El Umbral Año 2042
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Año 2042

Once años después del Despertar

Aquella noche, el Ministerio del Clima había programado una lluvia que cayó violentamente sobre el valle de Wheeler Springs, a ciento treinta kilómetros al noroeste de la ciudad de Los Ángeles.

Hacía varios años que el Gobierno había comenzado a provocar precipitaciones a lo largo de todo el país, no solamente para potenciar los cultivos, sino también para enfriar las ciudades y sofocar el calor, mejorando así el bienestar de la población en los días más duros del verano.

Siempre avisaban con antelación la hora exacta en que llovería, pero poco a poco aquello dejó de limitarse a los meses de verano, lo que llevó a los más desconfiados a pensar que en realidad se hacía para que los Profesionales pudiesen planificar sus vídeos teniendo en cuenta este fenómeno, que añadía dramatismo y terror a sus obras visuales.

Las gruesas gotas frías caían a plomo sobre las hojas del valle y removían la tierra bajo los pies de Abraham Hofstein, que por aquel entonces cumplía cuarenta años de edad.

Agazapado entre el follaje y armado con tan solo un arco y un puñado de flechas, aguardaba inmóvil a que su presa se pusiese a tiro.

Al cabo de un rato, un gran ejemplar de ciervo de cola blanca apareció entre los matorrales en busca de un fresco bocado nocturno.

Se trataba de un macho de tamaño grande y que aparentaba pesar más de ciento veinte kilos.

Abraham debía andarse con cuidado, pues era época de apareamiento y un paso en falso ante aquellas enormes y majestuosas astas podría resultar fatal a tan corta distancia.

El ruido de la lluvia ocultó el sonido que hizo la cuerda del arco cuando la dejó escapar de entre sus dedos, y la flecha voló como un relámpago atravesando el grueso cuello del ciervo.

Una muerte limpia, poco más se podía pedir.

Abraham ató una cuerda a las astas del animal y tiró de él durante dos kilómetros hasta que llegó a un cobertizo anexo a la gran cabaña.

Allí lo desolló, lo evisceró y lo despiezó, reservando la mayor parte de la carne en un enorme congelador industrial y quedándose una porción para sí.

Poco quedaba de aquel refugio de madera que comenzó a construir junto a Fred y Meredith, pues su aspecto cada vez era más parecido a lo que él había imaginado desde un principio.

Un lugar idílico, amplio y con las suficientes comodidades como para no necesitar nada del mundo exterior.

Construyó una chimenea, amplió todos los espacios, instaló ventanas, reforzó el tejado…

También cuidó la estética del interior con alfombras de piel que él mismo había trabajado, sofá e incluso una televisión para disfrutar del cine y estar más o menos enterado de lo que ocurría fuera.

Aquello no tenía nada que envidiar a cualquier vivienda rural de lujo de la zona.

Una vez guarecido en el interior, a la luz del fuego, comenzó a cortar en filetes aquel jugoso trozo de caza que cocinaría a la piedra y cuyo sabor anticipaba haciéndole salivar.

Abraham jamás había probado la carne sintética que supuestamente estaba revolucionando la alimentación, según comentaban en las noticias.

La idea de vivir apartado de la civilización no se debía a motivos tecnológicos, sino al deseo de regirse por su propio criterio moral a la hora de disfrutar de su existencia en el mundo, adoptando solo las comodidades y avances que le parecían aceptables sin que la sociedad le forzase a asumir valores de personas a las que ni siquiera conocía.

Los únicos valores correctos, según él, provenían del juicio propio, de los aciertos y errores que uno mismo fuese cometiendo y de la experiencia de vivir activamente.

Cada uno debía encontrar su ética personal sin importar lo que pensasen los demás.

Mientras preparaba la guarnición para aquella sabrosa cena, se escucharon unos golpes sordos entre el crepitar del fuego de la chimenea y el arrullo de la lluvia sobre el tejado.

Afinó el oído y volvió a escucharlos por segunda vez.

Alguien llamaba a su puerta. Si ya era extraño que recibiese alguna visita, era aún más inaudito en mitad de aquel temporal y a esas horas de la noche.

Sorprendido, se limpió las manos, se dirigió a la entrada con cierta cautela y abrió la puerta.

Se encontró frente a frente con Meredith, a la que no veía desde hacía seis años.

