El Umbral Año 2053 #2
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Año 2053 #2

—No soy un soldado, Ben. Llegar hasta el Productor no será tan fácil como con Volkov.

Además, me llevaría semanas preparar un plan, y el tiempo corre en nuestra contra.

Todas esas chicas… Cuando acaban con ellas y no pueden exprimirlas más, son usadas para cosas tan inhumanas que ni siquiera estarían amparadas por el Umbral.

Tú, en cambio, está claro que tienes instinto y estás bien entrenado.

La forma en la que me desarmaste… fue como si te anticipases a mis movimientos.

Nunca había visto a alguien con esos reflejos… salvo a Blitz, claro.

Ben no supo qué responder a eso porque ni siquiera él sabía exactamente lo que le había pasado en aquel club. Aun así, Alec le pareció un tipo honesto, y aunque no tenía claro cuáles eran sus verdaderas motivaciones, esa clase de personas no abundaba.

—Robert Beckett —confesó Ben—. Ese fue el nombre que dijo Volkov.

—¿Robert Beckett?

—Sí.

—¿Estás seguro? —preguntó Alec, sorprendido.

—¿Lo conoces?

En ese instante, Alec se dio la vuelta hacia la inmensa pantalla del salón y le pidió a su IA de asistencia que les mostrase toda la información disponible de Beckett.

En la gigantesca pantalla apareció la imagen de un tipo de cincuenta y tantos años, al borde de la obesidad, calvo y con una barba blanca bien perfilada.

Era uno de los productores más exitosos de Hollywood, con varios taquillazos millonarios a sus espaldas en las últimas tres décadas.

—El puto Robert Beckett —dijo Alec—. Tenía que haberlo imaginado.

—¿Le conoces?

—Hemos coincidido en algunos eventos. Galas benéficas, entregas de premios… Incluso he estado en alguna fiesta en su casa. Sabía que ese hijo de puta era escoria. Hay que actuar rápido, esta misma noche.

—¿Qué? ¿Esta noche?

—Sí. Tiene que ser lo antes posible. Puede que ya se haya enterado de lo del Obsidian, y probablemente decida redoblar su seguridad o incluso salir de la ciudad una temporada. Quizás sea nuestra última oportunidad.

—No sé si estoy en condiciones…

—No te preocupes, tengo Lázarex de sobra —dijo Alec—. Ya descansarás mañana.

Lázarex era el nombre comercial de una pastilla que sintetizaba a la perfección un potente mórfico que iba más allá del simple alivio del dolor.

No solo inhibía los receptores neuronales relacionados con el dolor, sino que también eliminaba totalmente la sensación de somnolencia y el hambre, lo que suponía una revolución farmacológica para el personal militar.

Su venta estaba prohibida para la población general debido a que su consumo retrasaba las manifestaciones físicas de necesidades fisiológicas normales, lo que resultaba en un efecto rebote que podía ser peligroso si no se tomaba con precaución.

No sería la primera vez que Ben lo consumiese, pues el cuerpo policial tenía acceso a dosis controladas para soportar largas jornadas o situaciones límite al enfrentarse a la delincuencia.

—¿Hay algo que no tengas? —preguntó Ben.

—Lo cierto es que ahora no se me ocurre nada —bromeó Alec con soberbia—. Bien. Necesito que vayas a casa de Beckett y averigües todo lo que puedas sobre los lugares donde tienen secuestrados a Marlene y los demás. Si no nos damos prisa, puede que mañana sea tarde.

—Supongo que con uno o dos Lázarex podré pasar de esta noche, pero necesitaré algo de equipamiento especializado.

—Tengo todo lo que puedas necesitar, no te preocupes por eso. Si consigues la información, me da igual lo que hagas con Beckett, aunque en mi opinión creo que ese cerdo estaría mejor muerto.

Vista desde la distancia, la ciudad de Los Ángeles brillaba con un aura intensa, como si se tratase de un lejano tesoro por alcanzar.

Incluso durante la noche oscura y cerrada, su brillo iluminaba el cielo de las calles residenciales de New Haven Heights, en los suburbios, a cincuenta kilómetros del Downtown.

Desde allí comenzaban a ser visibles algunas estrellas, y por la autopista radial apenas se tardaban quince minutos en llegar desde la comisaría.

Hacía más de diez años que el capitán Charles Whitmore había decidido mudarse a aquel tranquilo vecindario con su mujer, Emma, alejados del hacinamiento y los rascacielos.

—Charlie, ¿para qué compro un droide si te empeñas siempre en recoger tú la mesa? —le increpaba Emma, como casi cada noche cuando le veía apilar los platos de la cena.

—¿Y qué quieres? —respondió Whitmore, gruñendo—. ¿Que me deje morir en el sofá mientras las máquinas me hacen todo? Las personas necesitan actividad, Emma.

—¿No tienes suficiente actividad en comisaría? ¿Por qué no haces algo creativo en lugar de quitarle trabajo al droide?

—Quizás guarde los platos en un lugar creativo esta vez —farfulló.

