Año 2073 #6
O bien el viejo instructor se había equivocado, o allí estaba pasando algo más, pues hacía un rato que había escuchado el disparo.
Cuando pudo salir de sus recuerdos para volver al momento presente, ya casi había logrado abrir los ojos del todo.
A pesar de tener la cabeza aprisionada entre la pistola de Volkov y la mesa, pudo mirar por el rabillo del ojo para averiguar qué demonios estaba pasando.
Para su sorpresa, vio al señor Edwards apuntando con una pistola a la cabeza de Volkov, pero aquello no era lo más extraño.
En el lugar donde debería estar la cabeza del ruso vio una constelación de sangre y vísceras explotando a cámara lenta.
Las gotas volaban en todas direcciones, incluida la cara de Ben, que notó que poco a poco la pistola dejaba de aplastarle la sien y el señor Edwards aflojaba la mano que le aprisionaba el brazo.
La percepción temporal de Ben fue recuperando poco a poco su ritmo normal, pero aún pudo ver cómo Volkov parecía flotar en el aire mientras caía al suelo de espaldas.
Lentamente, también pudo ver a Edwards volviendo a cambiar de objetivo para, esta vez, apuntarle a él.
No sabía hasta qué punto todo lo que estaba pasando era real; de hecho, llegó a pensar que ya estaba muerto, o que aquello era algo parecido a esa idea tan extendida de que toda tu vida pasa ante tus ojos antes de morir.
Aún le sobraba el tiempo para pensar y reaccionar ante la nueva amenaza de Edwards, pero su cuerpo no iba tan rápido como sus pensamientos.
Cada vez que intentaba activar cualquier extremidad, notaba cómo se ponía en marcha toda una serie de músculos que se hinchaban y endurecían con lentitud uno por uno hasta que el movimiento deseado comenzaba a arrancar.
Cada nueva intención de su cerebro desataba una nueva cadena de sistemas musculares que entraban en contradicción con la decisión previa.
Cuando por fin lo entendió, trató de concentrarse en una sola acción, y de esta forma le fue fácil anticiparse a los movimientos de Edwards.
Pausadamente sus brazos fueron hacia la pistola mientras apartaba la cabeza del ángulo de tiro del arma.
Edwards se movía muy despacio y no parecía capaz de prever los movimientos de Ben, que poco después ya estaba arrebatándole la pistola.
Cuando la tuvo en su poder, Ben se alejó un paso de Edwards y le apuntó a la cabeza.
—¡Tranquilo! —dijo Edwards levantando las manos—. ¡No estoy con ellos! ¡No estoy con ellos!
La percepción temporal de Ben casi había recuperado la normalidad, pero aun así le costó comprender aquella frase que para él se había prolongado durante más de veinte o treinta segundos.
Cuando Ben trató de responder, fue un desastre.
Sus cuerdas vocales comenzaron a vibrar antes de que fuese capaz de abrir la boca, y su lengua respondía de forma tan lenta que no podía seguir el ritmo de sus impulsos neuronales, resultando en una especie de balbuceo que confundió a Edwards, como si Ben hubiese tratado de decir varias palabras a la vez, una encima de la otra.
Incapaz de responderle verbalmente, Ben se tomó unos segundos para respirar hondo, cerró los ojos un instante y cuando volvió a abrirlos el tiempo casi había vuelto del todo a la normalidad.
—Tranquilo —repitió Edwards—. ¿Te pasa algo? ¿Estás bien?
—¿Quién eres? —preguntó Ben, de vuelta en su estado normal.
—Me llamo Alec Fisher. Acabo de llegar, no tengo nada que ver con estos cabrones.
—Sí, te he visto entrar. ¿Qué haces aquí?
—Estoy buscando a una chica que ha desaparecido.
—¿Eres policía?
—No. Actúo por mi cuenta.
—Esto no es para aficionados. Tienes suerte de estar vivo.
—Todo iba bien hasta que has aparecido. Y por cierto, soy yo quien te ha salvado la vida a ti.
