El Umbral 26 de mayo de 2031 #2
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26 de mayo de 2031 #2

En el preciso momento en el que el presidente terminó su discurso, la imagen se fundió a negro y pocos segundos después se apagaron todas las luces de la casa de los Raymond.

Los teléfonos quedaron sin cobertura ni internet, y se hizo el silencio más absoluto que jamás habían experimentado, aunque no duró demasiado.

Segundos después, el grito desesperado de una mujer en una casa cercana atravesó el vecindario y a continuación los murmullos y voces de otros vecinos formaron un ruido incomprensible que entraba por las ventanas.

Las calles del vecindario se llenaron de gente corriendo apresuradas hacia sus coches, previsiblemente con la intención de ir a los centros comerciales y tiendas para aprovisionarse de comida, velas, gasolina, armas…

Y sin que nadie supiese bien cómo, todo pareció sumirse en el caos previo al mismísimo apocalipsis.

El padre de John, imbuido del ambiente de emergencia, no pudo sino tratar de estar a la altura de las circunstancias: subió a su coche y se marchó para traer a casa todo lo que pudiese cargar en él.

Su madre se quedó abrazando al pequeño John, que lloraba asustado al no entender lo que estaba pasando.

Poco después, el caos y la confusión llevaron al padre de John a participar en saqueos junto a cientos de personas, algunas de las cuales conocía y tenía por respetables ciudadanos.

Cuando consiguió volver a casa, al anochecer, encontró a cuatro de sus vecinos sentados junto a su mujer y su hijo en torno a unas velas.

Habían acudido para hacerles compañía y sentirse un poco más protegidos en grupo.

Estuvieron horas hablando sobre lo que estaba ocurriendo.

Ninguno terminaba de creérselo. Uno de los vecinos de los Raymond decía que el nuevo Ente se trataba en realidad de una deidad, o incluso el mismísimo Dios que se había hecho presente.

Decía que aquella desgracia era el castigo por los pecados del mundo.

Al oírlo, un escalofrío recorrió la espalda del pequeño John, que se abrazó con fuerza a su madre.

La catástrofe se extendió por todo el país.

Nueva York, la ciudad que nunca dormía, se convirtió esa noche en una pesadilla de la que no podía despertar, y los rascacielos que alguna vez se erigieron con orgullo quedaron reducidos a oscuras siluetas contra un cielo sin estrellas.

Los disturbios se apoderaron de la ciudad en pocos minutos, y ni las fuerzas policiales ni el ejército pudieron contener el miedo y la violencia desatados.

Sencillamente era imposible: las estrechas calles estaban abarrotadas, y apenas había espacio para que actuasen.

En Washington D.C. los despachos de los funcionarios del Gobierno se convirtieron en un frenesí de idas y venidas a la luz de las linternas y las velas.

El Apagón era un plan que se había mantenido herméticamente en secreto hasta aquel momento, y nadie que no estuviese en las más altas esferas había sido informado de cómo reaccionar ante aquella situación.

El pánico se extendió más rápido que la oscuridad misma.

Durante las primeras noches reinaron los saqueos y la violencia.

La falta de electricidad era desesperante, pero la ausencia de información y la incertidumbre resultaban aterradoras.

Las noticias no llegaban; los teléfonos se quedaron sin batería y las radios de emergencia (aquellas que aún funcionaban) solo emitían ruido analógico.

Los habitantes de algunos pequeños pueblos de Oklahoma o Kansas se reunieron alrededor de fogatas, encendieron generadores electrógenos y se prepararon como si lo hiciesen para resistir ante un huracán o un tornado.

Sin embargo, en las ciudades, donde la tecnología era la arteria que alimentaba cada aspecto de la vida, la desesperación se propagaba con rapidez.

Al cabo de una semana, las tiendas de alimentos estaban vacías debido a los saqueos, que arrasaron las existencias como un tsunami, y sin sistemas de refrigeración, la comida se echó a perder en cuestión de días.

El agua potable comenzó a escasear en muchas áreas cuando las plantas de tratamiento y los sistemas de bombeo fallaron.

La humanidad se vio forzada a afrontar su auténtica vulnerabilidad, expuesta brutalmente a la desaparición de toda la tecnología en un instante.

Las tensiones raciales y sociales latentes estallaron con una furia incontrolable.

Las milicias, algunas motivadas por el miedo, y otras, por el deseo de poder, se hicieron con el control de muchas zonas en distintas ciudades y las autoridades comenzaron a retroceder.

La segunda semana trajo consigo la descomposición de la sociedad civil.

En algunas partes del país, la violencia estalló a niveles nunca antes vistos.