Estaba tan guapa como siempre, más aún bajo la lluvia torrencial que mojaba su cabello y su piel. Compungida, miró a Abraham.

—Hola, Abe… ¿puedo pasar?

Al calor de la chimenea y cubierta con una manta, volvió a recuperar el color de sus mejillas. Abraham le trajo un caldo hecho con los huesos de las gallinas que él mismo criaba y se lo puso en la mano.

—Gracias —dijo ella, rodeando la taza con los dedos para calentarse.

Abraham se sentó frente a ella, esperando pacientemente a que se repusiese.

—Me encanta cómo has dejado la cabaña, si es que aún se le puede llamar así.

—¿Sí? —dijo Abraham mirando alrededor con cierto orgullo—. Supongo que nunca estará terminada, esa es la gracia.

—Ni siquiera sabía si seguirías viviendo aquí. Me alegro de que no te hayas ido.

—Ya no podría vivir en ningún otro lugar.

Meredith se puso en pie y deambuló por el salón observando los detalles con los que Abraham había decorado aquel refugio al margen de toda época y lugar.

Lámparas antiguas y modernas, un tocadiscos, una inmensa estantería repleta de decenas de libros…

y cuadros. Muchos cuadros que él mismo había pintado, paisajes en su mayoría.

Sobre todo imágenes del valle captado en diferentes momentos del día y bañado con distintas tonalidades de azules, verdes, naranjas y negros.

—Sigues pintando… —dijo ella.

—¿Qué haces aquí, Merry?

Meredith se estremeció al escuchar aquel diminutivo con el que solo se referían a ella dos personas. Detuvo su paso deambulatorio y perdió la vista en una de las pinturas de la pared mientras elegía cuidadosamente sus palabras.

—He dejado a Fred.

—¿Qué? —preguntó Abraham, sorprendido—. ¿Qué ha pasado?

—No lo sé.

Meredith regresó a la chimenea y volvió a sentarse, llevándose una mano a la frente en mitad de un suspiro.

—No sé lo que estoy haciendo. Creo que necesitaba alejarme y pensar.

Llevamos toda la vida juntos, pero ahora todo es diferente.

BETA funciona, estamos consiguiendo cosas increíbles, ganando muchísimo dinero, cambiando el mundo…

Como tú dijiste, la criminalidad ha bajado mucho en todo el país gracias a nosotros.

Tengo la sensación de estar haciendo algo grande y, aun así, no soy feliz…

No lo sé. Es como si viviese otra vida, y creo que necesito que esta vez sea diferente, pero ahora que le he dejado, no sé lo que tengo que hacer.

—Lo estás haciendo bien, Merry. Este país está en deuda contigo, y todo porque seguiste tu propio camino sin dudar. Hiciste lo que creías que había que hacer y mira hasta dónde te ha llevado. Todos tenemos que encontrar nuestro propio camino.

Los ojos de Meredith comenzaron a humedecerse y a temblar levemente hasta que una lágrima se deslizó por su cara.

Cuando él se agachó para abrazarla, ella notó que el corazón de Abraham se había acelerado igual que le ocurría años atrás, cuando a veces, durante un instante, cruzaban de manera fugaz la barrera de la amistad.

Recordó con ternura aquellos días durante el tiempo que se prolongó el abrazo y, al separarse, ella le miró a los ojos.

—¿Te alegras de que le haya dejado? —le dijo.

Al escuchar la pregunta, él se puso en pie, dio un paso atrás y metió las manos en los bolsillos, tratando de mantenerse frío.

—Teníamos una vida perfecta aquí —sostuvo Meredith—. Fred, tú y yo. Los años que pasamos en esta cabaña fueron los mejores de nuestras vidas y aun así decidiste joderlo todo cuando me besaste. ¿Por qué, Abe?

—No quería estropear nada. No sabía que Fred nos estaba observando.

—Yo creo que lo sabías y lo hiciste de todas formas. Creo que no podías soportarlo más y decidiste mandarlo todo a la mierda. O ganabas o perdías. ¿Me equivoco?

Abraham se dio media vuelta y comenzó a deambular por el salón en silencio, y Meredith comprendió que sería incapaz de confesar la verdad porque nunca se le había dado bien la gente.

Decidió dejarlo correr y volvió sus ojos al fuego.

