Capítulo II. PromesasAño 2051 #7
El mundo parecía haber retrocedido varias décadas a nivel tecnológico; las bases de datos de las redes sociales se habían borrado, así como miles de millones de archivos con información valiosa de carácter histórico, técnico, cultural y testimonial.
Apenas quedaba una sombra de lo que en otro tiempo fue un universo de entretenimiento en vídeo.
Pero de entre las ruinas virtuales de aquella época dorada, la gente ya comenzaba a conformar una suerte de nuevos perfiles sociales donde compartían lo que veían a su alrededor.
La nueva realidad no se parecía en nada a la anterior.
Allá donde mirasen, la violencia, el hambre y la muerte era casi lo único que encontraban; los sistemas de control digital habían desaparecido por completo y las imágenes de palizas y asesinatos estaban al alcance de cualquiera.
Y no solo eso, sino que los objetivos de las cámaras parecían incapaces de resistirse a buscar morbosamente todo aquel salvajismo, y los ojos de los espectadores, en este caso los suyos, se detenían cada vez más tiempo a observar aquel contenido explícito de forma inconsciente.
Tras dedicar un buen rato a mirar un vídeo tras otro, y ya parcialmente inmunizados ante el horror que veían, fue Meredith la primera que comentó que, ya que el Gobierno no tenía recursos para censurar todo aquel contenido explícito, y en vista de la atención que parecía suscitar, quizás sería mejor rentabilizarlo.
Ello suscitó un debate acerca de las posibilidades de llevar a cabo tal cosa y de los obstáculos que se encontrarían por el camino.
Tras un largo rato de conversación, cayeron fulminados por el cansancio y el vino.
Sin embargo, Meredith no pudo dejar de darle vueltas a aquella idea y decidió tomar apuntes en una libreta.
Sin darse cuenta, empezaba a amanecer en el valle y ella ya tenía una veintena de páginas llenas de apuntes.
A la mañana siguiente esperó a que su novio y su amigo superasen la resaca y les expuso de manera brillante todo lo que había pensado.
Sin saberlo, acababa de plantar la semilla de lo que años más tarde acabaría siendo BETA y la ley del Umbral.
Al caer de nuevo la noche, continuaron hablando de aquella idea, que llegó a obsesionarlos tanto que no consiguieron pensar en otra cosa.
Abraham sostenía la hipótesis de que, si algo así era remotamente posible, la consecuencia podría ser una reducción drástica de la violencia generalizada debido a que el Umbral funcionaría como una válvula de escape para las pulsiones sanguinarias de la sociedad y una suerte de nota de corte para su expresión.
Los espectadores no perderían tiempo viendo asesinatos comunes de tres al cuarto, sino que se comportarían como una masa crítica que demandaría una selección de los mejores talentos.
Las fuerzas de seguridad, en una hipotética recuperación económica, podrían usar los recursos generados por estos asesinos profesionalizados para concentrar sus esfuerzos en reprimir la criminalidad cotidiana con mano de hierro mientras la sociedad vería saciada su sed de violencia de forma legal en prime time .
En aquel momento ninguno de los tres imaginaba lo certero que resultaría aquel augurio.
Fred le propuso a Meredith usar todos sus conocimientos y experiencia en el mundo empresarial y político para poner en marcha aquella idea y rápidamente empezó a trabajar.
Recurrieron a sus contactos para hablar con todo aquel que tuviese algo que ver con la degradada clase política del momento hasta que lograron entrevistarse con un alto cargo del Gobierno provisional, al que le insistieron hasta que este les consiguió una serie de reuniones con congresistas.
En cada uno de los encuentros llevaban su propuesta más perfeccionada y avalada por estudios sobre la violencia, con estadísticas de cómo esta impactaba en la población.
Consiguieron así armar un cuerpo argumental con el que iban convenciendo a todo el mundo de que aquella era la única manera de enderezar el país.
Un sistema que permitiese monetizar las imágenes violentas aparecidas en redes sociales y pagar una alta tasa impositiva por ellas, algo no muy distinto a lo que ocurría con la propia venta de armas.
Diseñaron una ley por la cual todos aquellos que aportasen una cantidad concreta de impuestos al Estado recibiesen el indulto inmediato, lo que les permitiría seguir generando suculentos ingresos.