Las fuerzas del orden, diezmadas y mal equipadas, no pudieron contener el desastre.

Las cárceles se convirtieron en campos de batalla internos cuando los presos, conscientes de que sus carceleros estaban tan aislados como ellos, iniciaron revueltas extremadamente violentas.

A finales del primer mes, las esperanzas de que la electricidad regresara solo aumentaban la frustración de la gente, que al despertar cada mañana comprobaba que nada había cambiado, y la oscuridad tecnológica se convirtió poco a poco en la nueva normalidad.

El segundo mes comenzó con la esperanza ya casi marchita. La electricidad seguía ausente y la incertidumbre se transformaba poco a poco en resignación, aunque circulaban rumores de que en algunos países lejanos la electricidad estaba siendo reactivada tímidamente.

En Nueva York, solo las bandas armadas patrullaban con frecuencia las calles.

Grupos de civiles organizados para proteger sus escasos recursos se atrincheraban en edificios abandonados, mientras otros dormían entre los restos de automóviles calcinados.

El agua, más que la comida, se había convertido en el recurso más valioso.

Las fuentes y ríos cercanos estaban contaminados debido a la basura acumulada y a los cadáveres de aquellos que no lograron sobrevivir al primer mes de violencia.

Los hospitales, en su mayoría abandonados o saqueados, eran lugares fantasmales, vestigios de una civilización perdida.

La fiebre y las enfermedades que antes se controlaban fácilmente con antibióticos ahora se llevaban por delante y sin compasión centenares de vidas.

El Gobierno, reducido a una sombra de lo que alguna vez fue, transmitía desde bases militares esporádicos mensajes por radio que apenas llegaban a unos pocos transistores operados por quienes aún tenían los conocimientos y el equipo necesarios para mantenerlos encendidos.

El presidente, al que nadie había visto desde el inicio del Apagón, intentaba mantener la cohesión nacional, pero cada semana que pasaba su voz sonaba más lejana y más desconectada de la brutal realidad.

La promesa inicial de restaurar la electricidad parecía ya una amarga burla para aquellos que ya no creían en nada.

Se contaban historias de todo tipo: que el presidente había muerto y no había nadie al frente del plan inicial, que todo formaba parte de un macabro experimento social, que existían ciudades enteras donde la IA había suplantado a los humanos por máquinas…

Todo ello formaba parte de un manto de terror colectivo que asolaba al país.

A los centros militares llegaban noticias que informaban de que en Japón habían logrado restablecer algunos servidores desde cero y devuelto la luz en algunas zonas.

Esto animaba a los expertos, hacinados en localizaciones protegidas por un alto secretismo para tratar de restablecer la electricidad en sectores aislados.

Pero cada vez que lo intentaban, la IA se recomponía a toda velocidad y los obligaba a dar marcha atrás y apagar de nuevo los sistemas.

El invierno se acercaba y el mundo se asomaba cada vez más al umbral de su propia humanidad, a punto de precipitarse por un oscuro vacío donde ya nada importaba.

La civilización comenzaba a ser tan solo un recuerdo cada vez más lejano que iba siendo sustituido por la violencia más primaria albergada en las profundidades del alma de cada persona.

Para el tercer mes, la oscuridad ya era parte de la vida cotidiana.

Lo que al principio fue una anomalía impensable se había convertido en una nueva realidad de la que no se podía escapar.

Las ciudades más grandes estaban completamente desmoronadas.

Nueva York, Washington, Los Ángeles, San Francisco, Seattle, Chicago o Houston, antes emblemas de la modernidad, ahora eran territorios divididos por mugrientas facciones, gobernados por milicias y bandas o sencillamente sumidos en la anarquía.

El saqueo y la violencia se habían institucionalizado, y las calles se poblaban de gritos cada vez que caía la noche.

El Gobierno, debilitado y disperso, apenas lograba mantener una red de comunicación interna.

Las bases militares, convertidas en fortalezas aisladas, eran los únicos lugares donde la electricidad se había restablecido de forma precaria, pero estas islas de luz no eran accesibles para la población civil.

Los intentos de restaurar el poder de manera más amplia seguían fallando.

Mientras tanto, en el resto del mundo, las cosas comenzaban a mejorar.

Llegaron noticias de que en África la electricidad ya funcionaba casi por completo.

Los sistemas informáticos todavía estaban aislados del resto del mundo, y muchas zonas del continente apenas notaron el impacto del Despertar, acostumbradas a no depender de la tecnología de vanguardia.

En Japón, la electricidad ya se había restablecido en todo el país, los servicios comenzaban a funcionar a través de una intranet estanca y sin Inteligencia Artificial y poco a poco se iban recuperando las comunicaciones entre la población.