26 de mayo de 2031 #4
El ceño fruncido en la frente de Meredith Goldman se intensificó al escuchar aquella frase.
Meredith era una mujer de setenta y dos años con gesto duro, pero que aún conservaba mucha de su serena belleza de juventud.
Su impecable elegancia a la hora de vestir daba cuenta de su profesionalidad, y llevaba con clase sus canas, recogidas de forma tan perfecta que podían interpretarse como un síntoma de su minuciosa tenacidad a la hora de gobernar su empresa.
Su determinación la había llevado a fundar y presidir la corporación BETA, la más importante de todo el país y cuya sede, que se erguía imponente sobre el resto de rascacielos de Los Ángeles, había protagonizado el panorama económico y político desde su fundación a mediados de la década de 2030.
Meredith, a quien también se la conocía como la «madre del Nuevo Paradigma», supo ver el potencial de la violencia que se desató en Estados Unidos a raíz del Apagón y la recondujo para exprimir al máximo la insaciable sed de morbo y espectáculo que se escondía en el interior de cada ser humano del planeta.
En pocos años desde su fundación, BETA se colocó como una de las empresas mejor valoradas en todos los mercados internacionales al proporcionar una plataforma donde la ira psicótica disponía de un lugar para exhibirse y rentabilizarse en su propio interés y en el del mismísimo Estado.
Los vídeos de los Profesionales dejaban por el camino suculentos contratos publicitarios, comisiones por la gestión de los derechos y todo un mercado adyacente de merchandising con su correspondiente alta tasa impositiva.
Sin duda fue la mujer idónea, con la propuesta adecuada, en el momento preciso, y sin la cual América seguiría condenada al ostracismo y en la cola de las economías desarrolladas.
Meredith no le quitó ojo a la entrevista del senador desde su despacho, en la planta ciento diez de la torre BETA.
«Serviré a mi país donde mi partido y los votantes decidan ponerme».
Aquellas últimas palabras de John Raymond se quedaron dando vueltas en la cabeza de Meredith.
En ese instante, sonó el tono de aviso del interfono, anunciando una llamada de Catherine, su secretaria personal.
—Señora Goldman —dijo Catherine con una voz agradable—, tiene una llamada del capitán Whitmore.
—Gracias, Catherine. Ya le atiendo.
Meredith apagó la televisión y, en lugar de pasar la llamada a los altavoces, tomó un teléfono de diseño clásico que usaba para las conversaciones más confidenciales.
—Buenos días, capitán. ¿Qué se le ofrece?
La voz ininteligible del capitán Whitmore sonaba a través del auricular, entrando directamente al oído de Meredith.
—¿Cómo? —respondió preocupada—. ¿Está seguro de que es él? ¿Lo sabe la prensa?
Meredith se llevó las yemas de los dedos a la sien, tratando de no alterarse ante lo que estaba escuchando.
—Está bien —dijo, retomando el control de sus nervios—. Escúcheme con atención, Whitmore. Quiero que llame inmediatamente al secretario Thomson. El ISD debe intervenir antes de que todo se nos vaya de las manos. Vuelva a llamarme cuando haya hablado con él.
Al colgar el teléfono se inclinó, descansando la espalda sobre el respaldo de su sillón, y perdió la mirada en la pared del fondo del despacho.
El Loco, uno de sus Profesionales más rentables desde que se fundó BETA y el más veterano después de X, había sido asesinado.
Cada vídeo del Loco alcanzaba el Umbral de visitas en cuestión de minutos y suponía ingresos milmillonarios para la compañía.
Si la prensa se enteraba de que otro de los grandes Profesionales del país había sido asesinado, las pérdidas no se limitarían al volumen de ingresos, sino que afectarían al valor de las acciones.
Meredith, que tenía por costumbre anticiparse a las múltiples posibilidades de reacción ante los acontecimientos, comenzó a proyectar en su imaginación un gran homenaje para el Loco en caso de que todo saliese a la luz.
Pensó en líneas especiales de merchandising con camisetas, pósteres, figuritas, programas monográficos, videojuegos…
Por un momento no le pareció tan mala idea que todo saliese a la luz, pero tras la desaparición de Reaper, otro de sus grandes Profesionales, hacía poco más de un año, los rumores de un ataque coordinado contra la compañía podían comenzar a circular y causar un gran perjuicio a todo el negocio. No lo podía permitir.
John abandonó el plató de The Morning Wire saludando con elegancia al público, que se entregó en un estruendoso aplauso.
Tras las cámaras se reunió con su directora de prensa, Natalie Higgins, una joven guapa, morena, de treinta y cuatro años y vestida con un conjunto formal de dos piezas.
Le recibió con una sonrisa comedida a modo de felicitación por la entrevista y en cuanto lo tuvo al alcance le cogió discretamente del brazo para guiarlo hacia la salida del estudio.
—¿Qué tal ha ido? —preguntó John mientras se dirigían a la salida.