Por primera vez en la historia, la expresión «pagar tus deudas con la sociedad» se practicaría de forma literal, y supondría el primer ladrillo de lo que no mucho más tarde se convertiría en la ley del Umbral.
No solo eso, sino que aquel cuerpo de ideas acabaría cimentando una nueva filosofía punitiva que ponía fin a la antigua saturación penitenciaria, convirtiendo la cárcel en un lugar destinado a aislar únicamente a quien no aportaba nada al bien común.
Todo aquel profundo cambio en la estructura moral de la sociedad fue bautizado años más tarde como el «Nuevo Paradigma».
Tras varias visitas infructuosas a Washington, Meredith por fin logró que su idea permease en los políticos, que, auspiciados por el total desmoronamiento social y cultural, aprobaron un proyecto legislativo en 2035 que le permitió comenzar a trabajar en su proyecto.
Unos meses después, y tras reunir a un nutrido equipo de personal técnico, legal y comercial, se fundó la pequeña empresa de gestión BETA.
Fred ideó un sistema de incentivos según el cual el Estado ingresaría la totalidad de los beneficios generados por los vídeos de los asesinatos hasta que estos alcanzaran el Umbral de visitas estipulado; a partir de ese momento, los ingresos se repartirían al cincuenta por ciento con el asesino.
Además, desarrolló un protocolo fiable para asegurar el anonimato de quienes decidiesen subir material a la plataforma de BETA protegiéndolos de las fuerzas policiales e incluso de la propia empresa, lo que incentivaba la participación.
Abraham se quedó al margen de las cuestiones técnicas y mantuvo siempre un discreto segundo plano, aportando puntos de vista filosóficos que contribuyeron a que el relato del Nuevo Paradigma fuese aprehendido por las grandes masas, algo de crucial importancia.
Los políticos, y por extensión los ciudadanos, debían asimilar una serie de nuevos conceptos que englobasen un corpus ideológico prefabricado e incuestionable, lo que dificultaría la resistencia moral del pueblo a aceptar la legalización práctica de la violencia.
Palabras que para entonces ya eran significantes vacíos como «moral», «justicia» y «prosperidad» adquirieron nuevas acepciones.
Abraham realizó un ímprobo trabajo para conseguir que la gente, cuando escuchase una palabra como «víctima», la asociase inmediatamente con la idea mental de «sacrificio» o «héroe».
De esta forma costaría menos comprender que cualquier pérdida personal repercutiría en el bien común, justificando en cierto modo a su victimario.
Pocos meses después, Abraham continuaba con su proceso de ampliación y mejora de la cabaña de Wheeler Springs, desde donde los tres trabajaban sin descanso en la visión de Meredith, que poco a poco se hacía realidad.
Por entonces, BETA ya había echado a volar y generaba modestos beneficios procedentes de la publicidad de empresas de todo el mundo que se afanaban en colocar sus spots en los vídeos más vistos de la historia, actuando como único enlace entre los violentos psicópatas que los producían y los anunciantes.
Poco a poco aquellos vídeos se iban profesionalizando más y batiendo récords de audiencia mundial una semana tras otra, despertando cada vez más asombro y morbo.
Fue entonces cuando Meredith vislumbró lo que sería el nuevo fenómeno mundial que estaba a punto de nacer: los Profesionales.
Así se bautizó a los asesinos que adquirían perfil propio matando de formas cada vez más impactantes y creativas y que cosechaban legiones de seguidores a lo ancho del mundo.
La mayoría de ellos aprovechaban la necesidad de anonimato para diseñarse un atuendo distintivo que enganchase al espectador.
De esa forma se aseguraban de que, si sus vídeos no superaban el Umbral y no recibían el indulto, sus identidades quedarían a salvo para evitar el peso de la ley.
Entre estos pioneros estaban X, Reaper o el Loco (el único de ellos que jamás se cubrió el rostro).
Alcanzaban el Umbral de visitas necesarias para el indulto en unos pocos meses, después en semanas y al final en apenas unos días, de forma que acumulaban recursos económicos para seguir perfeccionando sus obras al tiempo que el Estado se iba recapitalizando.
Aquellos fondos sirvieron para reconstruir aceleradamente las instituciones, entre ellas la policía, que, paradójicamente, y como había profetizado Abraham, pudo hacer frente al crimen común de forma efectiva.