Capítulo I. El cisne negro26 de mayo de 2031Año 2049 #4
John entró en el plató exhibiendo una enorme sonrisa y tratando de encajar con humildad los halagos de la presentadora, a la que saludó con un beso en la mejilla y una sutil reverencia en señal de reconocimiento.
Lo cierto es que John Raymond (como se le conocía públicamente) tenía los andares de una estrella de cine clásico de Hollywood.
Siempre iba vestido con un elegante traje hecho a medida, que lucía como si hubiese nacido con él.
Era alto, moreno y guapo. A sus cincuenta años, tenía la madurez justa para encandilar a mujeres de todas las edades y ser admirado por sus votantes masculinos, que veían en él a un tipo honesto, recto y que no temía decir lo que pensaba aunque a veces no fuese lo más popular.
—Senador Raymond, es un placer que nos visite esta mañana en The Morning Wire .
—El placer es mío, Paige. Soy un gran admirador suyo. Y, por favor, llámame John.
—Le agradecemos que haya venido a Nueva York únicamente para acudir a esta entrevista.
—No es nada. Anoche tenía un acto en Denver, así que al terminar me subí al RouteRover y en menos de diez minutos ya me había quedado dormido. Me he despertado esta mañana en la entrada del hotel en Manhattan.
—Desde luego, es una gozada. ¿Le gusta Nueva York?
—Me encanta. Esta ciudad no deja de sorprenderme cada vez que la visito.
He venido en aerotaxi hasta el plató y es absolutamente increíble.
He de decir que aún me da un poco de vértigo, pero la descongestión del tráfico es evidente.
Como sabes, estamos planteando la implementación de aeronaves de transporte de pasajeros en algunos lugares de California basándonos en el éxito que han tenido en Nueva York, y espero que en unos años sea una realidad en muchas otras ciudades del país.
—Es cierto que ha sido un alivio para la ciudad. ¡Apenas se podía caminar por la calle! Pero, John, si le parece bien, empezaremos compartiendo algunos de sus recuerdos y luego pasaremos a la entrevista.
—Como usted mande, Paige —dijo John con una sonrisa encantadora.
—Estupendo, pues acompáñeme a la zona de proyecciones.
Paige condujo a John a uno de los laterales del plató, un espacio totalmente vacío a excepción de un atril, situado en el centro y sobre el que reposaba un casco metálico de diseño minimalista.
—El senador Raymond ha accedido a compartir con nosotros algunos de sus recuerdos para que podamos conocerle mejor.
Frente a nosotros tenemos este casco de proyección mental, que en este caso solo es demostrativo.
El senador Raymond proyectó sus recuerdos desde su casa de Los Ángeles y nos los envió para reproducirlos en esta entrevista.
—Aún no lo controlo tanto como para hacerlo en directo. Requiere una concentración muy entrenada, pero creo que cada vez se me da mejor.
—Muy poca gente domina la proyección en tiempo real.
Yo misma soy incapaz, y eso que he podido practicar mucho con este casco que tenemos aquí.
—Paige se volvió hacia el público, colocó el dorso de su mano junto a su boca y bajó el tono como si contase un secreto—. Demasiados pensamientos intrusivos.
Toda la gente del estudio se echó a reír.
—Bien, John, en este caso no es necesario que se ponga el casco. Vamos directamente a reproducir sus recuerdos.
En ese instante, la sala se oscureció por completo y únicamente quedaron iluminados ellos dos, rodeados de un vacío absoluto.
—John, ¿cuál es el primer recuerdo que quiere compartir con nosotros?
A su alrededor comenzó a formarse un entorno cada vez más iluminado.
Al principio solo era una masa deforme, pero poco a poco fue adoptando un contorno y comenzó a distinguirse el interior de una casa, concretamente una cocina, aunque sus dimensiones eran mucho más grandes de lo habitual.
Todo lo que allí había parecía enorme, como si ellos dos midiesen poco más de un metro.
—Disculpen —dijo John—, supongo que la recuerdo más grande de lo que era. ¿Podemos ajustarla?
—Claro. Compañeros —asintió Paige dirigiéndose al equipo de producción del programa—, ¿podemos reducir el tamaño de la imagen?
El tamaño de la cocina se redujo gradualmente hasta alcanzar una proporción normal respecto a ellos.
Era una cocina antigua, de principios del milenio.
La luz del sol entraba difuminada por las cortinas de la ventana e incidía en el suelo de madera, iluminando toda la atmósfera con un tono cálido y nostálgico.
Frente a la mesa central de la cocina había un niño sentado en una silla comiendo un bol de cereales mientras veía dibujos animados en una táblet.
—¿Ese es usted? —preguntó Paige—. ¿En qué año estamos?
—Aquí debo de tener unos seis años, así que debe de ser el año 2029, un par de años antes del Despertar. Estamos en la cocina de la casa de mis padres, en San Francisco.
—Qué imagen más enternecedora.
La puerta de la cocina se abrió y entraron los padres de John, ambos tan guapos como cabía esperar dada la buena planta del senador.
Los dos sonreían con una emoción contenida.
En sus brazos, el padre de John llevaba un cachorro de perro similar a un bóxer con el pelaje marrón, idéntico al color de la madera del suelo.
—Cariño —dijo su madre con una dulce voz canturreante—, mira lo que tenemos aquí.
Al ver al cachorro, el pequeño escupió los cereales y la leche se le salió por la nariz.
—¡¿Un perro?! —exclamó sin creer lo que veían sus ojos, abiertos como platos.
—¡Eso es! ¡Un cachorrito! —contestó su padre.
—¡¡¡Un perro!!! ¡¡¡Un perro!!! —gritaba John, abalanzándose sobre el animal y cubriéndolo de besos y abrazos.
Junto a la escena, el senador se observaba a sí mismo como un fantasma del futuro, pero sobre todo miraba con añoranza a aquella cachorrita.
—Esa era Donna, la primera perra que tuve —dijo John—, una auténtica dulzura.
—Es un recuerdo precioso —comentó Paige, emocionada.
El recuerdo era nítido en algunas partes y algo más borroso en otras, pero John se acordaba muy bien las caras de sus padres y de aquella cachorra a la que casi podía tocar. Paige caminaba entre las imágenes observando aquel momento mientras lo comentaban.
—Ha sido maravilloso que compartieses con nosotros ese recuerdo tan especial, pero ahora debemos pasar al siguiente. Dime una cosa, John, teníais un androide en casa cuando ocurrió el Despertar, ¿no?
—Sí.
—Compañeros, pongamos las imágenes.
La escena volvió a oscurecerse. Una nube de colores e imprecisa comenzó a perfilarse a su alrededor hasta que poco a poco fue conformándose en una imagen concreta.
De pronto estaban de pie en mitad de una habitación pequeña por cuya ventana entraba un haz de luz matinal.
Al atravesar las cortinas de colores y proyectarse en los juguetes que había desperdigados por el suelo, la estancia se iluminaba con un entrañable aspecto infantil.
Sobre la cama estaba el pequeño John, concentrado en la pantalla de una consola portátil con la que jugaba mientras a su lado dormía la preciosa perrita Donna, que había crecido mucho desde que la adoptaron dos años atrás.
—Qué tierno —murmuró Paige al ver la imagen—. Supongo que aquí tendría usted… ocho años, ¿no?
—Sí. Es el 26 de mayo de 2031 —dijo el senador—, el día del Despertar.