El Umbral Año 2053
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Año 2053

Veintitrés años después del Despertar

Durante una fría tarde de otoño en el orfanato St. Michael’s, un joven Benjamin de quince años hacía flexiones en el patio del edificio con un ojo morado y sangre goteando desde su nariz hasta el suelo. Tom, sentado en un banco a su lado y también magullado, le miraba con tristeza.

—Lo siento, Ben —dijo Tom, con lágrimas en los ojos.

Ben se detuvo y se puso en pie. Se sentó a su lado, le colocó una mano en el hombro y le miró a la cara.

—No tienes nada por lo que disculparte, Tom.

—Claro que sí. Soy un cobarde y un inútil.

—Eso no es verdad. Te he visto aguantar un montón de palizas de esos cabrones, no eres un cobarde. No quieres pelear, eso es todo. Pero para eso estoy yo aquí, y te ha fallado.

—Pero soy un lastre para ti —continuó llorando—. Si no fuese por mí, nunca la habrían tomado contigo. Es culpa mía que tengas que estar peleándote todo el rato.

—Jamás digas eso, ¿me oyes? Nada de esto es culpa tuya. Además, ya has visto cómo han quedado ellos, cada vez aguantan menos. Dentro de poco, no podrán ni rozarme.

—¿Cómo lo haces, Ben?

—¿El qué?

—¿Cómo aguantas tantos golpes y te sigues levantando?

—No lo sé, simplemente lo hago. Lo importante es que a ti no van a volver a tocarte ni un pelo nunca más, te lo prometo.

Tom se animó un poco al ver a Ben tan entero y seguro de sí mismo.

—Creo que al pelirrojo le has partido la nariz —dijo Tom con un atisbo de sonrisa.

—Claro que se la he roto. —añadió Ben entre carcajadas— ¿Has visto cómo sangraba? Parecía un bote de kétchup. Y la próxima vez pienso rompérsela al gordo ese. A ese sí que le tengo ganas.

Ambos rieron.

—Gracias, Ben.

Ben miró a Tom a la cara para transmitirle ánimo con una sonrisa, pero algo extraño pasó.

Tras un parpadeo, vio que su piel se había vuelto del todo pálida y amoratada, con los ojos blanquecinos y unos hilos de sangre deslizándose por la nariz y la boca.

De pronto parecía un cadáver con el rostro absolutamente desencajado y pútrido.

—Es tu culpa —lo acusó Tom, dirigiendo sus muertas pupilas hacia Ben.

Ben salió de forma violenta de la fase de estasis soltando un borbotón de burbujas que se escaparon de la mascarilla hermética.

Cuando abrió los ojos, se alteró al encontrarse flotando en el interior de un líquido azul y comenzó a mirar en todas direcciones hasta que recordó lo que había pasado.

Por fin se dio cuenta de que estaba dentro de un tanque de curación, inmerso en líquido RDL.

Cuando los sistemas detectaron que había recuperado la consciencia, emitieron un sonido de aprobación y el nivel del RDL comenzó a bajar poco a poco hasta vaciarse.

En cuanto los pies de Ben tocaron el suelo, varios chorros de agua jabonosa le rociaron de arriba abajo hasta eliminar todos los restos del líquido amniótico artificial.

Salió del tanque totalmente desnudo y frente a él encontró un chándal sobre una mesa.

Al lado estaba aquel androide que le había recibido en la puerta de casa de Alec cuando llegó, un robot humanoide perfectamente formado, de color blanco y azul en su chasis y una cabeza lisa, con ojos y pupilas cibernéticas, pero sin nariz ni boca.

Una maravilla de la tecnología cuyas formas aún recordaban a las de los androides que marcharon por las calles de todo el mundo a principios de la década de los treinta, durante el Despertar.

Aunque no era la primera vez que veía un modelo como aquel, pues eran relativamente comunes entre las clases más pudientes de la sociedad, a Ben le resultó especialmente llamativa la manera que tenía aquel androide de ocupar el espacio.

De alguna manera, le pareció distinto a los que había visto con anterioridad.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Ben mientras se secaba con una toalla.

—Hola. Me alegro de que se encuentre mejor. Mi nombre es Nyx. Es un placer conocerle —dijo el androide usando una voz indistinguible de la de un ser humano—. El señor Fisher me ha pedido que le asista y le acompañe al piso de arriba.

Ben lo miraba con curiosidad. Al terminar de vestirse, detectó algo muy extraño en la cara de Nyx, aunque no podía decir exactamente qué era.

—¿Dónde estamos? —consultó Ben.

—En la sala de cuidados médicos del señor Fisher. Pero él mismo resolverá sus dudas cuando subamos.

De pronto Ben se percató de un detalle muy sutil: el androide no fijaba la vista en su cara, sino que escrutaba su rostro con micromovimientos de los ojos.

Los robots no necesitaban hacer esto, ya que procesaban las imágenes que recibían de forma total, a diferencia de los humanos, a los que les resultaba imprescindible focalizar la mirada punto por punto para poder comprender mejor lo que veían.

—¿Hay algún problema? —preguntó Nyx.

—No importa —respondió Ben, que dejó correr el asunto por el momento—. Llévame hasta el señor Fisher.

—Por aquí —dijo Nyx con educación.