Tuvo que admitir que en eso tenía razón.
—Está bien —aceptó Ben bajando el arma—. Hay que salir de aquí.
—¿Tienes un plan de huida?
—No.
—¿Y quién es el aficionado? —dijo Edwards, o Alec, como reconoció llamarse en realidad—. Por suerte para ti, yo sí. Tenemos que saltar por esa ventana.
Alec, que parecía tenerlo todo bajo control, corrió a coger los catálogos del escritorio, manchados con la sangre de Volkov, y se dirigió hacia la ventana.
Ben fue a la puerta del salón para cerrarla por si llegaban refuerzos de los sicarios, pero al hacerlo notó un intenso dolor en el abdomen.
Cuando se llevó la mano a la tripa, descubrió que una buena parte de toda aquella sangre que le cubría no solo era de Volkov, sino también suya.
Uno de los disparos le había alcanzado, pero con todo el caos y el pico de adrenalina, ni siquiera se había dado cuenta hasta ese momento.
—Mierda —lamentó Alec cuando vio la herida—. ¿Crees que podrás saltar?
—Sí, pero ve tú primero —respondió Ben, dolorido.
Alec había procurado poner un contenedor bajo la ventana para amortiguar la caída al saltar a la calle.
Cuando Ben saltó tras él, cayó de forma aparatosa, rebotó en la tapa del contenedor y salió despedido hasta estamparse contra el suelo, perdiendo bastante sangre por el camino.
Alec le ayudó a ponerse en pie y Ben se apoyó en él con dificultad hasta llegar a la esquina de la calle, donde el coche autónomo que él mismo había programado para que le recogiese allí llegó oportunamente.
Ayudó a Ben a subir al vehículo y salieron del callejón sin prisa, tratando de no llamar demasiado la atención.
Apenas un minuto después, Ben comenzó a cabecear.
—No te mueras en mi coche, ¿me oyes? —dijo Alec.
Ben apenas llegó a escuchar la frase cuando se desmayó por completo.
—Mierda —susurró Alec.
Pocos minutos después llegaron a casa de Alec, un pequeño palacete moderno situado en uno de los vecindarios más exclusivos de Beverly Hills y donde dos robots les esperaban en la puerta.
Uno de ellos era un droide de asistencia médica equipado con un sistema de ruedas móviles, pensado para el traslado de pacientes.
El otro era nada menos que un androide, algo que no se veía demasiado desde la reinstauración de la IA.
Entre los dos llevaron a Ben hasta el interior de la casa, tomaron un ascensor y bajaron a la planta de abajo.
Una vez allí, lo introdujeron en una cápsula médica donde el sistema automatizado hizo un diagnóstico completo y le intervino quirúrgicamente para extraerle la bala y transfundirle sangre sintética.
La operación culminó con éxito. Tras suturarle, el droide de asistencia médica trasladó a Ben hasta el interior de un enorme tanque de regeneración, donde se quedó flotando en un líquido amniótico artificial llamado RDL (regenerative development liquid, o líquido de desarrollo regenerativo), sedado y respirando mediante una mascarilla de oxígeno.
Ben entró en estasis, un estado inducido de suspensión casi total de las funciones vitales para acelerar su proceso de curación, y así permanecería hasta que estuviese listo para despertar.
Alec le dejó en la sala de cuidados vigilado por el androide y aprovechó para subir a su habitación a darse una ducha, pues aún estaba cubierto de la sangre de Volkov y a saber de quién más.
Tras ducharse y ponerse ropa más cómoda, Alec bajó al gran salón principal. Se sentó en un sofá y comenzó a revisar el catálogo que había conseguido llevarse del escritorio de Volkov antes de la huida. Un droide de asistencia le sirvió dos dedos de ron en un vaso con hielo.
—Gracias —le dijo al robot cuando puso la copa sobre la mesa—. Coge algo de ropa cómoda de mi armario y entrégasela a Nyx en la sala de cuidados. Dile que se la ofrezca a nuestro invitado cuando despierte.