Año 2051 #2
—John Raymond es un radical —dijo el senador, haciendo hincapié en la afirmación—. Lo que muestra ante los medios no es más que una máscara, una impostura. En el fondo, es tan extremista como esos activistas anti-Umbral.
—Aunque así fuese, John Raymond no es más que un senador, y tanto la ley del Umbral como los Profesionales gozan de un respaldo mayoritario entre la población. ¿Por qué iba a preocuparme?
—Créame, tiene motivos… Pero antes me gustaría saber hasta qué punto le resulta a usted valiosa esta información.
—Suponiendo que lo que tenga que decirme me sea de utilidad…
Meredith sacó una pluma de su chaqueta y escribió la cantidad de cinco millones sobre una servilleta para mantener la discreción frente a los guardaespaldas que los custodiaban a ambos, situados a unos pocos metros de distancia, firmes como soldados.
Acto seguido, deslizó la servilleta por la mesa hasta dejarla frente al senador.
—Si me permite. —Connelly tomó prestada su pluma y dobló la cantidad.
Meredith leyó la contrapropuesta y la aceptó sin que le supusiese ningún problema.
—Me alegra que estemos de acuerdo. —Connelly se arrepintió de inmediato de no haber sido más agresivo al comprobar lo fácil que había resultado la negociación, pero ya era tarde.
—Solo si la información es valiosa —insistió Meredith.
—Con todos mis respetos, señora Goldman, solo hablaré cuando tenga el dinero. Nada me garantiza que, aunque mi información le resulte de valor, no vaya usted a decirme lo contrario.
—Lo siento, pero no pienso pagar por nada —respondió Meredith, tajante.
Connelly pensó que era el momento de tensar la negociación, así que agradeció la copa de vino y se levantó de la mesa para reforzar su posición.
—Si cambia de opinión, sabe dónde encontrarme —dijo el senador—. Vámonos, chicos.
Cuando los tres estaban a punto de salir de aquel salón, Meredith ordenó a los guardaespaldas del senador Connelly que se detuviesen y que regresasen junto a ella, orden que ellos obedecieron de inmediato ante la atónita mirada de Connelly, que se había quedado helado frente a la puerta de salida, boquiabierto.
—¿Pero qué coño hacéis? —preguntó indignado—. Volved aquí inmediatamente.
Los guardaespaldas hicieron caso omiso de su orden y se situaron detrás de la señora Goldman, firmes de nuevo como estatuas.
—Vuelva a sentarse, senador —ordenó Meredith, tan calmada como lo había estado desde el principio de la reunión.
Connelly, tras el fallido intento de llamar al orden a sus agentes, comprendió la situación y dócilmente regresó a su asiento, preso de una ira contenida.
—Esto era totalmente innecesario —dijo Meredith—. No creo haberle hecho pensar en ningún momento que no puede fiarse de mí. Reitero mi compromiso: si la información es buena, se le compensará con la cifra acordada, de forma honesta.
Connelly se apoyó en la mesa con resignación y, tras unos segundos en los que miró con frustración los inmóviles rostros de sus hasta entonces guardaespaldas, comenzó a hablar.
—El año pasado acudí a una cena en casa de John.
Éramos unos cuantos, pero al final solo quedamos él y yo, que estuvimos charlando hasta bien entrada la noche.
Tras varias copas de vino, me preguntó mi opinión sobre los Profesionales y la ley del Umbral.
Confieso que le di a entender que no estaba muy a favor —dijo Connelly, algo avergonzado—.
Fue poco después de que X asesinase a uno de mis actores preferidos, y la verdad es que estaba bastante cabreado…
—Al grano, senador.
—El caso es que John llevaba un par de copas de más y soltó la lengua.
Me dijo que el Umbral le parecía una ley abyecta e inmoral y que había que acabar con ella.
Me contó que había estado hablando con otros miembros del Senado sobre el tema y que muchos opinaban lo mismo que él en secreto.
Yo no quería sentirme excluido porque John es un hombre muy popular en nuestros círculos, de modo que le dije que estaba en el mismo barco, que podía contar conmigo para lo que fuese.
