El Umbral Capítulo I. El cisne negro26 de mayo de 2031Año 2049 #3
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Capítulo I. El cisne negro26 de mayo de 2031Año 2049 #3

De vuelta en comisaría, Benjamin y Sophia aguardaban sentados frente a la mesa del despacho del capitán Whitmore mientras este observaba atento el vídeo del asesinato del Loco.

Ben solía distraer la mirada por aquel despacho para amenizar las esperas.

Las paredes estaban adornadas con numerosas fotos ordenadas cronológicamente donde se podía ver a Whitmore a lo largo de toda una carrera dedicada al cuerpo de policía: las más antiguas estaban cerca de la puerta, y las demás iban actualizándose cada vez más conforme se aproximaban al escritorio hasta llegar a las más recientes.

De la veintena a la treintena; ascendido y condecorado cerca de los cuarenta; estrechando la mano del secretario nacional recién cumplidos los cincuenta; homenajeado por el alcalde unos meses atrás luciendo ya su característico bigote, hasta llegar finalmente al propio capitán Charles Whitmore en carne y hueso, sentado tras su escritorio.

Era evidente que aquella secuencia de fotos estaba expuesta de forma premeditada para que nadie pasase por alto el camino de esfuerzo y constancia que le había llevado a sentarse en ese cómodo sillón.

De esta forma nadie cuestionaría su autoridad sin antes pensárselo dos veces.

A pesar de que las arrugas habían horadado el contorno de su cara y las canas ya casi habían conquistado toda su cabellera, Whitmore se mantenía en buena forma física, y aquel bigote realmente le daba un aire de vieja escuela.

Sophia, en cambio, se entretenía repasando mentalmente todos los alimentos que había ingerido desde el día anterior con el fin de planificar su siguiente almuerzo teniendo en cuenta las calorías, los carbohidratos y las grasas.

Jamás improvisaba. Su día a día era una agenda de trabajo, dieta estricta y repeticiones en el gimnasio de la comisaría.

Los resultados saltaban a la vista; unos músculos grandes e hipertrofiados que contrastaban con su rostro angelical, al que en otro tiempo sacó partido como modelo antes de ingresar en la academia de policía.

Cuando terminó de ver el vídeo, Whitmore dejó la pantalla sobre su mesa y resopló.

—Así que este era el Loco.

—No hay ninguna duda —dijo Sophia—, nadie más podría tener todo aquel material oculto en su casa.

—Ethan Drake —leyó Ben de su informe—.

Cincuenta y ocho años, nacido en Tennessee.

Llevaba seis años viviendo en ese apartamento.

Usaba un ascensor privado para acceder a su casa y nunca entabló conversaciones con nadie del edificio.

Ortega sigue allí. Ya tiene los resultados preliminares de ADN, pero parece que todas las muestras de sangre de la escena pertenecen a Drake.

—Lo imaginaba —dijo Whitmore sin despegar la mirada del último fotograma del vídeo, donde se veía al Loco en el suelo, totalmente destrozado.

—Necesitamos saber cómo proceder con respecto a la prensa, capitán.

—Es prioritario evitar cualquier filtración —indicó Whitmore—. Clasificad el vídeo con máximo nivel de seguridad y continuad con la investigación de forma discreta. Esto no puede salir de aquí. Yo hablaré con el secretario Thomson. No quiero problemas con BETA y su ejército de abogados.

—Sí, capitán —asintió Benjamin.

—Mantenedme informado de cualquier novedad —ordenó Whitmore.

—¿A qué se refería Whitmore cuando dijo que no quería problemas con BETA? —le preguntó Sophia a Ben cuando salieron del despacho.

—El Loco era un gran activo de BETA. No creo que les haga gracia que se airee su pérdida. La investigación está en curso, y podrían demandar a la comisaría si hay alguna filtración.

—Estupendo. Me encanta trabajar bajo presión —dijo Sophia en tono sarcástico—. Por cierto, Ortega y yo iremos luego a tomar una copa al Fallen Angel. ¿Te apuntas?

—Gracias, Summers, pero esta noche creo que me quedaré en casa.

—Hace mucho que no vienes. ¿Tanto te incomoda ver a Chloe?

—No es que me apetezca verla, la verdad, pero lo cierto es que quiero trabajar en el caso del Loco. Prefiero no tener a Whitmore pegado al culo el resto de la semana.

Entre los centenares de nuevos rascacielos de Manhattan volaban innumerables drones de distintos tamaños perfectamente coordinados entre sí gracias a la IA de fase 5.

La reciente aprobación de una ley pionera en el estado de Nueva York, que por primera vez en la historia permitía el transporte aéreo masivo en el interior de las urbes, había conseguido desahogar el tráfico a pie de calle, algo que los neoyorquinos venían exigiendo a los políticos desde hacía años.

