El Umbral Capítulo II. PromesasAño 2051 #9
28%

Capítulo II. PromesasAño 2051 #9

—Cualquiera que se dedique a la política tiene una parte impostada, eso es inevitable.

John no es diferente a los demás en ese sentido.

Es muy hábil, y es consciente de estar inmerso en un juego de tramposos.

Quizás la única diferencia que tiene con respecto a los demás es que coincido con sus ideas.

Creo que es capaz de ver la degradación moral de nuestro país y lo afronta de forma adulta, sin caer en idealismos.

—Es normal. A veces para conseguir lo que queremos tenemos que ocultar nuestras verdaderas intenciones, por muy honestas que nos parezcan.

—¿Tú ocultas algo?

Ben sonrió.

—Yo iba a hacerte esa misma pregunta. ¿Me has traído aquí porque te apetecía pasar el rato conmigo o solo buscas mi voto? Porque si es así, enhorabuena, casi me has convencido.

—¿Has visto lo bien que se me da mi trabajo? —respondió Natalie entre risas.

Ben casi había olvidado lo bien que lo pasaba con Natalie.

La forma en la que ella jugaba con sus manos mientras hablaba; su sentido del humor…

y sobre todo aquella sonrisa. Por un instante se quedó mirándola embobado, disfrutando de todos los recuerdos que le venían a la cabeza.

Natalie, que notó enseguida aquella mirada, trató de continuar la conversación al fijarse de nuevo en los rasgados ojos de Ben, que la atraparon desde el primer día en que se conocieron en la playa de Malibú.

—¿Sigues viviendo en aquel apartamento? —preguntó ella.

—Ya no. Me mudé a Silver Lake hace unos años, cuando me ascendieron a inspector.

—¿Qué pasó con ese sofá hecho polvo que tenías? ¿Aún lo conservas?

—Tuve que jubilarlo, el pobre no aguantaba más.

—Lástima… Me gustaba ese sofá —dijo ella con picardía.

Mientras daba un sorbo a su copa, le miró como un felino agazapando su mirada justo por encima del borde del cristal. Esta vez fue ella quien puso nervioso a Ben, que no pudo sostenerle aquella intensa mirada. A Natalie le enterneció la forma que tenía de evadirla con los ojos, casi sonrojado.

—Te he echado de menos, Benji —confesó con una escueta sonrisa.

—Y yo a ti.

—Pero te alejaste de mí… por segunda vez.

—Ya sabes que no quería hacerlo, pero estabas comprometida. Llevábamos años jugando con fuego.

—Lo sé. Aun así, no quería que te alejaras. Te necesitaba, te he necesitado en muchos momentos y no estabas ahí.

—¿Y qué pasa con Owen? Oí que os casasteis.

—Sí, pero no duró. Llevábamos juntos desde el instituto y… Es difícil de explicar si no lo has vivido. Después de un año nos divorciamos, y fue entonces cuando me fui a vivir a Washington.

—Lo siento.

Natalie miró a Ben e hizo una mueca de complicidad.

—Si te soy sincera, una parte de mí esperaba que te alegrases.

—Supongo que es algo que deseaba escuchar desde el primer día que nos conocimos, pero ha pasado mucho tiempo.

—Lo sé. Soy consciente de que llevamos las cosas hasta un punto insostenible; es solo que… no sé. Simplemente me dolió mucho que te alejases. Ni siquiera sabía si volvería a verte.

—Lo sé. —Ben levantó la mirada con cierta tristeza mientras rascaba la mesa del bar, como si rascase su propia superficie hasta encontrar las palabras que quería decir—. Odio haberlo hecho.

Ella sonrió al escuchar aquellas palabras y de pronto todo pareció estar bien de nuevo.

Pasada la una de la madrugada, Ben llevó en su coche a Natalie hasta su casa.

Algunas de las calles del centro no eran seguras a esas horas.

Siempre existía la posibilidad de caer en la ratonera de algún Profesional, y por remota que fuese la probabilidad, era preferible no arriesgarse.

Al llegar frente al portal de Natalie, el coche se detuvo.

—Es aquí, muchas gracias por esta noche —dijo ella—. Me ha encantado verte, Benji.

—A mí también. En serio.

—Estaría bien repetirlo algún día.

—Cuando quieras.

Al despedirse se dieron un abrazo y un beso en el que las comisuras de sus labios se rozaron y permanecieron así unos instantes.

Al separarse lentamente, se miraron, con sus caras a apenas un par de centímetros la una de la otra, sabiendo que en cualquier instante podía estallar un arrebato de pasión.

Pero pasados unos segundos, la oportunidad se perdió.

Al final decidieron dejar la noche en tablas con un cariñoso y fugaz beso en la punta de los labios.

Natalie salió del coche y Ben esperó a que entrase en su portal, totalmente conmocionado por aquel encuentro.

De camino a casa, su cabeza navegó entre los recuerdos de toda su relación con ella.

Parecía haber pasado una eternidad desde la última vez que se habían visto, como si todo hubiese ocurrido en otra vida y el tiempo hubiese enterrado profundamente los recuerdos.

Pero había bastado verla un minuto para desenterrar la inmensidad que ella siempre había significado para él.

Era la única persona que había logrado moldear su espíritu, que, endurecido por el paso de los años, aún conservaba las huellas de Natalie, como si hubiesen quedado inmortalizadas en un bloque de cemento cuando aún era maleable.

Cuando se quiso dar cuenta, su coche le había llevado de vuelta a casa sin que hubiese sido consciente del trayecto, que recorrió con el pulso acelerado y la atención perdida en la memoria.