El Umbral Año 2073 #5
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Año 2073 #5

La mujer se levantó y trajo otro catálogo un poco más fino que el anterior.

En cuanto lo soltó en la mesa, se escuchó un estruendo sordo al otro lado de la puerta y gradualmente comenzaron a oírse gritos provenientes de la discoteca, pero el sonido de la música hacía difícil saber qué estaba pasando.

Poco a poco, tras cada grito, se escuchaba otro estruendo con mayor claridad que el anterior, lo que llamó la atención de quienes se encontraban en aquel salón.

Se quedaron todos en silencio, expectantes, mirando hacia la puerta mientras los estruendos se acercaban cada vez más.

Finalmente se escuchó con claridad que se trataba de disparos al otro lado de la entrada.

Con un gesto de la cabeza, Volkov ordenó a su gorilas que se asomasen al local para ver qué pasaba, pero antes de que pudieran siquiera acercarse a la puerta, los gritos se hicieron mucho más nítidos y cercanos.

De pronto se escuchó una frase que todos entendieron a la perfección: «¡¡¡Abre la puta puerta, joder!

!!» . La puerta se abrió de un portazo y por ella apareció Jamal, que cayó empujado de una patada por el mismo encapuchado que pocos días antes había acabado con la vida del Loco en su apartamento del centro de Los Ángeles.

Todos en el salón sacaron inmediatamente sus armas a excepción del señor Edwards, que se apartó de un salto y se puso a cubierto tras el sofá de su izquierda.

Uno de los gorilas disparó al encapuchado casi a bocajarro, pero este pareció esquivarlo con rapidez y en un instante le desarmó y le propinó un par de precisos golpes que lo dejaron aturdido en mitad de la línea de fuego, de modo que un instante después acabó recibiendo por error los disparos cruzados de la mujer, que lo mataron de manera fulminante.

El encapuchado agarró al tipo, ya sin vida, que aún no había caído al suelo y comenzó a usarlo de parapeto contra los disparos de la mujer.

Devolvió el fuego y con un tiro certero en la frente se deshizo de ella.

A continuación disparó a Jamal por la espalda mientras este trataba de huir aprovechando la confusión.

Sin perder un solo segundo, el encapuchado lanzó el agujereado cadáver del gorila que usaba de escudo contra su compañero, impidiendo así que este pudiese dispararle, y rápidamente fue a por Volkov, a quien agarró del brazo para desviar el cañón de su pistola y conseguir que su disparo matase al último de sus guardaespaldas.

Tras arrancar la pistola de la mano de Volkov y lanzarla hacia la otra punta de la habitación, el encapuchado soltó al ruso, se plantó frente a él y le apuntó directamente a la cara con su revólver.

En apenas unos segundos, todo se había resuelto a su favor, dejando un reguero de sangre y cadáveres por toda la estancia.

—Las manos sobre la cabeza —ordenó el asesino—. Tenemos que hablar.

Volkov obedeció.

—¿Quién coño eres tú? —preguntó.

—Aquí la estrella eres tú, Grigori. Estoy buscando a un antiguo socio tuyo: el Productor.

—No sé de quién me hablas —respondió con pasmosa tranquilidad y un gesto desafiante en la mirada.

—¿No? Vaya, no es lo que me ha dicho uno de tus amiguitos. Quizás te suene su nombre. Se llama Ethan Drake.

Al oír ese nombre, a Volkov se le borró el gesto insolente de la cara y se puso serio de verdad.

—Mejor dicho, se llamaba —añadió el encapuchado.

Aquellos que conocían la identidad oculta del Loco podían contarse con los dedos de una mano, así que era muy posible que dijese la verdad.

—¿Le has matado? —inquirió.

—Te alegrará saber que tardó un rato en delatarte. Era un cabrón duro, lo admito. Seguramente mucho más que tú, así que si él habló, tú también lo harás.

— Suka blyad… —pronunció Volkov con todo su desprecio y rabia.