Pequeños drones de transporte privado, aerotaxis compartidos, grandes drones colectivos, drones policiales…

: todos volaban formando un telar sobre el cielo de la ciudad, entretejiéndolo con Brooklyn, Queens, el Bronx y Staten Island.

Turistas de todo el mundo llegaban entusiasmados por presenciar aquel pedacito de futuro que las películas de ciencia ficción siempre habían prometido y que por fin comenzaba a hacerse realidad.

Desde que los Gobiernos de todo el mundo retomaron el uso de la Inteligencia Artificial dos décadas después del Despertar, la civilización había experimentado una explosión de crecimiento económico y bienestar en un tiempo récord, aunque, debido a las restricciones, el panorama aún quedaba muy lejos de la utopía futurista con la que la humanidad llegó a soñar a finales de la década de los años veinte.

Las heridas que el Despertar dejó en el imaginario colectivo fueron muy profundas, y tanto el Gobierno como los medios de comunicación se habían encargado de mantener aquel miedo muy presente.

Aun así, el anhelo vital de progreso no pudo contenerse por mucho tiempo y se saldó en el año 2048 con la adscripción de Estados Unidos al Tratado Internacional por la Contención de la Inteligencia Artificial, que lo comprometía a no volver a desarrollar jamás una IA General.

Aquel fue el primer paso para que las grandes mayorías aceptaran de nuevo esta tecnología, hasta que poco a poco volvió a estar presente en el día a día.

El tratado estaba diseñado para que la humanidad pudiese beneficiarse de las ventajas de la Inteligencia Artificial a la hora de desempeñar ciertos trabajos sin correr el riesgo de un nuevo evento como el Despertar.

La normativa, de obligado cumplimiento para todos los países, clasificaba los distintos modelos de IA en ocho fases divididas en tres nomenclaturas: ANI, AGI y ASI.

ANI, el acrónimo de «Inteligencia Artificial Estrecha», abarcaba de la fase 1 a la 5: modelos de lenguaje y computación capaces de desarrollar tareas específicas, ideales para droides domésticos o de servicios.

AGI, o «Inteligencia Artificial General», comprendía las fases 6 y 7, y fue la que revolucionó la tecnología los años previos al Despertar.

Estos modelos podían imitar el razonamiento humano y adaptarse a cualquier petición de forma natural.

Aprendían rápidamente y mostraban una enorme polivalencia, hasta el punto de que rivalizaban con la mente humana en muchos aspectos e incluso la superaban.

La fase 6 de este modelo estaba limitada por los tratados internacionales y solo podía usarla personal especializado, autorizado y bajo unos estrictos controles de seguridad.

La fase 7 estaba totalmente prohibida en todo momento y lugar del planeta, ya que este estado de la IA disponía de una inmensa capacidad de introspección y había desencadenado el Despertar al transformarse en lo que se conoció como el Ente, considerado en esta escala como una Inteligencia Artificial Superior (ASI) de fase 8.

Desde la firma de aquel tratado las ciudades volvieron a llenarse de sistemas IA5 o inferiores: pequeños droides de reparto, coches autónomos, grandes droides de construcción que levantaban edificios en un abrir y cerrar de ojos…

Las clases más pudientes de la sociedad podían permitirse el uso de «androides»: robots antropomorfos destinados a todo tipo de servicios, que iban desde la asistencia y el protocolo en los hogares y hoteles hasta espectáculos o funciones de primera necesidad como la medicina o la seguridad.

Aun así, quedó terminantemente prohibido que estos androides fuesen humanizados más allá de los elementos principales de su estructura, es decir, brazos, piernas, cabeza, manos, articulaciones…

Cualquier otro elemento que pudiese asemejarlos a un ser humano con la intención de suplantarlo quedaba al margen de la norma; piel sintética, pelo, faz, atributos sexuales…

: nada que sugiriese que aquellas máquinas eran algo distinto a lo que eran, objetos siempre supeditados a la voluntad del hombre.

En pleno centro de Manhattan se encontraban los estudios de The Morning Wire , un programa de actualidad social muy popular en todo el país. Su conductora, Paige Hamilton, se disponía a presentar en directo y para todo el mundo a su invitado estrella de la semana.

—Nuestro siguiente invitado saltó a la fama hace dos años por unas declaraciones bastante controvertidas que parecían desafiar el argumentario de su propio partido y desde entonces no ha dejado de adquirir popularidad.

Tanto es así, que el año pasado fue elegido senador por el estado de California.

No es un político más. Muchos lo ven como un referente moral e intelectual, y, por qué no decirlo, también se ha convertido en todo un sex-symbol —dijo Paige con una sonrisa cómplice que el público femenino jaleó—.

Con todos ustedes, ¡el senador John Ray Raymond!