El Umbral Año 2073 #3
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Año 2073 #3

Tras la caída del sol, el bullicio de la actividad nocturna se adueñó del Downtown.

Los bares, tiendas y restaurantes encendieron sus luces, y las faldas de los edificios se iluminaron como un árbol de Navidad, demostrando con ostentación la bonanza económica que vivía Los Ángeles.

Mientras tanto, Harry seguía enfrascado en la investigación en su despacho de la comisaría, rebanándose los sesos para hallar la manera de encontrar un nexo plausible entre la desaparición de Wesley Rhodes, cuya identidad secreta resultó ser The Reaper, y el asesinato del Loco.

Ambos eran Profesionales y habían compartido celda en un psiquiátrico, pero lo cierto era que nadie más sabía de su doble vida como reputados asesinos.

El oficial Ortega, que a esa hora ya era de los últimos del turno de día en salir de la comisaría, observó a Harry a través del cristal de la sala de reuniones, resoplando y claramente agotado.

No tenía la mejor de las opiniones sobre el ISD y el desdén con el que este solía tratar al cuerpo de policía, pero hasta el momento Harry había resultado ser un tipo educado y respetuoso, y estaba claro que se estaba dejando los cuernos en aquella investigación, por lo que decidió pasar a ver qué tal le iba.

—Agente Ward —dijo, asomándose por la puerta—. ¿Necesita algo?

—No, muchas gracias, Ortega. Aún me queda un buen rato aquí, pero tengo café y sé dónde está todo.

Ortega asintió con la cabeza y se dispuso a dejarle tranquilo, pero en el último momento se detuvo y volvió a asomarse.

—¿Sabe? La oficial Summers y yo vamos a ir a tomar algo a un sitio que está aquí cerca. ¿Por qué no nos acompaña y descansa un rato? Le va a dar algo como siga trabajando así.

Harry despegó la vista de su ordenador y se frotó los ojos con una mano.

Ya le costaba concentrarse, y cada vez parecía estar más encallado en sus hipótesis sin que estas resultasen en ningún avance.

Miró a Ortega, luego a la pantalla de su ordenador y, tras un momento de reflexión, se levantó de la silla antes de que le diera tiempo a arrepentirse.

—Tienes razón. Quizás me vendría bien un poco de aire.

Harry agarró su chaqueta y siguió a Ortega hasta al ascensor.

—¿Y adónde vamos? —preguntó.

Poco después se encontraban entrando al Fallen Angel, un bar amplio y caótico que varios agentes de la comisaría solían frecuentar desde hacía años y donde las luces de neón proyectaban tonos rojizos y violetas sobre las paredes cubiertas de grafitis, lo que confería al lugar un aire desenfadado y callejero.

Las mesas, llenas de gente que conversaba de forma animada, estaban distribuidas de manera irregular bajo un techo repleto de vigas expuestas y tuberías que parecían formar parte de la decoración.

Al fondo, sofás de cuero desgastado ofrecían un refugio más íntimo, y era donde los habituales preferían tomar algo sin ser molestados.

El largo mostrador de madera rayada por el tiempo estaba atendido por droides destinados únicamente a despachar con eficacia bebidas a los clientes.

A través de las ventanas podían verse las luces de la ciudad mientras el bar permanecía como un rincón acogedor y caótico donde lo prohibido y lo cotidiano se mezclaban difusos entre la penumbra y las volutas de humo de los cigarrillos electrónicos.

Ortega condujo a Harry hasta una de las mesas, en la que ya se encontraba la oficial Sophia Summers tomando una enorme pinta.

—Hola, agente Ward —dijo Sophia, poniéndose en pie para saludarle como indicaba el protocolo.

—No se levante, Summers. No estamos de servicio.

—Vaya, pensaba que nunca dejaría de trabajar. ¿Cómo va la investigación?

—No va mal.

—Eso es tanto como no decir nada.

—No puedo hablar del desarrollo de la investigación con agentes de la comisaría, lo siento.

—Por cosas como estas el ISD no es precisamente el departamento más querido entre los oficiales —comentó Ortega en tono ligero.

—Si no os importa, preferiría no hablar de trabajo. Estoy algo saturado.

—Claro —dijo Ortega—, relájese. Le traeré una copa. ¿Qué le apetece?

—No me trates de usted, por favor. Me hace sentir como un anciano. Y mataría por un bourbon, gracias.

Ortega fue hacia la barra, donde había cientos de botellas expuestas detrás de un cristal, iluminadas con un sentido de la estética exquisito y listas para que el sistema automatizado preparase cualquier cóctel imaginable.

Al volver con las copas, encontró a Sophia y Harry charlando sobre las particularidades del crimen en Nueva York.

Allí no abundaban tanto los Profesionales mundialmente conocidos como en Los Ángeles, donde, además de X, Blitz y el Loco, tenían a Spectre, Red Rose, Slayer, DeathCrow o The Reaper.

En su lugar, en la Gran Manzana había un exceso de «aspirantes», hombres y mujeres que asesinaban a sus víctimas de forma grotesca y lo filmaban con la esperanza de alcanzar el Umbral y convertirse así en auténticos Profesionales.

Aquel exceso de oferta de aspirantes resultaba en unas cifras de visualizaciones bastante mediocres.

