El Umbral Año 2073 #4
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Año 2073 #4

—A los clientes les gusta que esté de fondo. Y a mí también, me relaja. Siempre lo pongo mientras termino de cerrar el local. ¿Conoces a alguno de ellos?

—No he tenido el placer.

—Vaya.

Chloe abrió una pitillera que tenía sobre la mesa, se encendió un cigarrillo de los de antes y automáticamente uno de los robots le trajo un cenicero de cristal a la mesa.

Desde hacía mucho tiempo estaba por completo prohibido fumar hoja de tabaco en cualquiera de sus formas y solo se permitía vapear, aunque no era extraño encontrar paquetes de cigarrillos en el mercado negro.

—¿Recuerdas que soy policía? —preguntó Harry, sin intención de hacer nada al respecto.

—¿Vas a detenerme?

—Debería hacerlo…, pero no he traído las esposas.

—Qué lástima —dijo rodeando el cigarrillo con sus labios y exhalando una voluta de humo.

Apenas unos minutos después, los dos ya se estaban besando salvajemente mientras subían una estrecha escalera en la parte trasera del bar que conducía al altillo donde vivía Chloe.

Al abrir la puerta, Harry se encontró con un inhóspito y sencillo loft; apenas había una cama, un tocador y un armario rodeado de ropa por el suelo.

Chloe se acercó a la cama y se dio la vuelta esperando a Harry, que se acercó a ella mientras se desabrochaba la camisa.

Se besaron con intensidad y cayeron sobre el colchón.

Harry no recordaba haber estado tan excitado en su vida; apenas podía pensar mientras la devoraba a mordiscos: labios, cuello, pechos…

Se movían como animales enroscados el uno al otro.

Él la embestía una y otra vez, cada vez más fuerte, pero ella no parecía tener límite y continuaba pidiéndole más.

Presa de un estado de desinhibición total, Chloe comenzó a abofetear a Harry en la cara, provocándole para que se desatase él también.

Harry se sentía como un espectador dentro de su cuerpo, que parecía moverse con voluntad propia, o quizás a las órdenes de Chloe.

Apenas sabía dónde estaba ni qué hacía. Ella le agarraba de la cara y de los hombros con las uñas y le insultaba mientras sonreía sádicamente.

Harry, empapado en sudor, sintió la necesidad de gritar al tiempo que la embestía con toda su fuerza mientras la cama comenzaba a desplazarse hacia atrás con cada empujón.

De pronto, estando sobre ella, las gotas de sudor de Harry que caían sobre los pechos de Chloe comenzaron a tornarse de color rosa hasta que adquirieron un color totalmente rojo.

Estaba sangrando y ni siquiera se había dado cuenta de que ella le había hecho heridas en la cara y el cuello con las uñas.

Si hubiese podido pensar, se habría preguntado qué había hecho aflorar en él ese estado tan primario, tan embrutecido, pero no podía.

Ya estaba totalmente perdido en Chloe, en su cuerpo perfecto, su sonrisa perversa y sus ojos verde esmeralda.

A unas manzanas del Fallen Angel, la noche continuaba en el interior de otro club: el Obsidian.

Allí corrían el alcohol y todo tipo de drogas entre los jóvenes que se apelotonaban bailando al ritmo de una extraña música synthwave a todo volumen.

Presidiendo la discoteca en lo alto de un escenario, había tres jóvenes con aspecto extraño, equipados con un dispositivo en la cabeza parecido a una diadema metálica.

La música emanaba en tiempo real desde sus cerebros, y cualquier sonido que imaginasen se reproducía fielmente por los altavoces.

Aquello requería una coordinación perfecta entre ellos y un nivel de concentración prodigioso para evitar distracciones o pensamientos intrusivos que en cualquier momento podrían sonar en mitad de la fiesta, frente a cientos de personas.

Un par de tipos enormes como armarios condujeron a un hombre trajeado y elegante a través de la multitud.

Atravesaron el club y subieron unas escaleras hasta la parte de arriba, donde había un anfiteatro reservado para los VIP.

Allí se plantaron ante un grupo de tipos de aspecto peligroso, sentados alrededor de una mesa repleta de botellas y acompañados por unas preciosas mujeres jóvenes.