Dedicado a su ritual nocturno, Whitmore encendió la televisión y puso su canal de informativos predilecto para escuchar de fondo las últimas noticias mientras fregaba los platos.

—Como les veníamos avanzando, los familiares de Todd Smith-Ferguson, defensa de los RAMS y más conocido como «el Muro», han denunciado oficialmente su desaparición —anunció el presentador del programa—.

Tras más de cinco días desaparecido, la policía de Las Vegas ha informado de que comenzarán la búsqueda de inmediato…

Whitmore se sorprendió mucho al escuchar aquello, pues hacía poco que le había visto en una entrevista en el programa de Big Tim.

No pudo evitar quedarse absorto mirando la pantalla cuando empezaron a pasar imágenes recopiladas de los mejores momentos del Muro en las últimas temporadas.

Disfrutó viendo cómo placaba a sus rivales con impresionantes carreras y saltos, los precisos pases largos, sus bloqueos a jugadores de un tamaño descomunal…

Cuando se quitaba la camiseta, parecía llevar una coraza de músculos. Aquel tipo estaba hecho de roca maciza.

Antes de irse a la cama, Emma pasó por la cocina para darle un beso de buenas noches a su marido. Con las tareas terminadas, Whitmore decidió sentarse en el sofá del salón con una cerveza y disfrutar de unos minutos más de televisión antes de irse a dormir.

—… recuerden beber siempre dos litros de agua al día —decían en el espacio de publicidad institucional durante la pausa de las noticias— y, por su salud, asegúrense de hacerlo directamente del grifo o de las marcas aprobadas por los organismos gubernamentales competentes.

»Continuamos con las noticias de ámbito político —prosiguió el presentador—.

El senador John Raymond sigue batiendo récords.

Su charla con Paige Hamilton en The Morning Wire se sitúa ya como la entrevista política más vista en la historia del programa, superando las de otros políticos de primera línea e incluso la del mismísimo presidente.

Al ver a John Raymond, Whitmore torció el gesto, como si su sola presencia le molestase.

—Las encuestas realizadas hasta el momento muestran el continuo ascenso en su popularidad con cada aparición en los medios.

¿Es John Raymond el nuevo fenómeno político de esta década?

Tendremos oportunidad de preguntarle esto y mucho más mañana por la noche, cuando nos visite en nuestras instalaciones de Washington. No se lo pierdan.

La expresión de desagrado en la cara de Whitmore había ido en aumento hasta que no pudo aguantarlo más y apagó la pantalla, se terminó su cerveza de un trago y se levantó del sofá.

Pasaban las tres de la madrugada y Robert Beckett dormía profundamente entre sábanas de seda, pero ni estando despierto podría haber oído cómo sus agentes de seguridad iban cayendo uno tras otro en el exterior de su mansión.

Pertrechado con una buena variedad de equipo táctico, cortesía de Alec, Ben se deshizo de cada uno de ellos sin que tuviesen la más mínima oportunidad de oponer resistencia.

Estaba imparable. Su nuevo casco táctico iba equipado con visores de asistencia virtual que fijaban los objetivos y los mantenían siempre señalados a la vista, evitando que nadie pudiese pillarle por sorpresa esta vez.

Visión nocturna, sistema direccional de audio, filtro de aire que optimizaba la oxigenación en sangre y el rendimiento muscular, traje con blindaje ligero de fibra de grafeno…

Incluso dos microdrones que desde el cielo le mostraban constantemente un plano aéreo del recinto de la mansión en tiempo real y la posición actualizada de los guardias.

El equipamiento que Alec le había prestado hacía que aquello pareciese un juego de niños, de modo que incluso disfrutó acechando y cazando a los agentes de seguridad del jardín.

Ben consiguió entrar al vestíbulo de la mansión pirateando la cerradura de la puerta principal y se deshizo de los últimos dos agentes que se encontraban en el interior.

Uno de ellos le disparó y recibió el impacto en un costado.

Aunque la bala fue detenida por el revestimiento ligero de su chaleco, el ruido de la detonación despertó a Robert, que inmediatamente sacó una pistola de su mesilla de noche y apuntó hacia la puerta de entrada del dormitorio.

—¡Cierra las ventanas y ponme con el jefe de seguridad! —ordenó Robert a su IA de seguridad virtual sin quitarle ojo a la puerta.

En ese instante unas persianas blindadas cayeron a plomo, tapando el ventanal de su dormitorio, y la habitación se iluminó con unas luces rojas que indicaban la activación del sistema de alerta.

—El jefe de seguridad no responde, señor Beckett —informó la IA.

—¡Ponme con cualquiera! ¡Cualquier agente de seguridad! —insistió él.

—Lo siento, ninguno de los agentes de seguridad responde a la llamada. ¿Quiere que avise a la policía?

—Maldito trasto de mierda… ¡¡¡Danny!!! —gritó Robert, tratando de que su escolta personal, que montaba guardia en la puerta de su dormitorio, le oyese. Pero no hubo respuesta.