El Umbral Año 2073
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Año 2073

Presente

Aquel primer boceto de Meredith se había convertido en un cuadro de vibrantes colores tierra y ocre, cálidos y elegantes, alla maniera di Johannes Vermeer.

Un retrato que captaba su esencia de forma magistral y que, treinta y un años después de la noche en la que empezó a pintarlo, presidía el salón de la cabaña.

A lo largo del tiempo, Abraham había seguido reformando aquel acogedor lugar, ampliándolo cada vez más e incorporando algunos elementos tecnológicos más modernos, como un sistema en el tejado para recibir paquetes del nuevo procedimiento de reparto con drones.

También había ampliado la terraza, tan grande que tuvo que reforzar las columnas de madera iniciales con otras de una aleación metálica.

Aun así, la cabaña seguía desprendiendo el mismo aura de refugio bucólico en mitad del valle.

Abraham continuaba disfrutando de aquella calma al margen del tiempo mientras mezclaba colores en su paleta, empastando el lienzo con pinceladas sueltas y precisas.

Aquella noche era especialmente agradable y los aromas del valle se potenciaban al entrar al salón por el ventanal corredero de la terraza, que siempre dejaba abierto durante las noches templadas.

Desde hacía algunos años se había animado a pintar motivos sacros y mitológicos como el que tenía entre manos en ese momento: una escena de un hombre y una mujer discutiendo sentados a ambos lados de una mesa de madera.

Bajo los pies de la mujer había una égida, un escudo adornado con la cabeza de Medusa que indicaba que se trataba de Atenea, diosa de la sabiduría y la estrategia.

En el regazo del joven varón reposaba una lira, y sobre su cabeza, una corona de laurel, evidencias de que se trataba de Apolo, dios del sol y la música.

Ambos discutían placenteramente sobre el destino del mundo en torno a una esfera armilar, en una alegoría que representaba el dilema entre la racionalidad y la intuición.

Abraham, cuyo cabello se había encanecido tanto como su barba, se concentraba en pintar aquel bello cuadro como si nada más existiese a su alrededor, hasta que de pronto unos golpes sordos contra su puerta de madera le sacaron de su trance.

Sorprendido y algo molesto, se levantó del taburete, dejó la paleta y el pincel y se dirigió a la entrada.

Al abrir la puerta, tal y como había ocurrido hacía tres décadas, se encontró de nuevo frente Meredith.

Esta vez la noche no era lluviosa ni ella estaba al borde del llanto; al contrario, su gesto era sereno y fuerte.

Vestía una elegante chaqueta y en su mirada se atisbaba la seriedad que exigía su cargo al frente de su gran corporación.

A pesar de la sorpresa, Abraham no movió ni un solo músculo de la cara al verla.

— Hola, Abe —dijo ella—. ¿Puedo pasar?

A las siete en punto de la mañana siguiente, el sistema de cocina del apartamento de Natalie comenzó a funcionar transportando un puñado de fresas y un aguacate directamente desde la nevera hasta una encimera, donde fueron cortados y dispuestos por unos apéndices robóticos en un plato que quedó presentado a la perfección como desayuno.

Luego, aquellas delicadas manos humanoides depositaron en la plancha eléctrica una fina loncha de carne sintética que simulaba el antiguo corte y sabor del beicon, y cuando comenzó a churruscarse, su delicioso olor inundó todo el apartamento.

En el dormitorio, las lamas de la ventana giraron automáticamente dejando pasar la luz solar hasta la cama de Natalie mientras un hilo de café recién hecho caía hasta una taza situada en la cafetera minimalista integrada en la mesita de noche.

Natalie fue abriendo los ojos poco a poco alentada por aquellos aromas.

Se incorporó y le dio un sorbito a la taza.

Al salir del dormitorio, se encontró con su droide de asistencia en el hogar, un simpático robot blanco de tamaño mediano.

—Buenos días, C. Ya puedes hacer la cama.

El droide se activó y fue directo a la habitación para dejar la cama hecha mientras Natalie desayunaba.

Lo llamaba C para no humanizarlo y por el tipo de modelo, ya que era el tercero de los cuatro que estaban permitidos por ley.

Natalie no le dirigía la palabra más allá de lo necesario, pues pensaba que no era sano para las personas entablar ese tipo de relación con las IA.

Al fin y al cabo, el deseo de humanizarlas fue lo que llevó a la civilización al desastre cuando realmente una de ellas tomó conciencia, provocando el Despertar.

Aun así, esos reparos no iban a impedir que disfrutase de un apartamento que gracias a C siempre estaba perfectamente limpio y ordenado, algo que ya le resultaba imprescindible.

