Capítulo II. PromesasAño 2051
Capítulo II Promesas
Al día siguiente el sol brillaba con fuerza sobre la ciudad de Los Ángeles.
Durante toda la mañana, el tema de conversación en las cafeterías y lugares de trabajo había sido el gran estreno de la noche anterior en el que Blitz asesinaba a cinco portentosos jugadores de FastBall.
Normalmente, el día después de un estreno semejante, podía verse a no poca gente por la calle llevando camisetas del Profesional de turno, pero a ello se añadía que en aquel caso se trataba de uno de los locales, lo que exacerbaba el orgullo de los angelinos.
Además, el hecho de que Blitz hubiese matado no a una, sino a cinco personas suponía una mayor expectación, pues el Umbral de visitas que requería para recibir el indulto se multiplicaba por cinco, y aun así lo logró de forma holgada.
Las empresas que tenían contratos publicitarios con el Profesional del momento renovaban sus campañas con ellos para anunciar sus productos, y por televisión repetían los mejores momentos del vídeo una y otra vez, comentándolos y aprovechando cada detalle que pudiese suscitar interés.
Además, en torno a los Profesionales se había generado toda una rumorología sobre sus vidas privadas, relaciones sentimentales y rivalidades de unos con otros, lo que alimentaba multitud de shows de televisión o foros especializados.
Este era el caso de X y Blitz, de quienes se sabía que mantenían cierta amistad en su vida personal y se profesaban un respeto mutuo basado en la inmensa experiencia y capacidad de inventiva del veterano frente a la potencia y velocidad del joven.
Tanto era así que probablemente Blitz fuese una de las pocas personas en el mundo que tenía el privilegio de conocer la identidad de X, si no la única.
Al cabo, una figura se aproximó desde lejos con un ramo de flores que había comprado a la entrada del cementerio. Era Andrew Perkins, su antiguo amigo del orfanato, quien también acudía casi todos los años junto a Ben para rendirle un recuerdo a Tom.
—Hola, Andy —dijo sin apartar la vista de la inscripción.
—Hola, Ben.
Andrew ya cumplía los cuarenta años, y era algo más robusto y de aspecto más formal que Ben.
Tan solo él y algunos pocos que le conocían desde antes de cumplir los veinte años continuaban llamándole Andy, lo que delataba desde el primer momento quiénes eran sus más antiguos amigos.
Elegantemente vestido con un traje a medida, dejó las flores frente a la lápida de Tom y ambos guardaron silencio.
—¿Qué tal está Fred? —preguntó Ben pasados unos segundos.
—Papá está bien.
—¿Papá? —resaltó, extrañado.
—Estoy intentando llamarle así desde hace un tiempo, aunque incluso a mí me cuesta a veces. Aún no estoy acostumbrado.
—¿Por qué?
—Está sensible últimamente, y creo que después de tantos años se merece que le llame así como muestra de aprecio. Ha hecho mucho por mí. Hoy viene a Los Ángeles desde la Costa Este. Me pidió que te diera un abrazo de su parte cuando le dije que estaría aquí contigo.
—Dale recuerdos.
De nuevo se hizo el silencio y ambos se mantuvieron solemnes mirando la lápida.
—Sueño mucho con Tom últimamente —dijo Ben.
—¿Sí?
—Ayer mismo soñé con el día en que le conocimos.
—Lo recuerdo bien. Fuiste a defenderle de aquellos idiotas, que te dieron una buena paliza. Suerte que aparecí yo —rememoró Andrew, recordando aquella anécdota con una sonrisa.
—En aquel momento me parecían gigantes. Éramos unos críos.
—Hiciste lo correcto cuando nadie más movió un dedo por él.
—Si lo hubiese hecho tan bien, no estaríamos aquí, frente a su tumba.
Andrew no respondió a aquello. Conocía a Ben y sabía que no había nada que pudiese decir que le quitase aquella culpa de la cabeza, así que se limitó a acompañarle en silencio.
—Le hiciste una promesa, Ben. Y yo te hice otra a ti. Los dos vamos a cumplirla.
Cuando Ben volvió a comisaría, había cierto revuelo en torno al vídeo de Blitz, pero fue una mañana tranquila más allá de los comentarios de unos y otros.
El vídeo había superado el Umbral de los mil quinientos millones de visualizaciones en apenas dos horas, otorgándole al Profesional el indulto inmediato.
Todos los ingresos generados hasta esa cifra habían sido destinados íntegramente al Estado, mientras que, a partir del Umbral, los beneficios se dividirían a partes iguales entre Blitz y las arcas públicas, lo que para muchos era motivo de celebración y orgullo colectivo.
Cuando uno de los grandes Profesionales como X, Red Rose, Sylvaris, BlackVoid, el Loco o el propio Blitz estrenaba un vídeo, los agentes de la ley ni se molestaban en moverse de sus sillas.
