El Umbral Capítulo II. PromesasAño 2051 #5
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Capítulo II. PromesasAño 2051 #5

Unos minutos después, ya a solas en la habitación del hospital, Fred fue recuperando la consciencia poco a poco acompañado en todo momento por Meredith, que no le soltaba la mano. En cuanto pudo abrir los ojos, se le dibujó una tierna sonrisa al verla junto a su cama, devolviéndole el gesto.

—Estás bien, Fred. Solo te has alterado demasiado. Dicen que ha sido un ataque de ansiedad y que tienes que cuidarte la tensión, pero que con reposo te pondrás bien en unos días.

—Siento haberte asustado. No te preocupes, me encuentro genial.

—Seguramente es por los calmantes. Disfrútalos, apuesto a que ahora mismo estás mejor que yo.

—Lo haré —dijo Fred, relajado.

—He hecho que avisen a Andrew. Ya debe de estar de camino hacia aquí.

—No era necesario, no quiero preocuparle.

—Claro que sí. Y Fred, respecto a lo de vivir juntos…

—Lo siento, Merry… Te entiendo. Tómate todo el tiempo que necesites. Hemos esperado casi treinta años separados, ¿qué importa un poco más?

—Fred, quiero vivir contigo —aseguró Meredith, aún con los ojos vidriosos de pensar que casi le había perdido—. Yo tampoco quiero perder más el tiempo. Solo déjame arreglar algunos asuntos, ¿vale? Te prometo que será cuestión de unas semanas.

Fred agarró con fuerza la mano de Meredith, se la acercó a la cara y le dio un beso mientras ella le miraba sonriendo.

—Te quiero —dijo ella.

—Y yo a ti, preciosa.

En ese instante, Andrew entró por la puerta, y al notar su presencia, se soltaron la mano, tratando de impostar algo más de serenidad. Meredith se secó las lágrimas y se puso en pie para saludar a Andrew, que inevitablemente se había dado cuenta de que algo raro estaba ocurriendo.

—Hola, Andrew —saludó ella con toda la entereza de la que pudo echar mano—. Cuánto tiempo sin verte.

—Hola, señora Goldman —respondió él sin saber bien cómo actuar.

—Por favor, no es necesario tanto formalismo, puedes llamarme Meredith. Y no te preocupes, tu padre está perfectamente. Le han atendido los mejores médicos de la ciudad. Solo necesita un poco de reposo.

—Se lo agradezco, señora Goldman… es decir, muchas gracias, Meredith. Le llevaré a mi casa estos días para estar con él y tenerle vigilado.

—No necesito vigilancia —protestó Fred, que lo estaba escuchando desde la cama.

—No seas cabezota, Fred —le reprendió Meredith—. Haz caso a tu hijo.

Andrew estaba algo impresionado por la confianza con la que se trataban.

Para él no era un secreto que su padre adoptivo y Meredith no se llevaban bien desde poco después de la fundación de BETA, pero Fred nunca había hablado sobre aquel tema y por educación no había querido preguntar.

Andrew solo sabía que se las habían arreglado para no tener que relacionarse más de lo imprescindible, siendo ambos cofundadores de la corporación.

—Gracias, cuidaré de él.

—No es nada. En un par de días tu padre volverá a estar dando guerra. Me voy, Fred. Hablamos pronto, y pórtate bien.

Fred se despidió con su característica sonrisa, y cuando Meredith se hubo marchado, Andrew le miró con cara de extrañeza.

—¿Qué ha sido eso? —le preguntó.

—Ya hablaremos luego. Primero sácame de este hospital. Todo huele a jabón de váter.

Fred recibió el alta y el servicio médico le ayudó a subir a un cómodo y lujoso coche que la empresa puso a su disposición y que los llevó hasta la casa de Andrew, un bonito y moderno chalet de Pasadena.

Instaló a Fred en la habitación de invitados, donde disponía de todas las comodidades y la calma necesarias para que se recuperase.

Cuando Fred se tumbó en la cama, Andrew acercó una silla y se sentó a su lado.

—¿Qué tal te encuentras?

—Mucho mejor —respondió Fred—. Estos calmantes son una maravilla.

—Bueno, ¿vas a contarme lo que ha pasado antes con la señora Goldman?

—Depende de cuánto hayas visto.

—Lo suficiente.

—Es largo de explicar.

—Bueno, no tengo planes esta noche. ¿Acaso tú sí? Venga, desembucha.

—Está bien. —Fred suspiró calmado por la medicación—. Hay muchas cosas que no sabes, hijo.

