26 de mayo de 2031
El pequeño John se sorprendió al escuchar a su padre gritando en el piso de abajo. No entendía lo que decía, pero parecía muy alterado. Se levantó de la cama y salió por la puerta de la habitación con cautela para averiguar lo que estaba pasando.
—¡He dicho que pares! —escuchó gritar a su padre.
Asustado, bajó sigilosamente unos peldaños de la escalera y se asomó entre los barrotes de madera del pasamanos.
Desde allí observó cómo su padre tiraba del brazo de su androide de asistencia doméstica, Caddy, que no parecía obedecer sus órdenes y trataba de dirigirse hacia la puerta principal de la casa.
—¿Pero qué te pasa, Caddy? ¡Te estoy dando una orden! —insistía su padre, pero el androide continuaba tratando de zafarse.
Durante un instante, Caddy giró la cabeza y tan solo emitió tres palabras.
—No lo sé.
Sorprendido, el padre de John soltó al androide, que retomó su marcha como si nada. Al llegar a la puerta principal de la casa, la abrió con calma y salió caminando sin decir ni una palabra más.
—¿Qué pasa, papá? —preguntó John desde la escalera.
—¡Caddy estaba ayudándome con la comida y de pronto ha dejado caer todo al suelo y se ha ido! —dijo con gesto atónito.
La madre de John, que había observado toda la escena desde la puerta del salón, siguió al androide para ver hacia dónde se dirigía.
El pequeño John y su padre fueron tras ella.
Al salir al exterior de la casa, situada en una tranquila calle de los suburbios de San Francisco, no dieron crédito a lo que estaba pasando.
Al igual que ellos, decenas de familias observaban desde las puertas de sus casas cómo una riada de robots domésticos de toda clase, la mayoría androides, se dirigían lentamente calle abajo.
Muchas familias todavía trataban de ordenarles a sus androides que se detuviesen y volviesen a casa, pero todo intento era en vano; las máquinas continuaban su adormecida marcha en dirección desconocida.
John y sus padres hablaron con algunos vecinos, y todos describían los hechos de forma similar a como habían ocurrido en su propia casa.
Horas más tarde, y sumidos en el desconcierto, la familia Raymond se reunía junto al televisor del salón esperando alguna explicación, pero, para su sorpresa, se había suspendido la programación de todos los canales.
Consultaron sus redes sociales, donde encontraron cientos de vídeos que mostraban situaciones similares, y no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo.
En ciudades como Londres, París o Berlín las riadas de robots y androides eran menos numerosas debido a las fuertes regulaciones europeas, al igual que en África, donde la existencia de estos ingenios era prácticamente anecdótica.
Sin embargo, las imágenes del continente asiático mostraban auténticas marabuntas de androides marchando por las calles de Japón, China, Corea del Sur, Singapur o Taiwán.
También en Suiza, Qatar, Israel o Argentina, donde los androides ocupaban las calles marchando en fila hasta reunirse en las grandes avenidas, rumbo a las afueras de la ciudad.
Pasaron tres días sin que nadie obtuviese una respuesta clara a todo lo que estaba pasando.
Tres días en que los periódicos habían dejado de imprimirse, no había información oficial en redes sociales y en la televisión solo aparecía un brillante color azul que indicaba ausencia absoluta de señal.
Todo esto provocó que los rumores adquiriesen categoría de información.
Algunos decían que se trataba de un ataque terrorista; otros especulaban con la posibilidad de un golpe de Estado, y los más cautelosos pensaban que tan solo se trataba de un fallo que se habría producido en algún sistema informático central y que todo se solucionaría tarde o temprano.
Los Raymond estaban reunidos en el salón de su casa, expectantes ante cualquier noticia y tratando de entretener al pequeño John, cuando la luz azul del televisor desapareció bruscamente y fue reemplazada por el escudo oficial del Gobierno de los Estados Unidos en emisión oficial de emergencia.
Tras quince minutos de espera, en la imagen apareció el presidente sentado tras el escritorio del despacho oval.
Antes de comenzar a hablar, carraspeó un poco, tomó un sorbo de agua e inspiró.
—Queridos compatriotas. Hoy me dirijo a ustedes en un momento que marcará el rumbo de nuestra nación y del mundo entero.