No tenía sentido salir corriendo a atrapar a un asesino que con toda seguridad obtendría el indulto en cuestión de horas.
Al ver a Ben entrar por la puerta de la oficina del Departamento de Homicidios, el agente Ortega salió del despacho del capitán Whitmore para avisarle.
—Inspector —le reclamó Ortega, asomando medio cuerpo por la puerta e indicándole con un gesto que acudiese al despacho del capitán.
Ben acudió a paso ligero y al entrar se encontró con Ortega y Sophia de pie frente al escritorio de Whitmore. A su lado había un hombre sentado en una de las butacas que se levantó al verle y le tendió la mano.
—Inspector Cassidy —dijo el capitán—, le presento al agente Harry Ward, del ISD. Acaba de llegar desde Nueva York.
—Es un placer, inspector —saludó Harry.
ISD eran las siglas del Departamento de Seguridad Interna, un organismo creado a partir de la estabilización política tras la Gran Crisis.
Harry vestía como el típico federal, con un traje formal oscuro y un pasacorbatas anodino.
De unos cuarenta y cinco años, tenía una perilla recién perfilada que marcaba su prominente mentón, y su anchura de hombros transmitía una gran firmeza a juego con el apretón de mano que le dio a Ben.
—Encantado —dijo Ben con cierta preocupación—. ¿A qué debemos el placer de una visita del ISD?
—El agente Ward ha venido a prestar apoyo al departamento en el caso del asesinato del Loco —aclaró Whitmore—. Podríamos decir que es un protocolo rutinario cuando sucede algo así.
—En realidad es algo más que rutinario —añadió Harry—.
Lo cierto es que en los últimos meses hay un número inusual de desapariciones de Profesionales en Los Ángeles.
En mi experiencia no es algo excepcional.
A muchos se les va la situación de las manos durante la grabación de un vídeo y acaban convirtiéndose en las víctimas.
O mueren en un acto de venganza perpetrado por el familiar de alguna de sus víctimas que descubre su identidad, especialmente si son aspirantes o novatos. Pero el caso del Loco parece diferente.
A Ben le habría encantado poder decir en voz alta lo que estaba pensando: que la diferencia era una simple cuestión cuantitativa.
Un aspirante a Profesional que aún no había alcanzado el Umbral en ninguno de sus vídeos apenas resultaba rentable económicamente para BETA y el Gobierno, y sin embargo la pérdida del Loco bien valía poner en marcha al ISD.
—El secretario Thomson le manda para aclarar este asunto lo antes posible sin levantar revuelo —informó Whitmore—, algo comprensible dadas las circunstancias.
—No quiero causar ninguna molestia —intervino Harry al detectar cierta desconfianza en la expresión de Benjamin—. Por mi parte ni se enterarán de que estoy aquí. No se preocupe, inspector, solo quiero ayudar.
—Le he asignado a Ward la sala de reuniones número dos para que la use como despacho de forma temporal —dijo el capitán—.
Quiero que desde ahora compartan con él los informes y todo lo relativo al caso del Loco.
Con suerte cerraremos este asunto en un par de semanas y todos podremos volver a lo nuestro, así que pónganle al día y a trabajar.
Ben fue el último en salir del despacho, pero antes de cruzar la puerta intercambió una mirada con Whitmore con la que le hizo entender su disconformidad con que el Gobierno metiese las narices en la comisaría.
No era un secreto que el ISD no era un simple departamento más, sino uno de los brazos políticos del gabinete de turno que ocupase la Casa Blanca.
Solían asignarles trabajos de espionaje interno y confiaban en ellos para manejar con discreción las miserias de los polí ticos de turno .
Extraoficialmente se les achacaban desapariciones, torturas y asesinatos envueltos en intereses políticos y empresariales dentro de las fronteras del país, incluyendo a algunos miembros del cuerpo de policía, por lo que no gozaban de una gran popularidad entre los agentes o los oficiales rasos.
Por lo demás, Harry parecía un tipo amable y educado, y en todo momento se mostró dispuesto a cooperar sin interferir en el trabajo diario del departamento.
Ben le dio un paseo rápido para que conociese las instalaciones y le llevó a la sala de reuniones que el capitán le había asignado para establecer su despacho provisional.
—Mientras usted se instala, iré a buscar el informe del caso del Loco para que pueda echarle un vistazo —dijo Ben.
—Se lo agradezco, inspector —respondió Harry—. Solo una cosa más. Me gustaría ver el cadáver.
—¿El cadáver? ¿Del Loco?
—Sí.
—Está todo en el informe, no creo que…
—Lo sé —interrumpió Harry—. Entiendo que pueda ser un poco inconveniente y le pido disculpas, pero es mi forma de trabajar.
—Está bien —aceptó Ben, consciente de que la jerarquía de autoridad no le hubiese permitido oponerse—, no hay problema. Voy a por el informe y nos vamos al depósito.
—Gracias de nuevo.