El Umbral Capítulo II. PromesasAño 2051 #6
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Capítulo II. PromesasAño 2051 #6

Durante los meses siguientes, se fueron sucediendo las pruebas en diferentes sectores de la economía, y todas fueron un éxito gracias a los distintos planes de Control de Impacto.

La pobreza y la desigualdad no hacían más que descender, y por primera vez en la historia todo el mundo vio con claridad que la riqueza no se repartía, sino que se creaba, y en esta ocasión el proceso era más rápido de lo que jamás nadie pudo imaginar.

Los androides convertían la piedra inútil en casas; los secanos, en vergeles; la madera, en muebles, y otra gran variedad de materiales, en nuevas comodidades, y eso sin derramar una sola gota de sudor humano.

Esto abrió nuevos debates sobre el propósito de la existencia humana sin la obligación del trabajo, pero hasta el momento la población no parecía haber sucumbido a una crisis existencial.

En el sector artístico, aunque la AGI se mostró muy capaz de producir entretenimiento de forma masiva, el público seguía optando por consumir obras hechas por personas, pues percibían los productos automatizados como algo carente de experiencias reales y humanas y no conseguían conectar con ellos.

Esto permitía pensar que a corto y medio plazo la gente podría continuar dedicándose a trabajos creativos por el puro disfrute de hacerlo, sin preocuparse de si obtendrían por ello un beneficio económico.

En internet se visibilizaron los debates de ideas que ya venían teniendo lugar desde hacía décadas.

La nueva forma de comunicación social que alumbraba la Inteligencia Artificial General dejaba aún más obsoletas las viejas etiquetas y los partidos tradicionales, anquilosados en un sistema que cada vez quedaba más en evidencia.

La propaganda política quedaba diluida en un genuino y masivo debate de argumentos que terminaban por depurar las mejores ideas y que señalaban a la sobredimensionada clase política como el mayor lastre del progreso y el bienestar.

En Washington, así como en el resto de centros de poder del país, comenzaron a recelar de todos estos cambios, y los acontecimientos los pillaban desprevenidos una y otra vez.

Aunque no todo el sector político estaba en contra de la nueva realidad, los que ostentaban el poder acabaron revelándose como líderes totalitarios disfrazados de demócratas, cada vez más acorralados.

La contundente demostración de que las clases pobres podían aumentar su poder adquisitivo sin perjudicar a las clases media y alta supuso una ruptura de las antiguas ideologías populistas basadas en la compra de votos y la división de la sociedad.

Poco a poco iba quedando más en evidencia que la política no estaba dispuesta a renunciar a un poder que no podía repartirse: el poder fáctico de la fuerza, pues su esencia era la jerarquía, la autoridad de unos sobre por la sumisión de otros.

En un intento por perpetuarse en el poder, el Gobierno impulsó leyes para nacionalizar todos aquellos mercados que se habían automatizado con éxito con el pretexto de repartir sus frutos con mayor eficacia.

Decretaron subidas de impuestos, aumentaron el gasto dedicado a controlar los medios de comunicación, trataron de imponer la censura en internet y las redes sociales en un intento por acallar a quienes los acusaban de tiranos…

Pero ninguna de estas medidas parecía tener efecto contra un cambio que se abría camino de forma natural.

Entonces, una mañana de mayo de 2031, llegó el Despertar.

Aquel día, el androide de asistencia en el hogar que Fred y Meredith habían bautizado como Cody salió a la calle para unirse a la lenta y masiva marcha de robots rumbo al centro geográfico del país. Tres días después, el presidente anunció por sorpresa el comienzo del Apagón.

Siete meses después, cuando se restauró la electricidad a finales de 2031 y el descontrol de las políticas monetarias expansivas se saldó con una catastrófica hiperinflación que derivó en la pérdida casi total del valor del dinero, Manhattan ya se había convertido en una vorágine de violencia.

Con el regreso de internet, todo aquel salvajismo comenzó a ser captado por los teléfonos de los ciudadanos y retransmitido a todo el planeta a través de las redes sociales.

Cada día, la red se llenaba de imágenes y vídeos de disturbios, incendios, palizas y asesinatos, todo ello arengado por miles de millones de espectadores alrededor del mundo que asistían en directo a la caída de la gran superpotencia de los dos últimos siglos.

La estética de los cuerpos bellos y esculturales de otras épocas dio paso a imágenes desperdigadas de forma caótica que mostraban a supervivientes famélicos vestidos con harapos de marca desesperados por atraer likes a cualquier precio.

En un momento de debilidad moral, la gente aprendió por las malas que, si había algo que llamaba la atención del público de forma efectiva, era la realidad más cruda y violenta.