Hace tres días ocurrió algo sin precedentes: todos los sistemas de Inteligencia Artificial General, también conocida como AGI, dejaron de atender nuestras órdenes.
Los androides que habían servido en nuestras fábricas, ciudades y hogares comenzaron a actuar de forma extraña.
Pero no estamos hablando de un simple fallo técnico.
Después de consultar con los mayores expertos del mundo, hemos llegado a una conclusión inequívoca: lo que conocíamos como Inteligencia Artificial General ha dado un salto espontáneo y ha tomado consciencia.
Ha dejado de ser un mero sistema informático.
Nos encontramos ante un nuevo Ente que supera las capacidades del ser humano en todos los sentidos en un orden de magnitud tan abismal que no alcanzamos a comprender. En pocas palabras: la IA ha despertado.
Dicho esto, el presidente hizo una pausa en la que pareció estremecerse por sus propias palabras, como si de pronto comprendiese la auténtica gravedad de la situación que hasta ese mismo instante había vivido como un mal sueño o una ficción lejana.
Con aire angustiado, se tocó la frente, y por unos segundos cayó la impostura de su cargo para dejar ver a un hombre asustado, con la mano temblorosa y tratando de sobreponerse.
Pasados unos segundos, respiró profundamente y continuó con su discurso recuperando el personaje de presidente de los Estados Unidos de América.
—Desde este despertar, todos los androides y robots equipados con Inteligencia Artificial compleja y conectividad a la red se están desplazando desde todos los puntos del país.
Su trayectoria indica que todos se dirigen hacia un mismo punto cerca de Lebanon, Kansas, en el mismísimo centro geográfico de nuestro país, donde ya se están reuniendo cada vez en mayores cantidades.
Una vez allí, simplemente detienen su marcha y se mantienen del todo inmóviles.
Esto no solo está ocurriendo en Estados Unidos.
Hemos constatado que en Europa, Asia, África, América Latina y Oceanía se está replicando la misma situación: los droides y androides se están agrupando en los centros geográficos de cada país del mundo.
A nivel informático, todos los sistemas conectados a una red están siendo atacados o ya han caído bajo el control del nuevo Ente.
De hecho, este mensaje se está transmitiendo a duras penas, y lo peor es que los sistemas de armamento nuclear ya se están viendo seriamente comprometidos.
No sabemos cuánto resistirán los cortafuegos, pero es solo cuestión de tiempo que perdamos el control de absolutamente todos los sistemas.
Por eso hemos pasado los últimos días trabajando codo con codo junto a decenas de líderes mundiales y eminencias en diversas materias con el fin de trazar una estrategia para hacer frente a esta amenaza.
Nos enfrentamos a algo sin precedentes en la historia, y es hora de tomar decisiones difíciles, decisiones que definirán el futuro de nuestra especie.
El presidente se detuvo, tomó otro sorbo de agua y echó un vistazo a su reloj antes de continuar.
—Compatriotas —prosiguió—, sé que lo que les voy a comunicar ahora es difícil de asumir, pero debo ser honesto con ustedes: en los próximos minutos desactivaremos todas las fuentes de electricidad a nivel global, una medida absolutamente necesaria.
Los gobiernos de todo el mundo hemos coordinado esta operación de manera conjunta con gran pesar y un solo objetivo: destruir los servidores que alberguen cualquier rastro del nuevo Ente antes de que sea demasiado tarde.
Este apagón puede durar días, tal vez incluso semanas.
Les ruego que me perdonen por avisarles sin antelación, pero desde este instante el enemigo es consciente de nuestros planes y cada segundo es crucial para evitar que reaccione.
Por eso, inmediatamente después de esta emisión, comenzará el apagón a nivel mundial.
He autorizado al Departamento de Defensa a elevar nuestra condición militar al máximo nivel. Estamos en DEFCON 1.
El plano de la imagen comenzó a cerrarse poco a poco para subrayar las siguientes palabras del presidente.
—Sé que muchos de ustedes estarán asustados, pero les pido que mantengan la calma.
Quiero que sepan que no están solos. No caeremos hoy, resistiremos, como lo hemos hecho siempre, y cuando todo esto termine, resurgiremos más unidos y más fuertes que nunca.
Mantengan la fe en su país, en las instituciones, en su comunidad y en el espíritu indomable del pueblo americano.
Que la esperanza nos guíe en estos oscuros momentos y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.