—Déjate de piropos. Dime quién es el Productor y dónde puedo encontrarle. Si no me complicas las cosas, te prometo que será rápido.

—Está bien. Te lo diré —dijo Volkov recuperando una media sonrisa—. No podría negarle su última voluntad a un hombre que está a punto de morir.

El señor Edwards, que había permanecido oculto tras el sofá durante todo el tiroteo, se había situado silenciosamente a la espalda del asesino y con el arma que este le había quitado a Volkov le propinó un fuerte culatazo en la cabeza que lo hizo caer aturdido sobre la mesa.

—¡¡¡No te muevas!!! —le gritó.

Edwards le retorció el brazo por la espalda al encapuchado hasta casi rompérselo, haciendo que soltase el revólver y se doblegase sobre la mesa.

Eso lo dejó a merced de Volkov, que le agarró del otro brazo y le puso la rodilla en el cuello.

Luego cogió el revólver y, cargado de ira, le hundió el cañón en la sien mientras le maldecía a gritos en ruso.

Impaciente por conocer el rostro de quien había matado al Loco y a todos sus camaradas, tiró violentamente de la capucha y descubrió su rostro. Se trataba de Benjamin.

—¡¿Quién cojones eres tú, eh?! —le preguntó Volkov a gritos, babeando de rabia.

Ben tenía el rostro compungido por el dolor que le infligían Edwards al retorcerle el brazo y Volkov clavándole su propio revólver en la sien. Aun así, no dijo una sola palabra.

—¡A la mierda! ¡Me importa una puta mierda quién seas! Pero soy un hombre de palabra. ¿Quieres saber quién es el Productor? Eso querías, ¿no? —berreaba Volkov.

Se acercó a Ben y le susurró un nombre al oído. Luego volvió a separarse y amartilló el revólver listo para ejecutarle.

—Disfruta de tu última voluntad. ¡¡¡Sdokhni, mraz’!!!

En un instante, a Ben le pasó la vida por delante.

Notó las vibraciones musculares del dedo índice de Volkov contrayéndose para apretar el gatillo.

Fue entonces cuando asumió que iba a morir.

Sonó la detonación. A Ben le resultó extraño el modo en que aquel instante pareció eternizarse.

Si prestaba atención, podía escuchar el sonido del metal de la bala chirriando al hacer fricción, muy lentamente, contra las paredes internas del cañón.

Trató de abrir los ojos, pero sus apretados párpados ni siquiera parecían responder.

Estaban tardando demasiado en abrirse, como si los tuviese pegados.

Mientras lo hacían, tuvo tiempo de repasar cada uno de los eventos y decisiones que le habían llevado hasta aquella situación, comenzando por la muerte de Tom.

También recordó a un viejo instructor de la academia de policía que había vivido una de las últimas guerras.

A aquel hombre le encantaba charlar con los jóvenes alumnos y no perdía la ocasión de recordarles lo afortunados que eran por no haber vivido una batalla real o los años que siguieron al Despertar, cuando en la calle te mataban por apenas una barra de pan.

Durante una de aquellas charlas, dijo algo que a Ben se le quedaría grabado el resto de su vida, no por ser una lección valiosa, sino por la pregunta que le sobrevino tras escucharla: «Si alguna vez os ejecutasen a quemarropa, con una pistola pegada a la sien, moriríais tan rápido que no llegaríais a escuchar el sonido del disparo».

A Ben le pareció que aquello tenía cierto sentido, pero esa misma noche, mientras intentaba dormir, se preguntó cómo era posible que alguien supiese a ciencia cierta ese dato tan concreto.

No podía ser por experiencia propia, eso seguro.

¿Sería una información obtenida mediante un sádico experimento?

¿O quizás sería una bravuconada repetida mil y una veces sobre la que ya nadie reflexionaba?

Le dio tantas vueltas aquella noche que la frase se quedó fijada en su memoria, en un limbo a medio camino entre la lección aprendida y el mito refutado.