Capítulo I. El cisne negro26 de mayo de 2031Año 2049 #2
A la mañana siguiente, Benjamin Cassidy se dirigía al escenario del crimen a bordo de su coche autónomo, que atravesaba el Downtown en piloto automático.
Unos minutos antes había hecho una parada en un puesto de impresión de comida para pedir un par de cafés, uno para él y otro para su compañera, Sophia Summers, quien aprovechó el aviso por radio para pedirle el favor.
Ben, como le solían llamar, observaba las calles del centro a través de la ventanilla del coche mientras se tomaba su café a sorbos lentos y pausados, disfrutando de aquel momento de tranquilidad con la mente completamente en blanco.
Vestía su traje habitual de entre semana, un conjunto anodino que usaba en la oficina: camisa blanca sin chaqueta, que había olvidado justo antes de salir de casa, y una corbata oscura bastante aflojada.
Acababa de cumplir treinta y cinco años y había sido ascendido a inspector hacía dos, lo que le convertía en uno de los inspectores más jóvenes de la historia del departamento.
Sus méritos en la resolución rápida de algunos casos complejos le habían valido la confianza del capitán Whitmore, que lo consideraba un joven con talento natural para la deducción a pesar de su carácter ocasionalmente esquivo y lacónico.
El coche se detuvo al llegar a la intersección de la Séptima con Figueroa, frente a un edificio residencial de lujo en pleno centro de Los Ángeles.
Benjamin bajó del coche, que se retiró de forma autónoma para estacionarse en las cercanías, y observó bajo sus pies un manto de añicos de cristal que cubría el pavimento frente a la entrada principal.
Aquello había llamado la atención la madrugada anterior de uno de los ujieres del edificio, que inmediatamente alertó a las autoridades al ver que los cristales pertenecían a una de las ventanas del piso cuarenta y dos, en concreto al apartamento de un hombre llamado Ethan Drake.
Los oficiales Sophia Summers y Carlos Ortega, que acudieron los primeros a la llamada, entraron en el apartamento y avisaron de inmediato a Benjamin al encontrar el cadáver de su propietario.
Entró en el vestíbulo del edificio con un café en cada mano, acompañado por el ujier, que se empeñaba en contarle con detalle todo lo que había pasado desde que llegó de madrugada a su puesto de trabajo.
Ben trató de fingir cierto interés por pura educación, pero lo cierto es que prefería escuchar todo aquello directamente por boca de sus colegas, que ya le esperaban arriba.
Haciendo un gesto de agradecimiento forzado, se despidió de aquel hombre mientras las puertas del ascensor se cerraban interrumpiendo su relato.
Al llegar al último piso, encontró la puerta de la vivienda abierta.
Nada más entrar, vio a su izquierda a la corpulenta agente Summers frente al cadáver, que yacía sobre un charco de sangre en el centro del comedor.
Mientras, el agente Ortega continuaba colocando marcadores junto a las evidencias que iba encontrando por toda la zona del salón.
—Buenos días, inspector.
—Hola, Summers —dijo Ben mientras le entregaba uno de los cafés—. Cuéntame. ¿Qué tenemos hoy?
—La víctima es Ethan Drake. Hace una hora y media recibimos un aviso de la central.
Al parecer el conserje del edificio observó restos de cristales rotos en la calle y se dio cuenta de que procedían de este apartamento.
Estuvo llamando a la puerta durante un rato y, al no recibir respuesta, avisó a la policía.
El propio conserje nos dio acceso al ascensor privado cuando llegamos, y después rompimos la seguridad informática de la cerradura para entrar.
El cuerpo estaba aquí, tal y como lo ve.
—¿Conjeturas?
—Parece que el asesino rompió la ventana desde fuera, lo que explica que la mayoría de los cristales estén en el interior.
Hay señales de violencia. La víctima no tiene heridas en los nudillos, y solo hay sangre desde el sofá hasta la mesa del comedor, así que no creo que fuese una pelea equilibrada: le hizo retroceder constantemente.
La víctima cayó al suelo en el salón y fue arrastrado hasta el comedor.
A juzgar por la sangre acumulada en la propia mesa y alrededor de la silla, debió de permanecer allí un rato.
Puede que hablasen, de modo que es probable que el motivo sea personal.
Al final cayó al suelo y fue ejecutado con una nueve milímetros.
—Estupendo, Summers. Yo no lo habría hecho mejor.
—Hay algo más, inspector.
Sophia guio a Ben hasta el dormitorio principal, una gran suite con un bonito baño donde había una puerta blindada abierta que conducía a otra estancia.
—Al entrar aquí nos encontramos con esto. Eche un vistazo.
