Capítulo II. PromesasAño 2051 #8
Para finales de la década de los treinta, la crisis parecía ir remitiendo poco a poco y ya se vislumbraban años de un espectacular crecimiento económico y prosperidad social en todo el país, lo que contrastaba con la relación entre Fred, Meredith y Abraham, que no pasaba por su mejor momento.
Abraham había comenzado a mirar de forma diferente a Meredith, y trataba de quedarse a solas con ella, una situación que acabó provocando el enfado de Fred.
La tensión en la cabaña de Wheeler Springs se hacía cada vez más insostenible hasta el punto de que una noche Fred acabó dándole un puñetazo a Abraham durante una acalorada discusión.
A la mañana siguiente Fred y Meredith se marcharon del valle y decidieron instalarse en Los Ángeles para poder manejar más de cerca su recién estrenada aventura empresarial.
Las cosas iban bien en la empresa, que pasó de tener una pequeña oficina en Los Ángeles a instalarse en un edificio de tres plantas acorde con el creciente volumen de ingresos que iba generando.
Pero la bonanza económica no evitó que acabasen teniendo que afrontar una crisis sentimental.
Meredith se alejaba poco a poco de Fred.
Parecía estar todo el día centrada en la empresa, y el poco tiempo que pasaba en casa se mostraba ausente y fría con él, que, en un intento por no perderla, se armó de valor y le pidió matrimonio.
Meredith le rechazó, y sin dar apenas explicaciones cortó con Fred y abandonó la casa que compartían.
Desapareció de la oficina varios meses, durante los cuales manejó los asuntos a distancia y mediante su equipo de dirección, que se desplazaba a su nueva casa, donde los atendía en privado.
Jamás trató de contactar de forma directa con Fred, con quien se comunicaba a través de terceros cuando era estrictamente necesario.
Él pasó de la desesperación inicial a una indiferente decepción, y más adelante aprovechó la expansión de BETA para establecerse en Miami y controlar desde allí las nuevas sedes de la Costa Oeste. No volvieron a hablar durante décadas.
—Hace un par de años la situación entre Meredith y yo comenzó a cambiar —continuó narrando Fred ante la atenta mirada de Andrew—.
No sé si fue ella o si fui yo quien empezó, pero el caso es que un día volvimos a encontrarnos cara a cara.
De pronto fue como si no hubiese pasado el tiempo y estuviésemos de nuevo en aquel pequeño piso de Queens.
Los dos hemos vivido, hemos cometido errores…
Nos hacemos mayores, y cuando uno llega a esta edad, solo quiere aferrarse a lo más firme que encuentra.
Las aguas del tiempo se llevan todo lo que no importa y únicamente permanece lo que es real, como una roca inamovible en mitad de la marea. Para mí esa roca es Meredith.
—¿Y ella siente lo mismo?
—Sé que sí. Ha hecho su propia travesía, y hay cosas que se guardará para ella hasta el final de sus días, pero no me importa. No quiero perderme de nuevo en problemas que ya casi ni recordamos. Solo quiero pasar con ella todo el tiempo que pueda.
Andrew no salía de su asombro. Siempre había visto a Meredith como alguien distante y totalmente ajena a los asuntos del resto de los mortales.
La eterna presidenta corporativa a la que lo único que le preocupaba el poder y que guiaba el destino de la corporación casi como una estatua de mármol.
Escuchar toda aquella historia le hizo replantearse esa imagen fría y distante que tenía de ella.
—Entonces, ¿qué significa todo esto? —preguntó.
—De eso quería hablarte. Meredith y yo vamos a volver a vivir juntos.
—¿Juntos? ¿Aquí, en Los Ángeles?
—Sí.
—Vaya… —Andrew enmudeció un instante—. Bueno, eso quiere decir que podré verte mucho más a menudo.
—Supongo que todo tiene su parte mala —bromeó, sacándole una sonrisa a Andrew.
—Si tú estás bien, me alegro por ti —concluyó con una sonrisa sincera.
—El amor es una condena para la mayoría de las personas, Andy.
Las probabilidades de amar a alguien que te ama son tan remotamente escasas que cuando ocurre debes dar gracias a Dios por lo afortunado que eres.
—A Fred se le fueron entornando los párpados mientras hablaba, agotado de narrar sus recuerdos y adormecido por los calmantes—.
Quiero olvidar todo lo demás y disfrutarlo mientras pueda, hijo. Solo quiero estar con ella.
—Será mejor que descanses —dijo Andrew al ver que ya casi se había quedado dormido.
—Sí. Creo que me vendría bien.
Andrew apagó la luz y dejó la puerta un poco entreabierta para escucharle desde la planta de abajo en caso de que necesitase algo.
—Buenas noches, papá.
Natalie y Ben pasearon por las calles del centro de Los Ángeles hasta que dieron con un restaurante italiano con producto de calidad, a diferencia de tantos otros donde poco a poco se iba imponiendo la comida impresa.
Tras una agradable charla y una deliciosa cena, decidieron caminar hasta el bar más cercano para tomar una copa.
Cayeron en un antro de lo más peculiar: había un tocadiscos, en la decoración figuraban bandas de principios de siglo y estaba iluminado como un pub antiguo.
Un droide cómicamente caracterizado como un barman preparaba los cócteles, que se servían directamente a los clientes a través de un sofisticado sistema de conductos instalados por encima de las mesas, algo común en los restaurantes y bares modernos.
—No puedo creer que sigas bebiendo como cuando teníamos veinte años —dijo Ben, asombrado.
Natalie plantó el vaso de golpe en la mesa.
—¿Te haces mayor, Benji?
Ben, retado por la energía de Natalie, pidió otro margarita en la pantalla integrada en la mesa y cuando pocos segundos después el cóctel llegó a su mano se lo bebió casi de un trago.
—Así está mejor —dijo ella.
—Mañana me voy a arrepentir —murmuró Ben—. Así que la idealista chica antisistema que conocí ¿ya no existe?
—Supongo que todos maduramos —respondió ella con una sonrisa—.
Cuando me mudé a Washington, estuve frecuentando un par de grupos radicales que protestaban contra el Umbral, pero no tardé en darme cuenta de que no servía de nada.
Lo único que hacían era discutir sobre sí mismos y usar las reuniones como excusa para meterla en caliente.
—¿Y lo consiguieron? —preguntó Ben con tono mordaz.
—No negaré que cometí un par de errores…
graves. Muy graves —bromeó ella—. Pero no me arrepiento.
Necesitaba aquella experiencia para darme cuenta de que las cosas no son tan sencillas como nos gusta creer cuando somos jóvenes.
Quizás la política de verdad no sea tan divertida como ver a un grupo de niñatos conspirar unos contra otros, pero al menos siento que estoy haciendo algo de verdad.
—Así que ahora trabajas para el senador Raymond.
—Sí.
—¿Y cómo es en persona? ¿Realmente es como parece o es todo una pose de cara al público?