Año 2049 #2
El estadio de FastBall de Laguna Beach parecía un coliseo romano de la era moderna; de hecho, su forma circular estaba inspirada en aquellos circos de gladiadores de la antigüedad y carecía de bordes o ángulos rectos.
Estaba cubierto por una cúpula de cristal a modo de extensión del propio suelo para que los jugadores pudiesen deslizarse por los bordes aprovechándose de la fuerza centrífuga que generaba la alta velocidad de sus patines.
En su interior había cinco jugadores totalmente equipados, entrenando ante unas gradas vacías y en penumbra.
Uno de ellos daba vueltas por el borde de la cúpula de cristal, acelerando cada vez más sobre sus patines magnéticos mientras el resto de jugadores trataban de detenerle para arrebatarle el balón.
El objetivo era mantener la posesión durante el mayor tiempo posible, lo cual no solo era difícil, sino que requería unos reflejos muy desarrollados para no chocar con cualquiera de los rivales que trataban de interceptar al portador del balón.
El sonido del magnetismo de los patines levitando sobre el suelo inundaba el interior del gigantesco estadio, reverberando sobre las paredes curvas y produciendo un zumbido eléctrico con infinitos ecos.
Casi podía olerse el sudor de los jugadores, que se esforzaban al máximo con la vista clavada en el balón.
Sin previo aviso, en uno de los lados unas grandes puertas perfectamente integradas con la superficie de la pista comenzaron a abrirse con lentitud, lo que llamó la atención de los jugadores, que se avisaron unos a otros para detener el entrenamiento por el peligro que aquello entrañaba.
Un golpe contra una de aquellas puertas a esas velocidades podría ser mortal a pesar de las protecciones con las que iban uniformados.
Oculta entre una masa de humo que se usaba para dar espectacularidad a las presentaciones de los jugadores, comenzó a vislumbrarse una silueta que comenzaba a entrar en la escena.
—¡¡¡Eh!!! —le gritó uno de los jugadores—. ¿¡Estás loco!? ¿¡Qué coño haces!? ¿¡Quieres que nos matemos o qué!?
Las puertas continuaron abriéndose y poco a poco se hizo reconocible la esbelta figura de Blitz, ataviado con sus pantalones blancos de licra y el torso expuesto, mostrando su estado de forma perfecto.
Una máscara táctica de ojos luminosos ocultaba su rostro, y su característico cabello largo y gris como la plata vieja caía por encima de los hombros.
—Es Blitz —murmuró uno de los jugadores.
En el instante en el que los demás le reconocieron, se les heló la sangre. Blitz entró en la pista caminando a paso lento e inmediatamente las puertas se cerraron tras él.
—¡¡¡Eh!!! ¡¡¡Abrid las puertas!!! —gritó un jugador al aire, como si hubiese alguien escuchando al otro lado, pero no obtuvo respuesta.
Comprendieron que estaban solos y que iban a ser los protagonistas involuntarios del próximo vídeo de uno de los Profesionales más peligrosos desde la época dorada de X y el Loco.
Blitz era absolutamente letal. A pesar de no ser musculoso de manera llamativa, su velocidad y reflejos estaban a un nivel casi sobrehumano.
En pocos años se había convertido en el asesino más popular de todo el panorama americano.
Siempre elegía a sus víctimas cuidando de que estas fuesen oponentes fuertes y atléticos, poniéndose a prueba en cada nuevo vídeo que estrenaba.
No solo vencía sus combates, sino que lo hacía con una facilidad pasmosa; un auténtico espectáculo para sus miles de millones de fans en todo el mundo.
Con una calma aterradora, Blitz continuó su paso hacia el centro de la pista.
—¿Qué hacemos? —preguntó uno de los jugadores.
—No podemos salir…
—Nosotros somos cinco y él solo uno… Chicos, podemos con él —dijo otro, tratando de animar a sus compañeros.
—Sí. Podemos hacerlo. —Las altas dosis de adrenalina provocadas por el FastBall les infundieron el valor que en cualquier otro momento del día no hubiesen tenido y todos se pusieron en guardia—. ¡Vamos!
Cuando Blitz llegó al centro de la pista, uno de los jugadores comenzó a deslizarse por el perímetro mientras los demás se impulsaron en dirección contraria con una coordinación perfecta para evitar colisionar entre sí.
El asesino, totalmente quieto en el centro, no parecía hacer ningún esfuerzo por seguir sus movimientos.
Los jugadores daban vueltas y cada vez aceleraban más, hasta alcanzar velocidades de más de cien kilómetros por hora. Un auténtico espectáculo.
A miles de kilómetros de allí, en Nueva York, un grupo de cuatro jóvenes sentados en el sofá de un apartamento miraban con atención la escena de aquellos atletas deslizándose en círculos alrededor de Blitz, dispuestos a atacarle.
Otro chico llegó corriendo desde la cocina con una lata de cerveza para sumarse al evento.
—¿Qué me he perdido? —preguntó—. ¿¡Lo van a intentar!? ¿Están locos o qué?
—Los ha encerrado en la pista, es lo único que pueden hacer —contestó otro.
—Atacar a Blitz es una estupidez, todo el mundo lo sabe.
—Son cinco. Y son atletas profesionales. Quizás…
—¿Quizás qué? —replicó otro a carcajadas—. Se los va a cargar a todos en un minuto.
Los atletas continuaban dando vueltas sin parar.
El sonido de sus deslizadores se hacía cada vez más agudo, como el de una radial a toda potencia.
Alcanzada la velocidad crítica, uno de ellos decidió lanzarse a por Blitz y en apenas un pestañeo estaba a su espalda, a punto de golpearle con todas sus fuerzas en la cabeza, pero en el último instante Blitz lo esquivó con un leve movimiento de cuello tan sutil como preciso.
El jugador perdió el equilibrio y se vio obligado a rectificar su trayectoria en el último momento para no estamparse contra uno de sus compañeros, que giraban a toda velocidad por la pista.
El jugador atacante continuó en línea recta hacia el borde de la pista y se deslizó por la cúpula en sentido ascendente hasta que la gravedad le hizo caer; pero, tras describir una pirueta en el aire, el atleta logró aterrizar sobre sus pies y continuó deslizándose de espaldas sobre sus patines de repulsión magnética.
—¡¡¡Guau!!! ¡Ha faltado poco!
En medio de una calle concurrida de Londres, unos chicos de apenas quince años se amontonaban alrededor del teléfono móvil de uno de ellos para ver el estreno del último vídeo de Blitz.
—¡Ese tío es muy bueno! ¿Habéis visto ese looping y la voltereta que ha dado en el aire? A lo mejor pueden con Blitz.
—Es imposible —dijo otro—. Ni siquiera van a rozarle. Blitz esquivaría hasta una bala.
—No puede esquivar una bala. Nadie puede hacerlo.
—¡Blitz lo hizo!
—¿Esquivó una bala? —preguntó otro, incrédulo—. ¿Cuándo?
—Hace unos meses, en el vídeo en el que mató a aquel tío enorme con un montón de tatuajes.
—No esquivó la bala, solo se apartó un poco y tuvo suerte. Aquel tío no sabía disparar.