Año 2049
Dieciocho años después del Despertar
En Los Ángeles, ocupando casi toda una manzana al oeste de South Central, se encontraba el orfanato St. Michael’s Home, erigido a finales de la década de los treinta sobre las ruinas de una antigua iglesia.
Hacía dos semanas que un niño de diez años llamado Thomas Wainwright había ido a parar al St. Michael’s.
Era enjuto, callado y paliducho, lo que resultó un aliciente para que un grupo de chicos más mayores la tomasen con él.
Le empujaban por los pasillos y le quitaban sus cosas a diario.
Los abusos no eran especialmente graves, pero una tarde uno de ellos le tiró al suelo del patio y sin mediar palabra comenzó a pegarle con fuerza.
Tom nunca contestaba ni se defendía, lo que incitaba a aquellos abusones a envalentonarse y a intensificar cada vez más los ataques.
Aquel chico mayor estaba sobre él, golpeándole sin parar mientras otros tres del mismo grupo se reían formando un corro alrededor.
Tom trataba de cubrirse la cara y contenía las lágrimas que querían brotarle de los ojos, no tanto por el dolor, sino por la humillación constante a la que esos chicos le tenían sometido.
El abusón comenzó a zarandearle contra el suelo y le rompió la camiseta mientras el resto de niños del orfanato miraban sin hacer nada.
Entonces Tom se dio un golpe en la cabeza, comenzó a sangrar y no pudo contener el llanto más tiempo.
Berreó con fuerza desde el fondo de sus pulmones y su grito resonó por las paredes del patio.
Repentinamente, el abusón cayó al suelo tras recibir una patada por parte de un chico de once años que, tras escuchar el quejido de Tom, se dirigió hacia él atravesando el patio como una bala.
Aquel aguerrido niño apenas medía lo mismo que cualquier otro de su edad, pero era duro y decidido, sin un atisbo de duda en su mirada.
Al ver cómo su líder caía, los otros tres abusones se lanzaron como perros a por él y comenzaron a pegarle, pero el chico resistió todos los golpes, tambaleándose, aunque sin caer al suelo.
En cuanto tuvo ocasión, aprovechó el momento y lanzó un puñetazo con el que consiguió partirle el labio a uno de ellos; pero, finalmente, entre los cuatro oponentes lo derribaron y le patearon por todo el cuerpo sin compasión.
—¡Andy! ¡¡¡Andy!!! —gritaba el chico desde el suelo mientras soportaba aquella lluvia de patadas.
Apartando a la multitud de críos que se habían amontonado alrededor de la pelea, apareció un joven de quince años, más alto y corpulento que los abusones, a los que espantó con su sola presencia y un par de empujones.
—¡Eh! —gritaba—. ¡Os vais a cagar!
Los abusones salieron corriendo y Andy los persiguió durante unos segundos para asegurarse de que no volviesen. Una vez pasó el peligro, se acercó al chico al que habían pateado por salir en defensa de Tom.
—¡Benji! ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —preguntó Andy al chaval mientras le levantaba de un tirón de brazo.
Ben se levantó del suelo sin que se le oyese ni una queja a pesar de que tenía toda la cara magullada y un ojo morado, y un chorro de sangre le caía por la nariz.
—Sí. Gracias —respondió.
Sin esperar ni un segundo para recuperar el aliento, fue corriendo a socorrer a Tom, que estaba en el suelo tratando de contener el llanto sin éxito y sangrando por una brecha.
—No te preocupes, ya se han ido —le dijo Ben tratando de calmarle.
Tras ayudarle a ponerse en pie, insistió en llevarle a la enfermería a que le viesen la cabeza.
La enfermera del orfanato curó la herida de Tom y un brazo robótico de asistencia le puso unos puntos de sutura.
También quiso explorar a Ben, pero este insistió en que se encontraba bien, que solo necesitaba un par de tiritas y un paño de agua fría para cortar la hemorragia de la nariz.
Minutos después, ambos tuvieron que dar explicaciones a una de las encargadas del patio, pero, conscientes de que delatar a los abusones podría empeorar las cosas, decidieron guardar silencio, aunque aquello les valiese una amonestación.
Al finalizar las clases, Ben acompañó a Tom hasta el patio, donde se reunieron con Andy a la sombra de un árbol.
—Esos chicos llevan liándola desde que empezó el curso —dijo Andy—. Tenéis que alejaros de ellos todo lo que podáis. Esta vez habéis tenido suerte, pero no siempre voy a estar cerca para salvaros el culo.
—Gracias, Andy —contestó Ben.
Tom estaba sentado junto a las raíces del árbol, cabizbajo y en silencio.
—Tú eres nuevo aquí, ¿verdad? —le preguntó Ben.
—Sí —respondió Tom, con un hilo de voz casi inaudible.
—Los nuevos siempre lo pasan mal los primeros días. Tienes que defenderte, si no, nunca te dejarán en paz.
—Da igual…
—¿¡Cómo que da igual!? —exclamó Ben, indignado.