Desde entonces le he estado ayudando a recabar apoyos políticos.
Hemos hablado con otros senadores, gobernadores, congresistas…
John tiene algo que cautiva a la gente, un carisma que consigue que las personas le hablen y le confiesen todo lo que en público no pueden decir.
Incluso es capaz de hacerles cambiar de opinión sin que apenas se den cuenta, aunque jamás pensé que llegaría tan lejos…
—¿Cuánto de lejos?
—Su intención es derogar completamente la ley del Umbral. Pero como sabe que los votantes no apoyarán algo así de la noche a la mañana, ha preparado todo un cuerpo legislativo que se aplicaría de manera muy gradual. Lo tiene todo pensado.
—¿A qué se refiere?
—Pretende aumentar el Umbral hasta los dos mil millones de visualizaciones, luego dos mil quinientos, luego tres mil…
Cuanto más alto esté el Umbral, más difícil resultará lograr el indulto, lo que funcionaría como antiincentivo.
Cree que puede convencer a los votantes poco a poco, haciéndoles pensar que podrán seguir disfrutando de sus Profesionales más exitosos, que su propuesta solo es una actualización para controlar la proliferación de aspirantes imponiendo una nota de corte más exigente.
Así, lentamente, iría reduciendo la actividad de los Profesionales hasta que perdiesen popularidad, acabando de facto con ellos… y con usted.
—Muy hábil —dijo Meredith, asimilando la información sin mover un solo músculo de la cara.
—Lo tengo todo aquí.
Connelly sacó de su maletín unos documentos en papel que puso frente a Meredith. Se trataba de un dosier que contenía las líneas maestras para el desarrollo de la ley en la que John estaba trabajando.
—He conseguido el dosier de la base de datos de su despacho. Es solo un borrador. No llegué a acceder al documento final ni a los acuerdos a los que ya ha llegado con otros funcionarios, pero me consta que está mucho más avanzado de lo que cree.
Meredith ojeó los papeles, donde había bastantes detalles no solo de la propuesta de ley, sino de estrategias de propaganda para influir en la opinión pública, estudios sociológicos… Un plan sólido y en apariencia factible.
—El Gobierno no se lo permitiría —afirmó Meredith, tratando de reafirmarse.
—Hay algo más… —añadió Connelly.
—¿Qué?
—Muy pronto va a anunciar su candidatura a la Casa Blanca.
—¿Cómo? —preguntó, esta vez sin poder ocultar su preocupación—. ¿Cuándo?
—Eso solo lo sabe él, pero tengo la sensación de que es cuestión de días.
Semanas, como mucho. Ya tiene los apoyos necesarios para ganar las próximas primarias, y con un buen programa y su encanto, sospecho que no tendría dificultades para imponerse en unas presidenciales.
Aspira a la Casa Blanca, señora Goldman, y no va a detenerse.
Créame, cuando John quiere algo, antes o después lo consigue.
Meredith guardó silencio y se limitó a escudriñar la cara del senador en busca de certezas o engaños. Cuando estuvo convencida de que todo aquello iba en serio, bajó la mirada, tomándose un momento para pensar.
—¿Señora Goldman? —inquirió el senador, intrigado por su silencio.
—Le agradezco mucho que me haya contado todo esto, senador. Tenía mi palabra de que sería compensado y así será.
Meredith se levantó de la mesa, se abotonó la chaqueta y con un gesto indicó a los tres guardaespaldas que era el momento de abandonar la reunión. Escoltada, se dirigió hacia la puerta de salida, marcando el paso a golpe de tacón y dejando a Connelly sentado frente a la mesa, confuso.
—Ha sido un placer, senador.
La puerta del salón se cerró con contundencia. Connelly, enmudecido y desconcertado, no sabía cómo reaccionar. De pronto notó que algo le golpeaba el pecho. Era la vibración de su teléfono. Al sacarlo, vio un mensaje de su entidad bancaria. El dinero acababa de llegar a su cuenta.