Año 2051
Veinte años después del Despertar
A dos semanas de cumplir los diecisiete años, Andy hacía las maletas en su habitación del orfanato junto a Benji y Tom, que por aquel entonces cumplían doce y trece años respectivamente. Ambos le observaban con el rostro serio, sentados al borde de la cama.
—Nos van a machacar —dijo Benji, visiblemente molesto.
—No es cierto —replicó Andy—, peleas mejor que todos ellos y eres mucho más rápido. Estoy seguro de que ya se han dado cuenta.
—Claro que lo soy. Podría partirle la cara a cualquiera de ellos con una mano atada a la espalda, pero son más de cinco y yo soy solo uno. No puedo pelear y proteger a Tom al mismo tiempo.
—Pues decídselo al director; ya es hora de que se implique más en lo que ocurre en su orfanato.
—Sabes que eso solo lo empeoraría.
Andy dejó de empacar sus cosas para hablar con los chicos.
—Benji, a mí también me da pena dejaros aquí, pero no puedo renunciar a esta oportunidad. Soy casi mayor de edad, es un milagro que alguien haya querido adoptarme.
—Solo te queda un año para salir de aquí igualmente… ¿Qué más te da?
—Ese tío es Fred Perkins. ¿Sabes quién es?
Es un pez gordo de una gran empresa, y le he conocido, es buena gente.
Se ha molestado en mirar los expedientes de todos los de mi año y un curso menos.
¿Sabes qué quiere decir eso? Que busca un perfil muy concreto entre nosotros.
Creo que no solo quiere un hijo, quiere un heredero.
Es una oportunidad que no puedo dejar pasar.
—¿Vendrás a vernos? —preguntó Tom.
—Lo haré siempre que pueda, pero el señor Perkins vive en la Costa Este y solo viene a Los Ángeles de vez en cuando.
Además, quiere que me ponga a estudiar inmediatamente.
Voy con mucho retraso y no creo que tenga demasiado tiempo libre.
Pero cuando salgáis de aquí, espero haberme puesto al día y entonces tendremos tiempo para estar juntos.
Intentaré que os vengáis conmigo. No creo que suponga un problema con la cantidad de dinero que tiene.
Tom estaba mirando al suelo con aspecto triste, callado. Andy se acercó a él y trató de animarle.
—Si todo va bien, dentro de unos años estaré ganando un buen sueldo. Podremos hacer lo que nos dé la gana. Creo que el señor Perkins tiene incluso un yate. ¿Te apetece, Tom?
Tom le miró con tristeza en los ojos, pero se esforzó por mostrar una tímida sonrisa.
—Claro que sí —dijo Andy revolviéndole el pelo.
Cuando terminó de hacer la maleta, se quedó mirándolos, preparándose para la inevitable despedida.
—Pensaré mucho en vosotros. Sois como mis hermanos, y trataré de ayudaros todo lo que pueda, pero para eso tengo que irme.
Tom, tú no te separes de Ben, él te defenderá, pero también tienes que entrenar para poder ayudarle.
Tienes que soltarte, sacar todo eso que llevas dentro para salir adelante.
Cuando salgas de aquí, te pondremos en forma y dejarás de tener miedo, ¿trato hecho?
—Lo intentaré —afirmó Tom.
A continuación Andy miró a Ben, que seguía con el ceño fruncido.
—Benji, cuando llegué aquí no esperaba que un canijo como tú acabase siendo mi mejor amigo, y ojalá algún día me perdones por hacer esto, pero es mi última oportunidad.
La tristeza hizo que a Ben se le formase una bola en la garganta y no consiguió decir ni una palabra, así que trató de disimularlo como si su silencio se debiese únicamente al enfado.
—Está bien —dijo Andy, resignado ante su cabezonería—. Al menos me voy tranquilo sabiendo que cuidarás de Tom. Te saco casi cinco años y ya peleas mucho mejor que yo. Eres todo un prodigio, Ben. Hazte cargo.
Andy le dio un toque cariñoso con el puño en la cara, cogió sus cosas y antes de salir de la habitación miró a sus dos amigos.
—Estaremos todos fuera antes de lo que pensáis. Juntos. Os quiero, chicos.
Cuando Andy se fue, Ben y Tom se asomaron a la ventana y miraron al patio de la entrada, donde estaba Fred Perkins junto a su coche aparcado, esperando a Andy con la puerta abierta.
Andy salió del orfanato, se despidió de una de las tutoras y le dio un apretón de manos a Fred antes de subir al lujoso vehículo y poner rumbo a su nuevo hogar.
Benjamin despertó violentamente en su cama, cubierto en sudor y con el corazón acelerado mientras la alarma de su despertador sonaba con insistencia, marcando las cuatro de la madrugada.
Aquellos sueños le despertaban en mitad de la noche desde hacía años, y cuando le ocurría le costaba mucho volver a dormir.
Se levantó de la cama y se metió en la ducha mientras reconstruía el sueño que acababa de tener.
Se preparó un café, tomó su chaqueta y salió a la calle en plena noche justo cuando su vehículo llegaba a la puerta del edificio para recogerle.