Aquel apartamento en el que vivía estaba a pocos kilómetros del gabinete del senador Raymond en el que trabajaba, y desde que se mudó se esforzó mucho en ponerlo todo a su gusto para estar lo más cómoda posible: ausencia total de cables, luces de tamaño y potencia regulables que emanaban desde cualquier punto del techo o las paredes, mobiliario que se adaptaba a la forma deseada, aroma inmersivo y personalizable…

Natalie pertenecía a esa nueva clase media que con unos ingresos moderados tenía al alcance todas las comodidades que la tecnología podía ofrecer.

Mientras desayunaba, echó un vistazo a sus redes sociales sin encontrar nada más que lo de siempre: debates cordiales entre rivales políticos, gente que compartía armoniosamente sus vidas, memes graciosos, comentarios de apoyo a este o aquel Profesional…

Desde la reinstauración de las redes sociales, el Gobierno se había preocupado de intervenirlas para transformar el entorno digital en un bien público para los ciudadanos que respetase los valores democráticos y generase un clima de respeto, algo contra lo que Natalie llevaba luchando desde que era muy joven.

Los opositores al Umbral eran tachados de radicales por su naturaleza reaccionaria contra el bien común, y sus declaraciones, censuradas por incitar al odio contra inocentes que habían pagado con creces sus deudas con la sociedad.

Natalie trataba de no pasar mucho tiempo en las redes, pues le costaba mucho controlarse, y cualquier patinazo o exabrupto contra el Gobierno o el Umbral podía poner el foco sobre ella y dar al traste con toda la estrategia de perfil bajo de John.

Al terminar el desayuno se metió en la ducha y aprovechó para ver las últimas noticias del día en una de las muchas pantallas que había sincronizadas por toda la casa.

Luego, con la toalla anudada alrededor del pecho, se plantó frente a una de las paredes de su habitación.

Al tocarla, se abrió un inmenso armario con poca profundidad en el que cientos de prendas habían sido dobladas de forma muy compacta y perfectamente organizadas por tipos y colores.

Natalie sacaba una detrás de otra sin decidirse del todo por ninguna y las iba soltando en el suelo ante la atenta mirada de C, que esperaba junto a la puerta viendo cómo se le acumulaba el trabajo.

Cuando por fin se vistió, C se esmeró recogiendo una a una todas las prendas que más tarde doblaría y volvería a colocar de forma impecable en aquella obra de arte de la economía espacial que era el armario de su propietaria humana.

Ya vestida y arreglada, el asistente virtual la avisó de un mensaje entrante de John Raymond por el sistema de sonido que inundaba el apartamento.

—Buenos días, señorita Higgins —dijo una voz masculina con excesiva educación—. ¿Qué tal te encuentras esta mañana?

Como de costumbre, era la voz de Hugh, el asistente virtual de John. Natalie no soportaba esa simulación de interés por su vida.

—¿Qué quieres, Hugh?

—El senador Raymond quiere que vayas a verle a su casa a las once y media de la mañana.

—¿A las once y media?

—Así es.

—¿De qué se trata?

—No me ha informado del motivo, lo siento.

—Dile que allí estaré.

—Le confirmaré tu asistencia. Muchas gracias, señorita Higgins.

A Natalie le extrañó aquella convocatoria.

Normalmente sus reuniones de trabajo surgían de forma espontánea en el propio gabinete, y además, como John estaba casado, nunca tenían encuentros íntimos en su casa.

Con la curiosidad rondando su cabeza, salió por la puerta del apartamento dejando al abnegado C frente a la montaña de ropa que había quedado desperdigada por habitación.

A las nueve de la mañana, Harry Ward ya llevaba un par de horas en la comisaría y continuaba estudiando todo lo relativo al asesinato del Loco.

El caso lo había conducido a Wesley Rhodes, su antiguo compañero de celda, pero al introducir su nombre en el registro de la policía, descubrió que había sido declarado muerto hacía ya un año y medio.

Descartada la opción de hacerle una visita a Rhodes, optó por repasar el historial audiovisual del Loco desde sus inicios: una extensa carrera como Profesional con más de doscientos asesinatos a sus espaldas, todos y cada uno de ellos disponibles públicamente para el disfrute de sus seguidores.

Uno tras otro comenzó a ver los vídeos. Hombres, mujeres, niños, ancianos…

: el Loco no hacía distinciones a la hora de matar y era del todo imprevisible, poniendo en riesgo su propia vida constantemente, a diferencia de otros Profesionales.

No guardaba las distancias, se enfrentaba a múltiples adversarios a la vez e incluso a veces les daba su arma para que fuesen ellos los que intentasen matarle a él. Realmente era un monstruo desquiciado.