El Umbral Capítulo II. PromesasAño 2051 #3
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Capítulo II. PromesasAño 2051 #3

—No es un activista, solo trata de quedar bien y diferenciarse del resto de políticos. He conocido a muchos como él y sé que a puerta cerrada todos son sorprendentemente mucho más razonables que en público. Raymond no será una excepción.

Al no encontrar el apoyo de Fred, Meredith torció el gesto.

—Vamos, no te preocupes por eso —dijo él, acercándose a ella con la copa en la mano—. Es solo un senador de California. Céntrate en Washington; es a ellos a quienes tienes que mantener contentos.

Fred posó una mano en el hombro de Meredith y le dio un cariñoso beso en la mejilla para reconfortarla.

—Voy a saludar a Andy antes de irme al hotel —agregó mientras acariciaba suavemente su mejilla.

—¿Ya se lo has contado?

—Aún no. Almorzaré con él mañana y le contaré todo. Prefiero hacerlo en persona.

—¿Se lo tomará bien?

—Es un adulto, Meredith. No va a tener una rabieta porque su padre se eche novia.

—Tienes razón… ¿Nos vemos luego para cenar?

—Claro. ¿Por fin voy a conocer tu casa?

—La verdad es que prefiero que nos veamos en cualquier otro lugar. Necesito salir un poco.

—Sí, debe de ser muy agobiante vivir en una mansión de dos mil metros cuadrados.

—No te burles —respondió Meredith con media sonrisa—. Podríamos vernos en tu hotel. ¿En cuál te alojas?

—En el Ancient. Puedo pedir que nos aparten una mesa.

—Perfecto, allí entonces.

Fred salió del despacho en dirección al ascensor principal, no sin antes dedicarle una cálida sonrisa a Meredith.

Bajó hasta la planta sesenta de la torre BETA y atravesó las oficinas ante las miradas de algunos empleados que le reconocieron hasta llegar a uno de los despachos más grandes del departamento, en cuya puerta de cristal se leía: «A ndrew P erkins , director de diseño de interfaz ».

A través del cristal se podía ver a Andrew trabajando en su escritorio frente a un gran ventanal con unas impresionantes vistas de los rascacielos cercanos y el resto de la ciudad que asomaba tras ellos hasta perderse en el horizonte.

Fred tocó tímidamente la puerta y asomó la cabeza.

—¡Papá! —exclamó Andrew al verlo, levantándose para abrazarle.

—Hola, hijo. Te veo bien —saludó Fred.

—¿Qué tal por la Costa Este?

—Lo de siempre. Negociaciones, absorciones, reuniones interminables en las que casi no se decide nada… Un coñazo. Pero no debería hablar de estos asuntos fuera del despacho de Meredith.

—Hace mucho que no la veo por esta planta.

—Está muy ocupada, no es fácil dirigir esto.

Fred tomó asiento, algo cansado por el viaje.

Andrew le puso al día sobre los titulares más relevantes de su vida.

Estaba en pleno proceso de divorcio de Gillian, su esposa hasta el momento.

Había sido una separación amistosa y siempre pensando en que no afectase mucho a David, el hijo de siete años que tenían en común.

—Espero que puedas ver a David el fin de semana —dijo Andrew—, está enorme. Te va a encantar. Y Gillian te manda recuerdos.

—¿Así que os lleváis bien?

—Sí. Fue duro al principio, pero hemos vivido demasiados años buenos como para andar ahora con rencores. No merece la pena.

—Hay pocas cosas mejores en esta vida que un divorcio amistoso.

—Yo no diría tanto.

—Bueno, quizás no. Pero se me ocurren pocas cosas peores que uno que no lo sea —dijo Fred a modo de chanza, haciendo reír a Andrew.

—¿Entonces te quedas unos días en Los Ángeles?

—Sí. Tengo planes y asuntos que atender, pero mañana estoy libre. Podríamos almorzar. Además, hay un par de cosas de las que quiero hablar contigo.

—¿Va todo bien? No tienes buena cara.

—Sí, todo va bien, no te preocupes. Solo estoy cansado del viaje y de tanta reunión. Quiero llegar al hotel, descansar y no hablar con nadie el resto del día.

Fred se levantó con cierta dificultad y se dirigió a la puerta de salida del despacho, acompañado por Andrew.

—Elige tú el restaurante, yo invito —añadió antes de marcharse.

—Está bien, luego te llamo.

Tras un afectuoso abrazo, Fred salió del despacho.

El GlidePod era un nuevo diseño de coche bala que podía recorrer largas distancias por carriles construidos especialmente para vehículos autónomos de alta velocidad, permitiendo que su ocupante durmiera, trabajara o sencillamente disfrutara de un rato de ocio en su interior.