Pasó por alto algunos delitos leves que presenció desde su coche mientras atravesaba las vacías calles de Skid Row; no era momento de entretenerse con pandilleros de poca monta.
Si algo había aprendido de todos sus años en el cuerpo de policía, era que detener a un pandillero en aquel barrio era tan útil como intentar vaciar el agua del mar con un vaso.
Ben tomó el control manual de su coche para aproximarse con cuidado a un club nocturno llamado Obsidian, uno de los puntos de encuentro más conflictivos donde se reunían traficantes, matones y todo tipo de compañías poco recomendables.
Solía ser escenario de reyertas que se resolvían internamente, y la policía casi nunca intervenía allí a menos que los problemas se agravasen y se extendiesen fuera de la zona.
Aparcó a poca distancia, asegurándose de tener una buena visual de la entrada mediante una cámara especializada que había colocado en la parte interior del techo del coche.
Reclinó completamente su asiento hasta quedar oculto tras la carrocería y se puso unas gafas que le permitían registrar la biometría facial de todos los que entraban y salían del club.
Aquella misma noche, en las pacíficas calles de Sunset Boulevard, un coche negro con los cristales tintados se aproximaba al exclusivo Chateau Marmont.
Este hotel había cambiado poco desde su inauguración a finales de la década de 1920.
En sus más de ciento cuarenta años de historia, el complejo solo había sido reformado con el propósito de proporcionar aún mayor privacidad a quien cruzaba sus puertas.
Estrellas del cine y la televisión, políticos, empresarios y en general cualquier persona de la élite pagaba por la discreción de sus suites y salones, cuyas paredes habían sido reforzadas con malla de aluminio y plomo, creando una inmensa jaula de Faraday a prueba de espionaje digital.
En el Chateau Marmont la privacidad estaba absolutamente garantizada, y eso tenía un alto precio, accesible solo a unos pocos.
Los vigilantes de la entrada dieron paso al elegante coche negro que cruzó hasta el interior del garaje del complejo.
Una vez estacionado frente a su sección correspondiente, las puertas se abrieron y del interior salió Michael Connelly, compañero de John Raymond como segundo senador por California, acompañado por dos guardaespaldas de su máxima confianza.
Los tres subieron en el ascensor de seguridad que daba acceso al exclusivo club y que les condujo hasta un vestíbulo suavemente iluminado, decorado con madera de ébano de Macasar y metales dorados.
En aquel sitio todo estaba dispuesto para que cada vez que se inhalase una bocanada de aire se pudiesen apreciar los matices del inconfundible aroma del poder.
Al atravesar una última puerta, Connelly y sus guardaespaldas se encontraron en un elegante salón en penumbra en cuyo centro se hallaba iluminada una mesa que destacaba en contraste con la oscuridad casi total que la rodeaba.
Meredith Goldman, en persona, estaba sentada ante aquella mesa, acompañada de un único guardaespaldas.
—Buenas noches, señora Goldman —dijo Connelly mientras caminaba lentamente hasta la silla vacía que le esperaba.
—Senador —saludó Meredith—. Es un placer conocerle personalmente. Siéntese, por favor. ¿Puedo ofrecerle algo de beber? Aquí tienen un Petrus que es un deleite para los sentidos.
—¿Un Petrus? —preguntó él.
—Un Burdeos, de la región de Pomerol.
Connelly torció levemente el gesto, como si estuviese esperando a que Meredith concluyese la frase y le diese sentido a aquellas palabras que no terminaba de comprender.
—Es un vino francés —aclaró ella con una educada sonrisa.
—Por supuesto —dijo Connelly, tratando de ponerse al nivel esperado.
Meredith levantó grácilmente la mano y su guardaespaldas se dirigió al mueble bar para servir una copa al senador.
—Discúlpeme. Lo cierto es que no vengo mucho por aquí —se excusó.
—No tiene que disculparse. Le agradezco enormemente que se haya puesto en contacto conmigo, pero le confieso que no llevo bien la curiosidad insatisfecha.
Aunque tratándose de un hombre de su importancia, y de su empeño porque esta reunión fuese confidencial, puedo imaginar que la incertidumbre merecerá la pena.
El guardaespaldas de Meredith le sirvió al senador una copa de aquel vino con un protocolo impecable, lo que solo contribuyó a que Connelly se sintiese aún más fuera de lugar. Ninguno de sus guardaespaldas habría sabido siquiera coger la botella correcta, o eso pensaba él.
—Claro, vamos al grano. ¿Qué opinión le merece mi colega, el senador John Raymond? —preguntó él, tanteando la situación.
—No le conozco personalmente.
—Me refiero desde el punto de vista político.
—Sé a lo que se refiere, pero quiero ser cauta. ¿Por qué lo pregunta?
—Habrá oído algunas de sus opiniones respecto al Umbral, ¿no?
—Claro.
—¿Y bien?
—Evidentemente no coincido con él, pero no parece un radical.
—¿Y si yo le dijera que se equivoca?
—Entonces le escucharía con atención.