El Umbral Capítulo II. PromesasAño 2051 #4
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Capítulo II. PromesasAño 2051 #4

En la tercera planta de un señorial edificio de principios del milenio ubicado en el centro histórico a pocas manzanas de la torre BETA, se encontraba el despacho del senador John Raymond.

Allí, John había convocado una reunión a la que asistieron todos los miembros de su gabinete, incluida Natalie.

También estaban presentes el jefe de gabinete, la directora legislativa, su asesor y el secretario de programación, entre otros, hasta un total de once miembros del equipo que había logrado posicionar la imagen pública del senador Raymond a la cabeza de la política estadounidense.

Antes de abordar el asunto del día, John les felicitó por el trabajo bien hecho y los excelentes resultados del último año, aunque aquello no era más que un rodeo para aplazar la incomodidad que le provocaba el motivo de aquella reunión: un intento de pirateo de los archivos clasificados del despacho.

Este tipo de ataques eran habituales en política, pero esa vez había sido diferente.

El atacante había conseguido vulnerar ocho de los diez cortafuegos que protegían toda la información confidencial del despacho y del propio John justo en el momento en que sus planes eran más comprometidos que nunca.

Esto había sumido al senador en un estado de nerviosismo evidente.

En cuanto mencionó el tema, su gesto cambió, y en su mirada se podía atisbar no solo preocupación, sino también un velado señalamiento hacia todos los miembros de su equipo.

Nadie quiso interpretar aquello como un ataque directo, y de hecho no lo era, pero tampoco se quedaron indiferentes.

John esperaba que, si el asalto informático había sido facilitado por alguien de dentro, el traidor sintiese la presión de la sospecha y reconsiderara su actos desde aquel momento.

La reunión acabó de forma incómoda antes de lo esperado cuando John, con aspecto cansado, les dijo a todos que se marcharan a casa y con tono decepcionado comentó que se encargaría dee buscar a alguien de confianza para que reforzase la seguridad informática del despacho.

Natalie observó las caras de sus compañeros y solo vio semblantes serios y acobardados tras la advertencia, y no era para menos.

Pensó en hablar con John cuando todo el mundo se hubiese ido, pero, para su sorpresa, el senador Michael Connelly apareció por la puerta de la oficina y fue directo a hablar con John en privado.

Natalie prefirió dejarlo tranquilo y despedirse a distancia con una sutil mirada de preocupación que John apenas le devolvió con sequedad.

Al salir a la calle, Natalie se despidió de sus compañeros sin abordar el tema.

Normalmente habría tomado un coche autónomo de los muchos que había aparcados a lo largo de la acera para ir hasta su casa, pero aquel día prefirió continuar caminando y así tener unos minutos para pensar.

Aún era pronto, y los Profesionales no actuaban en zonas concurridas ni antes del anochecer, por lo que no había ningún peligro a poco que evitase zonas oscuras y solitarias.

Caminó varias cuadras, pensando en lo desagradable que podía llegar a ser a veces la política, en lo distante que había estado John con ella y lo alterado que parecía…

La política era así. Natalie había visto demasiadas estrategias calculadoras, demasiadas puñaladas por la espalda y demasiadas reuniones en las que se trataba a los votantes cual ganado como para sorprenderse.

Ya no era una cría inocente e ingenua. De pronto, al cruzar por delante del escaparate de una cafetería y observar su reflejo por el rabillo del ojo mientras sus pensamientos la atribulaban, creyó ver un fantasma del pasado al otro lado del cristal.

Tuvo que mirar dos veces hasta darse cuenta de que no era una ilusión, sino que se trataba de Benjamin tomando un café en el interior.

El estómago le dio un vuelco y se acercó lentamente para comprobar que sus ojos no la engañaban.

Cuando estuvo segura de que se trataba de él, golpeó un par de veces con los nudillos sobre el cristal para llamar su atención.

—¿Ben? —preguntó incrédula.

A Benjamin casi se le sale el café por la nariz cuando al volver la cabeza vio a Natalie en la calle, mirándole con los ojos abiertos como platos.

—¿Nat?

Sin perder la expresión sorprendida del rostro, Natalie dio la vuelta para entrar por la puerta del establecimiento y ambos se fundieron en un abrazo.

—¿¡Qué haces tú aquí!? —exclamó Benjamin.

—¡Me mudé hace dos años! —respondió ella—. No me lo puedo creer, apenas has cambiado.

—Tú tampoco. Bueno… ahora eres morena.

—Sí, ya pasé aquella fase. ¿Te gusta? —dijo ella llevándose la mano al pelo.

—Claro. Estás… —durante un instante, Ben tuvo que pensar con cuidado sus siguientes palabras hasta que finalmente se decidió por mantener cierta precaución—. Te queda muy bien.

—¿Y tú? ¿Qué tal te va?

—Pues bien, supongo. Acabo de salir de la comisaría.

—Me enteré de que ya eres todo un poli. Enhorabuena.

—De hecho, ahora soy inspector.

—¡Vaya! —Natalie bromeó saludándole con la mano en la frente, al estilo militar—. Enhorabuena, inspector.