Permaneció así unos segundos, con la mirada abandonada en el rítmico baile de las llamas.

Había roto con toda su vida, había llegado hasta aquella cabaña perdida en mitad de la tormenta y, de pronto, la idea de no terminar de descubrir si todo aquello había merecido la pena le resultó insoportable.

Necesitaba saber qué había más allá de su amistad.

—Perdona, no me hagas caso —se excusó—. Ha sido un día muy largo. Supongo que estoy cansada.

—No te disculpes —dijo Abraham recuperando la formalidad.

—¿Tienes vino? Me vendría bien una copa.

—Claro.

Abraham fue a descorchar una botella a la cocina mientras Meredith se acercaba de nuevo a contemplar los cuadros de la pared.

—¿Sabes? —soltó ella—. Hace años me prometiste que algún día me pintarías, pero nunca lo hiciste.

—No me pareció adecuado. Las cosas no estaban como para echar más leña al fuego —explicó él, regresando con una copa en cada mano y ofreciéndole una a Meredith.

—¿Y ahora… te parece adecuado?

—¿Ahora?

—Sí.

—¿Ahora mismo?

—Sí.

Abraham vaciló unos segundos, pero al final no pudo resistirse.

—Dame un minuto —dijo él.

Fue a por el caballete, un lienzo y pinceles.

Los plantó delante de uno de los sillones e indicó a Meredith que se sentase mientras preparaba todo.

Estaba tan concentrado en el orden cromático con el que preparaba los óleos en la paleta que, cuando levantó la mirada y vio a Meredith totalmente desnuda sobre el sillón, sintió un vértigo en el estómago que lo estremeció.

No fue capaz de articular palabra para decirle que no era eso lo que había entendido, así que simplemente continuó preparando las pinturas.

El corazón de Meredith también latía a toda velocidad.

Ni ella misma se creía la osadía con la que acababa de actuar, y eso la excitó como hacía tiempo que no le ocurría.

La boca se le secó por los nervios y trató de remediarlo dando un buen trago a su copa de vino mientras veía a Abraham tratando de mantener la calma y continuar con su labor.

Con el paso de los minutos, ambos comenzaron a relajarse.

Él encajaba los trazos en el lienzo con un carboncillo, cada vez más concentrado en las formas abstractas que en el propio cuerpo de Meredith, quien reposaba tranquila dando ocasionales sorbos a su segunda copa de vino a la suave luz de la chimenea.

Pasado un rato, ella vio que Abraham se disponía a poner el color en el lienzo.

Movida por la impaciencia, se armó de valor de nuevo y se levantó del sillón totalmente expuesta, tratando de ocultar sus nervios mientras se acercaba hacia él para ver cómo iba el proceso.

—Espera, todavía no he…

—Solo quiero verlo un momento —dijo ella.

Se puso a la espalda de Abraham, posó una mano sobre su hombro y se inclinó hasta que sus caras quedaron a la misma altura y ambos miraron el lienzo juntos. El esbozo ya reflejaba su tan característico gesto pensativo, con la mirada perdida fuera del encuadre.

—Es perfecto… —admiró ella.

Él volvió la cabeza, miró su perfil y enseguida comprendió lo que estaba haciendo.

Meredith había derribado en una hora todos los muros que diez años de amistad habían levantado entre ellos, como si de una terapia de choque se tratase.

Ella le devolvió la mirada, sonrió y le dio un beso en los labios que lentamente fue cobrando pasión hasta que se encontró sentada sobre su regazo, abrazándole.

A la mañana siguiente, Abraham despertó sobre la cama deshecha de su habitación con el ruido de la lluvia cayendo aún sobre su tejado como un leve murmullo de fondo.

Tardó un instante en recordar lo que había pasado la noche anterior, y al encontrarse solo en la cama, llegó a dudar de que no hubiese sido más que un sueño.

Se incorporó y afinó el oído, esperando escuchar algún sonido que delatase la presencia de Meredith en la casa, pero solo quedaban rastros de su olor entre las sábanas.

Fue directo al salón, dudando cada vez más de su aún adormecida memoria, cuando, junto a las brasas aún incandescentes de la chimenea, encontró el caballete y los pinceles tal y como los había dejado la noche anterior.

Sobre el lienzo continuaba plasmada la mirada de Meredith al carboncillo, tan viva como si todavía estuviese ahí.