Lo primero que llamó la atención de Ben al entrar fue una vitrina al fondo de aquella sala.
En su interior había una camisa de fuerza ensangrentada y un bozal de restricción para reclusos psiquiátricos.
Era inconfundible: aquel era el atuendo característico con el que el Loco cometía todos sus asesinatos desde hacía décadas.
—No es posible —dijo Ben, que se acercó lentamente a la vitrina para comprobar que sus ojos no le engañaban—. ¿El Loco?
—Eso parece —confirmó Sophia.
Ben deambuló por la sala observando todo lo que allí se encontraba.
Aquello era la oda de un maníaco homicida a sus propias gestas.
Estaba repleto de armas, entre las que había cuchillos, bates, cadenas y sierras; trapos llenos de sangre seca; pintadas indescifrables en las paredes…
incluso una pared llena de merchandising variado del Loco: pósteres promocionales, figuritas de exposición, libros y unas cajoneras con un montón de dispositivos de almacenamiento de datos tipo USB, algo típico de quien prefería no confiar en la cuestionable seguridad de la nube.
—¿Habéis comprobado qué hay en estas memorias? —preguntó Ben.
—He podido revisar un par de ellas y parece que son los vídeos de sus asesinatos.
Están en bruto, sin editar. En cuanto encontramos todo esto, pensamos que sería mejor avisarte antes de llamar al equipo forense —le informó Sophia mientras Ben curioseaba por toda la sala—.
Si la prensa se enterase de que han asesinado al Loco, esto se convertiría en un hervidero de reporteros y curiosos en un abrir y cerrar de ojos.
—Habéis hecho bien.
Ortega asomó repentinamente por la puerta, interrumpiéndoles.
—Disculpad —dijo apurado—. Inspector, tienes que ver esto.
De vuelta en el comedor, Ortega había descolgado y desarmado un ostentoso reloj de pared tras el que se ocultaba una cámara de grabación de vídeo.
—Es una cámara oculta de seguridad; me di cuenta al observar un pequeño agujero en el reloj.
Rápidamente, Sophia se quitó el dispositivo electrónico multifunción que llevaba en la muñeca a modo de brazalete y lo desplegó para convertirlo en una pantalla lo bastante grande como para que los tres pudiesen ver con claridad.
A continuación sacó la unidad de almacenamiento de la cámara oculta y la conectó a la pantalla.
Allí estaban las imágenes de todo lo ocurrido la noche anterior: la entrada del asesino, el vano intento de defensa del Loco, la ejecución…
Además, el vídeo estaba grabado desde varios ángulos mediante una serie de cámaras distribuidas tanto por el comedor como por el salón.
—¿No tiene sonido? —preguntó Ben.
—No —respondió Sophia.
—¿Hay droides en la casa que hayan podido registrar el audio? —consultó Ben.
—No. Solo hay androides con IA, ingenios de fase 1 —contestó Ortega—, robots de limpieza equipados con el sistema básico.
—Dicen que el Loco era un paranoico —apostilló Sophia—, y no es raro que muchos de su edad desconfíen de la IA debido al trauma del Despertar.
—Pensaba que lo de «el Loco» era solo su alias como Profesional. ¿Realmente estaba loco? —preguntó Ortega.
—Dicen que estuvo en un centro psiquiátrico —comentó Ben—, pero solo hay que ver su trayectoria para sospechar que estaba mucho peor de la cabeza que cualquier otro Profesional.
Los tres vieron íntegramente el vídeo, desde la entrada del encapuchado hasta que huyó de nuevo por la ventana. Ben le dio una palmada en el hombro a Sophia al verificar que había acertado de lleno con su conjetura sobre lo ocurrido.
—Parece que el asesino sabía bien lo que hacía —dijo Sophia—. No creo que vayamos a encontrar nada que pueda servirnos para identificarle.
—¿De qué hablarían en la mesa del comedor?
—Ni idea. Solo sé que la prensa mataría por tener este vídeo —apuntó Ben—. Hay que llevárselo al capitán para que él decida cómo deberíamos proceder con la investigación. ¿Habéis tomado muestras de sangre y un modelo tridimensional del apartamento?
—Sí. Hicimos el escáner nada más llegar, antes de tocar nada —respondió Sophia.
—Bien. Ortega, continúa con la inspección, a ver si encuentras algo que se nos haya escapado.
Cuando acabes, manda a un dron a inspeccionar la azotea.
El asesino entró por la ventana, así que puede que dejase algún rastro ahí arriba.
Summers y yo vamos a comisaría. Que nadie entre aquí hasta que el capitán Whitmore nos diga qué hacer.
—Entendido —obedeció Ortega con diligencia.