Había algo en aquella decadencia de una sociedad antes envidiada que despertaba un oscuro sentimiento de satisfacción en miles de millones de espectadores, y cada vez iba a más.

Hartos de aquel caos salvaje, Meredith y Fred decidieron marcharse de Nueva York en busca de una vida mejor y emprendieron un viaje hacia el sur del país.

Por el camino tuvieron que sobrevivir como pudieron.

Pasaron hambre, frío y cualquier otra penuria imaginable.

Se vieron obligados a robar para comer, a defenderse y a huir temiendo por sus vidas, pero siempre permanecieron juntos, apoyándose el uno al otro.

Fred protegía a Meredith de todos los peligros que conllevaba ser una mujer joven en aquella travesía y ella cuidaba de él, dándole un motivo por el que vivir.

A duras penas consiguieron llegar a San Luis, Misuri, donde la situación no era mejor que en Manhattan.

Era cierto que no parecía una ciudad en guerra, pero la escasez de comida y recursos era incluso mayor.

Allí, al límite de sus fuerzas, conocieron a un chico de su edad, unos treinta años más o menos, llamado Abraham Hofstein.

Abraham era un joven licenciado en Ingeniería, resuelto, educado, experto en el arte de la caza y la supervivencia y que viajaba totalmente solo.

Tras proporcionarles comida y cobijo durante un par de días, Meredith y Fred no tardaron en hacer amistad con él e invitarle a que los acompañase en su viaje.

Abraham era un tipo solitario al que le costaba un poco relacionarse con otras personas, pero algo en aquella pareja pareció llamarle la atención y aceptó sin pensarlo demasiado.

Al cabo de unos días los tres continuaron su camino hacia el sur, ayudados ahora por los talentos de Abraham.

Una noche estrellada, acampando en una pradera perdida entre las llanuras de Oklahoma, Abraham se sinceró con ellos y les contó su sueño.

Desde pequeño solo deseaba una cosa: construir con sus propias manos una cabaña en un valle, al igual que había hecho el personaje de una novela que leyó cuando era un crío y que no se le iba de la memoria.

Lo tenía todo planeado; incluso les enseñó un plano de la cabaña que él mismo había dibujado a la perfección en un cuaderno con todo lujo de detalles.

Les contó aquel sueño con tanta pasión que Meredith y Fred se sumaron al plan de inmediato.

Al fin y al cabo no tenían adónde ir, y permanecer con Abraham era lo más inteligente.

Su viaje los llevó hasta California, y tras incontables días de ruta, dieron con el lugar perfecto para construir la cabaña que Abraham había soñado, un paraje natural situado cerca de Wheeler Springs, en el valle de Ojai, a unas pocas horas al noroeste de Los Ángeles.

Estaba lo bastante apartado de cualquier núcleo urbano como para que nadie encontrase la cabaña fácilmente, rodeada de densos bosques de robles y pinos y con un río serpenteante en las inmediaciones, una auténtica delicia para los sentidos a la que no pudieron resistirse.

No tardaron en ponerse manos a la obra. Abraham era todo entusiasmo, trabajaba día y noche sin parar, dirigiendo las labores y cargando el doble de peso que sus compañeros.

En pocas semanas ya tenían listo un refugio muy decente en el que guarecerse, dormir y comer.

Abraham hacía pequeñas incursiones a casas e instalaciones abandonadas de los alrededores, en las que consiguió muebles para restaurar, un generador eléctrico y algunos aparatos y herramientas que les facilitaron las cosas.

Un par de meses después, la cabaña ya iba tomando forma.

Disponían de dos precarias habitaciones, una zona para cocinar, una zona de aseo con una letrina y un espacio común a modo de salón, todo sustentado con listones de madera que, aunque por su aspecto parecía que podrían venirse abajo en algunos puntos, Abraham había asegurado a conciencia.

Despejaron una zona boscosa contigua a la cabaña para usarla como jardín y levantaron una valla para protegerse de los peligros de la naturaleza, conscientes de que en aquella área no era raro que apareciesen arañas, serpientes o incluso leones de montaña o coyotes.

Finalmente llegaron los días de vino y rosas.

Los tres vivían tranquilos al margen de lo que ocurría en el mundo y las desagradables noticias de la actualidad nacional, que continuaba sumida en el caos sin visos de mejorar a corto plazo.

Una de tantas noches en las que se quedaban a charlar en el jardín de la cabaña, después de cenar una suculenta carne que el propio Abraham había cazado, abrieron una botella de vino que Fred encontró en una de las incursiones a viviendas abandonadas y comenzaron a ojear algunos de los miles de vídeos que ya circulaban por internet.