Capítulo II. PromesasAño 2051 #2
Tras darle acceso al informe, Ben llevó en su coche a Harry hasta el Instituto de Medicina Forense que se encontraba a pocas manzanas de la comisaría.
Aparcaron frente al complejo, un gran edificio moderno, luminoso y rodeado de zonas verdes que contrastaban con el trabajo que se llevaba a cabo en el interior.
Al entrar, Benjamin saludó cordialmente a los miembros del personal de seguridad, a quienes conocía desde hacía años.
Una vez allí, la forense de guardia los llevó hasta la nevera mortuoria de Ethan Drake, desconociendo que en realidad se trataba de uno de los Profesionales más célebres del mundo.
Al abrir la puerta de la cámara hermética, una nube de condensación cayó al suelo y de ella emergió el cadáver.
Harry se inclinó para mirar de cerca a aquel tipo.
Era más menudo de lo que imaginaba cuando le veía en sus vídeos; en ellos parecía un gigante indestructible, avasallando a sus víctimas con decenas de golpes brutales y caóticos, sin un patrón concreto de lucha.
Puro caos y violencia salvaje desbocada.
Sin embargo, allí estaba, de cuerpo presente y totalmente inofensivo.
Benjamin agradeció a la doctora su atención, le pidió que los dejase un momento a solas y a continuación Harry comenzó a revisar el cuerpo de arriba abajo, sin prestarle demasiada atención al agujero de bala que tenía en mitad de la frente.
—A veces uno piensa que son sobrehumanos, ¿verdad? —dijo Harry mientras lo examinaba de cerca.
—¿Usted cree? A mí nunca me lo han parecido.
—¿Ni siquiera X o Blitz?
—Cualquiera que dedique mucho tiempo a preparar una obra audiovisual puede aparentar que todo es más espectacular de lo que en realidad es, pero eso no quiere decir que sean sobrehumanos, tan solo que se toman su trabajo muy en serio.
—Pero BETA se encarga de comprobar que no hay efectos de postproducción en los vídeos, está terminantemente prohibido. ¿Cómo cree que lo hacen?
—En el caso de X, es evidente que cada asesinato le lleva meses de preparación.
—¿Y qué me dice de Blitz? ¿No le parece impresionante todo lo que puede llegar a hacer?
Ben guardó silencio un instante porque no tenía una respuesta clara para eso.
—En cualquier caso, se los puede matar, como a cualquiera —dijo finalmente—. Tenemos la muestra justo ante nosotros.
—Quizás ahí esté la clave de su éxito.
—¿Qué quiere decir?
—De alguna manera la gente percibe cuándo algo es real o es falso.
Podrían ver cualquier película de acción o de cine gore, donde las escenas son mucho más espectaculares, y sin embargo prefieren a los Profesionales, porque se trata de algo real.
Quieren saber que lo que ven en la pantalla ha ocurrido de verdad en algún sitio; que alguien ha muerto, que no hay un guion escrito.
En cada vídeo un paso en falso del asesino puede acabar convirtiéndole en víctima; no sería la primera vez.
Como aquel tipo de Florida que mató a Thanatos hace algunos años y lo grabó con su teléfono.
Harry levantó el cuerpo del Loco por uno de los lados para observar su espalda. Al hacerlo, advirtió algo casi a la altura de la nuca.
—Mire —le dijo a Benjamin señalándole el lugar.
Ben se acercó y vio un tatuaje bastante desdibujado. Un pequeño rectángulo con tres líneas horizontales dentro y un número debajo: 7949.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Es un código. —Harry sacó su teléfono, escaneó el tatuaje y volvió a dejar el cuerpo boca arriba—.
Tras el Apagón, se perdieron muchos historiales de reclusos, así que cuando muchos de ellos tuvieron que ser liberados por falta de recursos en las cárceles durante la Gran Crisis, los guardias idearon un sistema para que pudieran ser identificados.
—Tiene bastante sentido.
—Sí, pero nunca se aprobó oficialmente. Tras la Gran Crisis, el Gobierno ocultó esta práctica, que muy pocos conocen.
Temían que pudieran compararla con lo que les hacían los nazis a los judíos, algo estúpido en mi opinión.
Lo de tatuar a criminales y prisioneros es algo que se lleva haciendo desde la antigua China y que resultaba muy útil en una época sin tecnología ni sistemas de identificación biométricos.
—¿Y qué significa?
Harry sacó su teléfono para comprobarlo en su base de datos.
—Una línea para los ladrones; dos para los agresores violentos; tres para los asesinos y violadores. Aunque no recuerdo lo del cuadrado alrededor.
Harry consultó su teléfono para comprobarlo mientras Ben aguardaba en silencio.
—Reclusos psiquiátricos —leyó Harry.
—Estupendo. Parece que realmente estaba loco de atar. ¿Y el número?
—No lo sé, no hay más información. Los marcajes se hicieron durante el Apagón, y cuando los sistemas informáticos se restablecieron, prefirieron no digitalizar nada referente a esto. Así enterraron el asunto definitivamente.
—Según se cuenta, el Loco nació en Nashville —dijo Ben a modo de sugerencia.