Claro que había decenas de excepciones a las que les iba razonablemente bien, como SkullSeaker_50, Empire Jack, Liberty…

o Sylvaris, cuya afición por usar los cadáveres de sus víctimas para crear una suerte de esculturas callejeras le otorgó una enorme fama internacional.

Por lo demás, la policía neoyorquina se pasaba la mayor parte del tiempo persiguiendo a lunáticos ataviados con disfraces extravagantes y sin sentido del ridículo.

A la mayoría los atrapaban en cuestión de días y pasaban el resto de su vida entre rejas sin que sus vídeos tuviesen un éxito significativo, pero, sumados en conjunto, sus tímidos beneficios individuales suponían una cantidad considerable para las arcas públicas.

Mientras charlaban de forma amena, Harry reparó en la ausencia de Benjamin.

—¿Cassidy no suele venir por aquí?

—A veces todavía viene, pero hoy tenía otros planes —respondió Ortega.

—¿Ben? —inquirió Sophia, sorprendida—. ¿Otros planes? Pensaba que aún estaría trabajando. ¿Se estará viendo con alguien?

—No me ha dicho nada concreto.

—Ya sería hora. Y no estaría mal que trajese a una chica al bar algún día, a ver si Chloe se da por aludida —dijo Sophia señalando disimuladamente con la mirada a una atractiva mujer que se encontraba a un par de mesas de ellos, charlando con unos clientes.

Harry miró con discreción a la mesa que señalaban e inmediatamente se quedó impactado por la belleza y sensualidad de aquella mujer, que destacaba por encima de cualquiera que se hallase en ese bar.

—¿Quién es? —preguntó.

—Es Chloe Delacroix, la propietaria del bar —indicó Sophia—. Ella y Ben tuvieron algo hace un año o dos, pero no acabó muy bien.

—¿Por qué?

—Ben nunca habla de ello. Por lo poco que sabemos, fue él quien la dejó, y ella no se lo tomó demasiado bien.

Al sentir la mirada de Harry, Chloe volvió la cabeza y le pilló observándola, lo que hizo que él apartase los ojos con timidez.

Al cabo de un rato, Harry se levantó para invitar a la siguiente ronda y, mientras esperaba a que le sirvieran, Chloe apareció a su lado.

—Creo que no te conozco —dijo ella mientras pedía un martini.

Harry, sorprendido, titubeó un poco en su respuesta.

—No. Soy Ward… Harry.

—Hola, Ward Harry. Qué nombre tan curioso —bromeó ella.

—Perdón, quería decir Harry. Harry Ward.

—Yo soy Chloe Delacroix —se presentó ella, pronunciando el sonido de su apellido en un perfecto francés.

—Me han dicho quién eras, aunque suena mejor cuando lo dices tú.

—Veo que estás con Ortega y Sophia. Diles que yo invito a esta ronda.

—Vaya, gracias.

—¿Eres nuevo en la comisaría?

—No exactamente. He venido desde Nueva York para ayudar en un caso.

—Qué interesante. ¿Y de qué se trata?

—Lo siento, pero me temo que no puedo hablar de eso.

—Me encantan los misterios, pero solo si en algún momento consigo desentrañarlos —dijo Chloe cogiendo su cóctel mientras se daba la vuelta, dispuesta a volver a su mesa.

—Pero puedo contarte otros casos en los que he trabajado —ofreció Harry en un intento por retener su atención.

—Lo siento… ahora estoy con unos amigos —respondió Chloe.

Justo antes de alejarse, giró la cabeza y le dedicó una seductora mirada a Harry que le estremeció la piel.

—¿Más tarde, quizás? —añadió.

Harry se quedó petrificado observando cómo se alejaba contoneándose, hasta que el droide de la barra le sacó de su ensoñación para avisarle de que sus bebidas estaban listas.

A las dos de la madrugada la propia Chloe echó a sus últimos clientes rezagados y cerró las puertas del Fallen Angel mientras un droide de asistencia limpiaba el suelo y recogía los vasos.

Chloe repasaba la caja de aquel día sentada en una de las mesas cuando escuchó un par de golpecitos en la puerta.

Al abrir, vio complacida que se trataba de Harry.

Poco después, los dos ya estaban charlando, sentados tranquilamente mientras tomaban una copa con la única compañía del droide, que continuaba recogiendo.

En las pantallas del bar, con el volumen silenciado, Chloe tenía puesto un canal que recopilaba los mejores momentos de los Profesionales más exitosos.

—Así que llevas todo este bar tú sola —preguntó Harry.

—Los droides hacen casi todo el trabajo sucio; yo solo me ocupo de que todo esté en orden, de crear un buen ambiente para el público y de arriesgar si es necesario. Antes tenía una socia, pero se marchó, y la verdad es que lo prefiero.

—¿Y te va bien?

—Lo suficiente para mantener el bar abierto con los precios que hay en el centro de la ciudad. Pero vivo aquí mismo, en una habitación de la parte de arriba; así me ahorro otro alquiler.

Harry observó una de las pantallas del bar, donde justo se emitía un asesinato de The Reaper.

—No me había fijado hasta ahora en que tenías eso en las pantallas —dijo Harry.