Corría el año 2019 y Meredith acababa de ingresar en la carrera de Economía en la Universidad de Columbia.

En aquel mismo campus, Fred comenzaba a cursar el cuarto año de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales.

Ambos se conocieron en una fiesta que organizó en su casa un amigo común y desde el primer momento saltó una chispa entre ellos.

Continuaron viéndose el resto del curso, compartiendo aficiones como el cine o la música, disfrutando de su interés por el vibrante momento político y empresarial que vivía el país desde sus respectivas especialidades y pronto comenzaron a salir.

Su afinidad era tal que cuando el mundo se vio golpeado por la pandemia del COVID-19, decidieron pasar juntos la cuarentena en un pequeño piso de Queens en el que Fred vivía de alquiler.

Fueron meses intensos en los que trataron de mantenerse al día con el semestre académico mientras pasaban la mayor parte del tiempo juntos; horas de charlas, cocina, maratones de series y una conexión íntima muy intensa que los unió de una forma que jamás habían experimentado antes.

Los siguientes años fueron un salto a la vida adulta.

Fred consiguió un trabajo en un think tank de análisis político mientras Meredith terminaba sus estudios.

Se mudaron juntos a un modesto piso en Washington Heights, al norte de Manhattan, y vivieron al máximo aquellos años de juventud, trabajando, divirtiéndose con sus amigos y saliendo habitualmente a disfrutar de la noche neoyorquina.

La incipiente aparición de la Inteligencia Artificial en 2022 y su exponencial evolución no dejaban de impresionar al mundo constantemente.

Todas las semanas se rompía una nueva barrera de la IA, que parecía no tener límites hasta que en 2027 Meredith y Fred adquirieron uno de los nuevos androides de asistencia en el hogar que acababan de salir al mercado.

Limpiaba, fregaba, organizaba la casa y ayudaba con multitud de tareas, un auténtico milagro de la tecnología que revolucionó la sociedad de los países más avanzados.

El mundo quedó asombrado de nuevo cuando en 2028 surgió la primera Inteligencia Artificial General (AGI), capaz de emular el razonamiento de un ser humano a casi todos los niveles, de relacionarse con su entorno de manera orgánica y de aprender y mejorarse a sí misma para superar cualquier desafío que se le plantease; un avance abismal que prometía cambiar el mundo para siempre.

En pocos días, la red se inundó de vídeos donde la gente que había adquirido uno de estos ingenios mostraba ejemplos de las increíbles posibilidades que tenía la AGI aplicada a los ya existentes androides de asistencia en el hogar, que aprendían cualquier tarea de forma instantánea.

Una alianza de empresas puso a prueba la implementación parcial de la AGI sobre la producción alimentaria en unos latifundios del sur de Kansas y en poco tiempo obtuvieron la primera remesa de materias primas para alimentos a precio de coste; apenas unos centavos por la electricidad consumida y la amortización de la inversión inicial.

Esto significaba que, si se aplicaba la AGI a todos los eslabones de la cadena de valor, el precio final del producto en el mercado sería prácticamente cero.

Las máquinas analizaban el terreno, estudiaban la oferta y la demanda de los distintos productos, planificaban la siembra, realizaban la cosecha y, finalmente, organizaban la distribución mediante camiones de conducción autónoma que llevaban el producto a las tiendas de toda la región.

El mundo se entusiasmó al imaginar un futuro en el que por primera vez el ser humano podría liberarse de las penurias del trabajo y la escasez.

Fred y Meredith seguían muy de cerca estos avances y, al igual que muchos otros, comenzaron a estudiar modelos de implantación segura de esta tecnología.

El mayor problema que se presentaba era el shock inicial en el ámbito laboral, con estimaciones de decenas de millones de despidos en los primeros años, aunque ya se empezaban a publicar estudios estratégicos con propuestas para paliar esta crisis y lograr una transición suave hacia el mundo del futuro.

El precio de los productos no se desplomaría de golpe, sino que se mantendría alto por decreto para destinar el enorme margen de beneficios a las prestaciones por desempleo de los sectores más golpeados por la automatización.

A estos trabajadores en paro definitivo se les otorgaría prioridad a la hora de disfrutar de productos gratuitos y androides de asistencia en el hogar.

Estas prestaciones, considerando el abaratamiento del coste de los alimentos y la vivienda gracias a la AGI, no solo reducirían el impacto económico de los trabajadores expulsados del sector, sino que incluso podrían terminar aumentando su poder adquisitivo y su calidad de vida.