—Has estado muy bien —contestó Natalie—, quizás un poco excesivo con lo del perro.
—Por Dios, Natalie, era un recuerdo real. ¡A todo el mundo le gustan los perros!
—Precisamente. No hay nada que huela más a populismo barato que un bebé o un cachorro de perro —le espetó en voz baja y sin perder la sonrisa, consciente de que aún estaban a la vista de las miradas del equipo del programa—.
No nos interesa que tengas una imagen de político institucional, al menos no tanto.
Tienes que transmitir que puedes desafiar al sistema si es necesario, pero sin perder la serenidad y la moderación.
—Dame un respiro, Nat. Es un programa de máxima audiencia y tenía que apelar a la máxima audiencia. No era el momento de andar con sutilezas.
—No sé para qué preguntas si no quieres saber mi opinión.
—Claro que quiero saberla, pero no tengo por qué estar de acuerdo con ella.
Mientras salían de las instalaciones camino de la azotea del edificio, repasaban y comentaban las cifras de audiencia del programa, calculando el impacto en la imagen pública del senador.
Natalie se preocupaba más por lo que John pudiera decir que el propio John, así como por su peinado, su atuendo y todos los matices de su discurso.
No tenía reparos en abroncarle cuando se tomaba algunas libertades a la hora de saltarse los protocolos, que, según él, eran manías propias de los asesores de imagen en las que el votante no reparaba.
Al llegar a la azotea los esperaba un aerotaxi con el que cruzaron Manhattan en pocos minutos, admirando aquella inmensa urbe plagada de cada vez más rascacielos, más altos y modernos gracias a la IA de fase 5 y los droides constructores.
Aterrizaron en las inmediaciones de un aparcamiento privado en Staten Island, donde los esperaba el vehículo de campaña del senador: un RouteRover de gama alta capaz de alcanzar enormes velocidades sin necesidad de conductor y con el que realizaban la mayoría de sus viajes institucionales por todo el país.
Nada más entrar, John se quitó la corbata y la chaqueta y los metió en un armario del interior del vehículo, que estaba equipado hasta el último detalle: sofás de cuero oscuro, ducha, un sistema de cocina automatizado, cama…
John se sirvió una copa y se sentó en uno de los cómodos sillones mientras el RouteRover emprendía la marcha de vuelta a Los Ángeles.
Natalie le recordó que aún tenía pendiente una videoconferencia con Michael Connelly, el segundo senador por el estado de California, al que llamó mientras degustaba el humo de su vapeador.
—Acabo de verte por la tele —dijo Connelly—. Enhorabuena, ha sido una gran entrevista. Eres más guapo a través de una cámara.
—No sé cómo tomarme eso. ¿Gracias? —respondió John.
—No te preocupes, no era un cumplido —bromeó con una risa bonachona.
—¿Hay novedades?
—Sí, tengo buenas noticias. He hablado con los senadores de Virginia y me han confirmado su apoyo.
—Estupendo —festejó John conteniendo un gesto de entusiasmo.
—Insisten en sus condiciones. Quieren que te comprometas por escrito a apoyar sus iniciativas en caso de que llegues a la Casa Blanca.
—Siempre que sean discretos con el acuerdo. No hay problema, pero podríamos incluir una cláusula de confidencialidad. Sabíamos desde el principio que no iba a salirnos gratis.
—No te pedirán nada que te suponga un coste electoral, aunque no puedo decir lo mismo del resto de senadores.
—Seguro que podremos llegar a un acuerdo con todos. ¿Qué te han dicho los de Iowa?
—Todavía nada. Concretaremos la reunión en las próximas semanas.
—¿Semanas?
—Son gente ocupada, John. Si accedieses a discutirlo por videoconferencia, todo sería más rápido.
—Ni hablar. Nunca se sabe quién podría estar escuchando. Si todo sale bien, vamos a tocar los huevos a demasiada gente, y no precisamente gente diplomática.
—Trataré de adelantar las reuniones todo lo posible, pero de momento es lo que hay.
—Está bien. Llegaré a Los Ángeles mañana por la mañana. Si hay cualquier avance, llámame, por favor.
—Por supuesto. Saluda a tu mujer de mi parte cuando llegues.
—Lo haré. Gracias, Michael.
Tras colgar, Natalie se levantó de un sillón que había situado fuera del campo de visión de la videoconferencia y en el que había estado esperando a que John acabase de hablar mientras tomaba una copa de vino.
—Así que «nunca sabes quién podría estar escuchando», ¿no? —dijo con ironía mientras se acercaba a John.
—A los hechos me remito… —añadió él, sonriendo.
Natalie tomó asiento frente a él, sacó un cigarro de un estuche y lo encendió, liberando una voluta de humo blanco que se deslizó suavemente por sus labios.
—¿Sabes que fumando eso cerca de mí estás poniendo en peligro mi carrera política?
—Pues más te vale volver a legalizarlo cuando seas presidente si no quieres que te delate —respondió Natalie, con media sonrisa cómplice.