26 de mayo de 2031 #3
En otros países donde el impacto fue tan severo como en Estados Unidos hubo avances significativos.
En Corea del Sur, Singapur, Argentina, Australia y Suiza ya comenzaban a funcionar muchos sistemas.
Europa, sin embargo, a pesar de no haber estado extremadamente expuesta a la IA y, por tanto, a la catástrofe que supuso el Despertar, no parecía dar señales de recuperación, lastrada por una ineficiente y gigantesca burocracia que no se atrevía a hacer avances significativos.
Durante el cuarto y quinto meses, la violencia ya era una de las monedas de cambio normalizadas en todo Estados Unidos, y no resultaba extraño ver cadáveres tirados por las calles debido a brutales agresiones.
Lo que quedaba del Gobierno y las Fuerzas Armadas logró tomar el control en algunas ciudades pequeñas, aunque de forma muy frágil.
En el norte del país, el invierno arrasó con decenas de miles de vidas a causa del frío, y en el sur las enfermedades diezmaron a la población.
Las ciudades se vaciaron y los supervivientes se congregaron en centros comerciales y otras grandes superficies donde podían permanecer en pequeñas comunidades que les proporcionaban protección y alimentos.
La esperanza se abrió paso tímidamente durante el sexto mes.
Tras la destrucción de cientos de servidores a lo largo de todo el territorio, un grupo de ingenieros independientes consiguió restablecer la luz eléctrica en varios distritos enteros de Los Ángeles.
Este logro fue emulado en lugares cercanos, donde no solo recuperaron la luz eléctrica, sino también muchos sistemas informáticos totalmente libres de IA.
Por primera vez, la luz al final del túnel se convirtió en algo literalmente visible, y el rumor se extendió por todo el país.
El Ente había muerto, o al menos eso parecía.
Comenzaron a difundirse noticias e imágenes de todo el mundo.
En Europa habían restablecido la luz en algunos países enteros, mientras que en otros continuaba la inoperancia.
En el resto del mundo la corriente eléctrica funcionaba, aunque de forma precaria, desde hacía varias semanas.
En Japón llevaban meses casi a pleno rendimiento y acababan de reactivar las comunicaciones por internet, que comenzaba a funcionar conectando con terceros países de forma muy controlada.
Al fin, tras siete meses de oscuridad, se hizo la luz.
Pero al júbilo entre la población por el fin de las tinieblas le siguió inmediatamente un creciente sentimiento de vergüenza colectiva al verse a sí mismos a través de las primeras imágenes que se emitieron por televisión y descubrirse como animales brutalizados sobre los restos de una civilización que ya no parecía pertenecerles.
Fue como si todo el país llevase una eternidad cubierto por una gruesa manta que alguien levantó sin avisar, revelando las vergüenzas y cotas de miseria a las que llegó la sociedad.
Por primera vez vieron con cierta perspectiva la violencia que dominaba las calles de las ciudades, el hambre que marcaba las costillas de los niños, las enfermedades y suciedad que afeaban sus caras y su piel…
y aquello no había hecho más que comenzar.
Cuando los más apresurados encendieron de nuevo sus teléfonos móviles y apuntaron con sus cámaras hacia toda aquella decadencia para publicarla en internet, los ojos del mundo vieron asombrados cómo el país más próspero del mundo se había convertido en otra cosa.
Fueron los propios ciudadanos los que subieron vídeos a una red todavía en estado de recomposición para mostrar una realidad casi postapocalíptica.
Descubrieron así que el gran público mundial estaba ávido de ver la degradación en que se había sumido aquella poderosa superpotencia.
John recordaba nítidamente el día que volvió la electricidad.
Se encontraba con sus padres en una enorme casa rural de las afueras de San Francisco, acompañados por otras familias que se habían unido a ellos huyendo de la ciudad.
Harapientos, cenaban en el salón cuando de pronto un hombre que vivía con ellos llegó corriendo a la casa diciendo que había visto luz en los postes eléctricos del camino.
Rápidamente, el padre de John se dirigió hacia el cuadro eléctrico del sótano, y al levantar una de las palancas del diferencial, la luz inundó el salón, donde la madre de John abrazó a su hijo con fuerza, llorando de felicidad, mientras los demás gritaban de alegría.
En el plató, John Raymond y Paige Hamilton observaban la proyección que había emanado de su memoria.
—Recuerdo que, cuando volvió la luz, por quien más me alegré fue por mi madre —dijo mientras observaba emocionado sus propios recuerdos—.