Uno de ellos, menudo y con un pequeño sombrero, se dirigió hacia el hombre trajeado que acababa de llegar.

—¿Eres Edwards? —preguntó.

—El mismo —respondió el hombre.

—Le imaginaba más viejo.

—Todo llegará.

Edwards se acercaba a los cincuenta, era robusto, elegante y no parecía en absoluto intimidado por la situación.

—¿Eres Volkov? —preguntó.

—¿Tengo pinta de ruso?

El tipo del sombrero se puso en pie y se dirigió hacia una puerta situada a pocos metros de donde estaban sentados, seguido del señor Edwards.

Al cruzarla, atravesaron un estrecho pasillo y llegaron a otra puerta, esta vez blindada, que el tipo del sombrero abrió mediante su huella dactilar.

Por fin entraron a un salón en el que apenas se escuchaba la música del local principal.

Unos neones rojos y azules iluminaban de forma suave aquel sitio, donde unos tipos pasaban el rato.

Justo frente a la puerta, en mitad del salón, uno de ellos estaba sentado tras un escritorio sobre el que había una lamparita, un montón de papeles y una pistola.

A su derecha, dos hombres con dispositivos de realidad virtual jugaban entre ellos haciendo aspavientos en el aire; a su izquierda, sentada en un sofá, una mujer corpulenta y madura tenía a un chico joven y medio desnudo arrodillado frente a ella, con la cabeza entre sus piernas.

El tipo del sombrero acompañó a Edwards hasta la mesa central sin que nadie en aquel salón pareciera inmutarse.

—Gracias, Jamal. Vuelve a la sala —ordenó el tipo del escritorio con un leve acento ruso.

Jamal obedeció y cerró la puerta al salir.

—Usted debe de ser el señor Edwards —preguntó el ruso.

—Sí.

—Me alegro de conocerle por fin —respondió estrechándole la mano—. Soy Grigori Volkov.

—El placer es mío. Espero no interrumpir —dijo Edwards, señalando con un leve movimiento de cabeza a la mujer del sofá, que justo en ese instante gimió y se estremeció, apartando de entre sus piernas la cabeza del joven. Sin levantarse del todo, se subió la ropa interior y echó al joven del salón.

—No se preocupe por eso, aquí estamos en confianza —dijo Volkov—. Bien, tengo entendido que está buscando algo muy particular. ¿Tiene alguna preferencia?

—Chicas. Preferiblemente rubias. Y por supuesto que sean jóvenes y atractivas.

—¿Cómo de jóvenes? —consultó Volkov con un viso de perversión en la mirada.

—No tanto.

—Claro, entendido. Dame el catálogo —ordenó Volkov a la mujer, que le trajo un álbum de grosor considerable y lo dejó caer sobre el escritorio.

Volkov lo abrió y comenzó a pasar páginas. En cada una de ellas había fotos tipo carnet de un montón de personas ordenadas por género y edad. Al llegar al epígrafe de lo que le había pedido, se detuvo y giró el álbum para que el señor Edwards le echase un vistazo.

—Los precios están al final de cada descripción —añadió Volkov—. Siéntese, no hay prisa.

Edwards tomó asiento y ojeó el catálogo pasando de una página a la siguiente. Miraba las caras de aquellas chicas, pero ninguna parecía ser lo que buscaba.

—¿Hay más? —preguntó.

Volkov le miró con una expresión a medio camino entre la indignación y el desafío.

—Sí, claro que hay más. ¿Qué es lo que está buscando exactamente, señor Edwards?

—Mis invitados son gente exigente. Solo quiero asegurarme de que estoy eligiendo a las más apropiadas.

—No quiero meterme en sus asuntos, señor, pero tengo que recordarle que debe devolverlas en buenas condiciones… o por lo menos de una pieza. Si lo rompe, lo paga.

—No se preocupe por eso.

—Si está dispuesto a pagar más, tenemos otro catálogo más exclusivo.

—Me gustaría verlo, si no es molestia.

— Valeriya, prinesi drugoy katalog! —le ordenó Volkov a la mujer corpulenta.