—¿Y tú? —preguntó Ben—. ¿Cómo estás?

—Pues estoy muy bien. Justo salía del trabajo y ya me iba a casa cuando te he visto.

—¿Trabajas aquí cerca?

—Sí, a un par de manzanas. Aún no me lo creo… ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Seis años?

—Sí. Seis o siete.

—Es increíble —resopló Natalie sin saber bien qué decir.

—Sí…

Ambos se quedaron unos segundos en silencio, nerviosos.

—Seguro que estás muy ocupada —dijo Ben, a punto de aventurarse a preguntar—, pero…

—No, la verdad es que ya volvía a casa, así que…

—Ah, pues… ¿Te apetece cenar?

—¿Hoy?

—Sí. O cualquier día… ya sabes.

—¡No! Está bien, ahora mismo me viene genial. No tengo nada que hacer esta tarde.

—Pues podemos dar una vuelta y buscar algún sitio.

—Sí —respondió ella con una amplia sonrisa—, claro. Me apetece mucho.

En ese mismo instante, en un restaurante del Downtown tenía lugar otra cena.

La luz de las velas iluminaba un gran salón lleno de mesas vacías, y sentados frente a frente, en medio de la estancia, se encontraban Meredith y Fred, arropados por música suave mientras disfrutaban de una copa de vino.

Fred era un asiduo del hotel Ancient. Cada vez que visitaba Los Ángeles se hospedaba allí, y los gerentes siempre le trataban con especial deferencia.

Redoblaron la atención a cada detalle cuando supieron que aquella noche le acompañaría la mismísima Meredith Goldman en persona.

Habían clausurado el gran salón y preparado un equipo entero de personal humano solo para atenderlos.

Los platos, el vino y los entremeses fueron seleccionados por el propio chef, quien se dedicó en exclusiva a preparar aquel menú, dejando a su segundo de cocina a cargo de todos los demás clientes en el salón pequeño.

La velada estaba siendo agradable. Durante el postre, Fred afrontó una conversación importante que tenía pendiente con Meredith.

—Quiero volver a Los Ángeles —dijo con tono serio pero ilusionado.

Meredith aprovechó el trago a su copa de vino para pensar en la mejor respuesta a la proposición implícita en las palabras de Fred.

—¿A vivir? —preguntó algo sorprendida un par de segundos después.

—Claro. ¿A qué si no?

—¿Y qué pasa con las sedes de la Costa Este?

—Jerry Foreman puede quedarse a cargo. Está listo para asumirlo. Además, si surge algo, siempre puedo echar una mano desde aquí, o incluso desplazarme. Sabes de sobra que eso no es un problema.

—No, claro. Pero… ¿dónde vivirías?

—Pensaba que no estaba siendo muy sutil, Merry.

—Solo hace unos meses que hemos vuelto a estar juntos. Ni siquiera se lo has contado a Andy.

—Ya hemos vivido juntos antes. ¿De qué tienes miedo?

—No tengo miedo. Es solo que no me lo esperaba, nada más. Necesitaría algo de tiempo para organizarme en casa y hacerme a la idea.

—Está bien —aceptó Fred algo decepcionado—. No insinuaba que fuese ahora mismo, pero ya hemos perdido mucho tiempo y me gustaría aprovechar lo que me quede. No quiero seguir esperando.

—No seas tan dramático, nos queda mucho tiempo —dijo Meredith cogiéndole de la mano—. Yo también quiero estar contigo, Fred. Eres el hombre de mi vida. Siempre lo has sido, lo sabes. Solo dame un poco más de tiempo.

Fred le dedicó una entrañable sonrisa de las suyas, aunque esta vez había un rastro amargo en su mirada.

—Claro —concedió al final.

Tras aquello, continuaron cenando, tratando de olvidar el tema.

Charlaron sobre la empresa, sobre política, sobre amigos en común de su juventud…

Pronto superaron la incomodidad y de nuevo parecían tan enamorados como el primer día.

Rememoraron viejos tiempos y se ilusionaron por los nuevos hasta que de pronto el rostro de Fred comenzó a palidecer.

—Estás sudando —observó Meredith—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, no te preocupes, es el vino, ya no lo tolero tan bien como antes.

Fred trató de mantener la compostura, pero algo no iba bien. Al final se llevó la mano al pecho.

—¿Fred? —preguntó Meredith, asustada—. ¿Qué te pasa?

De pronto cayó al suelo arrastrando consigo el mantel y todo lo que había sobre la mesa.

Los miembros del servicio que se encontraban discretamente alejados a la entrada del gran salón acudieron corriendo en su auxilio, al tiempo que Meredith reclamaba desesperadamente que avisaran a un médico mientras trataba de auxiliar a Fred, que se había desmayado.

Fue trasladado al hospital más cercano de inmediato, donde le atendieron rápidamente, acompañado en todo momento por Meredith, que temblaba hecha un manojo de nervios.

Los médicos determinaron que no había peligro y que tan solo había sido una crisis de ansiedad agravada por algunos problemas de tensión de Fred.

Tras pautarle una serie de medicamentos y un calmante, hablaron con Meredith para informarle de su estado.