El Umbral Año 2073 #2
34%

Año 2073 #2

Tras un par de horas viendo vídeos, Harry tuvo que parar para frotarse los ojos y masajearse las sienes.

Estuvo a punto de abandonar temporalmente su labor por la saturación de violencia, pero justo en ese momento encontró algo interesante: un vídeo que en el mundillo se conocía como «dueto» o «crossover» .

A veces, dos o más Profesionales se unían para protagonizar un mismo vídeo en el que asesinaban a una o varias personas con la finalidad de aumentar su repercusión mediática y otras veces lo hacían por puro placer cuando entre ellos existía admiración mutua.

El Loco solo había hecho un dueto en toda su carrera, y fue con The Reaper, un Profesional de gran éxito que se presentaba caracterizado con un traje y una máscara que emulaban carne pútrida.

Simulaba no tener la parte inferior de la mandíbula, mientras que en la superior lucía unos colmillos afilados; tenía ojos amarillos, orejas puntiagudas y una especie de capa roída que le tapaba la boca y caía por su espalda…

Algo así como si un vampiro hubiese muerto y resucitado con el aspecto de un zombi putrefacto, una imagen que, al parecer, cautivó al público, dado su notable éxito.

Harry buscó en el historial de Reaper y lo primero que le llamó la atención es que hacía mucho tiempo que no publicaba ningún vídeo, algo más de año y medio, aproximadamente el mismo tiempo que llevaba desaparecido Wesley Rhodes.

Movido por la sospecha, y tras un par de comprobaciones, Harry averiguó la dirección de la casa de Rhodes y partió hacia allí.

Llegó a la dirección indicada, donde le esperaba un funcionario del estado de California que le abrió con amabilidad las puertas de la mansión.

Una vez dentro, le explicó a Harry que las investigaciones policiales habían determinado que Rhodes desapareció de forma misteriosa y sin dejar rastro.

Nunca se halló el cadáver, por lo que pasados unos meses se le declaró presumiblemente muerto.

Al no tener testamento ni parientes conocidos, la casa pasó a dominio del Estado y se encontraba en pleno proceso de vaciamiento para su posterior venta.

Todas sus pertenencias se estaban vendiendo en subasta pública, por lo que la mansión se hallaba prácticamente vacía.

Solo quedaban algunas cajas, que Harry volcó en el suelo sin encontrar nada de interés.

Peinó casi todo el chalet acompañado del funcionario, pero no encontró más que polvo.

Al final entró en el garaje, donde lo primero que notó fue un rastro de olor a lejía y otras sustancias químicas.

—¿Han desinfectado esta sala? —preguntó Harry.

El funcionario le respondió que no, que aquel garaje estaba prácticamente tal y como lo encontraron y que lo único que habían sacado de allí era un coche de alta gama que ya había sido vendido.

A Harry le llamó la atención una lavadora antigua y sucia que se encontraba allí dentro.

No era habitual que alguien con el poder adquisitivo que parecía tener Rhodes lavase la ropa en el garaje pudiendo disponer de droides o de un cuarto en el interior de la casa destinado a ese fin.

Al abrir la puerta del tambor, quedó claro de dónde venía aquel olor.

Con un guante de nitrilo, Harry pasó el dedo por la goma aislante de la puerta y obtuvo un buen montón de mugre que fue separando hasta encontrar un trozo de tela con lo que parecía ser una mancha de sangre oscurecida y seca.

Si Wesley Rhodes era en realidad The Reaper, ese garaje debía de ser el primer sitio que pisaba al llegar a casa tras sus asesinatos, lo que le exigía ser muy cuidadoso con la desinfección y eliminación de las pruebas.

Por mucho éxito del que gozase, un Profesional nunca sabía cuándo su vídeo podría no alcanzar el Umbral, y por lo tanto debía ser cauto con su identidad oculta para evitar la prisión.

Cuando vio que la investigación avanzaba por buen camino, Harry esbozó media sonrisa.

A eso de las once y veinte de la mañana, Natalie llegó en un coche autónomo de uso público a la entrada principal del edificio donde vivía John Raymond, un moderno rascacielos metálico en North Hollywood.

El ascensor la llevó a la planta setenta y dos y recorrió el pasillo hasta la puerta de John, que le abrió mientras hablaba por teléfono.

La invitó a entrar y con un gesto le indicó que aguardase mientras terminaba la llamada.

Natalie dejó el bolso sobre la isla de la cocina integrada en el salón y echó un vistazo por la ventana, desde donde se contemplaban unas preciosas vistas de las montañas de San Gabriel con sus cimas cubiertas por la nieve.

A su lado había una butaca sobre la que John había dejado la chaqueta de su traje, y se fijó en que de entre los pliegues asomaba lo que parecía la culata de una pistola.

—Disculpa, era una llamada importante —dijo John acercándose a ella, que tras un pequeño sobresalto actuó como si no hubiese visto nada.