Para entonces yo ya me había acostumbrado a vivir sin electricidad; los niños se adaptan a todo enseguida.
Pero recuerdo cuánto sufría ella por todos nosotros y por un futuro que se nos estaba arrebatando.
—Fue una proeza que sus padres lograran mantenerle a salvo —añadió Paige—, como tantos otros padres y madres que lo dieron todo por sus hijos en aquellos tiempos.
—Sí. Y aquello solo fue el principio. Durante los años siguientes, el choque entre el Nuevo Paradigma de la civilización que resurgía y el salvajismo que no terminaba de desaparecer fue difícil de asimilar.
Era habitual ser asaltado por la calle o en tu propia vivienda, o presenciar asesinatos fortuitos cada día.
Recuerdo que llegué a echar de menos aquellos meses de aislamiento en el campo.
—Es cierto. Para muchos fue la Gran Crisis que siguió al Apagón la que llevó realmente al ser humano a tocar fondo. ¿Cree que fue entonces cuando cambió nuestra esencia como sociedad?
—Sí. En muchos aspectos el Apagón nos devolvió a nuestra esencia más primaria, y durante la Gran Crisis esa crudeza se mezcló y se potenció con la vanidad de las redes sociales y los likes .
Pero también demostramos la capacidad de superación de nuestra nación, y eso se percibe claramente cuando nos comparamos con otras sociedades del mundo.
A pesar de que en Europa dependían menos que nosotros de la IA, su recuperación sigue lastrada por su carácter más temeroso y conservador.
Allí, la práctica ausencia de armas de fuego entre la población no solo no evitó el caos durante el Apagón, sino que además permitió a algunos gobiernos abusar de la represión del Estado, algo cuyos resultados aún podemos comprobar en algunos países tomados por regímenes autoritarios.
En cambio, es admirable la reacción de algunos pueblos como el japonés, que resistieron al Apagón sin apenas disturbios y fueron los primeros en recuperar su economía y reimplantar la IA con seguridad.
Una vez más han sido un ejemplo de fortaleza de carácter y de voluntad para sobreponerse a los golpes con integridad y sin caer en excesos.
El pueblo americano, sin embargo, siempre se ha caracterizado por su emprendimiento y su arrojo, lo que nos permitió reconstruir una nación desde sus cimientos hasta volver a situarnos a la cabeza del mundo, aunque aún debemos reflexionar sobre el precio que hemos pagado por ello.
—Estas declaraciones pueden ser muy polémicas en su partido. ¿Se refiere a la ley del Umbral?
—No me malinterprete, no soy uno de esos radicales regresistas.
Ellos no entienden que la ley del Umbral ha funcionado todo este tiempo como una válvula de escape para el trauma que supuso el Despertar en nuestro país.
En ese sentido, la señora Meredith Goldman fue una visionaria cuyo talento ha contribuido a que los Estados Unidos aprovechasen esa violencia como combustible en lugar de autodestruirnos.
Afortunadamente, los radicales regresistas que quieren volver al sistema anterior al Nuevo Paradigma son pocos, y no tienen poder ni apoyos importantes.
Lo que yo propongo es continuar construyendo una sociedad mejor sobre las bases ya establecidas por Meredith Goldman y todos aquellos que lograron que este país resurgiera con tanta fuerza.
A pesar de la visibilidad de los Profesionales, los niveles de violencia están en mínimos históricos, pero también es cierto que debemos aspirar a reducirla aún más.
Mi labor es soñar con el día en que trascendamos como especie y dejemos atrás la violencia por completo, evolucionemos, nos convirtamos en algo más de lo que somos… Permítanme seguir soñando.
—Por supuesto. Y creo que ese es un sueño que todos podríamos compartir en un mundo perfecto, aunque de momento somos lo que somos, ¿verdad?
—dijo Paige mientras interpelaba al público con una sonrisa, tratando de interpretar aquel mensaje de la manera más amable para sus espectadores—.
Una última pregunta, John. Muchos apuntan a que su intención es dar el salto a la política nacional y que tendría bastante apoyo de los votantes. ¿Se lo está planteando?
—Es un halago, Paige, pero de momento no. Mis electores han decidido que esté en mi puesto actual porque soy útil allí, y a ellos me debo. Así que de momento podrá encontrarme tratando de ayudar a resolver los problemas de los ciudadanos de California —dijo con su mejor sonrisa electoral.