«Llega a tu destino en un parpadeo» era un juego de palabras con el que el fabricante promovía el concepto del coche-dormitorio que recogía a su ocupante en su propia casa para viajar de noche, permitiéndole despertar en su destino y eliminando de facto los tiempos de trayecto, algo así como si de una suerte de teletransporte se tratase.

Estaba equipado con todo lo necesario para pasar largas horas sin salir de la cápsula, incluyendo un sistema higiénico para las necesidades básicas.

Gracias a los GlidePod o a su versión más grande y lujosa, los RouteRover, un viaje de Los Ángeles a Nueva York podía realizarse en unas veintidós horas, a diferencia de las cuarenta y cinco que se tardaba en un coche convencional, sin contar las paradas obligatorias para descansar o comer, lo que podía alargar el viaje durante más de cinco días.

Harry aprovechó el trayecto a Nashville para estudiar el informe del caso del Loco que le había proporcionado Benjamin, aunque no encontró nada que le llamase en particular la atención.

Aparcó frente al antiguo centro penitenciario del condado de Davidson, las instalaciones que albergaron a los reclusos psiquiátricos durante el Apagón y la Gran Crisis a principios de la década de los treinta ahora reconvertidas en una cárcel de alta seguridad que recibía reclusos de todo el Estado.

Al identificarse como agente del ISD, fue llevado directamente al despacho del alcaide, a quien le mostró la foto del tatuaje encontrado en la nuca del Loco: un rectángulo negro con tres líneas horizontales y el número 7949 justo debajo.

El alcaide de la prisión confirmó que se trataba de un recluso psiquiátrico con delitos de sangre, probablemente liberado durante la Gran Crisis junto con el resto de convictos.

La cifra correspondía al número de historial, que conservaban tan solo en formato físico en las instalaciones de la penitenciaría.

Al llegar al archivo, el custodio condujo a Harry por un largo pasillo de cajoneras metálicas, abrió uno de los cajones y buscó entre las carpetas hasta hallar la que coincidía con el código.

Al abrirla, su primera sorpresa fue que el nombre del preso al que se refería no era Ethan Drake, como constaba en el registro civil del Loco, sino Sawyer Davis.

Sin embargo las fotos incluidas en el documento no dejaban lugar a dudas.

Se trataba de la misma persona: el Loco.

Camino de vuelta a Los Ángeles con el expediente en su poder, Harry tuvo tiempo de repasar cada detalle de aquel informe a bordo del GlidePod.

El verdadero nombre del Loco era Sawyer Davis.

Así le bautizaron sus padres, a quienes asesinó a los diecisiete años, además de a otros miembros de su familia.

Por aquellos despiadados crímenes, Sawyer fue condenado a la pena capital e ingresó en la penitenciaría de Davidson, donde aguardaría su ejecución.

Sin embargo, su suerte cambió con la llegada del Despertar y la posterior caída de las instituciones, que se vieron obligadas a liberar a la mayoría de los presos, incluido él.

Harry pudo imaginarse lo que ocurrió después: Sawyer adoptó el nombre de Ethan Drake para evitar ser reconocido y perseguido tras la restitución de los cuerpos de seguridad.

Después continuó matando, pero esta vez amparado bajo el paraguas del Umbral y el pseudónimo del Loco.

La mayor parte de aquel documento consistía en registros de amonestaciones por conducta violenta acumulados en su expediente: agresiones, desobediencia a la autoridad, alteración del orden en la penitenciaría…

Aquel tipo era una joya. No había un solo delito que no hubiese cometido, tanto dentro como fuera de la cárcel.

A simple vista, el informe no contenía nada especialmente relevante para el caso, pero a Harry le llamó la atención lo que no aparecía en el documento.

A pesar de las constantes agresiones a otros reclusos, no figuraba ningún registro de violencia contra su compañero de celda, Wesley Rhodes.

Lo más curioso era que este último nunca había sido trasladado de celda desde su ingreso en prisión, algo inusual tratándose de un psicópata inestable como Sawyer.

Lo lógico habría sido que tras pasar unos días o semanas compartiendo celda con la misma persona, Sawyer acabara matándolo por cualquier motivo.

Pero no fue así. Wesley Rhodes parecía ser el único que pudo llegar a conocer a Sawyer lo suficiente como para aportar algo útil a la investigación de su muerte.

Tras muchas horas leyendo informes, Harry se frotó los párpados, pulsó un botón mediante el que su asiento se inclinó hasta convertirse en una confortable cama ergonómica y se echó a dormir el resto del viaje de vuelta a Los Ángeles.