—Tranquilo, no hay problema.

—Siéntate en el salón, quiero hablarte de un asunto. ¿Quieres algo de beber?

—Cualquier refresco que tengas está bien.

John le trajo un vaso de Coca-Cola con hielo, se lo dio en la mano y ocupó un sillón junto al sofá donde se había sentado ella.

—¿Qué pasa, John? ¿Dónde está tu mujer?

—Anoche se fue en el RouteRover a casa de una amiga en Seattle.

—¿Va todo bien? —preguntó Natalie con gesto preocupado, temiendo que se hubiese enterado de su aventura.

—¿Qué? Oh, no. No es eso. No sabe nada, no te preocupes. De hecho, era con ella con quien estaba hablando. Ha llegado esta mañana a Seattle, ya está instalada.

—¿Instalada? ¿Qué está pasando? Te noto preocupado desde hace días.

—Sí, de eso quería hablarte. —John desvió los ojos al suelo, se tomó un momento y a continuación la miró profundamente a los ojos—.

Natalie, tengo que preguntarte una cosa y necesito que me digas la verdad, sea cual sea.

¿Le has hablado a alguien de nuestro plan o de mi aspiración a la presidencia?

—¿Qué? ¡Por supuesto que no!

—¿Estás segura?

—John —dijo Natalie acercándose a él y manteniéndole la mirada con firmeza—, te aseguro que no le he dicho nada a nadie.

John escudriñó sus pupilas durante unos segundos. Finalmente desvió la mirada y se echó hacia atrás, reposando la espalda sobre el respaldo del sillón.

—Bien.

—Sinceramente, me ofende que me lo preguntes.

—Lo siento, tenía que hacerlo.

—¿Vas a contarme qué está pasando? ¿Y por qué tienes ahí una pistola?

—Alguien me está siguiendo.

—¿Qué? ¿Quién?

—No lo sé, pero puedo notarlo. Además se han intensificado los ataques informáticos a mis archivos y los del despacho. Saben algo, Natalie.

—¿Quién?

—Puede que BETA, o el Gobierno… Puede que incluso algún Profesional. No lo sé, pero si están buscando con tanta intensidad, es porque saben que estamos tramando algo.

John se puso en pie y deambuló en círculos por la estancia durante unos segundos, pensando. Finalmente, se detuvo frente a Natalie.

—Mañana anunciaré la propuesta de reforma del Umbral y presentaré oficialmente mi candidatura a la presidencia.

—¿¡Mañana!?

—Sí. Tenemos que anticiparnos a quien sea que esté detrás de esto. Estamos jugando con fuego, ya lo sabíamos.

—¿Estás seguro de que no estás siendo un poquito paranoico? Hay ataques informáticos todos los días.

—Créeme, no me lo estoy inventando.

—Pero es muy pronto para anunciarlo. Aún no tenemos los apoyos necesarios, John. ¡Esto podría arruinarlo todo! Tendríamos que cambiar la estrategia de comunicación, estudiar el impacto de…

—¡No hay tiempo! —dijo John, muy alterado—. Soy el único que puede sacar adelante esta reforma y quieren joderme. Hay miles de millones en juego. Hemos demostrado ser muy ingenuos al pensar que esto no iba a complicarse.

—Pero ¿mañana? No sé… Dame una semana para preparar el terreno con los medios de comunicación, una convocatoria de prensa en condiciones…

—No. Tenemos que hacerlo ya.

—Está bien… —aceptó Natalie, resignada—. ¿Quién más sabe lo del adelanto?

—Solo tú y Michael. Esta misma noche tomaré el tren bala a Washington. Él ya está allí. Lo anunciaremos mañana por la mañana. En cuanto lo haga, me reuniré con todos los congresistas y senadores que pueda para afianzar sus apoyos.

—Está bien. Tendré que ir a preparar la maleta y…

—Tú no vienes.

—¿Qué? ¡Pero tengo que estar allí para asegurarme de que todo salga bien!

—Tú tienes que quedarte aquí para preparar una estrategia con el resto del gabinete.

Necesitamos que el anuncio sea sólido y responder a todos los medios posibles.

Diseñad comunicados, argumentarios… Todo eso, ya sabes.

Pero no puedes decir nada a nadie hasta que ya haya anunciado mi candidatura. A nadie —resaltó—, ¿entendido?

—Mierda, John, me va a dar un infarto —dijo ella, abrumada por lo que se les venía encima.

John trató de animarla con una tímida sonrisa para apaciguar los ánimos e infundirle algo más de seguridad, como si tuviese todo bajo control.

Natalie se dejó contagiar por aquella confianza que John mostraba siempre en sí mismo y se calmó un poco.

Al fin y al cabo, él siempre sabía qué hacer, y hasta el momento le había ido bien.

Recordó que John Raymond siempre ganaba.