Andy observó el estado en el que se encontraba Tom y comprendió que, tras aquella actitud depresiva y derrotista, había algo más. Algo grave le había pasado a ese niño escuchimizado que se encogía bajo el árbol.
—¿Por qué estás aquí? —le preguntó—. ¿Qué les pasó a tus padres?
Tom se quedó callado mirando al suelo. Apenas tenía ánimo para hablar, y mucho menos para responder a aquella pregunta.
—Andy está aquí porque sus padres murieron en un accidente hace tres años —explicó Ben, en un intento de que Tom se animase a contar su historia—, y yo ni lo recuerdo, no conocí a mis padres. Llevo aquí desde siempre.
Tom continuó en silencio sin levantar la vista.
—Déjale tranquilo —dijo Andy—, está claro que no tiene ganas de hablar.
—¿Pero tú le has visto? Con esa actitud van a zurrarle todos los días. ¡Tiene que espabilar!
—No todo el mundo es como tú, Ben. Ni siquiera yo habría aguantado la paliza que te acaban de dar sin que tuviese que arrastrarme durante un par de días, y tú en cambio ya estás como si nada.
Andy se llevó a Ben un par de metros lejos de Tom para hablar con él en voz baja.
—No tenemos ni idea de lo que le ha pasado —dijo Andy—. Dale un poco de tiempo. Mientras tanto, cuida tú de él, y yo intentaré estar pendiente de vosotros. Pero no le presiones mucho, está claro que lo está pasando muy mal.
Ben miró a aquel enjuto crío que lloriqueaba al lado del árbol. No podía entender cómo alguien dejaba que abusasen de él de esa manera, pero Andy tenía razón.
—Está bien —aceptó Ben, resignado.
Ben despertó repentinamente en el sofá. Se había quedado dormido frente al televisor, donde continuaba el programa de Big Tim. Habían cambiado de tema y se habían incorporado los colaboradores que se encargaban de comentar los vídeos de los Profesionales cada vez que había un estreno mundial.
—¿Qué os ha parecido el nuevo vídeo de Blitz? —preguntó Tim a uno de sus colaboradores.
Al escucharlo, Ben se espabiló rápidamente y se incorporó en el borde del sofá, interesado por lo que decían.
—Ha sido muy impactante —respondió el invitado—. Creo que es la primera vez que vemos a Blitz enfrentándose a tantos objetivos al mismo tiempo. ¿Cuántos eran? ¿Cuatro… cinco…?
—Cinco —confirmó Tim—. Parece que se trataba de un equipo de FastBall de Laguna Beach que entrenaba a puerta cerrada en el estadio local.
El FastBall era un deporte muy popular, relativamente nuevo y bastante peligroso.
Tenía cierto parecido con el juego de atrapar la bandera, pero se practicaba sobre unos potentes patines de repulsión magnética para que el suelo no ofreciese resistencia, lo que permitía a los jugadores alcanzar velocidades altísimas al desplazarse.
—Blitz es impresionante… —comentaba el analista—. En apenas un minuto desde que comenzó la pelea ya había acabado con dos de los jugadores. El mérito es doble teniendo en cuenta la ventaja con la que partían sus víctimas gracias a los patines magnéticos.
—Sí, pero luego pareció tomarse su tiempo con los otros tres. Quizás no quería arriesgarse a que entre todos pudiesen derrotarle. Por eso ha decidido diezmarlos antes de empezar a divertirse.
—¿Tú crees? —preguntó Tim a sus contertulios—. Hablamos de Blitz: no creo que pudiesen con él ni aunque fuesen diez. No es casualidad que sea el protegido de X.
—Creo que llamarlo «el protegido de X» no es del todo justo, Tim. Probablemente es mucho más letal que X, y lo era desde antes de que se conociesen. Creo que Blitz se ha ganado su lugar entre los más grandes por méritos propios.
—Por supuesto, no digo que no sea así. Pero es evidente que si el mismísimo X quiso conocerle en persona fue por una admiración que seguro que es mutua.
Estoy convencido de que X debió de darle buenos consejos de veterano en sus sucesivos encuentros.
Si os fijáis, los vídeos de Blitz han ganado mucho en espectacularidad desde que trascendió que mantenían una amistad.
—Eso es cierto, pero X sigue basando toda su actuación en la puesta en escena.
Va construyendo poco a poco la atmósfera de absoluto terror.
Se toma su tiempo, cuida mucho el aspecto emocional…
Ahí es donde se ve la experiencia que solo la edad te otorga.
Blitz es mucho más ansioso en ese aspecto, no tarda mucho en lanzarse a la acción.
—Es normal —replicó Tim—, aún es joven y quiere mostrar su potencia en el cuerpo a cuerpo, que es su punto fuerte. Su velocidad de reacción y su precisión al golpear son algo fuera de lo normal. Si alguna vez os encontráis con él, corred —dijo mirando directamente a cámara.
Mediante un gesto en el aire con la mano, Ben rebobinó la imagen hasta dar con la emisión del vídeo en cuestión. Quería ver a Blitz en acción con sus propios ojos.