Harry volvió a mirar en su dispositivo buscando un centro psiquiátrico por aquella zona que hubiese permanecido abierto durante el Apagón y la Gran Crisis hasta que al final lo encontró.
—Parece que tendré que darme un paseo hasta Tennessee —concluyó.
Los Ángeles había crecido enormemente desde que, treinta y nueve años atrás, Meredith Goldman fundase la corporación BETA junto con Frederick Perkins.
Fred, un elegante hombre de setenta y seis años con rasgos amables y cabello canoso, observaba la ciudad desde una aeronave de la empresa mientras se dirigía a la torre BETA.
Cada vez que regresaba, veía cómo aquella urbe se expandía sin control conquistando montes y llanuras.
Las calles estaban menos congestionadas, más limpias y pacíficas, como si el orden hubiese calado en cada ciudadano del país.
Sin embargo, esto le resultaba algo un poco inquietante.
Criado en épocas mucho más convulsas, Fred no podía evitar sentir cierto recelo ante tanta aparente perfección.
No es que no apreciara el progreso del mundo en las últimas décadas, ni que pensara por un instante que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero estaba convencido de que las nuevas generaciones eran cada vez más idiotas, más alienadas, y eso le molestaba profundamente.
Aunque en realidad él mismo se beneficiase de aquello.
A lo lejos, ya podía distinguirse el corazón de la ciudad, señalado por la imponente torre BETA, que se erguía triunfal entre un cúmulo de rascacielos nacidos a la sombra de la mayor corporación de Estados Unidos.
Al aproximarse, la aeronave aterrizó suavemente en la azotea de la torre y Fred descendió de ella con paso firme.
—Señora Goldman — dijo Catherine a través del interfono del despacho de Meredith—, el señor Perkins acaba de aterrizar en la azotea.
—Gracias, Catherine. Que baje directamente al despacho por el ascensor privado.
—Sí, señora.
Apenas un par de minutos después, las compuertas del ascensor se abrieron y tras ellas apareció Fred, a quien se le marcaron las arrugas de los ojos con la enorme sonrisa que se le dibujó en la cara cuando vio a Meredith.
—Hola, preciosa —saludó Fred, acercándose a ella con los brazos abiertos.
Ambos se fundieron en un cariñoso abrazo y se dieron un tierno beso en la mejilla.
—Te he echado de menos —dijo Meredith.
—Y yo a ti —respondió él, separándose un poco y extendiendo la mano para entregarle un origami de papel con forma de barquito—. Toma.
—¿Y esto?
—Lo he hecho en la aeronave, de camino hacia aquí. Pensé: ¿qué le puedo regalar a una mujer que lo tiene todo?
—La verdad es que nunca me habían regalado uno de estos —contestó sonriendo.
Meredith le dio un cariñoso beso en la punta de los labios y volvió a abrazarle. Después dejó el barquito de papel sobre su escritorio y se sentó en uno de los sillones mientras Fred se quitaba la chaqueta y tomaba asiento a su lado.
—¿Qué tal por Nueva York? —preguntó ella.
—No se han tomado bien nuestra propuesta de fusión, pero sus estatutos les obligan a trasladarla a la junta de accionistas —narró Fred, informándole del resultado de su reunión de negocios en la Gran Manzana—.
Es una oferta generosa para los accionistas.
Saben que la tendencia en su nicho de mercado es bajista, así que es cuestión de tiempo que la acepten.
Dentro de poco, NewTech pasará a formar parte de la matriz de BETA.
—Pensaba que solo me habías traído el barquito de papel —dijo Meredith con una sonrisa cómplice.
—Es mi trabajo. El regalo sigue siendo el barquito.
—Enhorabuena, Fred —felicitó Meredith, complacida—. Solo recuérdame una cosa. ¿Por qué necesitábamos comprar NewTech?
—Son la mayor empresa de gestión de derechos de imagen de deportistas de la Costa Este y tienen sedes en Europa y Asia.
Si se planteasen una expansión hacia el mercado de los Profesionales, nos sería difícil absorberla por las leyes antimonopolio.
Lo discutimos y estuviste de acuerdo, ¿no lo recuerdas?
—Suena a algo que podría haber dicho. ¿Cuánto les has ofrecido?
—Siete mil millones.
—Eso no suena tanto a algo que hubiese dicho yo. ¿No es demasiado?
—Tengo a alguien dentro que me confirmó que, debido a las pérdidas del último año, estaban pensando muy seriamente en entrar en nuestro terreno. Con esto nos ahorramos muchos dolores de cabeza dentro de un año… y mucho dinero. Confía en mí. No me ha ido mal hasta ahora, ¿no?
Fred se puso en pie, se dirigió al mueble bar y tomó un vaso, en el que echó unos hielos y un dedo de coñac.
—De camino hacia aquí he visto la entrevista del senador Raymond —dijo mientras se servía.
—Yo también. Desde hace unos meses escucho su nombre en todas partes. Al parecer, América tiene un idilio con él, es el personaje del momento.
—Es bastante popular, sí.
—No solo es popular, Fred. La gente le escucha. ¿No te preocupa?