas, puedo seguir cortándote cosas.
—¡¡¡Que te follen!!!
—Te recuerdo que los huevos no es lo único que te cuelga ahí abajo, y ya no me queda anestesia. Si me lo dices, te dejaré en paz y con un poco de suerte podrás seguir echando un polvo de vez en cuando.
Robert, agotado de tanto revolverse y del propio dolor, apoyó la cabeza en el suelo, rendido.
—No voy a salir vivo de esta, ¿verdad? —susurró.
—Robert, solo quiero saber dónde están las chicas. Después te dejaré en paz. No gano nada matándote. Tienes mi palabra.
Tras unos instantes, Robert miró hacia un escritorio, señalándole a Ben el lugar donde buscar.
—Tercer cajón… —confesó.
Ben registró el cajón y sacó de allí otras dos agendas en las que había muchas anotaciones de teléfonos, direcciones, nombres, cifras de pagos y cobros… Todo un registro físico que guardó en uno de los bolsillos de su chaleco para estudiarlo con más detenimiento.
—Bien, te agradezco la colaboración —dijo Ben, acercándose al lugar donde Robert estaba tirado—. Por cierto, Alec también me ha dado algo para ti.
En el instante en que Robert levantó la cabeza para ver de qué se trataba, se encontró de bruces con el cañón de la pistola de Ben apuntándole entre ceja y ceja.
El eco del disparo resonó por toda la mansión y todo se quedó en calma.
La estación de tren de Los Ángeles había cambiado radicalmente desde el Despertar.
Ya no se agolpaban cientos de viajeros para montar en un mismo tren con un único destino; ahora cada vagón se desplazaba de manera autónoma sin necesidad de una locomotora de arrastre.
Todos estaban perfectamente sincronizados con el resto y se movían cruzando unos frente a otros entretejidos por una red de vías que abarcaba todo el país.
Cuando el uso de los GlidePod se extendió dando la posibilidad de acortar la percepción temporal de los trayectos, el tren recuperó cierta popularidad como una experiencia de viaje en sí misma, más lujosa, placentera e ideal para socializar mientras se disfrutaba de la travesía.
Los pasajeros llegaban a la estación y se dirigían directamente a un vagón singular que se incorporaba a la red de vías nacionales.
Para los viajeros más adinerados existía la opción de alquilar trenes privados de uno o varios vagones, una alternativa habitual entre actores famosos, comunicadores, políticos y otras figuras destacadas de la sociedad.