Mientras Alec revisaba unos documentos sentado en el sofá, las puertas del salón se abrieron y dieron paso a Nyx, seguido de Benjamin, cuya atención se centraba en las enormes y lujosas dimensiones de aquel lugar.

El salón era absolutamente inmenso, y parecía aún mayor gracias a una pared de cristal que separaba la estancia de un segundo salón de verano en el exterior, lleno de plantas y abierto al jardín.

Todavía era de noche y el espacio estaba iluminado de forma exquisita, brindando a los huéspedes una sensación de confort y calidez.

En otra de las paredes, una pantalla que debía de medir cinco o seis metros de alto y más de diez de ancho se integraba elegantemente con el resto de la decoración, a pesar de su imponente tamaño.

Una lámpara colgante de cristales, dos enormes sofás, gigantescos ventanales y un precioso suelo de mármol pulido que reflejaba la luz completaban la escena.

Alec se levantó del sofá para darle la bienvenida.

—Bienvenido, inspector Cassidy —saludó Alec—. ¿Qué tal te encuentras?

Ben le estrechó la mano con cierta desconfianza al oír aquello.

—Lo siento, he investigado un poco sobre ti —aclaró Alec—. No esperarías que te metiese en mi casa sin saber quién eras, ¿no?

—Ya. Supongo que no —admitió Ben con cierta desconfianza.

Alec invitó a Ben a sentarse en el sofá y el droide de asistencia le trajo un vaso de agua.

—Disculpa la pregunta, pero ¿a qué te dedicas para vivir en un sitio como este? —le espetó Ben, que todavía miraba impresionado cada detalle del salón.

—Me doctoré en el MIT, y en su momento ayudé a diseñar los protocolos de seguridad para las IA tras el Despertar.

Fundé una empresa que ahora fabrica la mayoría de componentes robóticos, incluso para algunos androides con IA de fase 5 y los experimentales de fase 6.

Aunque hace años que ya no trabajo allí porque vendí la mayoría de mis acciones.

Desde entonces voy un poco por libre, aunque sigo teniendo inversiones y continúo investigando por mi cuenta.

Soy lo que podría llamarse un culo inquieto.

—¿Qué significa que vas por libre?

—Mi mujer y yo ayudamos a personas que lo necesitan. Viajamos, disfrutamos de la vida… y yo trabajo en nuevos prototipos en mis ratos libres, que al final no son tantos.

—¿Y se puede saber qué hacía alguien como tú en el despacho de un tipo como Volkov?

—Eso mismo iba a preguntarte. Encapuchado, solo y disparando a todo lo que se movía. No parece la actitud propia de un policía de servicio.

—No quiero parecer desagradecido, pero eso no es asunto tuyo.

—Está bien, ¿qué te parece si empiezo yo? —propuso Alec con tono conciliador.

Tomó asiento, abrió el catálogo de Volkov por una página concreta y se lo dio a Ben para que lo viese con sus propios ojos.

—Esta es Marlene —dijo Alec señalando la foto de una bonita joven—. Hace tres semanas desapareció cuando volvía a casa de sus padres desde la universidad.

Al ver la foto de aquella chica junto a las de otras muchas, un escalofrío recorrió su cuerpo y pudo imaginar de qué iba todo aquello.

—Sus padres denunciaron la desaparición, pero hace tiempo que no hay ningún avance, así que una amiga suya acudió a mi mujer.

—¿A eso te referías cuando dices que tu mujer y tú ayudáis a la gente?

—Algo así. Tras investigar a los sospechosos habituales, averigüé que Volkov estaba detrás, así que me las apañé para conseguir llegar hasta él.

—¿Por qué me cuentas todo esto?

Alec se recostó en el sofá y dio un trago a su copa.

—¿Ves todas esas chicas? —dijo señalando el grueso catálogo—.

Hay cientos como ellas. Puede que miles.

No solo chicas. También hay niñas, niños, chicos jóvenes…

Es la red de trata más grande del continente.

Se dedican al tráfico de seres humanos, drogas, armas…

Y toda la red estadounidense está dirigida por un solo hombre.

Alguien que hizo fortuna financiando a Profesionales cuando aún eran aspirantes.

—El Productor —sentenció Ben.

—Exacto. Volkov era el único hilo del que podía tirar para encontrar a Marlene sin tener que ir a por el Productor, pero ahora que me he visto obligado a matarle para salvarte el culo, las cosas se han puesto un poco más complicadas.

—Ya.

—Volkov te dijo un nombre antes de morir, ¿verdad?

—Lo siento, pero el Productor es mío. Tengo mucho de qué hablar con él.

—No te preocupes, no pretendo quitártelo.

—Entonces, ¿qué es lo que quieres?

—Ayudarte a encontrarle. —Alec se puso en pie y se sirvió otra copa—.

Si me dices su nombre, pondré a tu disposición todos mis recursos: armas, dispositivos tácticos, equipo, vehículos…

Y no solo eso. Te contaré todo lo que he averiguado hasta ahora de su red para que esta vez no te presentes allí improvisando.

—¿Y qué quieres a cambio?

—Necesito que nos diga dónde tienen a las chicas. Me da igual lo que hagas con él después.

—Si tienes todos esos recursos, ¿qué te impide hacerlo tú mismo? En cuanto te diga su nombre, no me necesitarás para nada.